ALPINISTA.
martes, 7 de septiembre de 2021
jueves, 12 de agosto de 2021
Circular al Macizo de Ubiña en BTT
Circular al Macizo de Ubiña en BTT (64 Km, +2.400 m)
Juan Piñera, Noelia Rojo, Nando del Pozo
- Tiene mucho desnivel
- Tiene poca pista
sábado, 7 de agosto de 2021
Cosas que no le importan a nadie
Uno se pone sus propios retos personales. Sus propios objetivos. Unos a una escala y otros a otra. Unos a largo plazo y otros a corto. Unos como grandes realizaciones personales, otros realmente insignificantes. La mayoría de ellos te los planteas en solitario, porque en muchos casos son simples hitos de entrenamiento.
Ninguno de ellos le importa a nadie. Son cosas que, salvo a amigos íntimos con inquietudes similares, la mayor parte de las veces el resto de la gente simplemente ni las entiende ni las valora. En realidad pueden llegar a verse como auténticas estupideces.
Subir a tal o cual pico por debajo de un tiempo determinado, cuando ya has subido decenas de veces. Remontar un tramo de cuesta con un desarrollo concreto de la bicicleta. Encadenar la travesía de boulder que llevas haciendo muchos años. Bucear la piscina completa del tirón… Son cosas que no le importan a nadie. Salvo a ti mismo.
La cuesta X está a medio camino de una de las salidas de bici más largas que hago desde casa. Para llegar a ella ya llevo unas buenas rampas, y después de ella me quedan otras peores. Pero el tramo en cuestión es sin duda el más duro del recorrido. Se trata de un tramo corto que la gente evita, no hace falta hacerlo, tiene alternativas que, si bien son algo más largas, son mucho más suaves. Distinto es bajando, que sí es más habitual.
Es una cuesta muy dura en lo que respecta a desnivel, pero lo habitual es que no sea eso lo que la hace infranqueable, sino las condiciones del terreno: la tierra suelta, las rodadas profundas, el grijo que resbala, las piedras gordas, a veces también el barro… Tiene el ángulo suficiente como para que cualquier incidencia, por menor que sea, te haga fracasar.
El caso es que yo llevo intentando subirla desde siempre. Y desde siempre fracasando. Es algo que no le importa a nadie más que a mí. Sabiendo que se podía hacer, por supuesto, cómo no. De hecho mi amigo Rubén, que ha sido un ciclista de montaña y de carretera muy fuerte, la había hecho. Es decir, imposible no era.
La cuesta X es corta y tiene dos partes diferenciadas: un primer tramo hormigonado hasta el depósito de agua que le da nombre (se lo da para mí). Ese primer tramo ya es duro y ya lo haces con todo el desarrollo metido, para intentar guardar fuerzas. Incluso esta parte en hormigón, en ocasiones presenta tal cantidad de arena, grijo y piedras gordas, que pueden hacerte fallar. En esas ocasiones simplemente me bajo y resignado continúo caminando, empujando la bici. Resignado porque, si en el hormigón ya no vas, qué esperas hacer cuando este termine…
Una vez termina el hormigón, la pista hace dos o tres curvas, primero a derechas, luego a izquierdas, y otra más a derechas para coronar. Las curvas son suaves pero el ángulo de la cuesta no: para mí está en el límite de lo ciclable en tierra. Todo este periplo, sumando hormigón y tierra, no creo que supere los trescientos metros. ¡Pero qué trescientos metros!
El domingo pasado unos cuantos de mis amigos del grupo de bicicleta habían salido por la mañana. Cuando venían de regreso pasaron de bajada por esta cuesta, y Nando, viéndola en unas condiciones mucho mejores de lo habitual, se decidió a probarla junto con Miguel. Y ambos lo lograron: las condiciones eran ideales.
Cuando me llamó para decírmelo, no lo dudé. Después de comer salí para allá con la determinación de intentarlo a tope.
Para llegar a su pie ya tengo que remontar unos cuatrocientos metros positivos, así que me esforcé en reservar fuerzas, sabía que las iba a necesitar todas. Cuando llegué al sitio, sin dudar un segundo y sin parar, metí el piñón número uno y fui a por ella.
Desde el primer metro de hormigón me pareció más limpio de lo habitual, pero aun así me concentré en buscar el mejor trazado, en apoyarme lo más adelante posible del sillín, en pedalear uniforme y en economizar fuerzas. Superado el hormigón, la tierra también presentaba aparentemente muy buena condición, con menos surcos, menos piedras gordas y con el grado de humedad adecuado para dar la tracción justa. Concentrado leyendo el mejor trazado, con el corazón desbocado y las piernas al límite, serpenteando de lado a lado buscando el mejor paso, fui ganando metros.
Cuando me acercaba a la curva final recordé que Nando me había dicho que ahí era lo más difícil. Mantuve la concentración, tuve suerte, y conseguí completarla. La cuesta empezó a ceder y mi corazón empezó a bajar de la garganta a su ubicación normal. ¡Lo había conseguido! Veinticinco años de intentos por fin habían dado su fruto.
Seguí pedaleando pista adelante sin parar adentrándome en el bosque de pinos. Ahora iba a subir hasta el primer desvío a la izquierda para volver a casa: hoy no iba a por la cumbre, el objetivo del día era esta cuesta y lo había logrado.
En este tramo me crucé primero con una pareja en bicicleta que venía de bajada, y después con tres chavales en motos de Cross también bajando por mi pista. Todavía subiendo, mi cabeza arrogante y egocéntrica ya me había planteado el siguiente reto, una vez más absurdo e innecesario; intentar repetir la cuesta otra vez ahora mismo. Quería hacerla otra vez, para poder decir (a mí mismo o a otros cuando tocara) que sí, que yo la había subido varias veces (dos en realidad). Y el día era hoy, porque a saber cuándo vuelve a estar el terreno en tan buenas condiciones (elemento totalmente clave muy por encima de mi forma física).
Una vez más, iba a poner todo mi empeño en conseguir algo que no le importa a nadie.
Bajé en pocos minutos y me encontré justo en su comienzo con los tres chavales de las motos de Cross, parados hablando. Yo no me paré, pasé saludando y me metí de nuevo al hormigón.
Las fuerzas iban más justas, pero ahora sabía que se podía. Superé el hormigón y entré convencido a la tierra. A los pocos metros cometí un error de trazada, en mitad del esfuerzo límite derrapé y tuve que echar pie a tierra. Fracasado, con las sienes latiendo con fuerza y la respiración a tope, di la vuelta con cuidado a la bici (te puedes caer fácilmente en este ángulo) y bajé hasta su comienzo.
La arrogancia aún no se había agotado. Son cosas que no le importan a nadie, pero iba a intentarlo de nuevo. A tope. Me senté ahora en un banco a descansar cinco minutos, recuperando fuerzas. Las dudas ya asomaban, pensaba que todo era un poco absurdo, en ese rato había pasado por la pista yo dos veces para arriba y una para abajo, y habían bajado otras dos bicis y tres motos, era cierto que la pista ya estaba peor que antes, pero aun así estaba mejor de como me la había encontrado jamás antes de hoy. Me autoconvencí, reafirmando mi intención.
Por tercera vez en apenas media hora arranqué otra vez a por esta cuesta, que no le importaba a nadie, pero que me iba a exigir exprimirme al máximo si la quería vencer.
Remonté el hormigón. Entré a la tierra y superé el punto de fracaso del intento anterior. Remonté bien la primera y la segunda curva en tierra. Enfrentando la tercera curva, apenas a cinco metros de salir de la cuesta, en mitad de mi túnel de visión, fallé. Apoyé un pie y me derrumbé sobre el manillar con el corazón y la respiración desbocados. Había llegado al 95% del tramo, había dado mi 100%, pero había fracasado.
Qué tontería querer vencer una cuesta. La cuesta es inerte, ni la vences ni te gana. En realidad, uno compite contra sus dudas, contra su confianza, contra sus límites de fuerza y de habilidad. Contra su arrogancia y su egolatría. Sobre todo, se compite contra uno mismo.
Cuando las pulsaciones bajaron y la visión se centró, di la vuelta a la bicicleta (con cuidado de nuevo) y me dejé bajar derrotado. Derrotado pero contento.
No todos los días consigue uno completar un reto que lleva intentando tantos años. No todos los días consigue uno hacer algo que ha intentando con tanta fuerza. Aunque no le importe a nadie más que a uno mismo.
Gracias Nando por la información y el ánimo (y al carbono de mi nueva bicicleta y los gramos ahorrados).
Seguiré intentando hacer cosas de estas que no le importan a nadie. A nadie más que a mí.
domingo, 18 de julio de 2021
Sur del Valdecoro, la casi Clásica
Desde casa es una buena tirada de coche hasta Espinama, algo más de dos horas. Ahí abandonas el asfalto y empiezas a remontar metros rápidamente. Los recuerdos de subir esta pista con la bicicleta con Estivi y los Piñera, dando la vuelta al Macizo Central hace muchos años me dan para comentar con Bene.
Llegados a Igüedri aparcamos y vemos la llegada de la pista de PeñaOviedo, otra buena paliza con la bici, en ese caso en la vuelta del Oriental. Hoy hace buen día y calor, la previsión es buena. Cogemos poca ropa. Repartimos el material y salimos caminando hacia nuestro objetivo.
La aproximación arranca primero bajando, después llaneando y por último subiendo por dentro de un bosque espectacular. Frondoso con hojas nuevas de esta primavera, la vida en pura explosión. El ciclo que se reanuda.
Entre los árboles asoma de cuando en cuando el perfil alpino y afilado de nuestra montaña, altiva y desafiante por encima de nosotros.
El tramo final de aproximación se hace más duro por la cuesta que ahora remontamos, en terreno algo incómodo por momentos. La guía de Miguel y Cholo dice que veinte minutos (ja!). Es algo menos de una hora cuando estamos poniéndonos el arnés, después de haber trepado el zócalo inferior en trepadas sencillas pero de las de no despistarse.
Identificada la chimenea del primer largo, arranco delante a ver qué nos encontramos. La escalada es vertical, sobre roca algo fea por momentos, y con más vegetación de la deseable. Muy pocos seguros fijos. Reunión con dos chapas.
El segundo largo repite tónica, más sencillo de grado pero que no permite despistes. Estiramos la cuerda a tope. La pared es tiesa y va cogiendo aire. A nuestro alrededor un montón de buitres nos demuestran su destreza leyendo las térmicas para elevarse con el mínimo posible batir de alas: perfectos en su economía de esfuerzo. Apuradas las cuerdas a tope reunión con dos chapas.
El tercer largo es el más duro de la vía: el antiguo artificial que hoy día cotan de 6b. Para este largo me he informado más en detalle con mis amigos de entrelatierrayelcielo, tanto con la excelente descripción de su blog como con consultas directas que muy amablemente me respondieron. Arranca el largo hacia la derecha en V, asegurando primero a un puente de roca sin equipar. Por encima buena roca fisurada te permite protegerte de forma natural. Travesía algo descendente hasta un parabolt en un sitio un poco raro. Por encima se levanta la secuencia: unos diez o doce metros tiesos con ciertos relieves donde colocar trastos. Hay un clavo apenas un metro por encima del parabolt, y desde este me remonto un par de metros más, y coloco un allien y un fisurero mientras miro hacia el parabolt de encima, aún lejos. Es claramente el paso de artifo porque a su lado hay un viejo buril. Me levando fijándome en la secuencia, y me estiro a tope para ver si llego, y no. Destrepo hasta el reposo y vuelvo a mirar. Nuevo intento, me levando más que antes, los pies a la altura de los seguros, la mano izquierda en un canto regulero, pie izquierdo en un romo alto, el pie derecho en un ris. Me estiro a tope del todo, y en extensión completa consigo chapar el parabolt y pasar la cuerda. Cuelgo para descansar y salgo en libre los últimos seis o siete metros hasta la reunión.
Apretada que le pegué...
Me ha parecido más de 6b: si acaso lo que hice ya es 6b, hasta la chapa, salir en libre del tirón me parece más. Aún sabiendo que estoy bajo de forma. Y desde luego, tal y como está no es algo para hacer en A0 como se ve en algún croquis. Deduzco más tarde, después de hablarlo con Bene y con más gente, que probablemente haya saltado un clavo debajo del buril, en el que la gente se colgaba y hacía estribo para llegar. Quizá una V donde yo puse el allien. Ahora mismo, en artificial será más bien A1+/A2. Y me repito que en libre no me parece 6b (aunque puede serlo...).
Para arriba empieza ahora un largo muy estético, de V+, al principio con pasos en placa, un pequeño desplome y luego fisuras con mucha vegetación que dificultan su aseguramiento y su escalada. Es, con todo, el mejor largo hasta ahora. Panorámicas vistas al valle. Los buitres siguen ciclando a nuestro alrededor, a veces por encima, otras por debajo. Aquí la reunión se monta reforzando un clavo con friends. Quedan muy bien. Llega Bene confirmando mi impresión: muy guapo, aunque una pena la hierba.
Los siguientes largos hasta cumbre, tres o cuatro dependiendo del croquis, son una sucesión de pasos en fisura, placas intercaladas, espolones que flanquear... Todos ellos en torno al V y con un exceso de vegetación que los hace desagradables. La escalada en sí es buena, pero tener que cogerte a la hierba, o apartarla para encontrar las presas de mano y los apoyos de pie, o los eventuales clavos existentes, hacen que pierda atractivo y que, en nuestra opinión conjunta, aumente tanto su dificultad como su riesgo.
En el penúltimo largo coloco un camalot 0.75 más dentro de la cuenta en una grieta. Para colmo, no hemos traído el sacafisureros. Bene pelea un buen rato pero, y a pesar de dejarse las manos bien arañadas, no consigue sacarlo.
Salimos a la arista muy cerca de la cumbre, lazo un bloque para asegurar por última vez ahora con vistas hacia la verde vertiente contraria. Asoman altivas las crestas de la Olvidada y la Peña Vieja, setecientos metros por encima de nosotros... Comemos algo en la cumbre, echamos un trago de agua, y después de alguna foto arrancamos con cuidado (es caminar y es prado mayormente, pero no te tropieces) hacia abajo.
Durante la bajada y durante el viaje de vuelta a casa, entre otros muchos temas de conversación, de vez en cuando nos vuelve la charla a la escalada de hoy al Valdecoro. Los dos pensamos lo mismo: tachada está, pero no creo que volvamos a repetirla. Y si me preguntan, si la recomiendo o no, diré como me dijeron a mí; si eres un coleccionista bien, pero si no es el caso... Por algo no se ha convertido en una escalada Clásica de los Picos. Dejémosla en la casi Clásica!
Ahí queda eso.
Una buena referencia: entrelatierrayelcielo espolon-sur-valdecoro/ Gracias chavales!
Con Bene, como siempre, un placer. Y las fotos buenas, como siempre, pues eso.
Igüedri 9:15 h
Pie de Vía 10:30 h
Cumbre 14: 45 h
sábado, 19 de junio de 2021
De paisanos, Ogros y Margaritos
"The games climbers play" es un tocho de 600 páginas que recopila relatos variados de escalada, desde expediciones a bulder, de roca y de hielo, divertidos y serios, trágicos y cómicos. Eso sí, casi todos ellos tienen 40 años o más.
Compré este libro en Inglaterra hace más de veinte años, y de cuando en cuando lo cojo, me leo dos o tres historias, y lo vuelvo a colocar en la estantería, junto con los demás.
Uno lee aquí el relato del señor Doug Scott acerca de su odisea para bajar de una de las montañas más difíciles del mundo, habiéndose roto los dos tobillos cerca de la cumbre, y no puede más que flipar, y darse cuenta de cuán margaritos somos... Tamos de yogur, de actimel...
lunes, 14 de junio de 2021
Mi juguete favorito
Soy como un niño. Y espero seguir siéndolo. Tengo mis juguetes. Muchos y variados.
Tengo juguetes para la nieve, para el hielo, juguetes para la roca, juguetes para el agua... Juguetes para acampar, para esquiar, para escalar, para bucear. También hay por casa algunos juguetes de mis hijos, pero mayormente son cosas mías.
A lo largo de mi vida, los juguetes han ido variando, o ganando protagonismo unos sobre otros, según las temporadas y las modas. Pero hay uno que se ha mantenido presente desde muy niño, y que aún hoy lo está: la bicicleta.
Recuerdo bien todas las bicicletas de mi vida. La primera fue una pequeña BH, de niño, azul, preciosa. Mi hermano la tenía igual pero roja, también muy bonita. En ellas aprendimos a pedalear, en ellas nos dimos nuestras primeras vueltas a nuestro aire, en radio corto claro.
La segunda fue una Bicicross, roja, también preciosa. Con esta descubrí la libertad. Fue la bicicleta de la preadolescencia. Primeros escardeos fuera de las fronteras acordadas.
La tercera fue una California, azul y amarilla, muy viva. Saltos, derrapes, caballitos...
A partir de esta empezaron las bicicletas de montaña. Recuerdo leer una revista Pirenaica con un artículo sobre mountain bike. Me quedé alucinado leyendo y viendo las fotos, imaginando las posibilidades...
Mi primera bicicleta de montaña la compré con el dinero ganado en un concurso, no recuerdo si fue de dibujo o de redacción. Lo que sí recuerdo bien es la bici: una MBK roja, dieciocho marchas, frenos cantilever. Maravillosa. Me la robaron a los pocos meses, vaya disgusto, pero ya había probado sus muchas posibilidades y había visto ampliarse mis horizontes.
Después del robo tuve por unos años otra mountain bike BH, azul, un fierro... No iba bien.
Con un dinero ganado dando clases particulares durante el verano me compré mi siguiente bici: mi primera Trek, azul, de acero, frenos VBrake, preciosa. Se la compré a Javi y Rosa en su tienda Ciclos Morán en Oviedo.
Con esta hice mil excursiones. Primero sin horquilla de suspensión, luego con ella. Frenos V brake. Dormía en el garaje de mi padre. Un día descubrí que me habían robado los frenos. Desanimado la guardé una larga temporada en el trastero de mi gran amigo Estivi. La sigo teniendo. En ella he llevado a mis dos hijos desde bebés , y en ella se han aficionado ellos a la bicicleta.
En la misma época que nació Javi me compré mi segunda Trek. Aluminio, negra, preciosa. También se la compré a Javi y Rosa. Gasté varios juegos de coronas, cadenas. Cambié de horquilla y sigue funcionando perfecta.
Este año, cuando la Negra ya había cumplido diez años, me surgió una gran oportunidad a través de mi grupo BT-Tú. Le compré a un amigo una bicicleta de 29", carbono, roja, preciosa, y casualidades de la vida, Trek de nuevo.
Pepino de bici que ya me está dando alegrías desde el primer día...
Tres décadas, tres Treks. Acero, aluminio, carbono.
La negra la ha heredado Javi, con un cambio de potencia para adecuar la geometría a su talla.
Sin duda alguna, mi bicicleta, cada una en su momento, ha sido siempre mi juguete favorito.
jueves, 3 de junio de 2021
El renacer
Primavera en Sajambre.
Levantarme antes que la familia, y sin desayunar, salir a caminar.
Salgo del pueblo remontando con esfuerzo por el camino que sube hacia los Collados. Al llegar a Valdelosciegos me desvío a la derecha, hacia el puerto de Barcinera.
Niebla densa, a ratos casi moja. En Llagubeño admiro la luz tenebrosa a pesar de la época del año y la hora.
Entro en la zona de bosque, esplendoroso con su nuevo manto. Mágico con esta nube, brotes verdes en cada rama. El renacer de la vida.
Me paro de trecho en trecho a disfrutar cada recodo, siempre con la esperanza de ver algún bicho. No tengo suerte más allá de algún pájaro que, escandaloso, denuncia mi presencia.
Las nubes bajas impiden ver los perfiles. La perspectiva limitada a lo cercano.
Llegando a la Cotorra, con caminar silencioso, pisando con atención, bruscos galopes cercanos de corzos asustados, huyendo veloces.
Me siento un rato en la cumbre, rodeado de nube, con menos de veinte metros de visibilidad. A los pocos minutos llega el primer rebeco, no me ha visto, avanza tranquilo a su aire hasta que me descubre y asustado pega dos saltos al vacío y desaparece en el gris.
Minutos después aparece otro rebeco, este me ve de más lejos y ya no se acerca más.
Emprendo la bajada y a los pocos metros tengo que volver a subir al hito de la cumbre a reorientarme: es increíble cómo la niebla te deja descolocado a pesar de conocer bien el lugar.
De camino hacia la pista se me cruza un nuevo corzo al galope.
Soledad acompañada, acompañada por los animales.
Cuando llego a Barcinera, dudo entre volver por donde he venido, o cortar directo por el bosque. Me echo al bosque: entre los regatos de la Regona y los Cañedos, buscando el mejor camino, orientado únicamente por la cuesta abajo a seguir. Angulo pronunciado. Sin camino.
Caminar entre ramas y hojas en la pendiente, ayudado por los bastones. Encuentro de cuando en cuando trazas de animales, bien marcadas, en sus idas y venidas, secretas para nosotros. Casi siempre son horizontales, así que apenas me sirven.
Más abajo, en lo más profundo del bosque, me encuentro el rastro claro de lo que en su día fue un camino: mi suegro me habla de estos caminos hoy perdidos, me relata cómo patrullaban estos lares, siempre atareados, siempre arriba y abajo, de acá para allá, tras las vacas, tras las cabras, la dura vida del monte. Tan vigente hasta hace pocas décadas, desde que hay memoria...
Sigo bajando hasta llegar a Miraño. Prados, antaño joyas para la gente que necesitaba la hierba para sus animales, para sus inviernos. Hoy día, poco a poco, abandonados por unos, cercados por el bosque que recupera su terreno.
Casi tres horas de paseo sin ver a nadie.
Llego a casa. Al rato salimos todos de paseo.
Primavera en Sajambre. Pilas cargadas.
Cuánto lo había echado de menos estos meses.




















































