LA MONTAÑA COMO PASIÓN, COMO ESCENARIO INFINITO SOBRE EL QUE DISFRUTAR INTENSAMENTE DE LA VIDA,
DONDE ESCALAR, ESQUIAR, PEDALEAR, CORRER, CAMINAR...
DONDE LOS AMIGOS, EL ESTILO Y LAS FORMAS CUENTAN, Y MUCHO
Mostrando entradas con la etiqueta Mesa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mesa. Mostrar todas las entradas

viernes, 27 de noviembre de 2020

Niebla sólida

Viernes tarde de octubre. 


Escapar a intentar aprovechar las horas de luz que quedan.

Trayecto conocido.

Vía repetida, pero no por eso menos disfrutada.



Salida a cumbre con la roca empezando a empapar

Hasta el coche a palpo. La bajada del puerto en primera. 

Volver a casa encantados. 

Si es que, cuando te gusta el barro... 

Con Rubenín. 


lunes, 16 de enero de 2017

Empezar el año haciendo lo que nos gusta

3 Enero 2017
Nando del Pozo
Combinada BTT + escalada al espolón Tabuyo (V+, 175 m) a la Mesa (1.922 m)


La falta de nieve nos vuelve los pensamientos a la roca. Repasando entre las cosas que tenemos pendientes me acuerdo de esta combinada que habíamos hablado hace tiempo: nada más mencionarla Nando se apunta sin pestañear.
Se trata de una combinación asequible tanto por la parte de bicicleta como por la escalada: siendo dos los que vamos, es mejor que sea así, si es mucha bici o la escalada obliga a llevar muchos trastos, el peso penaliza mucho. Saldremos del pueblo leonés de Pinos (1.100 m) para subir por pista hasta la Casa Mieres (1.600 m), y de allí hasta el puerto de la Cubilla (1.689 m). Desde el puerto, de nuevo por pista hacia los puertos de la Ballota, donde dejaremos las bicis para escalar la clásica Espolón Tabuyo (175 m, V+) a la Mesa (1.922 m). A la vuelta, la idea es utilizar un camino diferente con las bicis, para hacerla circular y más variada. Unos veintitantos kilómetros, con unos 700 metros positivos de desnivel en bici.
El anticiclón permanente en que vivimos se está comiendo la poca nieve que ha caído esta temporada. Sin embargo, de camino en coche, parece que quieren aparecer algunas nubes en la cordillera. Nuestro amigo David ha dado riesgo de precipitaciones menores en su previsión. Confiamos en que se equivoque…


Llegamos a San Emiliano aún amaneciendo. En Pinos, al salir del coche, el frío intenso nos saluda.
Nos preparamos abrigados a tope. Repartimos las cosas y arrancamos cuesta arriba poco antes de las nueve. Nos sobra tiempo.
La pista serpentea valle arriba. Sin que le entre el sol a estas horas, los regatos de las cunetas están totalmente congelados, y de cuando en cuando, la propia pista está cubierta de hielo. Sorteamos con cuidado estas zonas, sabiendo cuánto duele un golpe seco con estos fríos… La mochila es llevadera, hemos ajustado bastante el material: vamos con una sola cuerda de 9 mm, ocho o nueve express y un juego de Friends y fisureros. Uno lleva la cuerda, otro el fierro. No se va mal.


Siguiendo como siempre la rueda de Nando, que regula su ritmo para no descolgarme, llegamos a la zona alta desde donde vemos aparecer a lo lejos la Casa Mieres. Las lagunas de esta zona están heladas: nos sorprende una gran bandada de patos que levanta el vuelo asustados con nuestra llegada. Poco a poco, apretando los pedales llegamos al puerto y nos asomamos para descansar y echar un vistazo al macizo. El paisaje alpino está muy bonito, aunque estaría mejor más blanco…
Desde el puerto, donde nos volvemos a abrigar para no enfriarnos con la brisa que se ha levantado, cogemos la pista hacia la Ballota, un placer para ciclar. La nieve cubre más de lo deseado las dos alternativas que tenemos pensadas para la vuelta. Ya lo decidiremos más tarde. Ahora es una gran bandada de chovas, quizá cincuenta o más, la que nos sorprende levantando el vuelo y graznando escandalosas cuando giramos en una curva.



Una vez en las cabañas (desiertas), comemos algo y dejamos las bicicletas. Salimos caminando ahora ladera arriba confiando en calentar los pies, que traemos fríos como tablas desde hace ya una hora…


Tras unos veinte minutos resoplando cuesta arriba llegamos al collado. Al echarnos hacia el norte, la nieve aparece (aunque escasa) y la temperatura baja en picado (esta bajada no escasa).


En el pie de vía nos ponemos a prepararnos para la escalada: yo apuro al máximo el momento de ponerme los pies de gato (guardados al calor del interior de la chaqueta), y de quitarme los guantes hasta el momento justo de empezar a trepar.
Una vez me decido, salgo dispuesto a moverme rápido, seguro como estoy de que me voy a enfriar. Echo en falta un buril que había en el pie de vía, justo para arrancar la travesía oblicua del primer largo. Resoplando cada cinco metros para calentar las manos que pierden sensibilidad a toda velocidad, alcanzo la reunión.


Aseguro con guantes y capucha puesta. Nando llega también algo tieso de frío, especialmente de pies. Nuevo reparto de trastos y salgo de nuevo a por el segundo largo, el más difícil, pero también el más equipado. La escalada la conozco bien, de tantas veces, así que la voy disfrutando. Las manos han alcanzado el calor y no se me enfrían. Es un escalar bonito y variado, primero muro, luego algo fisurado, para acabar encajado en un diedro profundo.


Dosificando el material para no quedarme sin él, especialmente las expreses, llego a la siguiente reunión, esta de tres clavos que refuerzo con un friend. Aquí echo en falta de veces anteriores un spit: veo las marcas de tapar varios casquillos.


Desde aquí la vía relaja, y se monta en el filo del estético espolón que la nombra. Estiro los largos a tope de cuerda, y a ratos disfrutamos de algo de sol que nos hace revivir. Con todo, vamos con la chaqueta puesta, y la capucha a ratos.



Lástima, le grito a Nando en mitad de una tirada, que la vía no tenga otros ocho o diez largos más en este estilo y grado…
Me quedo pensando en las veces que hice esta vía en solitario; esta segunda parte la hice ya con la cuerda guardada en la mochila…


En la cumbre recogemos los trastos, comemos y echamos un trago. Hemos tardado poco más de dos horas. Está muy bien para ir con coulotte de bicicleta! Nos ponemos las zapatillas de la bici, y destrepamos la normal de la Mesa (ojito no te tropieces, recuerda pisar con cuidado, que las calas metálicas son muy traicioneras si te despistas...).
Ya en la ladera caminamos hasta las cabañas donde hemos dejado antes las bicicletas. Debatimos si tirar a probar suerte por una de las dos variantes de regreso o si volver por el mismo camino. La nieve que se ve en los collados, y el recuerdo del frío de esta mañana, nos hace pensar en pies mojados y muy fríos. La pista por la que subimos esta mañana nos atrae irremediablemente. Unido esto a la cerveza que nos espera en San Emiliano se disipan las dudas.


Rodamos veloces y sin apenas tocar los pedales: en media hora de bajada estamos en el coche. Cinco minutos después con la birra en ristre.


Ha quedado una combinada muy guapa, con el encanto adicional ser invernal. Como los indios lo pasamos.

Ahora a maquinar la siguiente.

Gijón 7:30 h
Pinos 8:45 h
Puerto la Cubilla 9:45 h
Cabañas al Pie de la Mesa 10:15 h
Inicio escalada 10:45 h
Cumbre La Mesa 12:50 h
Pie de la Mesa 13:45 h
Pinos 14:15 h
Gijón 15:30 h

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Bajada de pistón y viento en la Mesa

Viernes 31 Octubre 2014
Rafael Belderráin
La Mesa (1.922 m), “Espolón Tabuyo” 175 metros, V+



La semana había venido salteada de deserciones. Los planes de fin de semana escalando en Pirineos se habían desbaratado: uno tras otro, mis tres opciones de compañero se habían caído. Todos ellos con motivos de peso que conozco y comparto: la familia, los niños, las obligaciones... El caso es que el último, Rafa, me lo confirmó el jueves por la tarde, tarde.



Dado que la previsión de la meteo para Asturias el fin de semana era mala (cosa que luego no fue para tanto), intentamos aprovechar al menos escalando la tarde del viernes.
También en este plan de consolación la cosa fue menguando de forma estrepitosa: con la hora cambiada y currando de mañana, las horas de luz disponibles son pocas. Queriendo trepar en montaña, sopesamos destinos entre San Isidro, las Peñas del Prado, el Fontún, Ubiña… Finalmente nos decantamos por la Mesa en Ubiña, por su nula aproximación. Además, daban bastante viento en altura.

La Mesa tiene unas cuantas vías de escalada y como primer objetivo teníamos la “Natahoyo” con pasos de 6b creo, luego la “Tiempos de República”, de dificultad similar en principio. Estas dos son más duras pero más cortas. Además estaba la vía “Gran Diedro”, más fácil, con algún V+ suelto, muy atrayente para mí por lo evidente de su trazado.


Yo sólo he hecho el Espolón Tabuyo, esta ya unas cuantas veces a lo largo de los años. Una escalada clásica muy guapa, elegante y cómoda, sin apenas aproximación ni logística: lástima no tenga diez o doce largos más en el mismo plan… Siempre es una opción.
Cuando nos juntamos en Mieres a la una y media de la tarde había 29 grados. 31 de Octubre y un calor que en Agosto sería motivo de comentario y queja… Tremendo.

Salimos puerto arriba y afortunadamente el calor afloja: en la Cubilla hay 15º. Una vez aparcados en la Mayá Vieya, preparamos las mochilas a toda velocidad y arrancamos hacia la pared algo mosqueados por el viento. Al llegar al collado donde arrancan las dos primeras vías de nuestra lista, las ráfagas ya nos zarandean violentamente hasta para caminar: claramente así no podemos trepar. Las dos primeras opciones de vía objetivo se descartan automáticamente: seguimos bajando el listón…

Tiramos canal abajo hacia la entrada del “Gran Diedro” y el “Tabuyo”. Yo quiero ir a por la primera porque por lo menos, aunque sea fácil en general (según el croquis), escalaríamos una vía nueva.

Llegados al pie de vía me encuerdo sin demora (tres meses sin poner el arnés…), me calzo los gatos y salgo a por el primer largo: III y luego IV según Adrados. A los pocos metros me atasco en un paso en chimenea vertical y pulida. Yo estoy muy fuera de forma, pero desde luego no parece IV (y si me apuras, ni V!). Lo miro un momento y empiezo a destrepar: vamos éxito tras éxito en esta semana aciaga…



No conocemos a nadie que haya hecho la vía y no tenemos referencias. No queriendo perder lo que nos queda de día (son más de las tres de la tarde y a las seis y media no se ve nada), nos vamos al “Tabuyo”: más vale malo conocido… (y en este caso no es malo en absoluto).




Con bastante viento, aunque menos que arriba en el collado, tiro en la diagonal de partida echando de menos un buril que recuerdo en la misma entrada. Será cosa mía, pienso. Alcanzada la terraza de la primera reunión veo un parabolt reluciente justo a treinta centímetros de varias fisuras perfectas para cacharrear, y vecino además de dos vetustos clavos. Si el buril de la entrada me suena que estuviera, este parabolt estoy totalmente seguro de que no estaba antes… Yo esta reunión nunca la hago, así que continúo para arriba otros seis metros hasta la terraza con tres clavos que triangulo, justo antes del comienzo de los pasos más difíciles.



Rafa me comenta al llegar que se nota flojo de fuerzas. Ya me lo había dicho en el coche, pero ahora se hace patente que venir a trepar después de que te hayan sacado una muela con mucho sudor por parte del dentista, no es nada recomendable. El caso es que Rafa es un tipo duro duro, y yo no soy quien para cuestionar sus métodos de entreno… 

Total, que vuelvo a tirar yo, ahora el largo de V+. Preciosa escalada combinando fisuras y adherencias. Hay bastantes clavos, pero creo recordar quizá alguna chapa que hoy no veo…

El viento va aumentando: ya no nos oímos apenas. Cuando llega Rafa a la reunión (en la que también echo de menos alguna chapa, según recuerdo) viene pálido y mareado, con sabor a hierro en la boca, de sangre de la herida: le quito los trastos y vuelvo a tirar.

Estoy encantado con que me deje ir delante, llevo mucho sin escalar y nada mejor que largos disfrutones como estos para reencontrarse con la roca. Hay que tener cuidado al trepar porque el viento ya desequilibra.

Apurados los sesenta metros de cuerda, el espolón tumba y monto reunión en dos buenos puentes de roca. Mientras aseguro a Rafa me recreo con las vistas y pensando en cuando pasé por aquí en solitario hace unos pocos años, más o menos en esta época, con nieve en las terrazas aquel día.

En este mismo punto guardé la cuerda en la mochila las dos veces que lo hice solo: quedan aún unos ochenta metros a la cumbre, pero más fáciles. Hoy, quizá por el viento que nos zarandea, me sorprende que pasara por estos sitios a pelo. Está claro que todo depende de las circunstancias.



Casi al final hay una pequeña panza donde está el último paso difícil: también creo recordar aquí una chapa que lo protegía y que hoy no está, pero la roca ofrece posibilidades de protección natural.
En la última reunión me pongo la chupa, el viento me ha enfriado el cuerpo.

Días después comentando el tema con Pablo, me preguntaba él si estaba desequipada la vía, que algo había oído. O sea, que algo pasó con alguno de los buriles o espits que me suena que faltan, aunque también creció un parabolt… En cualquier caso, creo que la vía se protege perfectamente tal y como está, con lo existente y lo que deja añadir.



En la cumbre miro la hora: las cinco y veinte, algo más de dos horas desde que empezamos.
Estamos contentos con haber aprovechado la tarde. El cielo azul cuando llegamos, está ahora gris oscuro, anticipando la llegada del otoño y de la primera nevada, anunciada para dentro de dos días, y que tanta gana tenemos ya de ver…




Bajamos charlando hasta el coche, recordando nuestra primera ascensión a esta cumbre muchos años atrás, yo de niño, ambos con el grupo de montaña del colegio, quién sabe si ya coincidimos aquel día…

Para mí una tarde disfrutada con un amigo en el monte, algo azotados por el viento. Una delicia.
Para Rafa una escalada bajo los efectos secundarios de la anestesia y de gente arrancándote con esfuerzo arraigadas piezas dentales.
...Cada uno disfruta a su manera.

Mieres 13:30 h
Mayá Vieya 14:45 h
Pie de “Gran Diedro” 15:00 h
Pie de “Tabuyo” 15:15 h
Cumbre 17:15 h
Mayá Vieya 17:45 h

domingo, 18 de noviembre de 2012

El Tabuyo en solitario, una pequeña aventura de dos horas

Fue por esta época hace unos años, en Noviembre, y las condiciones eran interesantes: como ahora, ya habían pasado dos borrascas con nieve, las dos primeras del ya deseado invierno, y habían manchado de blanco la cordillera después del largo periodo estival. La flexibilidad de horario de mi empresa me deja compensar de lunes a jueves las horas de la tarde del viernes, así que aprovechando este regalo, lo pensé, preparé los trastos y los metí al coche. Salgo del curro a la una y media, pero aún voy a comer con Paula a Colloto. Después de volver a dejarla a ella en su trabajo, a las tres arranco dirección Ubiña.


Antes de Pola de Lena un pitido me anuncia la entrada de la reserva del coche, pero ahora no puedo perder tiempo parando a echar gasoil...
El puerto de la Cubilla se hace largo. Llegando arriba hay un par de curvas típicas en las que con cuatro copos de nieve el puerto se queda cerrado para los coches normales, pero hoy tengo suerte: no ha nevado lo suficiente. Una vez en lo alto, cojo a la izquierda la pista hacia los puertos de la Vallota. Aunque en general los prados están despejados,  la nieve empieza a aparecer más, y en una pequeña cuesta me atasco en un nevero formado por el viento: tiene unos treinta centímetros de profundidad y ocupa el ancho de la pista. Voy justo de tiempo y con esto puede torcerse el plan… Me bajo del coche de camisa y con zapatos de calle, busco unas piedras y las coloco bajo las ruedas, prueba y error, adelante y atrás, finalmente consigo sacarlo, pero he perdido un buen cuarto de hora… Tiro otros cien metros hasta otro nuevo nevero, pero ahora ya no arriesgo más, aquí ya no meto el coche, maniobro, le doy la vuelta y lo aparco.
Aún estoy lejos de la portilla que divide las tierras,  en el colladito que da a la majada de las cabañas: ya son las cuatro y media. Por fin me cambio de ropa a toda leche, agarro la mochila y salgo corriendo (literalmente) ladera arriba. Si quiero hacer la vía tengo que espabilar: tengo poco más de dos horas de luz.
Paso las cabañas de pastores por encima, he ido ganando altura, no hay nadie. Al alcanzar el collado, una bocanada de viento frío me pega en la cara. La nieve acumulada por ese mismo viento tapiza la pendiente, los playeros resbalan en mi trote hacia el pie de vía. Llego a la base, con nieve sobre la gravera, y empiezo a sacar el material. Mientras me pongo el arnés, echo vistazos a los remolinos de nieve que se levantan en la soleada pared de detrás, soleada no como la mía que está en sombra. Hay un ambiente muy guapo de montaña, que a la vez impone respeto.
Monto la reunión con un fisurero, un friend y un diente de roca, todos orientados para trabajar en tracción ascendente. Anclo la cuerda de 9 mm y la paso por la placa seguro en el arnés; entonces le hago nudos cada cuatro metros, a la vez que la voy metiendo en la mochila.
Todo está listo, miro la hora en el móvil: son las cinco y me estoy quedando sin batería.
No sé si no estaré prestando atención a las señales que me llegan: el coche en reserva, atasco en el nevero, el móvil sin batería… Escuchar a esas señales me ha hecho abortar algún plan antes de empezar, pensando que se iba a torcer: nada, pienso para mí, son las dudas típicas del pie de vía. Además, esta vía ya la había hecho en solitario unos años antes y no tiene por qué dar problemas.
Última mirada al tinglado, todo correcto, me pongo la mochila y empiezo a trepar: la roca está fría, voy poniendo algún friend, chapando los clavos de la primera repisa (reunión falsa) y remonto una panza de roca dudosa hasta la primera reunión oficial. Hasta aquí todo bien, solo hay que prestar atención a la roca y evitar pisar la nieve de las repisas.
El sistema de autoseguro funciona bien, así que chapo la reunión y continúo hacia el largo de V+: el terreno aquí se hace un poco más vertical, la roca está algo pulida y tiene unos pasos de placa y equilibrios hasta coger las fisuras de la derecha, pero hay seguros fijos cerca y con concentración, siempre en libre, lo resuelvo bien. La dificultad afloja y estiro los últimos metros del largo (y de la cuerda) para alcanzar la segunda reunión de la vía. Me anclo yo, anclo la cuerda, me quito la mochila y empiezo a rapelar: tengo que volver a la base, desmontar la reunión y volver a subir hasta aquí para poder continuar.
Mientras rapelo, retirando parte de los seguros y dejando otros que guíen la cuerda, voy pensando en lo aislado de mi situación. Pese a ver las casas y los pueblos del valle relativamente cerca, lo cierto es que no queda mucha luz, la temperatura ha empezado a bajar y no he dicho a nadie a dónde iba: no me puedo permitir errores. En realidad, esto es lo que vengo buscando, algo de aventura para un viernes por la tarde.
Llego a la base, desmonto la reunión y empiezo a trepar de nuevo. Pronto estoy de vuelta en la segunda reunión de la vía, que ha sido la primera para mí.
Me organizo el material en el arnés y vuelvo a hacer la maniobra de la cuerda; nudos cada cuatro metros y a la mochila, la paso por la placa seguro después de fijarla al punto central de la reunión. Empiezo a escalar ahora por el filo del espolón, bloques aéreos aunque fáciles, en los que el ambiente es espectacular. Después de unos doce o quince metros la cosa empieza a tumbar y simplemente continúo estirando la cuerda, y cuando se va terminando, busco emplazamiento y monto la reunión abrazando con la propia cuerda varios bloques grandes del filo del espolón. Repito las maniobras: bajar, retirar las cosas y volver a subir. Llevo dos largos de cuerda, que equivalen a unos tres largos aproximadamente de los originales de la vía.
En este punto las dificultades han bajado, así que recojo la cuerda, la meto en la mochila y continúo en solo. Estoy trepando tranquilo, a unos quince metros desde que empecé sin cuerda, cuando oigo un beep-beep procedente de la tapa de la mochila, el móvil se ha muerto. Ahora sí ya estoy solo de verdad.
Un poco más arriba, me asaltan las dudas en un paso en una pequeña panza (algunos croquis marcan IV+, otros V), mosquetono un seguro con una cinta larga unida al arnés, y con esta seguridad salgo para arriba sin problema.
Llego a la cumbre; una capa de nieve de treinta centímetros tapiza las llambrias, ocultando agujeros en los que cuelo algún pie. Me quito el arnés y los gatos y lo meto todo en la mochila. Sin móvil no tengo hora, y he quedado con Paula en Gijón a las ocho y media para hacer la compra,  así que salgo a toda leche hacia la normal: después de medio torcer un tobillo en un destrepe (uno se relaja después de lo difícil y entonces es cuando rompes un pie, y te ves a kilómetros de nadie, sin móvil, anocheciendo, con nieve alrededor...): ojo, atención, me recuerdo.



Mientras voy trotando por la media ladera de hierba hacia el coche, lanzo alrededor miradas de medio segundo cada una: con estos breves fotogramas me deleito con el paisaje: las praderías se sumergen en la sombra, mientras más arriba, las aristas y las cumbres más altas aún tienen un haz de esa luz otoñal que anuncia el frío que está por llegar.
Cuando llego al coche, sin apenas luz, miro la hora y veo que son las 7:00. Todo el periplo en poco más de dos horas!
Mientras conduzco para casa (parando a llenar el depósito en Pola Lena) rememoro algunas escenas y pienso en lo intenso de la experiencia: según en qué condiciones, cualquier vía puede ofrecer una aventura.
Más tarde, haciendo la compra, en la cola en la charcutería, la cabeza volvía inevitablemente a las escenas de un rato antes: Ubiña, alta montaña al lado de casa, ¡qué lujo!

Esto ha sido para mí esta tarde en el espolón Tabuyo a la Mesa, una pequeña aventura de dos horas.