Estamos en verano, y aunque vivo en Asturias, el calor se nota. Y se nota más de lo normal. No es que sea agobiante ni todo el tiempo. Se trata más bien de la tendencia general. Y de la aparición poco a poco y cada vez con más frecuencia de episodios puntuales como las “olas de calor”, algo que siempre ha existido, pero que ahora se presentan más pronto en el verano, y con más repeticiones que antes. La mar está más caliente de lo normal, desde hace años subiendo de temperatura de manera continua, inexorable. Y la temperatura del agua es el indicador clave, al ser el océano el regulador general.
Estamos asistiendo a los efectos de eso que se nos venía anunciando por la comunidad científica desde hace tiempo (bastante tiempo ya en realidad). Ahora las señales son claras e inequívocas.
Como leía hace unos días, debemos ser conscientes de que en términos generales, 2026 probablemente va a ser el año más frío del resto de nuestras vidas. Ojo porque duele leerlo. Esto no es opinión: son datos y estadística.
A parte de esta reflexión, como cada año, a medio verano mi cabeza empieza a echar de menos la nieve…
Recuerdo ahora un breve paseo de raquetas con Paula el pasado invierno, por el entorno de San Isidro, dirección al Valmartín.
Sin objetivo concreto más allá de disfrutar de las vistas y las sensaciones.
Objetivo cumplido, ganas de repetir.
Y ganas de blanco otra vez.







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