LA MONTAÑA COMO PASIÓN, COMO ESCENARIO INFINITO SOBRE EL QUE DISFRUTAR INTENSAMENTE DE LA VIDA,
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domingo, 18 de julio de 2021

Sur del Valdecoro, la casi Clásica

5 Junio 2021, Bene Santos 
Pico Valdecoro (1.812 m), Cara Sur Vía Original (6b/V obl/330 m)


Tantos años pasando por debajo, mirando esta pared, y el caso es que apenas he oído hablar a nadie de ella. Las pocas veces que pregunté expresamente por ella, las respuestas fueron vagas, poco invitadoras. Con todo, la cosa es que la tapia tiene su estampa, la vía mide unos trescientos metros, la aproximación es corta y cómoda, y ese conjunto no se da apenas en los Picos de Europa. Sólo me faltaba encontrar el momento y el amigo adecuados. En junio se alinearon los astros y para allá que nos fuimos Bene y yo.

Desde casa es una buena tirada de coche hasta Espinama, algo más de dos horas. Ahí abandonas el asfalto y empiezas a remontar metros rápidamente. Los recuerdos de subir esta pista con la bicicleta con Estivi y los Piñera, dando la vuelta al Macizo Central hace muchos años me dan para comentar con Bene.

Llegados a Igüedri aparcamos y vemos la llegada de la pista de PeñaOviedo, otra buena paliza con la bici, en ese caso en la vuelta del Oriental. Hoy hace buen día y calor, la previsión es buena. Cogemos poca ropa. Repartimos el material y salimos caminando hacia nuestro objetivo.

La aproximación arranca primero bajando, después llaneando y por último subiendo por dentro de un bosque espectacular. Frondoso con hojas nuevas de esta primavera, la vida en pura explosión. El ciclo que se reanuda. 

Entre los árboles asoma de cuando en cuando el perfil alpino y afilado de nuestra montaña, altiva y desafiante por encima de nosotros.


El tramo final de aproximación se hace más duro por la cuesta que ahora remontamos, en terreno algo incómodo por momentos. La guía de Miguel y Cholo dice que veinte minutos (ja!). Es algo menos de una hora cuando estamos poniéndonos el arnés, después de haber trepado el zócalo inferior en trepadas sencillas pero de las de no despistarse.


Identificada la chimenea del primer largo, arranco delante a ver qué nos encontramos. La escalada es vertical, sobre roca algo fea por momentos, y con más vegetación de la deseable. Muy pocos seguros fijos. Reunión con dos chapas.


El segundo largo repite tónica, más sencillo de grado pero que no permite despistes. Estiramos la cuerda a tope. La pared es tiesa y va cogiendo aire. A nuestro alrededor un montón de buitres nos demuestran su destreza leyendo las térmicas para elevarse con el mínimo posible batir de alas: perfectos en su economía de esfuerzo. Apuradas las cuerdas a tope reunión con dos chapas.


El tercer largo es el más duro de la vía: el antiguo artificial que hoy día cotan de 6b. Para este largo me he informado más en detalle con mis amigos de entrelatierrayelcielo, tanto con la excelente descripción de su blog como con consultas directas que muy amablemente me respondieron. Arranca el largo hacia la derecha en V, asegurando primero a un puente de roca sin equipar. Por encima buena roca fisurada te permite protegerte de forma natural. Travesía algo descendente hasta un parabolt en un sitio un poco raro. Por encima se levanta la secuencia: unos diez o doce metros tiesos con ciertos relieves donde colocar trastos. Hay un clavo apenas un metro por encima del parabolt, y desde este me remonto un par de metros más, y coloco un allien y un fisurero mientras miro hacia el parabolt de encima, aún lejos. Es claramente el paso de artifo porque a su lado hay un viejo buril. Me levando fijándome en la secuencia, y me estiro a tope para ver si llego, y no. Destrepo hasta el reposo y vuelvo a mirar. Nuevo intento, me levando más que antes, los pies a la altura de los seguros, la mano izquierda en un canto regulero, pie izquierdo en un romo alto, el pie derecho en un ris. Me estiro a tope del todo, y en extensión completa consigo chapar el parabolt y pasar la cuerda. Cuelgo para descansar y salgo en libre los últimos seis o siete metros hasta la reunión. 

Apretada que le pegué...

Me ha parecido más de 6b: si acaso lo que hice ya es 6b, hasta la chapa, salir en libre del tirón me parece más. Aún sabiendo que estoy bajo de forma. Y desde luego, tal y como está no es algo para hacer en A0 como se ve en algún croquis. Deduzco más tarde, después de hablarlo con Bene y con más gente, que probablemente haya saltado un clavo debajo del buril, en el que la gente se colgaba y hacía estribo para llegar. Quizá una V donde yo puse el allien. Ahora mismo, en artificial será más bien A1+/A2. Y me repito que en libre no me parece 6b (aunque puede serlo...).



Para arriba empieza ahora un largo muy estético, de V+, al principio con pasos en placa, un pequeño desplome y luego fisuras con mucha vegetación que dificultan su aseguramiento y su escalada. Es, con todo, el mejor largo hasta ahora. Panorámicas vistas al valle. Los buitres siguen ciclando a nuestro alrededor, a veces por encima, otras por debajo. Aquí la reunión se monta reforzando un clavo con friends. Quedan muy bien. Llega Bene confirmando mi impresión: muy guapo, aunque una pena la hierba.

Los siguientes largos hasta cumbre, tres o cuatro dependiendo del croquis, son una sucesión de pasos en fisura, placas intercaladas, espolones que flanquear... Todos ellos en torno al V y con un exceso de vegetación que los hace desagradables. La escalada en sí es buena, pero tener que cogerte a la hierba, o apartarla para encontrar las presas de mano y los apoyos de pie, o los eventuales clavos existentes, hacen que pierda atractivo y que, en nuestra opinión conjunta, aumente tanto su dificultad como su riesgo.


En el penúltimo largo coloco un camalot 0.75 más dentro de la cuenta en una grieta. Para colmo, no hemos traído el sacafisureros. Bene pelea un buen rato pero, y a pesar de dejarse las manos bien arañadas, no consigue sacarlo. 



 

Salimos a la arista muy cerca de la cumbre, lazo un bloque para asegurar por última vez ahora con vistas hacia la verde vertiente contraria. Asoman altivas las crestas de la Olvidada y la Peña Vieja, setecientos metros por encima de nosotros... Comemos algo en la cumbre, echamos un trago de agua, y después de alguna foto arrancamos con cuidado (es caminar y es prado mayormente, pero no te tropieces) hacia abajo.

Durante la bajada y durante el viaje de vuelta a casa, entre otros muchos temas de conversación, de vez en cuando nos vuelve la charla a la escalada de hoy al Valdecoro. Los dos pensamos lo mismo: tachada está, pero no creo que volvamos a repetirla. Y si me preguntan, si la recomiendo o no, diré como me dijeron a mí; si eres un coleccionista bien, pero si no es el caso... Por algo no se ha convertido en una escalada Clásica de los Picos. Dejémosla en la casi Clásica!

Ahora mismo tiene un aliciente adicional: poder recuperar un camalot verde prácticamente nuevo.
Ahí queda eso.

Una buena referencia: entrelatierrayelcielo espolon-sur-valdecoro/ Gracias chavales!

Con Bene, como siempre, un placer. Y las fotos buenas, como siempre, pues eso. 

Gijón 7:00 h
Igüedri 9:15 h
Pie de Vía 10:30 h 
Cumbre 14: 45 h


sábado, 19 de junio de 2021

De paisanos, Ogros y Margaritos


"The games climbers play" es un tocho de 600 páginas que recopila relatos variados de escalada, desde expediciones a bulder, de roca y de hielo, divertidos y serios, trágicos y cómicos. Eso sí, casi todos ellos tienen 40 años o más. 

Compré este libro en Inglaterra hace más de veinte años, y de cuando en cuando lo cojo, me leo dos o tres historias, y lo vuelvo a colocar en la estantería, junto con los demás. 

Uno lee aquí el relato del señor Doug Scott acerca de su odisea para bajar de una de las montañas más difíciles del mundo, habiéndose roto los dos tobillos cerca de la cumbre, y no puede más que flipar, y darse cuenta de cuán margaritos somos... Tamos de yogur, de actimel... 


lunes, 14 de junio de 2021

Mi juguete favorito

Soy como un niño. Y espero seguir siéndolo. Tengo mis juguetes. Muchos y variados. 

Tengo juguetes para la nieve, para el hielo, juguetes para la roca, juguetes para el agua... Juguetes para acampar, para esquiar, para escalar, para bucear. También hay por casa algunos juguetes de mis hijos, pero mayormente son cosas mías. 

A lo largo de mi vida, los juguetes han ido variando, o ganando protagonismo unos sobre otros, según las temporadas y las modas. Pero hay uno que se ha mantenido presente desde muy niño, y que aún hoy lo está: la bicicleta. 

Recuerdo bien todas las bicicletas de mi vida. La primera fue una pequeña BH, de niño, azul, preciosa. Mi hermano la tenía igual pero roja, también muy bonita. En ellas aprendimos a pedalear, en ellas nos dimos nuestras primeras vueltas a nuestro aire, en radio corto claro.

La segunda fue una Bicicross, roja, también preciosa. Con esta descubrí la libertad. Fue la bicicleta de la preadolescencia. Primeros escardeos fuera de las fronteras acordadas. 

La tercera fue una California, azul y amarilla, muy viva. Saltos, derrapes, caballitos...

A partir de esta empezaron las bicicletas de montaña. Recuerdo leer una revista Pirenaica con un artículo sobre mountain bike. Me quedé alucinado leyendo y viendo las fotos, imaginando las posibilidades... 

Mi primera bicicleta de montaña la compré con el dinero ganado en un concurso, no recuerdo si fue de dibujo o de redacción. Lo que sí recuerdo bien es la bici: una MBK roja, dieciocho marchas, frenos cantilever. Maravillosa. Me la robaron a los pocos meses, vaya disgusto, pero ya había probado sus muchas posibilidades y había visto ampliarse mis horizontes. 

Después del robo tuve por unos años otra mountain bike BH, azul, un fierro... No iba bien. 

Con un dinero ganado dando clases particulares durante el verano me compré mi siguiente bici: mi primera Trek, azul, de acero, frenos VBrake, preciosa. Se la compré a Javi y Rosa en su tienda Ciclos Morán en Oviedo. 

Con esta hice mil excursiones. Primero sin horquilla de suspensión, luego con ella. Frenos V brake. Dormía en el garaje de mi padre. Un día descubrí que me habían robado los frenos. Desanimado la guardé una larga temporada en el trastero de mi gran amigo Estivi. La sigo teniendo. En ella he llevado a mis dos hijos desde bebés , y en ella se han aficionado ellos a la bicicleta. 

En la misma época que nació Javi me compré mi segunda Trek. Aluminio, negra, preciosa. También se la compré a Javi y Rosa. Gasté varios juegos de coronas, cadenas. Cambié de horquilla y sigue funcionando perfecta. 

Este año, cuando la Negra ya había cumplido diez años, me surgió una gran oportunidad a través de mi grupo BT-Tú. Le compré a un amigo una bicicleta de 29", carbono, roja, preciosa, y casualidades de la vida, Trek de nuevo. 

Pepino de bici que ya me está dando alegrías desde el primer día...

Tres décadas, tres Treks. Acero, aluminio, carbono. 




La negra la ha heredado Javi, con un cambio de potencia para adecuar la geometría a su talla. 

Sin duda alguna, mi bicicleta, cada una en su momento, ha sido siempre mi juguete favorito. 

jueves, 3 de junio de 2021

El renacer

Primavera en Sajambre.

Levantarme antes que la familia, y sin desayunar, salir a caminar. 

Salgo del pueblo remontando con esfuerzo por el camino que sube hacia los Collados. Al llegar a Valdelosciegos me desvío a la derecha, hacia el puerto de Barcinera. 


Niebla densa, a ratos casi moja. En Llagubeño admiro la luz tenebrosa a pesar de la época del año y la hora.

Entro en la zona de bosque, esplendoroso con su nuevo manto. Mágico con esta nube, brotes verdes en cada rama. El renacer de la vida.

Me paro de trecho en trecho a disfrutar cada recodo, siempre con la esperanza de ver algún bicho. No tengo suerte más allá de algún pájaro que, escandaloso, denuncia mi presencia.

Las nubes bajas impiden ver los perfiles. La perspectiva limitada a lo cercano.


Llegando a la Cotorra, con caminar silencioso, pisando con atención, bruscos galopes cercanos de corzos asustados, huyendo veloces.

Me siento un rato en la cumbre, rodeado de nube, con menos de veinte metros de visibilidad. A los pocos minutos llega el primer rebeco, no me ha visto, avanza tranquilo a su aire hasta que me descubre y asustado pega dos saltos al vacío y desaparece en el gris.

Minutos después aparece otro rebeco, este me ve de más lejos y ya no se acerca más.

Emprendo la bajada y a los pocos metros tengo que volver a subir al hito de la cumbre a reorientarme: es increíble cómo la niebla te deja descolocado a pesar de conocer bien el lugar.

De camino hacia la pista se me cruza un nuevo corzo al galope.

Soledad acompañada, acompañada por los animales.

Cuando llego a Barcinera, dudo entre volver por donde he venido, o cortar directo por el bosque. Me echo al bosque: entre los regatos de la Regona y los Cañedos, buscando el mejor camino, orientado únicamente por la cuesta abajo a seguir. Angulo pronunciado. Sin camino. 

Caminar entre ramas y hojas en la pendiente, ayudado por los bastones. Encuentro de cuando en cuando trazas de animales, bien marcadas, en sus idas y venidas, secretas para nosotros. Casi siempre son horizontales, así que apenas me sirven. 

Más abajo, en lo más profundo del bosque, me encuentro el rastro claro de lo que en su día fue un camino: mi suegro me habla de estos caminos hoy perdidos, me relata cómo patrullaban estos lares, siempre atareados, siempre arriba y abajo, de acá para allá, tras las vacas, tras las cabras, la dura vida del monte. Tan vigente hasta hace pocas décadas, desde que hay memoria...

Sigo bajando hasta llegar a Miraño. Prados, antaño joyas para la gente que necesitaba la hierba para sus animales, para sus inviernos. Hoy día, poco a poco, abandonados por unos, cercados por el bosque que recupera su terreno.

Casi tres horas de paseo sin ver a nadie.

Llego a casa. Al rato salimos todos de paseo. 

Primavera en Sajambre. Pilas cargadas. 

Cuánto lo había echado de menos estos meses.


viernes, 7 de mayo de 2021

El eterno peregrinar - Calima en el Corredor Maxi a la Torre de la Horcada

1 Abril 2021
Fernando Calvo
Torre de la Horcada (2.447 m), Corredor Maxi 

Por fin podemos quedar.
Las condiciones no son para tirar cohetes, y el día amenaza lío desde el principio, pero esto es así; aprovechar la opción cuando se da, adaptarse a las condiciones, una búsqueda continua, un eterno peregrinar.


Las restricciones hacen que cuando aparcamos en Pandecarmen seamos apenas tres coches. Repartimos los trastos, variados, con esperanza de poder hacer algo, van desde los dobles piolets hasta los pies de gato, pasando por todos los trastos de en medio. Bueno, todos no, dejamos aquí los tornillos de hielo.
La temperatura es alta y no creemos que vayan a usarse.

Coincidimos aquí con Carlos Llerandi que arranca a la vez que nosotros con un amigo. Su ritmo, mayor que el nuestro, unido a la intención de charlar, hace que subamos a buen paso. Al cabo de un rato tiran delante. En el refugio viejo volvemos a coincidir. Aún vamos en seco, pero la nieve comienza pronto. En seguida ya vamos pisando blanco. Sucio blaco, pero blanco al fin y al cabo. Remontamos laboriosos hasta debajo del Porrubolu, donde nuestros caminos se separan. Carlos y su amigo van dirección a los Argaos, nosotros giramos hacia la Mazada.


El savoir-faire de mi amigo hace que paremos a poner los pinchos en una piedra que asoma, y desde aquí arranquemos a media ladera, ahorrando parte del rodeo hacia el Porru Llagu. Eso sí, a costa de remontar metros a gran velocidad. 
El tiempo va pasando, pero nos vamos acercando al collado: aquí el viendo se hace muy intenso. Por momentos obliga a parar. Como suele pasar con gente que se conoce, sin hablarlo, nuestros pensamientos se han movido en paralelo: ambos descartamos el plan de roca (queda para otro día, no se abandona) y pensamos alternativas. Ambos seleccionamos una, y cuando lo comentamos, obviamente estamos de acuerdo.
Sin parar seguimos del collado hacia el camino de Fuente Prieta: sacamos un piolet porque aquí asoman algunas grietas de retracción, de esas que en Picos te pueden dar un buen susto. Por no hablar de los enormes agujeros que, con sus enormes fauces, nos reclaman. 
Andar y andar, remontar y bajar, flanquear y más andar. Casi a la altura de la Horcada del Alba y de la Torrezuela,  seguimos girando hacia esta vertiente menos habitual. Pronto empezamos a ver nuestro objetivo para hoy: la Torre de la Horcada presenta una cumbre secundaria, que por esta vertiente encaja un llamativo corredor escalado por primera vez por los incansables Salvi y Paco, y que nosotros dos tenemos pendiente.
Paramos a comer algo antes de arrimar el tramo final. Se ve bonito, corto pero bonito. Además, no siempre está uno intentando algo nuevo, y además con la sensación de tener el macizo para nosotros (Carlos y compañía están en la vertiente contraria, tan lejos...). 
El día sigue con cielos tenebrosos, negruras amenazantes y luz de fin de mundo: el polvo sahariano en suspensión que lleva unos días con nosotros transforma todo, empezando por la blancura natural de la nieve. Hacia el Sur la cosa pinta negra.


Completado el avituallamiento, nos disponemos a partir a por la escalada. Justo antes de arrancar, a Fer se le vuela la funda de los crampones; en unos segundos a cientos de metros dirección a las Marías. No lo duda un segundo y sale corriendo a por ella: ligero cual gacela (está flaco cual gacela en temporada de sequía, o cual rebeco de los Picos al final del invierno...) cruza la ladera hasta recuperar la funda. No tanto por la pérdida en sí como por no dejar rastro: hay gente que no solo predica, sino que practica con su ejemplo.


Recuperada la funda voladora nos reagrupamos ya al pie del corredor. Cruzamos la rimaya.



Se ve guapo, encajado y con algún resalte. En su entrada sacamos la cuerda, montamos una reunión, y el guide arranca delante mostrando oficio: da gusto ver moverse a la gente cuando están en su medio. 



Al final de su tirada tiene un resalte, a unos 80 grados, con roca donde asegurar.


Resuelve con la soltura y precisión de quien ha hecho de esto de escalar su forma de vida. Encima del paso, y por dejarme a mí algo del pastel, monta el relevo. 



El largo no tiene nada de dificultad salvo ese paso final, pero resulta divertido y como siempre, me encanta trastear por la nieve y el hielo (algo hay), con los cacharros en las fisuras, y esa sensación especial que tiene la montaña invernal.



El segundo y último largo del corredor es más tumbado, y salvo un pasete al comienzo no tiene misterio. El pasete en cuestión está peleón porque la nieve no ha transformado y tengo que sanear hasta encontrar apoyos en la roca de los lados. Después de esto es un trámite de 45º estirando los sesenta metros hasta llegar al collado. Coloco seguros de cuando en cuando en la pared de la derecha. 



Asegurando a Fer disfruto de las vistas hacia la Peña Santa: ¡qué espectáculo de montañas tenemos! pienso para mí. Cuando llega Fernando se deleita con el mismo panorama, y sus exclamaciones lo confirman. Podríamos hacer cumbre en la Horcada por su normal, que tenemos delante y hacia la derecha, pero preferimos salir girando a la izquierda, hacia la cumbre de la torre secundaria en la que terminará nuestra ascensión. 





Las vistas alrededor me llevan al verano, cuando recorrí la integral con Rubén. Qué bien lo pasamos.
Cumbre, vistas, nubarrones. 
El viento no invita a pararse demasiado: bajamos destrepando con atención hacia la Horcada de Santa María, y ya cuando libramos un poco de la ventolera, paramos a picar algo y recoger los achiperres. 
Fer, que está como una moto, me quita todo el peso del material de escalada y lo lleva él. Con las botas de verano, los guantes finos, y la humedad reinante, estoy incómodo parado, así que mejor seguir moviéndonos.


Desde aquí todo vuelve a ser caminar, piolet en mano algún tramo, y faldear, remontar y bajar, y más andar hasta el coche de vuelta. 


El cielo detrás del Requexón está gris marengo: por la pinta podría ponerse a diluviar en cualquier momento y no darnos tregua ya más. Pero apenas nos caen cuatro gotas.

Llegando al Porrubolu volvemos a coincidir con Carlos y su colega, que han hecho varios corredores de los Argaos, encantados. Casualidad coincidir, volvemos a bajar juntos charlando de mil cosas. Manadas de rebecos campan por sus territorios en los que nosotros cuatro somos intrusos. 


Pandecarmen está tan lejos como siempre, y el llano final se hace tan pesado como siempre...

Cerveza para rehidratar y comentar la jornada: casi cuatro horas de pateo de subida para trepar dos largos, para apenas una hora de escalada, y luego otras tres horas de bajada. Dieciocho kilómetros recorridos entre ida y vuelta para apenas noventa metros de escalada...
Merece la pena, merece mucho la pena. Para nosotros casi siempre merece la pena. Esto esto es así. Los Picos son esto. Y nuestra afición por ellos encaja a la perfección: no nos cansamos.
 
Una búsqueda continua, un eterno peregrinar.




Grande Fernando. Como siempre, un placer.