LA MONTAÑA COMO PASIÓN, COMO ESCENARIO INFINITO SOBRE EL QUE DISFRUTAR INTENSAMENTE DE LA VIDA,
DONDE ESCALAR, ESQUIAR, PEDALEAR, CORRER, CAMINAR...
DONDE LOS AMIGOS, EL ESTILO Y LAS FORMAS CUENTAN, Y MUCHO

viernes, 30 de septiembre de 2022

Supercanaleta en Solitario Invernal

Colin Haley, alpinista de clase mundial, relata con gran sencillez su repetición solitaria invernal a la Super Canaleta del Fitz Roy. Espectacular: https://colinhaley.com/fitz-roy-winter-solo/
Foto de Colin. Merece la pena la lectura.

domingo, 18 de septiembre de 2022

Soledad embarrada

En estos tiempos que todo se mide, se contabiliza, se parametriza, ¿cómo conseguir medir mis sensaciones atascado en mitad de aquel barrizal? ¿cómo transmitir mis contradictorios pensamientos?, por un lado renegando, insultándome a mí mismo, y por otro encantado de lo que estaba pasando. No es fácil de explicar.
De cara a una excursión larga en bicicleta en poco más de una semana con unos amigos, había decidido por mi propio bien cambiar una tarde es escalada deportiva por una salida en bici a rodar un poco más de lo habitual, a acumular kilómetros y desnivel, a percibir sensaciones. Salí de casa con el recorrido en la cabeza, pero sin tener claro si lo iba a hacer entero o lo iba a recortar en algún punto intermedio. La cosa era salir dirección Deva, subir por alguna de las pistas del camping a la Olla, desde allí remontar al Curviellu, bajar a Peón perdiendo casi todo el desnivel ganado, luego coger la carreterita que lleva al Alto de la Cruz. Desde ese punto recorrer el Cordal de Peón, con sus continuos subebajas hasta la Collada Fumarea, remontar hasta el Fario y desde este punto culminante, bajar por el bosque de pinos dirección Caldones y terminar retornando a casa por la senda de la Camocha. Los primeros tramos, los habituales en mis salidas cortas, se sucedieron sin incidencias. La tarde está con nubes que entran y salen, amenaza lluvia. No hay nadie. En el Curviellu me tiro por la trialera que baja al fondo del valle de Peón. Desmonto en algún tramo por respeto. Abajo, en Casa Pepito empieza a llover, con ganas por momentos. No hago caso y sigo dirección a la subida de la Cruz. Este puerto es precioso, corto pero continuo, de carretera estrecha con un paisaje muy guapo. Se me hace largo, especialmente en el tramo final. En los últimos kilómetros adelanto gente caminando, peregrinos dirección a Covadonga imagino. Ni una bici. Coronada la Cruz giro a la derecha hacia el Cordal. En la primera encrucijada cometo el error del día: en lugar de seguir de frente por la pista principal, me decido por una a su derecha, ya recorrida anteriormente. La cosa no arranca mal, pero poco a poco va habiendo más barro. Se nota que han estado trabajando los madereros, y después se ha adecentado con palas. El barro que inicialmente me dejaba ciclar, en el desarrollo más corto de la bici a pesar de ser casi llano, poco a poco me va agarrando cada vez más, hasta que me obliga a posar pie y continuar caminando. Lo razonable habría sido dar la vuelta y coger la pista correcta. Pero algo me impulsa a continuar. Cada vez a más barro, cada vez peor, y sin embargo, sigo.
En estas situaciones llega el punto en que te paras, miras atrás, miras alante, y valoras qué hacer. A mí este punto me llegó atascado en barro consistente, hundido hasta cerca de las rodillas, con la bici al hombro (ni siquiera podía llevarla rodando, atascaban los pasos de rueda con tacos consistentes de barro).
Allí solo, atascado, en mitad del ambiente brumoso, rodeado de árboles, huellas de animales alrededor, con muchos cientos de metros recorridos, y aparentemente con cientos de metros similares por delante, renegaba de mí mismo. La bicicleta pesaba varios kilos más de lo normal: barro denso agarrándose a la horquilla, al cambio, a los discos de freno...
Momentos de zozobra. Y seguir adelante. A ratos me cuesta enormemente sacar el pie de la masa marrón, tengo miedo de dejarme la zapatilla atascada en el fondo. El peso de la bicicleta clavado en el hombro,el sabor del barro en la boca... Aproximadamente una hora para un tramo que en condiciones normales se rueda en cinco minutos... Pies mojados, barro denso por todo el cuerpo. Cuando se termina por fin el tramo "arreglado" por la pala, después de sacudir los tacos gordos adheridos al cuadro, por fin me subo de nuevo a la bici.
Continúo por pista boscosa, con charcos profundos, zonas rápidas y otras no tanto. Enlazo con la pista principal. Rodar cansino de subebaja hasta alcanzar el bebedero de ganado donde paro a lavarme a mí y a la bici, a conciencia. Veinte minutos restregándome, me quedo algo frío con tanta agua que me he echado por encima... Sigo desde aquí pedaleando hacia la Fumarea. Sin ver a nadie. Llego a la collada: miro la hora y sopeso darme la vuelta por el valle de Peón, o continuar hacia el Fario. La nube cubre totalmente la cumbre. Decido seguir para arriba: remontar hasta las antenas me exige apretar los dientes. Llevo acumulados kilómetros, desnivel, e incertidumbre.
En las antenas, punto culminante del día, bajo la nube densa, enfría. Paro y me pongo el chubasquero. Como las últimas gominolas y echo un trago de agua.
La bajada del bosque de pinos está preciosa, luz mágica de sol colándose por entre las ramas, atento al suelo con mucha piedra suelta, voy recorriendo estos tramos tantas veces disfrutados. Sigue sin haber nadie. Gijón, doscientas ochenta mil personas, numerosas tiendas de bicletas, y nadie de nadie. Todo esto para mí. El resto del descenso, por la Llomba, Granda y luego la senda de la Camocha,llego a casa encantado. Me meto en la ducha con la ropa puesta, y con las zapatillas en la mano. El agua corre marrón durante minutos. Cuarenta y cinco kilómetros, mil metros positivos, unas cuatro horas. Esos son los datos medibles.
Una pequeña aventura solitaria en el patio de atrás de casa, en una tarde nublada de viernes. Eso es lo que no es medible, y que cuenta mucho más.

miércoles, 7 de septiembre de 2022

La mente en blanco

2 abril 2022 Circular al Pico Toneo en el Puerto de San Isidro Nando, Carlos Cabo y dos amigos más
Casi todos los años me pasa igual. Llega agosto y la cabeza ya me empieza a pensar en blanco. En nieve vamos...
Una de las últimas salidas de esquí de la pasada temporada. Ya era primeros de abril. Había caído una nevada la noche previa y la carretera en la parte alta del puerto estaba bien blanca.
El cielo no auguraba nada bueno. La idea inicial de tirar hacia la Rapaina se descartó por falta de visibilidad. Decidimos conservadoramente darle la vuelta al Pico Toneo. Aparcamos en la zona de la cafetería de Salencias, parte inferior de la estación de San Isidro. Mientras nos preparamos flipamos con la fauna que pulula por allí, las formas, los modales, la actitud... increíble. Salimos los cinco foqueando bajo la nube. A ratos nieva.
Ganada la zona de Cebolledo, remontamos ahora por la derecha de las pistas. Hay bastante gente en la estación. Sin duda está siendo una temporada excepcional para ellos. Empezó en diciembre y no cerró en ningún momento. Esto es algo muy raro en la cordillera Cantábrica. Y mucho más pensando en lo muy poco que ha nevado. Lo cierto es que la temperatura se ha mantenido y esta gente ha cuidado la nieve.
Coronamos el collado que da caída a Riopinos. Quitamos pieles y nos deslizamos por la pista entre la abundante gente de la estación. Una vez abajo volvemos a poner las pieles y remontamos de nuevo lo bajado, aunque por fuera de pista en la ladera izquierda. Tenemos que recuperar unos cuantos metros más hasta ganar la arista que nos da caída a la vertiente norte. Seguimos envueltos en nube por momentos. El día está fresco.
En la cresta nos movemos hasta una horcada que nos deja tirarnos hacia una de las pistas rojas de la estación de Fuentes de Invierno. Giros disfrutones.
Estiramos la inercia hasta la altura de las casas de La Raya. Desde aquí un poco de circulación entre arbustos, y llegamos de vuelta al coche. Uno de los amigos de Carlos se da cuenta de que se le ha caído el móvil, y cree saber dónde. Se van a buscarlo (y lo encuentran). Mientras tanto, Nando y yo bajamos hasta Fuentes a tomar una cerveza.
Estupendo paseo de cierre de temporada. A comer a casa.

domingo, 28 de agosto de 2022

60 cumpleaños de la VIA por excelencia

Excelente resumen en la Web de Barrabés de la gesta de la apertura por parte de Rabadá y Navarro de la primera vía en la Oeste del Picu.
. . https://m.barrabes.com/blog/noticias/2-7928/60-anos-rabada_navarro-oeste-pico se te caen las pistolas pensando en estos dos máquinas.

martes, 23 de agosto de 2022

Ecrins, el Pelvoux pequeño, y el grande

Alpes Express 2022. Ecrins. Rubén Díaz . . Petit Pelvoux (3.753 m), Arista Sur (400 m, IV+) . Mont Pelvoux, punta Puiseux (3.943 m)
Día 1 paliza de coche, trece horas conduciendo. Salimos de Asturias lloviendo y a 20 grados. Por el camino escampa y llueve de nuevo a ratos, y las temperaturas suben hasta los 36 grados. Llegando a los Alpes se ven incendios, tormentas eléctricas… Llegamos al camping de Ailefroide a las nueve y media de la noche, ya está cerrado a esta hora así que buscamos una zona tranquila en una carretera adyacente y plantamos la tienda paralela al coche. Nos acostamos cansados, llueve…
Día 2 Madrugamos. Para hoy dan riesgo de tormenta y lluvias a partir del mediodía. No nos apetece mojarnos así que iniciamos la subida desde el camping de Ailefroide (1.500 m) hasta el refugio Pelvoux (2.700 m) a las 9 de la mañana.
Nos lleva 3 horas con calma, son 1200 m positivos, el paisaje es espectacular, el camino bueno, vistas a montañas enormes a nuestro alrededor.
Rebecos tranquilos pastando. Se intuye la falta de nieve. Al llegar no hay nadie en el refugio. El guarda se muestra algo borde cuando ve que somos dos en lugar de los tres de la reserva (la baja de última hora de Nando).
Después de descansar un rato subimos a explorar la trepada por detrás del refugio. Más arriba los primeros hitos están bien marcados: parece que más o menos hay buen camino hacia nuestro objetivo. Este tramo lo haremos con la frontal… Encima del refugio moderno está el antiguo refugio Lemercier. Es una pasada: madera, chimenea, literas, utensilios y herramientas antiguas… Todo muy bien conservado.
La tarde transcurre entre tormentas, granizadas, rayos y truenos. El panorama da miedo si piensas en estar metido allí arriba en una vía de roca… Poco a poco ha ido llegando gente, pero algunos (familias con niños) se vuelven para abajo. A ratos entra algo de cobertura y puedo cruzar unos mensajes con Paula. La cena temprana, a las seis y media, la compartimos con otras dos cordadas, unos holandeses y unos franceses. El francés come por tres; espectacular. Al terminar el postre, queso con tarta de plátano y chocolate, el guarda nos da el último parte meteorológico: la cosa parece que pinta bien para el día siguiente. Los holandeses irán a la arista Sur de la aguja Sialouze, junto con otros tres chavales (dos franceses y un mejicano), una clásica de la zona con muy buena pinta. La otra cordada francesa no tiene claro aún qué va a hacer. Nosotros confirmamos al guarda que intentaremos la Arista Sur del Petit Pelvoux (3.753 m), para cruzar luego el glaciar, hacer cumbre en la punta Puiseux (3.946 m), y terminar bajando por las Rocher Rouges.
Perfil de la Arista Sur del Petit Pelvoux El guarda nos dejará el desayuno preparado a las cuatro. . Día 3. El despertador suena a las cuatro y cuarto. Los holandeses ya se han levantado una hora antes. Bajamos a desayunar, nos preparamos y salimos del refugio con arnés y casco puesto. Son las cinco y cuarto. Las estrellas refulgen. Empieza la juerga.
Arrancamos la aproximación a la luz de la frontal, con calma. Trepadas y pedreras. Cuando nos acercamos a una zona de trepada delicada la luz del amanecer nos ayuda a encontrar el mejor paso por el zócalo de roca que da paso al prado triangular que marca la reseña. Desde aquí, por la cumbrera hacia la propia torre del Petit Pelvoux es un laborioso caminar entre bloques, vamos remontando poco a poco.
Al acercarnos a las torres y gendarmes nos entran dudas sobre el recorrido correcto. Hay varios grupos de torreones y gendarmes para escoger. Finalmente nos decantamos por unos hacia la derecha desde el collado en el que estamos. Nos atamos, ponemos los pies de gato y sale Rubén delante.
Son las ocho de la mañana. Estira los sesenta metros de la cuerda de 8,2 mm que hemos traído superando tramos que obligan a escalar con atención y cariño. Encuentra varios clavos, así que estamos más relajados respecto a estar en la vía. Monta reunión sobre bloques.
Tras alcanzarlo me pongo yo delante ahora para seguir por terreno bastante vertical sin seguros fijos. Fácil pero que requiere atención. En lo que parece la cumbre de un gendarme monto reunión, casi he terminado la cuerda.
Cuando llega Rubén me dice que tire de nuevo. Salgo otra vez por terreno variado, siguiendo el recorrido que me dicta la lógica sin tener ninguna referencia. De nuevo apuro casi toda la cuerda hasta que alcanzo la cumbre de una torre, una reunión de cordinos sobre un bloque nos muestra el camino a seguir. Al llegar me doy cuenta de que no estamos sobre el segundo gendarme del croquis, sino aún sobre el primero. A la vez veo que por delante tenemos un rápel de unos quince o veinte metros a un collado, y desde este, un muro tieso en lo que sí es el segundo gendarme. Desde este ángulo parece difícil.
El cielo está variable, y aunque sigue bien nos da un toque de atención el hecho de estemos más abajo de lo que creíamos. Azuzo a Rubén para que no perdamos tiempo. Desde esta reunión ya vemos asomar los enormes seracs y el plató glaciar superior a nuestra izquierda.
Rapelamos a la horcada, recuperamos cuerda sin problemas y me dispongo para afrontar el largo más difícil según el croquis: IV+. El grado no me preocupa, pero le entro con respeto. Arranca muy vertical desde una reunión de dos clavos. Muro tieso con buen canto. Coloco un buen fisurero y empiezo a remontarme en un diedro fisurado cuando me encuentro un clavo en los morros: estoy en el paso. Resuelvo tranquilo, aunque la mochila con el piolet y los bastones me incordia un poco. Después estiro la cuerda completa y llego a la parte alta de la torre. Reunión de cordinos viejos lazando un diente de roca y dos clavos. Tenemos la opción de crestear o rapelar a la siguiente horcada: después de una inspección por parte de Rubén vemos más claro el rápel. Es muy vertical y de unos veinte metros hasta unas terrazas sucias de arena y bloques, con algo de nieve que se precipitan en un canaleto feo.
No obstante, ahora vemos el panorama por delante más claro y nos animamos. Reforzamos el tinglado con un cordino y sale Rubén para abajo. Al retirar la cuerda estamos ahora posados en una pequeña repisa que nos conduce hacia la izquierda hacia otros dos pequeños gendarmes. Según la reseña, desde el segundo tenemos que levantarnos por los muros de encima en IV grado y navegarlos hacia la salida. En mitad de esto comentamos qué fea sería una retirada desde aquí si fuera necesario…
Sigo tirando delante: el largo exige de nuevo atención y lectura correcta del recorrido. La roca es buena en general. Derivo ligeramente a la izquierda y a unos veinticinco metros me encuentro un clavo. Bien. Después de esto estiro a tope la cuerda hasta lazar unos bloques en una terraza. Se empieza a intuir el final. Desde la reunión veo el glaciar y una cordada recorriéndolo. ¿De dónde habrán salido? deducimos luego que han subido por el glaciar de Violettes.
Al llegar Rubén nos atamos en corto y sale delante él. Buena decisión. En pocos minutos de trepar de forma simultánea por terreno intermedio estamos en el buzón de cumbre. La vía termina en la misma cima, 3.753 m. Gran sensación. Son las doce. Hemos tardado cuatro horas, en línea con las referencias de Camptocamp. Estamos muy contentos. La vía ha sido más sostenida de lo que creíamos al empezar. La mochila con las botas, crampones, piolet también se ha hecho notar.
Sentados en las piedras comemos y echamos un trago. Mandamos algunos mensajes a casa y a Luque, que está por la zona escalando con Inés. Yo llevo toda la vía con un forro fino. Rubén ha venido con algo de frío, y lleva la chupa puesta, gorro bajo el casco y a ratos hasta guantes. Raro porque solemos ir parecido. Nos cambiamos gatos por botas. Por delante tenemos ahora la bajada hasta el glaciar, andar de pedrera básicamente.
En pocos minutos estamos al borde del blanco poniendo los crampones. Nos equipamos para el glaciar guardando todo el hierro sobrante. Salimos a buscar unas huellas viejas, que nos llevan evitando las grietas hasta la huella de la cordada que vimos antes. Su trazado es perfecto. Subimos con calma: tenemos unos trescientos metros de desnivel que ganar y en esta cota se nota el esfuerzo y las horas de actividad.
Las grietas dan miedo. Su tamaño y el sonido del agua corriendo… La escala de estas montañas te hace sentir pequeño. Serpenteando ganamos altura y terminamos saliendo a las rocas que dan paso a las Rocher Rouges. Aquí propongo dejar las mochilas para la ascensión a la punta Puiseux, culminante del Mont Pelvoux. Tenemos que volver a pasar por aquí de todas formas. Así, de ligeros (yo sigo de forro fino), remontamos el último tramo del glaciar, esquivando grietas. La última pala se empina un poco.
Hacemos la cumbre solos y sin nadie alrededor, como llevamos todo el día. Son las dos menos diez. 3.953 m. El Pelvpux es una montaña grande en todas sus vertientes. Las vistas se abren: delante tenemos la enorme cara Sur de la Barra. Detrás el perfil serrado de la Meige. Al otro lado, el Ailefroide se muestra alpino, difícil. Trescientos sesenta grados de vistas de montañas y valles alpinos. El cielo aguanta y disfrutamos unos minutos (pocos) en la cumbre.
Hacemos la bajada del tramo glaciar ahora por la derecha. Está empinado. Con atención primero y relajados después llegamos hasta el collado donde tenemos las mochilas. Fuera crampones y volvemos a la pedrera. Estamos colgados más de mil metros por encima del refugio, que vemos claramente. La bajada de las Rocher Rouges discurre inicialmente por terreno cómodo y bien marcado. Después se empina y se complica. Y además desaparecen las referencias y aparecen grandes cortes. Vamos buscando el camino con bastante incertidumbre por momentos. Muy de vez en cuando divisamos algún hito o marca de pintura. Extremadamente escasos para lo complejo del recorrido. Muchos metros por debajo vemos los puntitos de las cordadas que fueron a la arista de Sialouze. Por suerte, el tiempo aguanta. Comentamos lo mucho que se podría complicar aquí la cosa. No queremos ni pensar en tener que bajar por aquí con niebla, o lloviendo, o entre granizadas como las de ayer, con el enorme riesgo de perderse y de caída de piedras. Es un auténtico laberinto. Menos mal que Rubén y yo nos movemos bien por estos terrenos… Con todo, la bajada se hace larga y estresante por momentos.
Finalmente llegamos al Col de la Bosse de Sialouze. Nos relajamos. Ya “solo” nos queda aguantar el tramo de descenso hasta el refugio, que vemos todavía varios cientos de metros por debajo, pero por terreno más amable.
Tras un rápel corto para salvar un último cortado por fin entramos en zona de caminar. Llegamos al refugio a las seis y cuarto. Trece horas después de salir. Apenas hemos parado unos breves minutos en las cumbres. Hemos estado solos todo el día. Yo estoy fundido… Saludamos al guarda. Día largo, le digo. Y me responde, pues todavía no habéis terminado… ¡Qué razón tiene! aún tenemos que bajar hasta el Camping de Ailefroide. Otros 1.200 metros de bajada…
Descansamos un rato. Yo como y bebo. Rubén viene fastidiado del estómago y no le admite bien ni la comida ni el agua. Completamos las mochilas. Cambio botas por playeros. Con filosofía arrancamos camino abajo. El camino es bueno, pero igualmente la cuesta no perdona. Aprovecho las paradas técnicas de Rubén para sentarme a reposar piernas y hombros.
Rebecos lustrosos corretean por las camperas. En un momento dado vemos a uno de ellos espantando a una marmota, que huye despavorida… El paisaje es espectacular. Lo disfrutamos a pesar de la reventada. Poco a poco vamos llegando al valle, al estruendo del torrente, a los árboles más grandes ya. La luz del día se va apagando. Hasta que se apaga del todo y nos obliga a sacar las frontales, cerrando el círculo de lo que está siendo un gran día de actividad alpina.
Tropezando con las raíces y las piedras, por fin llegamos al aparcamiento. Son las diez y veinte de la noche. Hemos tardado más del refugio al camping para bajar que para subir… Llevamos diecisiete horas desde que salimos esta mañana por la puerta del refugio. Por el medio dos cumbres, una vía de roca de unos cuatrocientos metros, unos 1.400 metros positivos, y unos 2.800 metros negativos… Movemos el coche al punto de la primera noche al llegar. Cenamos algo, montamos la tienda y nos derrumbamos en los sacos. Dia 4 A la mañana siguiente, aún metidos en sombra mientras desayunamos vemos tres corzos cruzando la campera que tenemos al lado. Al rato pasa en bicicleta un paisano con un forro polar rotulado del camping: muy educado nos pregunta si hemos dormido allí. Sí le decimos. Pues está prohibido, nos dice. Y le digo, amigo, llegamos ayer a las diez y media de la noche del Mont Pelvoux. Ok, ok. Se va… Optimistas nos planteamos quedarnos a intentar alguna vía de roca fácil de las muchas cercanas al camping, parte del plan inicial trazado en casa. Pero en realidad vemos que no estamos para nada. Intento contactar con Luque para saludarlos, pero no lo logro. Recogemos las cosas y arrancamos carretera alante.
Como siempre, el viaje de vuelta parece más largo. Paliza de coche, atascos, 38 grados. Pero todo esto se hace llevadero cuando has cumplido el objetivo del viaje que te habías marcado en casa. Todo ha salido a pedir de boca. Hemos conocido una nueva zona realmente espectacular. Montañas grandes y en un estado salvaje y poco transitado. Lástima la falta de nieve. Con Rubén, una vez más, perfecta coordinación. Un placer. · Salida del Refugio Pelvoux 5:15 h · Inicio Arista Sur Petit Pelvoux 8:00 h · Cumbre Petit Pelvoux 12:00 h · Cumbre Punta Puiseux Mont Pelvoux 13:50 h · Col de la Bosse de Sialouze 17:00 h · Refugio Pelvoux 18:15 h · Camping Ailefroide 22:20 h