LA MONTAÑA COMO PASIÓN, COMO ESCENARIO INFINITO SOBRE EL QUE DISFRUTAR INTENSAMENTE DE LA VIDA,
DONDE ESCALAR, ESQUIAR, PEDALEAR, CORRER, CAMINAR...
DONDE LOS AMIGOS, EL ESTILO Y LAS FORMAS CUENTAN, Y MUCHO

viernes, 29 de abril de 2011

Las cosas pequeñas

Sajambre
20 a 22 Abril 2011

El tiempo no daba para mucho: un manto neto de nubes gris amenazante, por zonas muy oscuras, lo cubría todo opresivamente. Dentro de lo malo, apenas llovió. De hecho, el jueves al mediodía salió un rato el sol, justo cuando salíamos de paseo por la pista hasta el mirador de los Porros. Javi iba cansado de jugar y se quedó dormido en la mochila a media subida. Sus doce kilos y medio se llevan mejor cuando son estáticos, aunque vayan desplazados a un lado… Una vez en el mirador ya volvió a la actividad incansable, corriendo, saltando, explorando los límites que le dejamos: todo es nuevo cuando apenas tienes dos años, los árboles, los caracoles, el canto de los pájaros, las cabras… Cuando la luz del sol penetra, vemos que el bosque está increíble, con un verde especial, joven, de renacer a la vida después del invierno.

Después de comer, enredando por casa, jugando con el crío y charlando con la gente en la bolera, se me ha hecho más tarde de lo que quería, pero igualmente me preparo para salir a correr un rato.
Son ya las ocho, así que creo que repetiré algún circuito conocido, de tiempo controlado: salgo del pueblo (950 metros) por la pista de Vegabaño, con ritmo tranquilo para ir calentando cuesta arriba. Por segunda vez hoy, paso por delante del desvío de los Porros, miro el reloj, dieciocho minutos. Desde aquí la pendiente afloja y la pista serpentea en un falso llano por entre el bosque. La luz va declinando y cae sin parar una lluvia fina, aunque no es suficiente para ponerme el chubasquero que llevo amarrado a la cintura.
Hasta ahora no me he cruzado más que a un chaval bajando (y será el único).
Cuando alcanzo la portilla de cierre para los coches miro otra vez el crono, treinta y seis minutos; voy algo más lento que otras veces. No me preocupa. Ya hace un rato que he decidido ir hasta la majada, por asomarme una vez más a esa vista idílica. Cruzo la portilla y continúo subiendo hasta Vegabaño. Una vez allí, abandono la pista para pisar la alfombra verde y acolchada. No miro el reloj y giro a la izquierda hacia el camino de Carombo y la Jocica. Otra vez dentro del bosque, ahora con menos luz, continúo sube-baja hasta alcanzar el puerto de Barcinera (1345 metros). Cuarenta y nueve minutos. No voy mal, a Paula le dije que correría como una hora (claramente va a ser algo más).
Inicio el descenso por lo que ahora es un camino de montaña, estrecho, irregular, embarrado a ratos, con piedras que sortear, en la luz mortecina de este atardecer nublado de abril. Hay que ir atento a los tobillos. Mi respiración se regula, me siento en equilibrio con el paisaje y con el esfuerzo.
Ya he salido del bosque y ahora troto por la hierba y entre helechos en dirección a la pista de Valdelosciegos, que viene de la Portillera de Beza, por donde pasa el Arcediano. Con los años, por fin me voy aprendiendo los nombres.
Bordeando la falda de peña Beza voy levantando la vista cuando puedo, a intervalos muy breves, para observar las cumbres en el escarpado horizonte que tengo delante: el Niajo, Pileñes, peña Ten, el Jario. Apenas unos pocos parches blancos de nieve agonizan de forma temprana en esta primavera extraña.
Voy pensando que no he visto ningún animal, ni siquiera ganado, que todavía está en cuadra o en tierras más bajas. Hoy nos han dicho que este año, a Adolfo el lobo le ha matado un montón de cabras. En estas estoy cuando de repente un gruñido a unos ocho metros a mi izquierda me indica un jabalí que huye, a los pocos segundos salen otros dos más. Menos mal, echaba de menos ver vida salvaje, aunque sea con los muy abundantes jabalíes. Reconfortado con el encuentro voy acercándome a la pista, la cojo y recorro aún por ella algún kilómetro más, ahora de fuerte desnivel, hasta el pueblo. Arrecia la lluvia y acabo poniéndome la chaqueta. 
Por fin alcanzo la fuente, paro el crono; hora y catorce minutos. No sé calcular bien la distancia, trece o catorce kilómetros, quizá más, quizá menos, y unos cuatrocientos metros de desnivel. Ha estado fenomenal; no el tiempo, sino la experiencia. Lo único malo es la molestia de la rodilla izquierda que ya venía chirriando hace rato. Ya más tarde, una vez enfrió, la molestia se transformó en un dolor sordo, que me recuerda que hay que cuidarse: quizá convendría incluso ir a ver al médico, por si resulta que hay suerte y la cosa tiene solución, y no es como yo creo, fruto de los años de caña y que ya me acompañará para siempre.


Al día siguiente, otra vez bajo cielos encapotados aunque menos,  disfrutamos de la tranquila vida del pueblo; echo una mano a mi amigo Diego a colocar una portilla en un prao, charlamos con los vecinos, jugamos con Javi, leemos mientras duerme la siesta… cosas sencillas que me equilibran. Me recargan las baterías. Es el encanto de las cosas pequeñas, que finalmente son lo importante y dan sentido a la vida, y que poco a poco voy aprendiendo a apreciar.

viernes, 15 de abril de 2011

El Jiso- Inicio Temporada Roca 2011

Sábado 9 Abril 2011
El Jiso, Pico Pozán 2178 m, Arista Sur 650 m, 6a+
Bene Santos


La vida es cambio continuo; la única constante, es el cambio en sí mismo.

Plan original; fin de semana en Pirineos, intentar alguna norte clásica de poca dificultad, que las temperaturas no están para muchos hielos…
Durante la semana, el chequeo diario de las webs de meteo mantenía las temperaturas altas, pero como el objetivo no implicaba hielo, la nieve aún podría estar bien (eso lo hacía claramente mi deseo, que transformaba la escasa probabilidad en algo razonable, que sirviera de excusa para los 600 km). La norte del Taillón y algún pateo por la zona del Marboré no parecía nada imposible… Una norte clásica de Pirineos es algo siempre apetecible, aunque no sea difícil, se ve una montaña imponente y tiene una estampa muy guapa.
Todo cambió el jueves al charlar por teléfono con Luque, sus referencias a través de Mon, de Paco, Iñigo y Damián por el Vignemale con muy mala nieve fueron suficiente. El Taillón quedará para otra vez.
Cambio radical de planes: había que buscar algo por aquí, que se pudiera hacer sin incordio de nieve. La conversación telefónica con Javi me confirmaba que la nieve estaba muy alta, muy blanda y que la roca era una opción buena por la temperatura: las alternativas por Picos eran varias, y el Jiso es una vía bastante larga, alpina, de buen grado para empezar la temporada, y además estaba limpio para aproximar y para bajar, no hacían falta ni siquiera las botas (del piolet y los pinchos ya ni pensar…), y el coche sube toda la pista, con lo que no dependíamos del teleférico.
Bene, después de una semana intensa de trabajo, aceptó el cambio sin problema, a pesar de lo tardío de la decisión: estaba decidido, iríamos al Jiso.

9 Abril, escasísima nieve en Peña Vieja
La carretera está despejada, más que nuestras cabezas, cansadas de la semana y del madrugón. El termómetro a las seis y media no baja de 12 o 14 grados, no vamos a necesitar más ropa que en agosto.
Recorremos las dos horas hasta Espinama charlando de mil cosas: en especial de las carreras de orientación, de su encanto y dificultad, sus técnicas, su reglamento… La verdad es que casi todo lo que se hace en naturaleza me llama la atención, y estas carreras combinan la resistencia física con la habilidad para interpretar el terreno, el intentar moverte por él casi como un animal salvaje, tiene que ser muy interesante… quizá algún día, aunque como siempre, pienso que ya me dedico a demasiadas cosas, que si empiezo otra más, me voy a terminar de dispersar.
La pista tiene repechos fuertes: me vienen a la mente recuerdos de esfuerzos, apretando los pedales y los dientes en la vuelta en BTT al macizo central, habiendo salido por la mañana temprano por el Cares desde Poncebos hacia Valdeón, con Estivi hace ya bastantes años… Soy cabezota y suelo Intentar encadenar las cuestas en bici como si fueran vías de escalada. Ahora las partes más fuertes están hormigonadas y el coche sube sin problema.
Cruzamos Igüedri  y más tarde el enlace con la pista de Peña Oviedo, llegando aquí desde Mogrovejo: de nuevo recuerdos de sufrimientos buscados sobre los pedales en la vuelta al oriental desde Sotres. La vida se va formando de los recuerdos de las vivencias pasadas, del presente fugaz, y de los planes de futuro, siempre muchos y en ebullición.
Por fin aparcamos, nos bajamos del coche y empezamos a preparar la mochila. Gran momento de shock cuando me doy cuenta de que no he traído gatos: cada día estoy peor, esto es lo que tiene el dejar las cosas a medio hacer, la mochila preparada en tandas entre el trastero y casa ha quedado incompleta, y lo que falta es importante… Lo pensamos rápido, la vía es larga pero creo que los gatos sólo sean imprescindibles en unos pocos largos, el resto tendrá que salir con playeros. Los gatos de Bene, aunque muy justos me valen, ya veremos cómo nos apañamos.
Alcanzamos el collado de Cámara en apenas veinte minutos, los prados están sorprendentemente secos para esta época del año, no es sólo que no haya nieve, sino que están muy duros de secos. Iniciamos la bajada sorprendidos por el calor que hace. Un pequeño nevero es el único resto del invierno que nos incordia con su fusión a la entrada del zócalo de II grado que da al pie de vía. 


Una vez organizados y encordados, me aprieto los playeros y empiezo a trepar en este mar de roca fácil, intentando seguir mi lógica, que parece que va coincidiendo con la de los aperturistas, ya que cada cierto trecho voy encontrando seguros; algún clavo, algún cordino, nunca más de uno o dos por largo.


La primera parte hasta los Costillares es relativamente rápida y llevadera en playeros, a pesar de marcar un V inferior en un paso y de la roca polvorienta y algo gastada. 


Bene me sigue a ritmo, ambos sofocados de calor.
Recorremos con cuidado el tramo de Costillares hasta la base del Faraón, donde comemos algo y echamos un trago antes de empezar la parte más difícil de la vía.
De cuando en cuando suena alguna piedra cayendo a lo lejos, a nuestra derecha.


En el Faraón me calzo los gatos de Bene, dos tallas menos de la mía, y con los pies a punto de explotar tiro delante en los tres o cuatro largos de entre IV+ y 6a según la guía de Cholo y Miguel. La vía se ve saneada de bloques y reequipada con clavos nuevos en sitios clave, en las zonas de fisura está limpia y los seguros quedan muy bien. Realmente está muy guapa, disfruto los movimientos. Bene me va siguiendo prácticamente siempre en libre, algo tremendo para ir en playeros.


De nuevo la vía afloja y me vuelvo a cambiar los gatos por los playeros, así tiro otros dos o tres largos hasta otro resalte que me obliga a cambiar: 6a+ compacto, corto pero muy estético. La roca de un tacto excelente. 




Algunas reuniones las tengo que montar completas, pero la roca ofrece mucho: esto es algo que disfruto, el hecho de no necesitar nada más que lo que llevamos en el arnés, y no dejar detrás nada tampoco.
Los largos ahora ya fáciles se suceden, algunos apurando cuerdas e incluso ensamblando tramos, otros acortando para evitar mucho roce. Cabalgamos la arista/espolón, fácil pero alpina, me lo estoy pasando muy bien.


Apenas recuerdo nada de la vía de la anterior ocasión, hace doce o catorce años con Rafa Belderrain, qué tiempos.
La cumbre por fin llega, seis horas y algo después de empezar. Adrados en su guía indica de 4 a 6 horas como referencia; sé que no hemos sido muy rápidos y además está lo de los playeros, pero pienso que para restar 2 horas a nuestro horario hay que correr bastante… Me quedo más con la referencia de Cholo y Miguel (porque me conviene y porque conozco cómo escalan ellos), de 5 a 7 horas.


Después de recoger el material nos comemos el rico Stromboli de Silvia e iniciamos el descenso. La pista de Aliva se ve muy por debajo de nosotros, entre jirones de niebla que se ha ido formando en medio de la calima de la tarde; flanqueamos a media ladera intentando no bajar demasiado para volver hacia la vertiente de Cámara. Pisamos muy poca nieve, muy aguada, que se irá definitivamente en dos días si esto no enfría.
Son las seis cuando llegamos al coche envueltos en niebla. Aunque el termómetro marca diez grados, nosotros llegamos recalentados y deshidratados: yo necesito una cerveza con limón que me bebo de un trago en la terraza del bar de Espinama, seguida de una cocacola de un trago también. Placeres baratos. En el viaje también vamos bebiendo agua y al llegar a casa sigo rehidratando con cervezas…
Una buena actividad en montaña para empezar esta temprana temporada de roca: la vía larga y alpina, me ha gustado y me he encontrado bien,  ha sido una buena elección. Bene como siempre un compañero ideal para este tipo de andanzas (incluso sin gatos). En las fotos buenas se nota su mano.

Gijón 6:30 h
Espinama 8:30 h
Inicio aproximación 9:15 h
Inicio escalada 10:30 h
Cumbre 16:40 h
Coche 18:00 h
Gijón 20:45 h

viernes, 8 de abril de 2011

Beyond the Mountain

No contaba con él.
El pedido de Amazon ha llegado con semanas de adelanto. 
No me he podido resistir y he empezado a leer.
El prólogo de Messner ya me predispone; compara a Steve House con los grandes del alpinismo, y eso viniendo de Messner es la leche. 
Este tío lleva años destacando entre los mejores por sus actividades y el estilo utilizado, me apetece ver cómo las ha vivido y cómo las cuenta.
Apenas he empezado el primer capítulo, pero me gusta su forma de escribir, de contar las cosas en detalle, con muchos matices aunque sin regodeos. Lástima que sea en inglés, que siempre pierdo un porcentaje, pero en español no lo he encontrado.
Voy a intentar apartarlo hasta terminar el libro que tengo en marcha, que ya le falta poco. No sé si me aguantaré...


En mitad de este abril de calor veraniego, que se nos lleva la nieve antes de tiempo, nada como un buen libro de montaña para motivarse.

domingo, 20 de marzo de 2011

De rechazos y reencuentros

Sábado 19 Marzo 2011
Bene Santos

Realmente crujiente. Una sensación increíble, no por muchas veces repetida menos motivante: ese tacto de la nieve helada en la que apenas queda marca al progresar, en la que los crampones me transmiten seguridad y la progresión es rápida. Es sin duda, una de mis sensaciones favoritas en montaña.
El tacto de la caliza en las manos, la sensación de colocar un fisurero de libro, el hacer sitio al compañero recién llegado a la reunión, el reordenar el material en el arnés para la siguiente tirada, el lanzar las cuerdas para rapelar... Escalar, en su conjunto, me encanta.

Por segunda vez en el invierno, la norte de Ubiña rechaza mi intento, a pesar del aparente ímpetu desplegado.


Hace un mes fue el ir solo, más lo escaso de la nieve, lo que hizo que después de reiteradas pruebas por distintas opciones de entrada a la Elixir de la Suerte, en las que apenas progresé unos metros en cada una, me tuviera que retirar.
Clavo recuperado con la mano en un resalte de roca

Después de levantarme varias veces agarrando la roca descompuesta con los pies sobre nieve inestable. "No es el día", pensé en su momento. Detrás de mí entraron varias de las cordadas a las que yo había adelantado en la aproximación a pesar de la ventaja que me sacaban: no termino de entender esa estrategia en la que malgastan tiempo precioso que quizá echen en falta más tarde en la vía o en el descenso. Entonces, para aprovechar el día subí al Prau y a los dos Fontanes, con un ambiente espectacular y sin nadie alrededor: de crampones, hasta las cumbres sencillas me encantan.


Sentado sobre la mochila junto al buzón del Fontan Norte, con la capucha puesta para protegerme del viento, y comiéndome el bocata, reflexionaba sobre lo adecuado de la decisión:  en una vía que ya he hecho varias veces, alguna de ellas también en solo, simul-solo como dicen, con Miguel, no tiene sentido apurar. En realidad, concluía, no tiene sentido apurar casi nunca. A la bajada observaba cómo las cordadas que yo crucé en el pie de vía apenas habían levantado dos largos en todo este tiempo...

Observando las marcas de avalanchas
Hoy la cosa parecía diferente, -2 grados en el pueblo a las ocho de la mañana, había más carga de nieve y además crugía prometedora en las rampas desde que adandonamos la pista de Yandanay. Hoy también adelantábamos a grupos de gente que habían dormido en Torrebarrio, o incluso en una tienda al pie del espolón oeste, pero que desplegaban un ritmo de caracol incomprensible para mí, y también para Bene, que hoy era mi compañero. Grupos de dos y de tres, que además hacían cosas extrañas como remontar la enorme loma helada sin crampones ni haber sacado el piolet.... Prácticas poco recomendables, pensaba para mí.
Vamos de nuevo hacia la Elixir como mejor opción. La nieve fue bien hasta la base de la aguja, aquí empezó a degenerar: cambió de la estupenda masa sólida, dura y compacta, a una variable de costra húmeda con nieve sin transformar debajo. Empezamos a ver marcas de corte en las palas, la cosa empeoraba.
El sonido hueco en la nieve no es nada bueno, conforme remonto hacia el segundo largo de la vía, superada la primera reunión de tres clavos a nuestra derecha, las dudas me saturan el cuerpo: miro atrás y cruzamos pocas palabras, esto no está para nada. Pensamos en los flanqueos de más arriba y en las grandes marcas de avalancha que se aprietan en bloques blancos en el fondo de la cuenca, en las líneas de corte de las palas... Hoy tampoco toca, hoy también hay que retirar.


Cada vez me cuesta menos tomar estas decisiones; quizá interpreto mejor las señales, quizá soy más consciente de mis circunstancias, a lo peor soy más cobarde... Destrepamos con cuidado, espetando los piolets hasta la cabeza en esta masa inestable, medio costrosa en la que las huellas de hace un minuto no ayudan, sino que terminan siendo una auténtica zanja a sesenta grados... 
Las cordadas que adelantamos hace tanto rato apenas están llegando ahora y después de cruzar impresiones siguen hacia arriba: todos queremos ver las cosas por nosotros mismos. Les deseamos suerte y Bonne course, como dicen los vecinos. Seguro que algunos de ellos habrán hecho la vía.
La bajada se hace me corta hablando de libros, de cine, de música. También, cómo no, de montañas.
Suerte que nos trajimos unos pies de gato y podemos aprovechar el día con algo de roca: apenas son las once y media. Por despiste no hemos traído la guía, así que nos decantamos por la peña Pincuejo en Caldas de Luna; yo conozco casi todas sus vías, y eso unido a su comodidad, aproximación nula, y que Bene no ha escalado nunca aquí, la convierten en la mejor opción.


Hacemos tres vías, con sus rápeles correspondientes, "El placer", "La línea blanca" y "Luna de octubre", todas entre IV y 6a+, con chapas pero con más autoprotección, con una temperatura excelente para marzo. En el último rápel se nos va el sol, perfecto, recogemos los trastos y nos vamos para el coche. Charla cordial con una pareja madrileña afincada en Gijón, gente maja. A las cinco y media arrancamos de vuelta a casa.
Ha sido un día bien aprovechado, completo, de reencuentro con la roca, de crujir de crampones y de decisiones tomadas con buen criterio, quiero pensar.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Mampodre - "La senda de los Elfos"

Viernes 25 Febrero 2011
Peña del Mediodía, 2180 m, "La Senda de los Elfos" III, 3+, 400 metros 
Ramón Turrado, Damián, Iñigo, Paco

A lo largo de la semana, mirando las webs habituales de previsión meteorológica, la conclusión era que el viernes era con diferencia el mejor día: el fin de semana se estropeaba seguro. El caso es que la temperatura estaba altísima, máximas de 17º en Fuente Dé no invitaban a escalar en hielo, si es que lo había. El plan hablado con Martín era intentar el espolón de los Franceses a Peña Vieja, que con nieve seguro que es una actividad interesante. Decidido, me pido el día en el curro. Así estaba el jueves a las ocho de la tarde cuando una llamada de Martín me descoloca; se ha hecho daño en una rodilla entrenando en el rocata, y lo ve complicado… Mierda.
Me pongo a repasar mentalmente la agenda en busca de alternativas, complicado para un día entre semana; Luque está por Noruega, Bene curra, Elías hace demasiado que no lo llamo… Aún así le mando un mensaje. Mon es mi esperanza: a las nueve de la noche lo llamo, y sin dudarlo me invita a unirme a él y sus amigos en un intento a la noreste de la Pico del Mediodía en el Mampodre, “La senda de los elfos” sería la vía. A mí en principio me da respeto, es una vía de Pita y su difunto colega, y para mí eso le da reputación de partida. Por otro lado, ellos han quedado temprano, a las seis y media en Sama, y yo no puedo madrugar tanto... Mon me dice que no me preocupe, intentaré alcanzarlos.


Salgo de casa a las siete y cuarto, al montar en coche le mando un sms a Mon para decirle que voy para allá. El trayecto es desconcertante: Gijón 5 grados, Sama 8, Caso 5, Tarna 8… Esto no pinta bien para el hielo/nieve dominante en la vía hablada. El caso es que al bajar hacia La Uña el termómetro se desploma hasta -2º. Aparco en la plaza de Maraña al lado de una solitaria Vito, en dos minutos me he puesto las botas y arranco con una mochila ligera en la que sólo llevo los piolets, los crampones, el arnés y una cuerda, no vaya a ser que el cálculo falle y me quede sin un cabo libre… Son las nueve menos cinco cuando cierro el coche.
Salgo pitando cuesta arriba, la nieve no está mala y la temperatura ideal para caminar. Con el fuelle silbando, remonto hasta alcanzar el collado desde el que veo la norte de la Peña del Convento o del Mediodía (nunca sé su nombre correcto): mientras me pongo los crampones, voy buscando con la vista por las palas de nieve las figuras que persigo. Todavía sin verlas, flanqueo hacia la derecha, más hacia la norte que hacia la noreste, con intención de ir cortando en la media ladera. Cuando los veo, son cuatro, están bastante altos ya. Acelero tanto como puedo: la nieve cambia a ratos, pero en general está helada y se progresa cómodo y rápido. Ganada por fin su vertical los veo, ellos me ven y me saludan de lejos. Al acercarme Mon me dice que me lo tome con calma, que no hay prisa, no obstante sigo a ritmo, no quiero que esperen más por mí.
Por fin llego, saludos y presentaciones: Damián, Iñigo y Paco, no los conozco pero me reciben con simpatía. Me arrimo en la repisa y vamos poniéndonos el arnés y el casco para empezar. Llevamos un juego de material para compartir, las cordadas se organizan, yo voy con Mon y en la otra los otros tres. Entre ellos, el cachondeo y las  bromas son continuos. El ambiente está caliente; no sé si ir en camiseta o qué guantes poner… El inicio es un pequeño zócalo rocoso para coger una pala de nieve que se mete por un corredor oculto a la vista entre espolones de roca. 


Desde abajo no se intuía bien la vía, predominantemente de nieve, entre tantos muros de roca. Son las once menos cuarto pasadas cuando arranca Damián y a los pocos minutos sale también Mon, que hace reunión antes y por debajo, así que yo empiezo por delante de los otros segundos. El largo es fácil pero guapo, sigo delante ahora hacia un resalte rocoso a unos veinte metros de la reunión, donde está Damián. Encima está el tramo clave de la vía: un muro de roca que marcan como V, con dos buenos clavos a unos tres metros del comienzo. Llego a su base y sopeso tirar para arriba, pero las dudas me hacen montar reunión y asegurar a Mon. Entre tanto, Paco e Iñigo están llegando también.


Mon sale para arriba sin mis reticencias y resuelve con rapidez y eficacia los pasos de crampones sobre roca algo roma; con los piolets empotrados por las fisuras, chapa los clavos y sale hacia arriba. La falta de nieve hace que bajen más piedras de las deseables. Al poco rato ya estoy yo rascando los pinchos por la roca: de segundo todo es más fácil y pronto llego junto a Mon, no sin antes apretar lo mío en un resalte de hielo que hacía una pequeña panza, justo para salir a la reunión. El paso de abajo me parece de IV+, como mucho, pero me imagino que con frío, o mojado, o con hielo la cosa se pondrá mucho más cruda…


Después de recoger algo de material me pongo delante para lo que parece un tramo largo y fácil de nieve a unos 50-60º; no está dura y se hace escalón con cada patada, pero se progresa muy rápido y pronto estamos ensamblados a sesenta metros con un par de seguros en la roca entre nosotros. Así seguimos unos 120 o 150 metros, difícil de precisar, hasta que monto una reunión con fisureros en unos bloques y recupero cuerdas. 

Llega Mon al minuto, pero no queremos separarnos de los colegas, así que con calma hace el siguiente largo y monta una reunión de clavos. Para cuando yo salgo, ya ha llegado Paco de primero, así que estamos bastante reagrupados.
La tónica se mantiene, nieve a unos 60º con algún resalte fácil, y temperatura alta.
El siguiente largo que me toca a mí se remonta sobre una zona con algo de roca, para volver a estirar las cuerdas a tope en una canal fácil: se intuye la arista a unos treinta metros. Mon llega y sigue, y sale al sol en un pequeño collado donde me reúno con él a esperar a los amigos: aquí hay huellas que parecen venir de la norte. 


Estamos a escasos treinta metros de la cumbre y por terreno fácil.


Nos reagrupamos y en pocos minutos hacemos cumbre: hemos invertido poco más de tres horas en la vía, que ha resultado muy entretenida. Seguro que con más hielo sería más interesante, pero la hemos disfrutado. De nuevo, cachondeo mientras recogemos los trastos y picamos algo.


El trayecto de vuelta al pueblo fue entretenido: primero con atención a los zuecos en las primeras palas inclinadas, y más tarde atentos a las rodillas para no hacerse daño cuando nos hundíamos en la nieve blanda. Todo esto amenizado con la charla alrededor de temas candentes como la crisis, la juventud de hoy en día, las experiencias personales… Miradas de vez en cuando a la pared intentando localizar el trazado de otras vías como la Perseverancia, la Dama blanca o la Norte Directa.


Me encontré de maravilla haciendo cordada con Mon, y compartiendo la vía con Damián, Paco e Iñigo: todos ellos gente simpática y agradable, que me esperaron y acogieron con confianza y cercanía. Un gran descubrimiento, igual que la noreste del Mediodía, que junto con la norte, habrá que repetir.
A las siete estaba en casa, muy contento.

Las fotos, una selección, son de todos.

7:15 h Gijón
8:55 h Maraña
10:30 h pie Vía
10:45 h Inicio escalada
14:00 h Cumbre
16:00 h Maraña
19:00 h Gijón

martes, 15 de febrero de 2011

Petites Jorasses - Vía Contamine

Junio 2003
Petites Jorasses 3.650 m– Vía Contamine (750 m V+)                 

Javier Sáenz
                                                                                                                                             
El tren de cremallera traquetea por entre los pinos. Nos estiramos buscando el ángulo en que el Dru se deja ver: la impresionante aguja nos enseña su cara oeste por la que discurre la Directa Americana. También el Pilar Bonatti se recorta contra el cielo azul. Son unos breves segundos.
 La muchedumbre se agolpa a la salida del tren, las mesas de la terraza de la cafetería se cotizan como en la mejor calle de cualquier ciudad. El caso es que no se ven mochilas, ni botas, ni mucho menos piolets. Se trata de turistas que nos miran como si fuésemos animales en el zoo… Tomamos el camino que lleva a las escaleras que nos bajarán al glaciar alejándonos de la masa. La Mer de Glace es una lengua de hielo sucio (sucio en esta época del año).


Vamos caminando sin crampones sobre la gravilla del suelo, el hielo agarra bien así y es más cómo de caminar. En las zonas sin grietas los ojos se elevan a las agujas que nos rodean: Grand Charmoz, Grepon, Fou… También diviso la zona de Envers des Aiguilles donde disfruté hace años con Juaco de excelentes escaladas en roca. Vamos sin prisa, disfrutando del sol. A la altura de Renquin debemos abandonar la Mer de Glace para cruzar a la izquierda hacia la morrena terminal del glaciar de Lexchaux. El caminar de morrena siempre da inquietud, es peligroso en sí mismo, avanzas tranquilo por encima de bloques que en realidad están en un precario equilibrio sobre una cama de hielo vivo, esperando esos pocos kilos de más de tu peso para salir disparados pendiente abajo contigo encima como un surfero con mochila.
El glaciar de Lexchaux describe una curva a derechas muy amplia, pero es por culpa de unos contrafuertes que no recuerdo cómo se llaman por lo que tiene esa curvatura. Los mismos contrafuertes nos ocultan la vista de una de las paredes norte más famosas del planeta: las Grandes Jorasses. Expectantes vamos caminando, a ratos hablando, a ratos ensimismados en nuestras cavilaciones, quizá con un estribillo de canción de moda enganchado en el ritmo del caminar, que no hay manera de soltar por mucho que te disguste.


 “¡Joder, menudo tapión!” La pared se eleva más de mil doscientos metros desde la base del glaciar, que también está unos cuantos más alta que nuestra posición. Desde este ángulo parece realmente vertical, aunque sabemos que no es así. Impresiona por su dimensión, por lo sombría a pesar de estar en verano, por el hielo que rodea a los pilares de roca de la Walker y el Croz… Es intimidante. Seguimos avanzando por el glaciar, buscando el mejor sitio sobre los detritos de roca que se amontonan en el centro del río de hielo. Hemos pasado la altura del refugio, nuestra pared, la cara oeste de las Petites Jorasses parece cercana. Nos quedamos aquí, con esta vista espectacular delante.



Nos preparamos una zona lo más lisa posible, colocamos las mochilas y los sacos dispuestos para el vivac, son las seis de la tarde. La cobertura total de móvil me permite charlar con Paula, es una sensación rara pero reconfortante: rodeados por cumbres sobrecogedoras, tirados a dormir sobre un río de hielo de dimensiones enormes, en mitad de la nada, sin nadie (o con muy poca gente) en kilómetros a la redonda, hablo con Paula como si estuviera a cinco minutos de casa. Acostados en nuestros sacos, con las gafas de sol puestas, los horarios de los Alpes son así: a dormir pronto, que mañana tenemos una vía de setecientos metros de escalada.

Al fondo la pared oeste de la Petites Jorases
La noche anterior en el albergue en Chamonix, desde el otro lado de la mesa del comedor, él comentaba con Javi las últimas actividades, las suyas y las nuestras. Sus ojos azules y la mirada tranquila, transmitían confianza y cercanía, pero sobre todo pasión por lo que hacía. Las arrugas de la cara delataban los muchos años que llevaba a cuestas: a cuestas por los Alpes, por los Andes, por los Pirineos y sobre todo por los Picos, nuestros Picos. Su apellido aparece unido a grandes primeras, pero quizá precisamente por eso, su ilusión estaba por encima de cualquier orgullo o arrogancia: disfrutaba la montaña por encima de todo. Nos iba preguntando por lo que habíamos hecho, y a la vez contando sus experiencias, siempre desde la mayor amabilidad. Así era Pedro Udaondo, historia viva del alpinismo, que seguía practicando de forma intensa a sus setenta años cumplidos. Bajaban de hacer la Bionasay. Un placer hablar con él. Unos pocos años después de esta conversación, Pedro, con las botas puestas, nos dejó después de un resbalón tonto en el hielo duro del Cornión: yo había pasado por el mismo sitio sólo dos días antes y aquella media ladera de la Cemba Vieya estaba como el cristal.

Primeros largos de la mañana
A la luz de la frontal el pie de vía parece que se aleja a pesar de nuestro paso vivo. Llevamos hora y media cuando alcanzamos la rimaya; las dimensiones de los Alpes engañan. Después de asegurar las mochilas y las botas a un anclaje, arranca Javi el primer largo por una canal de roca fácil, sin problemas. A mí el comienzo alpino me impresiona. A continuación, comenzamos a alternar los largos y vamos ganando altura a la vez que el día se despierta. La roca es de buena calidad, y a pesar de los escasos seguros, progresamos ligeros. El recorrido describe una curva que nos dirige a una barrera de techos: una de las zonas clave de la vía. Posteriormente deriva hacia la izquierda en una diagonal de varias tiradas, escalada exterior de placa en un ambiente excepcional. No hay muchas referencias así que básicamente navegamos por los muros, aunque al ser grados fáciles, no hay problema.

Paso clave en la barrera de techos, V+, más aparente que difícil
Las Grandes Jorasses siguen viéndose enormes a pesar de la altura ganada. Eso sí, se ve la inclinación de la pared, que parece menos vertical que la nuestra. 



Largas travesías en muros sin referencias
Disfrutamos cada largo y nos vamos acercando a la cumbre, que nos va a deparar una sorpresa: es una arista afiladísima que separa Francia de Italia. Tan afilada es que no podemos ni ponernos de pie sobre ella: la última reunión estamos sentados a caballo entre los dos países. 


En la arista, la línea del mapa entre Francia e Italia, penúltima reunión
Fotos de rigor y para abajo: aún nos esperan unos cuantos rápeles, y ya se sabe que mejor contar con tiempo por si hay atascos de cuerdas, y demás imponderables. El día es azul y no hace frío, al ser una cara oeste el sol nos dará todo el descenso, pero por si acaso iniciamos las maniobras. Bajamos por otra vía distinta, Anouk,  de Michel Piola que tiene una pinta buenísima; para otra vez. Vamos bajando sin mayor problema. Al cabo de una hora y media estamos de nuevo en la rimaya donde nos esperan las botas y las mochilas.

La afilada cumbre de las Petites Jorases
De nuevo sobre crampones descendemos el glaciar por el que esta mañana circulamos a oscuras: las grietas dan más miedo cuando las ves. Javi baja delante y yo le sigo a unos ocho metros de cuerda pisando sobre sus pasos. Recogemos los sacos y el material de vivac de la morrena donde dormimos anoche y tomamos el camino de Montevers con el decaer de la tarde. Una última mirada de despedida a la Walker. Esta escalada me ha servido para hacerme una idea real del tamaño y lo intimidante de esa famosa pared.
El camino de vuelta es entretenido, las vistas de las agujas y de la Verte me hacen seguir soñando: aquí tengo escaladas para el resto de mi vida. Las horas van pasando y el cansancio y la sed van apareciendo. Está claro que no llegamos para el último tren cremallera, y no teniendo prisa nos demoramos en la Mer de Glace, solos como estamos en mitad de este paisaje sobrecogedor. Por fin alcanzamos la zona de escaleras para remontar a Montenvers. Los escalones metálicos son un buen agarre, pero verticales, y la mochila insiste en recordarnos a Newton, tirando de nuestros hombros hacia el vacío. Finalmente llegamos al sendero de arriba, aquí hay hierba e incluso algún matorral, la vida reclama su zona.
La estación está totalmente vacía: el agua de los baños calma nuestra sed de horas de esfuerzo. Después de apartar alguna colilla, nos tiramos en los sacos justo debajo de la ventanilla de las taquillas. Sin transición aparente, de repente me despierto sobresaltado por el ruido de los turistas: el primer tren acaba de llegar. Como tantas veces, nos miran como si fuéramos extraterrestres. Recogemos las cosas sin prisa y después de un café caro, rápido y servido con desgana por una camarera con sueño, nos vamos al tren. Aquí en cambio, el revisor nos invita a subir sin pagar billete; quién sabe si le damos pena, o si él mismo es alpinista y le caemos en gracia. Esperemos que sea lo segundo.
La mirada no quiere separarse de las agujas, la Blaitiere y la Plan son lo último que veo de estas montañas por esta temporada.


Una vez más retomamos la carretera hacia España: este viaje ha sido bueno, hemos hecho dos vías grandes y con ambiente, el Frendo a la Aiguille de Midi y la Contamine a las Petites Jorasses, la primera en la fachada del macizo, pero la segunda en lo más profundo. Estoy muy contento y me llevo la cabeza llena de nuevos objetivos y sueños para el año siguiente.

Referencia:
"El Macizo del Mont Blanc, las 100 mejores ascensiones" Gaston Rébuffat
Petites Jorasses, Cara Oeste: Nº 85

viernes, 4 de febrero de 2011

Una imagen, mil palabras

La era digital ha traído mucho progreso, no hay duda, pero también se ha llevado algunas cosas: las diapositivas son una de las cosas que se ha llevado. 
Quién dispara hoy día diapositivas? para qué? Lo malo es que muchos tenemos en casa un buen montón de ellas, metidas en cajas, en carretes listos para proyectar o en álbumes, cogiendo moho y polvo. Yo no tengo demasiadas, calculo que unas seiscientas, nunca me sobró la pasta y las diapos eran muy caras. Tampoco tengo proyector. En esas seiscientas diapos está condensados mis primeros quince años de escaladas, una época muy intensa de actividad y más aún de ilusión.

Hace años era tradición quedar en casa de Estivi a ver proyecciones de los últimos carretes revelados: las escaladas del verano, las del invierno, del último viaje, las últimas aperturas... Nos juntábamos en la salita de su casa, atestada de libros hasta el techo, de revistas, de catálogos y de material de montaña. Bajábamos la persiana y colocábamos el proyector y la pantalla, nos arrellanábamos en el sofá o sobre puffs moros, y cerveza en ristre, nos deleitábamos con las fotos, mientras estirábamos la mano a la ensaladera llena de patatas fritas. Allí nos juntábamos Miguelón, Juaco, Elías, Chus... Los mordaces comentarios de Miguel, las voces de Elías, las solicitudes de copia de aquella diapo en que te veías especialmente bien, el cachondeo general y los planes para nuevas aventuras; aquí nos pasaba Miguel sus últimos croquis... Eran unas horas cojonudas, nos encantaba vernos a nosotros mismos, o ver a nuestros amigos haciendo lo que nos gustaba: montaña. 

La era digital ha terminado con nuestra tradición. Ahora, apenas nos vemos, apenas quedamos, apenas salimos al monte juntos (no por la era digital, es la vida que se enreda). Los tiempos cambian, las costumbres y los compañeros en el monte también.
Aunque el presente es estupendo, y el futuro está lleno de posibilidades, yo también echo de menos los viejos tiempos, los viejos amigos y las viejas proyecciones de diapos: me estoy haciendo viejo.

Este año los Reyes me han traído, entre otras cuantas cosas (yo creo que no he sido tan bueno...), un escáner de diapos. Gracias a Paula, que acepta esta afición mía con tanta comprensión.

Espero recuperar ahora algunas de esas escenas casi olvidadas de años de montaña, de inicios, aprendizajes, amigos, viajes, escaladas...  Algunas de las diapos que seguro escanearé corresponden a entradas antiguas de este blog, que fueron sólo de texto en su momento cuando las escribí: ahora tendrán algo más de luz cuando les cargue fotos.
De momento he escaneado parte del viaje de 2001 a Alpes, a escalar a Envers des Aiguilles, de la ascensión al Cervino, de escaladas por Picos, y he incorporado algunas de esas fotos a las entradas correspondientes. La calidad es inferior a la diapositiva, pero suficiente para rememorar las vivencias.


Ya se sabe que una imagen vale más que mil palabras.