LA MONTAÑA COMO PASIÓN, COMO ESCENARIO INFINITO SOBRE EL QUE DISFRUTAR INTENSAMENTE DE LA VIDA,
DONDE ESCALAR, ESQUIAR, PEDALEAR, CORRER, CAMINAR...
DONDE LOS AMIGOS, EL ESTILO Y LAS FORMAS CUENTAN, Y MUCHO
domingo, 23 de octubre de 2022
Btt placer
Domingo a media tarde, me visto de ciclista y cojo la bicicleta. Apenas unos minutos después de salir ya estoy inmerso en naturaleza. Me junto con Nando y Noelia y salimos como tantas veces por los caminos de Deva. Tras la primera subida a la Olla nos decantamos por tirar hacia Lañora, la clásica bajada hacia la playa por el valle que nace en el golf de la Llorea.
Los estrechos senderos trialeros se encuentran en el punto ideal para ciclar, las lluvias leves de días atrás los han dejado en el estado perfecto de deslizamiento/fricción.
Vamos inmersos en la mágica luz otoñal, contrastando los colores del suelo y los del aire con las hojas recién caídas o a punto de caer, mientras circulamos atentos por estos caminos tantas veces repetidos y no obstante, siempre disfrutados.
Nos cruzamos con bastante gente de paseo; parejas, familias con niños. Pocos me parecen para lo guapo que está todo…
Pedaleando detrás de los amigos, casi hipnotizado por el paisaje que fluye a nuestro alrededor según avanzamos, intento sacar alguna foto a la vez que sorteo raíces y baches, a riesgo de salir disparado al suelo. El clásico intento infructuoso de captar el momento mágico para compartirlo con otros, tan agudizado en estos tiempos. Renuncio y me concentro en disfrutarlo y grabar en la cabeza lo que captan mis ojos.
Ya de regreso cerca de casa, antes de despedirnos, paramos a admirar unos troncos tapizados de setas.
Igual que en escalada hay "vías placer", en btt también puedes hacer "salidas placer".
Paseo relajado en bicicleta con amigos, apenas veinte kilómetros, apenas hora y media... Las pilas cargadas para empezar la semana. ¡Y gratis oiga!
Disfrutar de las cosas pequeñas dicen que es el secreto de la felicidad.
viernes, 30 de septiembre de 2022
Supercanaleta en Solitario Invernal
Colin Haley, alpinista de clase mundial, relata con gran sencillez su repetición solitaria invernal a la Super Canaleta del Fitz Roy. Espectacular: https://colinhaley.com/fitz-roy-winter-solo/
Foto de Colin.
Merece la pena la lectura.
domingo, 18 de septiembre de 2022
Soledad embarrada
En estos tiempos que todo se mide, se contabiliza, se parametriza, ¿cómo conseguir medir mis sensaciones atascado en mitad de aquel barrizal? ¿cómo transmitir mis contradictorios pensamientos?, por un lado renegando, insultándome a mí mismo, y por otro encantado de lo que estaba pasando. No es fácil de explicar.
De cara a una excursión larga en bicicleta en poco más de una semana con unos amigos, había decidido por mi propio bien cambiar una tarde es escalada deportiva por una salida en bici a rodar un poco más de lo habitual, a acumular kilómetros y desnivel, a percibir sensaciones.
Salí de casa con el recorrido en la cabeza, pero sin tener claro si lo iba a hacer entero o lo iba a recortar en algún punto intermedio. La cosa era salir dirección Deva, subir por alguna de las pistas del camping a la Olla, desde allí remontar al Curviellu, bajar a Peón perdiendo casi todo el desnivel ganado, luego coger la carreterita que lleva al Alto de la Cruz. Desde ese punto recorrer el Cordal de Peón, con sus continuos subebajas hasta la Collada Fumarea, remontar hasta el Fario y desde este punto culminante, bajar por el bosque de pinos dirección Caldones y terminar retornando a casa por la senda de la Camocha.
Los primeros tramos, los habituales en mis salidas cortas, se sucedieron sin incidencias. La tarde está con nubes que entran y salen, amenaza lluvia. No hay nadie.
En el Curviellu me tiro por la trialera que baja al fondo del valle de Peón. Desmonto en algún tramo por respeto. Abajo, en Casa Pepito empieza a llover, con ganas por momentos. No hago caso y sigo dirección a la subida de la Cruz. Este puerto es precioso, corto pero continuo, de carretera estrecha con un paisaje muy guapo. Se me hace largo, especialmente en el tramo final. En los últimos kilómetros adelanto gente caminando, peregrinos dirección a Covadonga imagino. Ni una bici.
Coronada la Cruz giro a la derecha hacia el Cordal.
En la primera encrucijada cometo el error del día: en lugar de seguir de frente por la pista principal, me decido por una a su derecha, ya recorrida anteriormente. La cosa no arranca mal, pero poco a poco va habiendo más barro. Se nota que han estado trabajando los madereros, y después se ha adecentado con palas. El barro que inicialmente me dejaba ciclar, en el desarrollo más corto de la bici a pesar de ser casi llano, poco a poco me va agarrando cada vez más, hasta que me obliga a posar pie y continuar caminando. Lo razonable habría sido dar la vuelta y coger la pista correcta. Pero algo me impulsa a continuar. Cada vez a más barro, cada vez peor, y sin embargo, sigo.
En estas situaciones llega el punto en que te paras, miras atrás, miras alante, y valoras qué hacer. A mí este punto me llegó atascado en barro consistente, hundido hasta cerca de las rodillas, con la bici al hombro (ni siquiera podía llevarla rodando, atascaban los pasos de rueda con tacos consistentes de barro).
Allí solo, atascado, en mitad del ambiente brumoso, rodeado de árboles, huellas de animales alrededor, con muchos cientos de metros recorridos, y aparentemente con cientos de metros similares por delante, renegaba de mí mismo. La bicicleta pesaba varios kilos más de lo normal: barro denso agarrándose a la horquilla, al cambio, a los discos de freno...
Momentos de zozobra. Y seguir adelante.
A ratos me cuesta enormemente sacar el pie de la masa marrón, tengo miedo de dejarme la zapatilla atascada en el fondo. El peso de la bicicleta clavado en el hombro,el sabor del barro en la boca...
Aproximadamente una hora para un tramo que en condiciones normales se rueda en cinco minutos... Pies mojados, barro denso por todo el cuerpo. Cuando se termina por fin el tramo "arreglado" por la pala, después de sacudir los tacos gordos adheridos al cuadro, por fin me subo de nuevo a la bici.
Continúo por pista boscosa, con charcos profundos, zonas rápidas y otras no tanto. Enlazo con la pista principal. Rodar cansino de subebaja hasta alcanzar el bebedero de ganado donde paro a lavarme a mí y a la bici, a conciencia. Veinte minutos restregándome, me quedo algo frío con tanta agua que me he echado por encima...
Sigo desde aquí pedaleando hacia la Fumarea. Sin ver a nadie. Llego a la collada: miro la hora y sopeso darme la vuelta por el valle de Peón, o continuar hacia el Fario. La nube cubre totalmente la cumbre. Decido seguir para arriba: remontar hasta las antenas me exige apretar los dientes. Llevo acumulados kilómetros, desnivel, e incertidumbre.
En las antenas, punto culminante del día, bajo la nube densa, enfría. Paro y me pongo el chubasquero. Como las últimas gominolas y echo un trago de agua.
La bajada del bosque de pinos está preciosa, luz mágica de sol colándose por entre las ramas, atento al suelo con mucha piedra suelta, voy recorriendo estos tramos tantas veces disfrutados. Sigue sin haber nadie.
Gijón, doscientas ochenta mil personas, numerosas tiendas de bicletas, y nadie de nadie. Todo esto para mí.
El resto del descenso, por la Llomba, Granda y luego la senda de la Camocha,llego a casa encantado.
Me meto en la ducha con la ropa puesta, y con las zapatillas en la mano. El agua corre marrón durante minutos.
Cuarenta y cinco kilómetros, mil metros positivos, unas cuatro horas. Esos son los datos medibles.
Una pequeña aventura solitaria en el patio de atrás de casa, en una tarde nublada de viernes. Eso es lo que no es medible, y que cuenta mucho más.
miércoles, 7 de septiembre de 2022
La mente en blanco
2 abril 2022
Circular al Pico Toneo en el Puerto de San Isidro
Nando, Carlos Cabo y dos amigos más
Casi todos los años me pasa igual. Llega agosto y la cabeza ya me empieza a pensar en blanco. En nieve vamos...
Una de las últimas salidas de esquí de la pasada temporada. Ya era primeros de abril. Había caído una nevada la noche previa y la carretera en la parte alta del puerto estaba bien blanca.
El cielo no auguraba nada bueno. La idea inicial de tirar hacia la Rapaina se descartó por falta de visibilidad.
Decidimos conservadoramente darle la vuelta al Pico Toneo.
Aparcamos en la zona de la cafetería de Salencias, parte inferior de la estación de San Isidro. Mientras nos preparamos flipamos con la fauna que pulula por allí, las formas, los modales, la actitud... increíble.
Salimos los cinco foqueando bajo la nube. A ratos nieva.
Ganada la zona de Cebolledo, remontamos ahora por la derecha de las pistas. Hay bastante gente en la estación. Sin duda está siendo una temporada excepcional para ellos. Empezó en diciembre y no cerró en ningún momento. Esto es algo muy raro en la cordillera Cantábrica. Y mucho más pensando en lo muy poco que ha nevado. Lo cierto es que la temperatura se ha mantenido y esta gente ha cuidado la nieve.
Coronamos el collado que da caída a Riopinos. Quitamos pieles y nos deslizamos por la pista entre la abundante gente de la estación.
Una vez abajo volvemos a poner las pieles y remontamos de nuevo lo bajado, aunque por fuera de pista en la ladera izquierda. Tenemos que recuperar unos cuantos metros más hasta ganar la arista que nos da caída a la vertiente norte. Seguimos envueltos en nube por momentos. El día está fresco.
En la cresta nos movemos hasta una horcada que nos deja tirarnos hacia una de las pistas rojas de la estación de Fuentes de Invierno.
Giros disfrutones.
Estiramos la inercia hasta la altura de las casas de La Raya. Desde aquí un poco de circulación entre arbustos, y llegamos de vuelta al coche.
Uno de los amigos de Carlos se da cuenta de que se le ha caído el móvil, y cree saber dónde. Se van a buscarlo (y lo encuentran). Mientras tanto, Nando y yo bajamos hasta Fuentes a tomar una cerveza.
Estupendo paseo de cierre de temporada.
A comer a casa.
domingo, 28 de agosto de 2022
60 cumpleaños de la VIA por excelencia
Excelente resumen en la Web de Barrabés de la gesta de la apertura por parte de Rabadá y Navarro de la primera vía en la Oeste del Picu.
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https://m.barrabes.com/blog/noticias/2-7928/60-anos-rabada_navarro-oeste-pico
se te caen las pistolas pensando en estos dos máquinas.
martes, 23 de agosto de 2022
Ecrins, el Pelvoux pequeño, y el grande
Alpes Express 2022. Ecrins.
Rubén Díaz
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Petit Pelvoux (3.753 m), Arista Sur (400 m, IV+)
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Mont Pelvoux, punta Puiseux (3.943 m)
Día 1 paliza de coche, trece
horas conduciendo. Salimos de Asturias lloviendo y a 20 grados. Por el camino
escampa y llueve de nuevo a ratos, y las temperaturas suben hasta los 36
grados. Llegando a los Alpes se ven incendios, tormentas eléctricas… Llegamos
al camping de Ailefroide a las nueve y media de la noche, ya está cerrado a
esta hora así que buscamos una zona tranquila en una carretera adyacente y
plantamos la tienda paralela al coche. Nos acostamos cansados, llueve…
Día 2 Madrugamos. Para hoy dan
riesgo de tormenta y lluvias a partir del mediodía. No nos apetece mojarnos así
que iniciamos la subida desde el camping de Ailefroide (1.500 m) hasta el
refugio Pelvoux (2.700 m) a las 9 de la mañana.
Nos lleva 3 horas con calma,
son 1200 m positivos, el paisaje es espectacular, el camino bueno, vistas a
montañas enormes a nuestro alrededor.
Rebecos tranquilos pastando. Se intuye la
falta de nieve. Al llegar no hay nadie en el refugio. El guarda se muestra algo
borde cuando ve que somos dos en lugar de los tres de la reserva (la baja de
última hora de Nando).
Después de descansar un rato subimos
a explorar la trepada por detrás del refugio. Más arriba los primeros hitos están
bien marcados: parece que más o menos hay buen camino hacia nuestro objetivo.
Este tramo lo haremos con la frontal…
Encima del refugio moderno está el
antiguo refugio Lemercier. Es una pasada: madera, chimenea, literas, utensilios
y herramientas antiguas… Todo muy bien conservado.
La tarde transcurre entre tormentas,
granizadas, rayos y truenos. El panorama da miedo si piensas en estar metido allí
arriba en una vía de roca… Poco a poco ha ido llegando gente, pero algunos
(familias con niños) se vuelven para abajo. A ratos entra algo de cobertura y
puedo cruzar unos mensajes con Paula.
La cena temprana, a las seis y
media, la compartimos con otras dos cordadas, unos holandeses y unos franceses.
El francés come por tres; espectacular. Al terminar el postre, queso con tarta
de plátano y chocolate, el guarda nos da el último parte meteorológico: la cosa
parece que pinta bien para el día siguiente.
Los holandeses irán a la arista
Sur de la aguja Sialouze, junto con otros tres chavales (dos franceses y un
mejicano), una clásica de la zona con muy buena pinta. La otra cordada francesa
no tiene claro aún qué va a hacer.
Nosotros confirmamos al guarda que
intentaremos la Arista Sur del Petit Pelvoux (3.753 m), para cruzar luego el
glaciar, hacer cumbre en la punta Puiseux (3.946 m), y terminar bajando por las
Rocher Rouges.
Perfil de la Arista Sur del Petit Pelvoux
El guarda nos dejará el desayuno
preparado a las cuatro.
.
Día 3. El despertador suena a las
cuatro y cuarto. Los holandeses ya se han levantado una hora antes. Bajamos a
desayunar, nos preparamos y salimos del refugio con arnés y casco puesto. Son
las cinco y cuarto. Las estrellas refulgen. Empieza la juerga.
Arrancamos la aproximación a la
luz de la frontal, con calma. Trepadas y pedreras. Cuando nos acercamos a una
zona de trepada delicada la luz del amanecer nos ayuda a encontrar el mejor
paso por el zócalo de roca que da paso al prado triangular que marca la reseña.
Desde aquí, por la cumbrera hacia la propia torre del Petit Pelvoux es un
laborioso caminar entre bloques, vamos remontando poco a poco.
Al acercarnos a las torres y
gendarmes nos entran dudas sobre el recorrido correcto. Hay varios grupos de torreones
y gendarmes para escoger. Finalmente nos decantamos por unos hacia la derecha desde
el collado en el que estamos. Nos atamos, ponemos los pies de gato y sale Rubén
delante.
Son las ocho de la mañana. Estira los sesenta metros de la cuerda de
8,2 mm que hemos traído superando tramos que obligan a escalar con atención y
cariño. Encuentra varios clavos, así que estamos más relajados respecto a estar
en la vía. Monta reunión sobre bloques.
Tras alcanzarlo me pongo yo
delante ahora para seguir por terreno bastante vertical sin seguros fijos.
Fácil pero que requiere atención. En lo que parece la cumbre de un gendarme
monto reunión, casi he terminado la cuerda.
Cuando llega Rubén me dice que tire
de nuevo. Salgo otra vez por terreno variado, siguiendo el recorrido que me
dicta la lógica sin tener ninguna referencia. De nuevo apuro casi toda la
cuerda hasta que alcanzo la cumbre de una torre, una reunión de cordinos sobre
un bloque nos muestra el camino a seguir. Al llegar me doy cuenta de que no
estamos sobre el segundo gendarme del croquis, sino aún sobre el primero. A la
vez veo que por delante tenemos un rápel de unos quince o veinte metros a un
collado, y desde este, un muro tieso en lo que sí es el segundo gendarme. Desde
este ángulo parece difícil.
El cielo está variable, y aunque
sigue bien nos da un toque de atención el hecho de estemos más abajo de lo que
creíamos. Azuzo a Rubén para que no perdamos tiempo. Desde esta reunión ya vemos
asomar los enormes seracs y el plató glaciar superior a nuestra izquierda.
Rapelamos a la horcada,
recuperamos cuerda sin problemas y me dispongo para afrontar el largo más difícil
según el croquis: IV+. El grado no me preocupa, pero le entro con respeto.
Arranca muy vertical desde una reunión de dos clavos. Muro tieso con buen
canto. Coloco un buen fisurero y empiezo a remontarme en un diedro fisurado
cuando me encuentro un clavo en los morros: estoy en el paso. Resuelvo tranquilo,
aunque la mochila con el piolet y los bastones me incordia un poco. Después estiro
la cuerda completa y llego a la parte alta de la torre. Reunión de cordinos
viejos lazando un diente de roca y dos clavos. Tenemos la opción de crestear o
rapelar a la siguiente horcada: después de una inspección por parte de Rubén
vemos más claro el rápel. Es muy vertical y de unos veinte metros hasta unas
terrazas sucias de arena y bloques, con algo de nieve que se precipitan en un
canaleto feo.
No obstante, ahora vemos el
panorama por delante más claro y nos animamos. Reforzamos el tinglado con un
cordino y sale Rubén para abajo. Al retirar la cuerda estamos ahora posados en
una pequeña repisa que nos conduce hacia la izquierda hacia otros dos pequeños
gendarmes. Según la reseña, desde el segundo tenemos que levantarnos por los
muros de encima en IV grado y navegarlos hacia la salida. En mitad de esto
comentamos qué fea sería una retirada desde aquí si fuera necesario…
Sigo tirando delante: el largo
exige de nuevo atención y lectura correcta del recorrido. La roca es buena en
general. Derivo ligeramente a la izquierda y a unos veinticinco metros me
encuentro un clavo. Bien. Después de esto estiro a tope la cuerda hasta lazar
unos bloques en una terraza. Se empieza a intuir el final. Desde la reunión veo
el glaciar y una cordada recorriéndolo. ¿De dónde habrán salido? deducimos
luego que han subido por el glaciar de Violettes.
Al llegar Rubén nos atamos en
corto y sale delante él. Buena decisión. En pocos minutos de trepar de forma
simultánea por terreno intermedio estamos en el buzón de cumbre. La vía termina
en la misma cima, 3.753 m. Gran sensación. Son las doce. Hemos tardado cuatro horas, en
línea con las referencias de Camptocamp. Estamos muy contentos. La vía ha sido
más sostenida de lo que creíamos al empezar. La mochila con las botas,
crampones, piolet también se ha hecho notar.
Sentados en las piedras comemos y
echamos un trago. Mandamos algunos mensajes a casa y a Luque, que está por la
zona escalando con Inés. Yo llevo toda la vía con un forro fino. Rubén ha
venido con algo de frío, y lleva la chupa puesta, gorro bajo el casco y a ratos
hasta guantes. Raro porque solemos ir parecido. Nos cambiamos gatos por botas.
Por delante tenemos ahora la bajada hasta el glaciar, andar de pedrera
básicamente.
En pocos minutos estamos al borde
del blanco poniendo los crampones. Nos equipamos para el glaciar guardando todo
el hierro sobrante. Salimos a buscar unas huellas viejas, que nos llevan
evitando las grietas hasta la huella de la cordada que vimos antes. Su trazado
es perfecto. Subimos con calma: tenemos unos trescientos metros de desnivel que
ganar y en esta cota se nota el esfuerzo y las horas de actividad.
Las grietas dan miedo. Su tamaño
y el sonido del agua corriendo… La escala de estas montañas te hace sentir
pequeño. Serpenteando ganamos altura y terminamos saliendo a las rocas que dan
paso a las Rocher Rouges. Aquí propongo dejar las mochilas para la ascensión a
la punta Puiseux, culminante del Mont Pelvoux. Tenemos que volver a pasar por
aquí de todas formas.
Así, de ligeros (yo sigo de forro
fino), remontamos el último tramo del glaciar, esquivando grietas. La última
pala se empina un poco.
Hacemos la cumbre solos y sin nadie alrededor, como
llevamos todo el día. Son las dos menos diez. 3.953 m. El Pelvpux es una montaña grande en todas sus vertientes. Las vistas se abren: delante
tenemos la enorme cara Sur de la Barra. Detrás el perfil serrado de la Meige. Al
otro lado, el Ailefroide se muestra alpino, difícil. Trescientos sesenta grados
de vistas de montañas y valles alpinos. El cielo aguanta y disfrutamos unos
minutos (pocos) en la cumbre.
Hacemos la bajada del tramo glaciar
ahora por la derecha. Está empinado. Con atención primero y relajados después
llegamos hasta el collado donde tenemos las mochilas. Fuera crampones y
volvemos a la pedrera. Estamos colgados más de mil metros por encima del
refugio, que vemos claramente. La bajada de las Rocher Rouges discurre
inicialmente por terreno cómodo y bien marcado. Después se empina y se complica.
Y además desaparecen las referencias y aparecen grandes cortes. Vamos buscando
el camino con bastante incertidumbre por momentos. Muy de vez en cuando
divisamos algún hito o marca de pintura. Extremadamente escasos para lo
complejo del recorrido. Muchos metros por debajo vemos los puntitos de las
cordadas que fueron a la arista de Sialouze. Por suerte, el tiempo aguanta. Comentamos
lo mucho que se podría complicar aquí la cosa. No queremos ni pensar en tener
que bajar por aquí con niebla, o lloviendo, o entre granizadas como las de
ayer, con el enorme riesgo de perderse y de caída de piedras. Es un auténtico laberinto.
Menos mal que Rubén y yo nos movemos bien por estos terrenos… Con todo, la
bajada se hace larga y estresante por momentos.
Finalmente llegamos al Col de la
Bosse de Sialouze. Nos relajamos. Ya “solo” nos queda aguantar el tramo de
descenso hasta el refugio, que vemos todavía varios cientos de metros por
debajo, pero por terreno más amable.
Tras un rápel corto para salvar
un último cortado por fin entramos en zona de caminar. Llegamos al refugio a las
seis y cuarto. Trece horas después de salir. Apenas hemos parado unos breves
minutos en las cumbres. Hemos estado solos todo el día. Yo estoy fundido…
Saludamos al guarda. Día largo,
le digo. Y me responde, pues todavía no habéis terminado… ¡Qué razón tiene! aún
tenemos que bajar hasta el Camping de Ailefroide. Otros 1.200 metros de bajada…
Descansamos un rato. Yo como y
bebo. Rubén viene fastidiado del estómago y no le admite bien ni la comida ni
el agua. Completamos las mochilas. Cambio botas por playeros. Con filosofía
arrancamos camino abajo. El camino es bueno, pero igualmente la cuesta no
perdona. Aprovecho las paradas técnicas de Rubén para sentarme a reposar
piernas y hombros.
Rebecos lustrosos corretean por las camperas. En un momento
dado vemos a uno de ellos espantando a una marmota, que huye despavorida… El paisaje es espectacular. Lo disfrutamos a
pesar de la reventada. Poco a poco vamos llegando al valle, al estruendo del
torrente, a los árboles más grandes ya. La luz del día se va apagando. Hasta
que se apaga del todo y nos obliga a sacar las frontales, cerrando el círculo
de lo que está siendo un gran día de actividad alpina.
Tropezando con las raíces y las
piedras, por fin llegamos al aparcamiento. Son las diez y veinte de la noche. Hemos
tardado más del refugio al camping para bajar que para subir…
Llevamos diecisiete horas desde
que salimos esta mañana por la puerta del refugio. Por el medio dos cumbres,
una vía de roca de unos cuatrocientos metros, unos 1.400 metros positivos, y unos
2.800 metros negativos…
Movemos el coche al punto de la
primera noche al llegar. Cenamos algo, montamos la tienda y nos derrumbamos en
los sacos.
Dia 4
A la mañana siguiente, aún
metidos en sombra mientras desayunamos vemos tres corzos cruzando la campera
que tenemos al lado. Al rato pasa en bicicleta un paisano con un forro polar
rotulado del camping: muy educado nos pregunta si hemos dormido allí. Sí le
decimos. Pues está prohibido, nos dice. Y le digo, amigo, llegamos ayer a las
diez y media de la noche del Mont Pelvoux. Ok, ok. Se va…
Optimistas nos planteamos
quedarnos a intentar alguna vía de roca fácil de las muchas cercanas al camping,
parte del plan inicial trazado en casa. Pero en realidad vemos que no estamos
para nada. Intento contactar con Luque para saludarlos, pero no lo logro. Recogemos
las cosas y arrancamos carretera alante.
Como siempre, el viaje de vuelta
parece más largo. Paliza de coche, atascos, 38 grados. Pero todo esto se hace
llevadero cuando has cumplido el objetivo del viaje que te habías marcado en
casa. Todo ha salido a pedir de boca. Hemos conocido una nueva zona realmente
espectacular. Montañas grandes y en un estado salvaje y poco transitado.
Lástima la falta de nieve.
Con Rubén, una vez más, perfecta coordinación.
Un placer.
·
Salida del Refugio Pelvoux 5:15 h
·
Inicio Arista Sur Petit Pelvoux 8:00 h
·
Cumbre Petit Pelvoux 12:00 h
·
Cumbre
Punta Puiseux Mont Pelvoux 13:50 h
·
Col
de la Bosse de Sialouze 17:00 h
·
Refugio
Pelvoux 18:15 h
·
Camping
Ailefroide 22:20 h
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