LA MONTAÑA COMO PASIÓN, COMO ESCENARIO INFINITO SOBRE EL QUE DISFRUTAR INTENSAMENTE DE LA VIDA,
DONDE ESCALAR, ESQUIAR, PEDALEAR, CORRER, CAMINAR...
DONDE LOS AMIGOS, EL ESTILO Y LAS FORMAS CUENTAN, Y MUCHO

viernes, 20 de junio de 2014

Llan de Cubel en BTT

Sábado 14 Junio 2014
Pase de mañana BTT
San Martín de Luiña (100 m) - Llan de Cubel (678 m), 20 km aprox.
Nando, Cris, Brojos


El plan original de escalar en los Picos se vio modificado por problemas de agenda de los candidatos. 

Siguiendo la recomendación de Nando, nos fuimos a aprovechar la mañana del sábado dando una pequeña pero disfrutona vuelta en bicicleta de montaña por un cordal costero cercano a Cudillero, y cuya cumbre me traía recuerdos musicales: Llan de Cubel.


Llan de Cubel es el nombre de un grupo folk asturiano que junto con otros como Nuberu, Felpeyu o Dixebra, cada uno en su estilo, ya sea más tradicional, romántico o reivindicativo, han estado y están presentes en mi vida desde hace muchos años, y que aumentan mi vínculo con la tierrina.
Al llegar al punto de partida, junto al camping de San Martín de Luiña, recibimos un mensaje de Brojos que se nos unía junto con Cristina: perfecto.


Hacia las nueve y media, empezamos a remontar las primeras cuestas por entre densa arboleda, lo mismo eucaliptos que grandes castaños. Los primeros kilómetros son bastante intensos y nos obligan a esforzarnos sobre los pedales. El día está con niebla, pero se intuye que el sol aparecerá. Vamos sin prisa, así que paramos a reagruparnos a menudo. En una cota determinada, el bosque cambia a pinar. La pista ha relajado y aunque la subida es continua, la pendiente es muy llevadera y nos permite ir charlando sin problema. El cielo se va abriendo y nos deja entrever la línea de costa y los cordales de alrededor: el paisaje es una pasada.


Alcanzamos la collada bajo nuestra cumbre objetivo: la campera está adornada de vacas y caballos. Desde aquí, apuramos lo ciclable al límite de nuestras piernas, pulmones, aún a riesgo de perder alguna pieza dental o dejarnos una clavícula. Alcanzado este punto abandonamos las bicis para los últimos metros antes de la cima, que luce completa con cruz, buzón y belén, no le falta de nada.






La bajada desde la collada va por otras pistas distintas, ahora en la vertiente de Pravia, y vuelve a ser perfecta para la bicicleta. El ángulo sigue suave, apenas hay que tocar los frenos (o sea que por este lado también se puede subir bien). Seguimos bajando rodeados de pinos girando hacia el norte. 
Las panorámicas a la Concha de Artedo, a Oviñana y al cabo Vidio son espectaculares, sólo “estropeadas” por la necesaria presencia de la Autopista del Cantábrico. Te viene al cerebro automáticamente la explicación de por qué esta, como el resto de las carreteras e infraestructuras de nuestra radical orografía, son de los tramos más caros por kilómetro de España. También los aerogeneradores resaltan impertinentes en el paisaje, y de nuevo los veo como un ejemplo de mal menor y necesario para poder mantener nuestro estilo de vida…


Ya en los últimos tramos de pista, llegando al final, como tantas veces, me doy cuenta de que no importa tanto el qué, sino el cómo y el con quién, aunque en este caso el qué también merezca mucho la pena.

De vuelta en el coche, contentos con la excursión y planeando ya la siguiente variante extendida, disfrutamos de la compañía, la tertulia y la cerveza en la terraza del bar: placeres pequeños en estos tiempos en que tantos se tienen que marchar a buscarse la vida a "l´otru llau de la mar" o al otro lado del Pajares, como a muchos nos tocó en su día, y a otros les toca ahora…

Lo del GPS no termina de calar en nosotros, algo rústicos aún


miércoles, 11 de junio de 2014

Make it really BIG

Desde siempre me gusta el material hecho por Black Diamond. Creo que la cosa empezó hace unos veinte años cuando llegaron los camalots, para mí el mejor friend que he probado hasta el momento.
Con el paso del tiempo, cuando he ido cambiando cosas por desgaste, las nuevas que he ido comprando, coincidía en muchas ocasiones que eran Black Diamond.
Por supuesto hay muchas marcas que ofrecen productos de enorme calidad (y también productos Black Diamond que no me convencen, aunque pocos). De hecho tengo material de muchas casas distintas con el que estoy encantado, y parte del mismo comprado muy recientemente.

Trasteando el otro día por la web de la marca, me he encontrado con una interesante entrevista a un tipo que me cae bien desde hace bastantes años: Rolo Garibotti.
El tío lo tiene claro, y lo transmite. Yo estoy muy de acuerdo con lo que dice.

 “Climbing a new line is an opportunity to have a grand adventure,” he says. “You can make a mountain as big or as small as you want. You can make it very small if you bring fixed ropes, a 10-man team, a helicopter to bring your stuff to the base and a power drill for the blank sections. Or you can make it really big—two buddies, just the packs on your backs, and off you go to climb.”

“Escalar una nueva línea es una oportunidad para tener una gran aventura.” Dice. “Puedes hacer que una montaña sea tan grande o tan pequeña como tú quieras. Puedes hacerla muy pequeña si llevas cuerdas fijas, un equipo de diez tipos, un helicóptero porteando el material a la base y un taladro para las secciones lisas. O puedes hacerla realmente grande, dos colegas, con las mochilas a la espalda, y a escalar.”
La entrevista, muy centrada en la Patagonia en la zona del Chaltén, habla de bastantes cosas pero en realidad son exportables a casi todas partes. Humildad al acercarse a las montañas, respeto al estilo, compromiso y a disfrutar.

“Without the fair fight, climbing becomes pointless. Why would you be attempting something difficult and then be using all these means to make it easier?”

“Sin una pelea limpia, la escalada pierde el sentido. ¿Para qué intentar algo difícil si después vas a hacerlo usando todos esos medios para hacerlo más fácil?

No puedo estar más de acuerdo. Es así como una montaña como el Cholatse se puede convertir en mucho más grande que algunas de sus vecinas, casi dos mil metros más altas, en función de cómo se acometan (vía normal, jumar, O2...).



martes, 27 de mayo de 2014

Tajahierro Peña Vieja, la arista quirúrjica

Viernes 16 Mayo 2014
Martín Moriyón
Intento integral Ajujas Tajahierro-Peña Olvidada-Peña Vieja (2.613 m)

Ultimo punto alcanzado, a punto de retirar
Las agujas de Tajahierro te saludan altivas nada más salir del teleférico. Son la bienvenida a los Picos desde esta entrada cántabra, la más cómoda: estás casi a 1.900 metros. Por detrás de ellas se eleva Peña Olvidada, una gran mole que se solapa con Peña Vieja, hasta sus más de 2.600 metros. En la vertiente Este, la de Áliva, destaca especialmente el farallón de Peña Vieja, de considerables dimensiones, por donde se elevan vías clásicas imprescindibles como el Espolón de los Franceses. En la vertiente Oeste, la de Lloroza, es aún más impresionante, pero en este caso es la Olvidada la protagonista, con una tapia compacta de más de 400 metros.
Habiendo escalado en ambas vertientes y por varias vías en cada una, me llamaba la atención desde hace años hacer la cresta que las une, y que comienza casi desde el mismo camino. El filo arranca en la maraña de agujas y torres de Tajahierro: Ostaicoechea, Sin Nombre, El Cuarte, y la Punta Covadonga. Después hay que navegar en terreno de arista cada vez más fina conforme avanzas hacia Peña Vieja. Un recorrido sin duda muy alpino.



El día antes había mandado un mensaje a Javi, por si estaba libre y quería apuntarse con nosotros. Me llamó para decirme que curraba, pero que nos veríamos por allí a primera hora. Estuvimos un buen rato al teléfono poniéndonos al día, últimamente hablamos poco. Y así fue: nos vimos ya en la cola del teleférico, qué alegría coincidir con él: alegre, compacto, incombustible, inconfundible.


Javi Sáenz, guía de montaña
Vamos ligeros de equipo: una cuerda simple de 9.2 mm, 8 express alargables, 6 fisureros, 4 friends y 4 clavos por si acaso. Llevamos piolet y crampones.
En el pie de vía el aire era fresco, aunque no hacía frío. Casi ideal para escalar. Después de echarnos unas fotos con el Gallo, arranqué por la normal de Ostaicoechea, una de mis primeras vías en Picos allá por el 92, junto con Rubén y Ramonín Juidía. También recuerdo hacerla años después con Miguel, pero aquella vez los dos sin cuerda. Con estos pensamientos alcancé la primera reunión y pronto llegó Martín para relevarme. Y al rato también llegó Javi, que venía con un cliente, dando formación.
El último largo de esta aguja ya lo evitamos, despidiéndonos de Javi y cruzando por terreno sencillo hacia el collado con la siguiente torre. Amarrados en corto, fuimos navegando por entre bloques, resaltes y pequeñas chimeneas para colocaros debajo de la Torre del Cuarte.



Me tocaba de nuevo a mí tirar delante cuando parecía que teníamos encima un largo más continuo, así que Martín se paró en una repisa para darme más cuerda y asegurar lo que parecía un tramo más tieso y largo que los anteriores. La roca no era para nada compacta, pero dos clavos casi seguidos parecían confirmarnos que íbamos bien dentro de las aparentes múltiples opciones. A la altura del segundo clavo me encontré en un paso atlético, casi desplomando, con muy buen canto pero con muy mala roca: buenas presas si es que no te quedabas con ellas en la mano… después de mirarlo un poco me remonté con tiento en el bloque y ya estaba saliendo del paso cuando a medio movimiento sentí que algo se había desprendido debajo de mi pie derecho, algo grande... La mirada se me fue automáticamente a Martín, que estaba unos diez metros por debajo y justo en mi vertical, y por tanto en la trayectoria del misil… En los segundos siguientes, el bloque estalló a su lado en mil pedazos. Me quedé helado e inmóvil mientras él se recuperaba del susto y me confirmaba nuestra suerte: muy buena porque a él no le había ni rozado, muy buena porque yo no me había ido para abajo, pero ya no tan buena porque nuestra única cuerda había quedado “algo tocada”: estaba seccionada totalmente en un punto a unos cuantos metros del cabo que subía hasta mí, el corte era limpio, quirúrgico. También tenía varios toques más en otros puntos. Bueno, luego lo analizaríamos, ahora lo importante era salir del punto en el que estaba yo, montar una reunión y ver nuestras opciones.


Martín en la terraza donde aterrizó el bloque
Ahora todas las presas me daban mal rollo, todos los cantos me parecían malos: es verdad que seguía sobre roca sospechosa (bastante), y después de este susto ninguno me parecía valer. Escalé otros diez metros y monté reunión sobre dos friends y un fisurero. Martín se ató a nuestro nuevo cabo de cuerda (nada deshilachado, sino un corte limpio que parecía hecho con un cúter) y recogió el desastre de la otra mitad. Una vez reunidos, aún algo nerviosos, celebramos nuestra suerte y continuamos para arriba en busca de terreno más amable: Martín siguió encontrando por encima reuniones y clavos viejos, así que estaba claro que estábamos en la vía.

Al fondo Javi y su cliente en la Ostaicoechea
Cruzadas unas voces con Javi, en la cumbre de la Ostaicoechea (que nos llamó animales y también nos dio las gracias por “sanear”), avanzamos ahora hacia la Punta Covadonga, su cumbre bastante por encima de nosotros. Esta tampoco la hicimos sino que flanqueamos por su vertiente Este. No llevábamos croquis ni información más allá de cuatro frases cruzadas con Fer y con Javi, así que nos dejábamos guiar por nuestro instinto. El terreno era fácil, II y III grado, con algún paso suelto, y roca variada.


Altiva Punta Covadonga, detrás la Olvidada
III grado con mucho aire...

Encordados a unos diez metros fuimos avanzando hasta alcanzar el collado entre la Covadonga y la Olvidada. Aquí, al pie de un nevero, hicimos un análisis más serio de la situación: teníamos unos 25 metros de cuerda sana, y en el otro tramo cuatro toques muy importantes, alguno casi de sección completa. Desde este punto podíamos hacer la cumbre de la Olvidada, trepada fácil en teoría, y retirarnos para abajo por la normal de esta (tiene 3 rápeles, pero ya nos buscaríamos la vida). También podíamos continuar a por nuestro objetivo inicial, Peña Vieja, y ver qué nos deparaba el recorrido: creíamos que apenas tendríamos tramos serios, que necesitaran encordarse, aunque tampoco estábamos seguros. Como era temprano y de momento el recorrido era el mismo, nos pusimos las botas y salimos a por la arista.


Momentos de análisis y reflexión


Nos paramos a observar los muchos fósiles de animales marinos que tapizan las rocas. Alcanzada la arista nos pasamos a la vertiente de Aliva, que caía vertiginosa por debajo, pero que hacia arriba permitía trepar desencordados, buscando un poco el recorrido.



En la antecima de la Olvidada nos encontramos con unos rebecos aparentemente menos miedosos de lo habitual: el motivo de que no huyeran es que una de ellos acababa de parir una cría que apenas se tenía en pie. Con la placenta medio colgando aún, nos miraba con miedo mientras rodeaba a su cría. Nunca había visto un rebeco tan joven: calculábamos que tenía unas pocas horas a lo sumo. Acababa de venir al mundo a unos 2.400 metros de altura, en una soleada mañana de mayo. Le sacamos unas cuantas fotos.


La vida se renueva
Poco después de esta positiva visión cogimos ángulo para ver un buen tramo de la arista hasta Peña Vieja y con nuestro perenne optimismo, ya olvidado el percance de la cuerda, nos centramos en acelerar el paso para intentar completar el objetivo.
Hicimos la cumbre principal de la Olvidada y seguimos por el filo, a ratos muy afilado ahora, hacia el Norte. Las trepadas eran sencillas en general, pero hay que estar atento: a ambos lados y especialmente hacia Áliva el vuelo potencial era digno de salto base.



En un momento dado nos enfrentamos a una torre, un gendarme afilado que se eleva en mitad del paso: por la derecha imposible librarlo, desploma, por la izquierda parece muy poco probable. Exploramos un rato ambas vertientes hasta que de repente encontramos una reunión con tres clavos y unos cordinos que, en la base misma del gendarme, están enfocados hacia la vertiente de Áliva. Nos asomamos para ver un volao bastante tieso, que calculamos (tiramos alguna piedra para hacernos una idea) tendrá unos treinta metros hasta tocar unas llambrias que se unen al nevero del corredor que nos llevaría hasta la arista de Peña Vieja, ya cerca entonces de la salida de Franceses y de la cumbre.


Ultimo punto alcanzado y rápel y corredor a seguir
Sopesamos nuestras opciones: son las tres de la tarde, el último cable es a las seis, pero ya dejando el teleférico a un lado y pensando solo en la escalada, las dudas nos invaden: deberíamos rapelar montando un tinglado de cordelé con el tramo roto de cuerda, para poder recuperarla, esto para llegar a un terreno en sombra bastante aéreo y compacto por el que circular hasta tocar la nieve de un corredor de unos doscientos metros, con varios agujeros y cortes de rimaya. Parece cercano a la salida del espolón Don Valentín. Una vez completado este, estaríamos en la arista de Peña Vieja, en terreno conocido aunque no sus condiciones, para hacer la cumbre y bajar luego por la Normal hacia la Canalona, después a la Vueltona y por último bajar a Fuente Dé por el Achero o por la Jenduda, en ambos casos otros mil metros de desnivel… Nos preguntamos si, caso de no ver claras las condiciones del corredor, seríamos capaces de remontar de vuelta el largo de escalada del rápel: es tieso a tope.
Una vez más, toca retirar.


Mirando otra arista: la Madejuno-Llambrión
Tomada la decisión todo es fácil. Echamos un vistazo a ver si podemos destrepar hacia la base de la Vía de los Cántabros de Peña Vieja, y de ahí hacia la Vueltona, pero tampoco parece sencillo, así que nos damos la vuelta hacia la Normal de Peña Olvidada.
Antes de empezar la bajada, paramos a comer un bocado y disfrutamos de la compañía de un Treparriscos muy guapo, con su elegante plumaje negro, gris y rojo se va colando por los huecos de la roca que tenemos detrás, ajeno a nuestra presencia.
Siguiendo los hitos de la normal de Olvidada alcanzamos el primero de los tres rápeles que debemos hacer para llegar al nevero. Aquí se pone en marcha la eficiencia del profesional: Martín extiende el tramo sano, bloquea con un nudo y mosquetón, y empalma el tramo roto (está roto en otros tres puntos) anudando los trozos para que nos sirva de cordelé para recuperar el bueno.
Los veinticinco metros de rápel nos dejan llegar a un nevero encajonado y orientado al norte, bastante duro, que nos obliga a poner crampones y a sacar el piolet, ronda los 40º de inclinación.



Nuevo tramo de destrepe hasta el segundo rápel, repetir operación.
El último rápel es más corto y podemos hacerlo en simple con el tramo de cuerda sana. Alcanzado el nevero nos tiramos deslizando hacia la Vueltona, y de allí caminando a Fuente De.


La cuerda, "algo" tocada
En el viaje de vuelta a casa en coche no podemos dejar de comentar lo vivido, lo aprendido, y las ganas de volver a completar esta fantástica arista. Además de la escalada, hemos disfrutado de cosas pequeñas como un rebeco recién nacido, los fósiles marinos, la compañía del Treparriscos, y por supuesto de la del Rabadilla!
Suerte además que el cumpleaños de Martín es pronto y ya se ha pedido una cuerda idéntica…
Volveremos.

viernes, 23 de mayo de 2014

Otura revival

En las últimas semanas he hecho un par de salidas breves a trepar deportiva, y ambas han sido a Otura. Las dos veces he disfrutado como un enano.
Esta escuela, que ya tiene unos cuantos años de historia, la he visitado muchas veces; es un sitio tranquilo, en un valle con vistas, donde los buitres te hacen compañía.
Casi siempre la he considerado como zona una ideal cuando vas con gente que está empezando, o cuando quieres rodar en grados fáciles, pudiendo escalar vías de varios largos e incluso cacharrear en sus muchas fisuras y agujeros. También cuando dispones de poco tiempo, ya que está muy cerca de casa y aproximas muy rápido.

 En "Festival de cantos" acmpañados por los buitres
Esta opción por supuesto sigue ofreciéndola, pero es que desde hace una temporada para acá, y gracias al trabajo incansable y generoso de gente incombustible como Javier López y compañía, se ha abierto un nuevo y enorme abanico de posibilidades en grados y estilos variados.
Así han nacido sectores enteros nuevos, y también se han completado los existentes, añadiendo líneas nuevas paralelas a algunas que ya tienen casi veinte años, y que estando a escasos metros de estas, no se habían equipado.
En estas dos últimas visitas he escalado a vista (o al flash) vías muy variadas, lo mismo desplomes que placas, vías largas o muy largas (más de 45 metros). Todas me han gustado. También he repetido vías que hacía mucho que no escalaba, y me han sorprendido por lo buenas que son.
Además, he coincidido con amigos que hacía tiempo que no veía como Cristina, Miguel y Ana, Pochacu y otros, echando unas buenas risas con ellos.
Me quedan por probar un montón de vías nuevas en los sectores de siempre, y además cercarme a conocer los nuevos.

Fer y Martín en "Il cavaliere"

Fer en "Il cavaliere"
En conclusión, con vías largas o muy largas, predominando la continuidad, calidad de roca y grados adecuados a mi estado de forma y al objetivo de mejorarlo, sin duda repetiré. 

viernes, 9 de mayo de 2014

Ese oscuro y esquivo objeto del deseo

Me llega un nuevo número de Alpinist, y como siempre me encuentro con artículos interesantes. De nuevo y como siempre, me gusta especialmente la forma de contar las cosas, la gran ausencia de esa marea de cifras, grados de dificultad, número de pegues, etcétera, a la que otros medios me tienen tan acostumbrado. En general se centran mucho más en relatar la experiencia (la alegría o el miedo), las sensaciones (el cansancio o los dolores), las motivaciones…
Si en el número anterior, el 45, Invierno 2014, fue con la odisea de Steck en la Sur del Annapurna y con la escalada por parte de los canadienses al K6, en este nuevo número que aún tengo a medias, hay ya varias cosas que me han cautivado: la historia del inglés Nick Bullock peleando con el miedo en una vía de Stevie Haston en UK, un repaso del estilo alpino de los Koreanos en su propio país, la historia de una escaladora que lucha con dolores varios de lesiones degenerativas, o un extenso artículo sobre la cordillera Darran en Nueva Zelanda.
Es precisamente en ese artículo sobre las montañas Darran, donde encuentro unos párrafos que me encantan:

In “Native Stones” (1996), the Scotish climber David Craig wrote that mountains and crags “act on us as the moon does on the seas, inert mineral masses exerting their force”. I like this analogy. It suggests an intangible, dreamlike essence to my need to climb. I am drawn forward –upward – first by a gentle curve of frozen snow, then by the sharpening edge of a buttress that rises for hundreds of meters. I seek the elusive, yearning for precious moments of flow, for that sense of weightlessness that sometimes comes as I search for a nick in the rock that might –just might – take protection, fingertips, anything. There are times when these moments pulse a kind of white light into my mind, a brightness reinforced by the distant, beckoning summit.

En “Native Stones” (1996), el escalador escocés David Craig escribió que las montañas y las paredes “actúan sobre nosotros como la luna lo hace sobre los mares, son masas minerales inertes que ejercen su fuerza”. Me gusta esta analogía. Sugiere una esencia intangible, de ensueño, para mi necesidad de escalar. Primero me siento atraído hacia delante – hacia arriba – por una suave pendiente de nieve helada, para después pasar al borde afilado de un espolón que se levanta por cientos de metros. Busco lo huidizo, deseando esos preciosos momentos de deriva, esa sensación de ingravidez que a veces llega mientras busco un corte en la roca que puede que sirva – simplemente puede – para colocar un seguro, o una presa, cualquier cosa. Hay veces en las que estos momentos encienden una especie de luz blanca en mi mente, una luminosidad reforzada por la cumbre, lejana y atrayente.

But other times, the reasons I return aren´t so endearing. Maybe this is because a particular range, mountain or feature has beaten me, either mentally before I try to climb it or physically when I´ve found that I´m not capable enough. In these instances, I am driven by the edginess of proving myself to myself. The mountains become an obstacle that I must be determined against. I don´t really understand this contradiction between a search for harmony and a drive toward conquest, between a desire to be one with the elements and to fight them – although I´ve seen the same dichotomy reflected in so many climber´s stories around the world.

Pero otras veces, las razones de que vuelva no son tan loables. Quizá sea porque una cordillera, una cumbre o una vía concreta me ha derrotado, ya sea mentalmente antes de intentar la escalada, o físicamente cuando he comprobado que no soy capaz. Las montañas se convierten entonces en un obstáculo contra el que estoy determinado. No consigo entender esta contradicción entre una búsqueda de equilibrio y un impulso hacia la conquista, entre un deseo de ser uno con los elementos, y el de luchar contra ellos – aunque he visto la misma dicotomía reflejada en muchas historias de escaladores de todo el mundo.

The why to our vertical explorations isn´t always important, or at least it shouldn´t be. But that assumption never stops me from questioning my motivations or decisions. And with the Darran Mountains, I´ve harbored a prolonged desire to know more about the history of this landscape, a place that has taught me so much about climbing and myself. By absorbing the stories of people who have passed through these mountains for centuries, I´ve hoped to understand more about my homeland, and my sense of place within it. This is a land still resonating with an untarnished vitality, but there´s a loneliness, also. There is history here, and a history yet to unfold.

El por qué de nuestras exploraciones verticales no es siempre importante, o al menos no debiera. Pero esa suposición no impide que yo me pregunte mis motivaciones o decisiones. Y con las montañas Darran, de siempre he albergado un deseo de saber más sobre la historia de este paisaje, un lugar que me ha enseñado tanto sobre escalada y sobre mí mismo. Empapándome de las historias de la gente que ha pasado por estas montañas a lo largo del tiempo, espero entender más sobre mi tierra, y mi lugar en ella. Esta es una tierra aún resonando con una vitalidad impoluta, pero también tiene soledad. Aquí hay historia, y también historia futura por delante.


A partir de aquí, el artículo se sumerge en esas remotas montañas, de cotas modestas pero tremendamente atrayentes. Me identifico con estos primeros párrafos, y eso me gusta mucho.

viernes, 25 de abril de 2014

Alpinorrada en el Cornión

Viernes 18 Abril 2014
Bene Santos
Segunda Torre Cebolleda (2.400 m) “Directa de los franceses”, 190 m, V+
Tercera Torre Cebolleda (2.429 m), chimenea arista Oeste, 60 m, IV+
Aguja GUA (2.386 m), arista Oeste, 50 m, III
Torre Santa María (2.478 m), “Espolón Oeste”, 90 m, IV+

Segunda y Tercera Cebolledas, abajo Aguja GUA, nosotros en Santa María
Las agujetas se mantienen tres días después. No muchas, pero sí punzantes, intensas y en sitios poco habituales. Se ve que la combinación de pateo, porteo, cramponaje y escalada ha sido buena. Desde luego yo estoy muy contento con la actividad. Lo necesitaba.

El invierno estacional estaba lejos ya, pero la nieve se mantenía en los Picos. Las referencias de la gente aún hablaban de posibilidades en corredores o nortes clásicas, pero la roca ya me estaba llamando poderosamente. Como tenía ganas de escalar arriba, busqué objetivos que combinaran bien dentro de las condiciones reinantes. Inspirado por Fer, por Fernando, y también por Alberto, me planteé una actividad de esas para las que cuesta encontrar compañero: paliza de pateo, porteo de trastos varios, algo de incertidumbre respecto al terreno y a sus condiciones… Alpinismo al fin y al cabo.
La idea era intentar hacer varias cumbres, escalando en roca principalmente, aunque sin descartar el tener que poner crampones en un momento dado.

La vía principal del día sería la “Directa de los franceses” a la Segunda Torre de Cebolleda: aparece reseñada en las guías como muy guapa y tranquila de tráfico (lo remoto de su localización casi lo garantiza). Cerca de doscientos metros en roca de calidad, con pocos seguros fijos, algo de terreno de navegar, y grados que permiten escalar con peso en la chepa, como iba a ser el caso.
Después, si el horario y las condiciones lo permitían, la intención sería continuar a la Tercera Torre de Cebolleda: un largo de IV+ en chimenea apurando los 60 metros de cuerda. Desde aquí, hay que crestear hasta una reunión y rapelar 60 metros al collado con la siguiente aguja, la de GUA.
A la aguja de GUA se accede en teoría con una trepada sencilla, pero quién sabe si habría nieve, hielo o estaría mojada… A continuación, había que destrepar o rapelar hasta el collado con la Torre de Santa María.
Finalmente quería subir a la Torre de Santa María por el “Espolón Oeste”, este  también celebrado por su gran ambiente y calidad de roca.
De entre los candidatos varios la cosa se quedó en Bene, con quien hacía un año que no salía. Bene y yo nos movemos de forma muy parecida en este tipo de terreno: esto quiere decir que íbamos a perder poco tiempo en maniobras.
Saliendo al monte una vez al mes no me importa madrugar. Es más, casi lo estoy deseando. A las seis salimos de Gijón dirección Covadonga. Cuando se levantó la niebla, vimos el cielo despejado y la temperatura alta: había siete u ocho grados cuando aparcamos en Pandecarmen. Teníamos miedo de que la nieve fuera a estar demasiado blanda…
Al ritmo de Bene fuimos subiendo sin parar de hablar hasta Vegarredonda. De ahí para arriba la nieve empezaba a aparecer cada vez más, hasta que bajo el Porru Bolu, cuando alcanzamos a unos esquiadores, ya era continua y sorprendentemente dura: casi todo el tiempo íbamos sin hundirnos apenas, y a ratos yo incluso echaba de menos los crampones. Atentos a esta circunstancia seguimos ganando altura y disfrutando las vistas, hasta alcanzar el Collado de la Mazada. Cuando llegamos eran casi las diez de la mañana, nos habíamos pegado ya dos horas y media de pateo… En la parada aprovechamos para comer, beber, poner arnés y crampones. Lo duro de la subida ya estaba hecho, pero para llegar al pie de vía aún teníamos casi otra hora: prácticamente hay que alcanzar la Horcada de Santa María.


La vista de la pared, al sol la Segunda, en sombra la Tercera
La media ladera hacia Fuente Prieta estaba dura, a ratos helada de verdad. Poco a poco nos elevamos hasta alcanzar la roca del pie de vía. El tramo final de nieve, a unos 40º, junto con lo tieso de la pared, nos hizo anclarnos cada uno a un puente de roca nada más llegar.
Aquí, sin perder tiempo centramos el recorrido, sacamos el material y las cuerdas, cambiamos botas y pinchos por pies de gato, y a las once de la mañana, tres horas y media después de empezar, Bene arrancó a por la primera tirada.

Bene empezando el primer largo de la "Directa de los Franceses"
Me despedí sin mucha pena del Camalot del 0.5 que de pronto se le cayó a Bene: rodó y deslizó por la nieve hasta terminar colándose en una grieta unos sesenta metros por debajo: llevaba más de 15 años en mi arnés y ya estaba amortizado... Gajes del oficio.


Canalizos y vistas perfectas
A pesar de la nieve helada, la temperatura era alta, ideal para escalar en roca. En pocos minutos salí yo detrás y una vez juntos nos pasamos el material y salí para arriba. La roca era excelente, el terreno de navegar, canalizos a escoger. Primero a la derecha y luego arriba hasta apurar la cuerda y montar reunión en un buen puente de roca. Continué delante a por el siguiente largo, mismo estilo aunque más tieso, tendente a la izquierda, hacia la base de una chimenea característica que sería el siguiente.
V marca el croquis (o incluso V- en la guía de Miguel y Cholo) y canto es verdad que tiene, pero es tieso bastante: atlético que se dice. Con casi diez kilos de mochila no veas si se pone atlético: las botas de invierno, crampones, un piolet, los bastones, agua, comida y algo de ropa… Pero bueno, lo resolví disfrutando y estiré las cuerdas hasta un nicho donde el croquis marca la reunión. No había nada pero la roca ofrece de sobra, monté reunión con dos pequeños puentes de roca, un fisurero y un alien. Aquí los canalizos drenaban agua recién fundida del nevero superior. El ambiente era perfecto.


Bene llegó rápido y volví a salir a por el último largo, en este caso más corto. Un V+ que el croquis marca expuesto y que de hecho lo es: pasos plaqueros para cruzar oblicuo a por una fisura. Muy guapo. Hay que ver cómo escalaba esta gente, hace ya tantos años.
Estábamos ya en el collado de la Segunda con la Tercera Torre: habíamos evitado la cumbre de la Segunda para ir recortando hacia nuestro objetivo. La chimenea que nos tocaba ahora era guapa de escalar, y seguía siendo muy buena roca. En la arista, apoyado en un bloque lazado, aseguro a Bene.


El ambiente era una pasada: estábamos solos, rodeados de nieve aunque no hacía viento ni frío, con la Peña Santa presidiendo junto con la Torre de la Horcada, más cerca nuestros objetivos, por debajo ya la Torrezuela, y a lo lejos los otros macizos que había ido visitando esta temporada: el Mampodre, Ubiña, etcétera. Lejos aún, una cordada en el Marqués, y mucho más lejos todavía, unos puntitos moviéndose en la arista de Peña Santa (luego sabremos que era Martín con un cliente).

Preparando el rápel de la Tercera, al fondo la Aguja GUA
Bene en el collado entre la Tercera y el GUA
Disfrutamos todo esto mientras nos poníamos las botas para crestear hasta la reunión montada para rapelar hacia la collada con la Aguja del GUA. Sesenta metros más abajo, entre nieve, nos anclamos a una reunión sobre la citada aguja. Recuperamos las cuerdas y continuamos de nuevo delante y aún en botas sobre roca compacta, pero amable. En un momento estoy en los bloques de la cumbre, y seguí destrepando hasta apurar las cuerdas: parecía que podríamos bajar bien hasta el collado con la Torre de Santa María.
Llegó el colega y completó el destrepe, más aéreo ahora. Luego nos movimos esquivando la nieve hasta la base del espolón Oeste y nos pusimos de nuevo los gatos. El cielo tenía ahora algunas nubes, pero seguía estando muy agradable. En tres largos habríamos acabado. Son realmente buenos los tres, en roca excelente y con mucho ambiente, sobre todo el segundo.

Bene en el primer largo del espolón Oeste a Santa María



Ambientazo, alpinismo

Una vez en la cumbre de la torre de Santa María miré la hora: las cuatro. Habíamos tardado cinco horas en la escalada. Íbamos bien, pero aún quedaba.



Comer, beber, cambiar gatos por botas, recoger el material, enrollar las cuerdas para los rápeles hacia el norte, nos volvemos a poner los crampones. En cinco minutos escasos estábamos en movimiento por la arista hasta el descuelgue. Tiré yo delante estirando los 60 metros hasta pegar en el Marqués. Ya en la vertiente norte todo se transforma: sombra, nieve, hielo que gotea, crampones, guantes y chupa por primera vez en el día.



El resto de bajada del corredor fue sin problemas. Al posarnos en Cemba Vieya recogemos cuerdas y salimos para abajo buscando el sol: mucho calor otra vez, seguimos en camiseta hasta la Fragua y de allí a Vegarredonda. Un Acuarius en casa de Javi y Marta, que es importante hidratar y más aún saludar a los amigos.


Llegamos al coche a las ocho de la tarde, doce horas y media de actividad casi sin parar, yo algo reventado (la cadera protesta un poco, pero bien), Bene como nuevo.
Habíamos escalado alto, más menos rápido, y todo lo ligero que pudimos.
Jornada completa, actividad guapa. Estábamos contentos.

El resumen del día:
Tres cumbres (la Segunda Cebolleda no la pisamos)
Distancia aproximada total 22 km
Desnivel positivo 1.500 m
Metros Escalada aproximados 400 m
Metros Rápeles aproximados 300 m

Gijón 6:00 h
Pandecarmen 7:30 h
Collado Mazada 10:00 h
Pie de Vía 11:00 h
Cumbre Santa María 16:00 h
Pie de Vía Marqués 18:00 h
Pandecarmen 20:00 h
Gijón 21:20 h