LA MONTAÑA COMO PASIÓN, COMO ESCENARIO INFINITO SOBRE EL QUE DISFRUTAR INTENSAMENTE DE LA VIDA,
DONDE ESCALAR, ESQUIAR, PEDALEAR, CORRER, CAMINAR...
DONDE LOS AMIGOS, EL ESTILO Y LAS FORMAS CUENTAN, Y MUCHO

domingo, 20 de marzo de 2011

De rechazos y reencuentros

Sábado 19 Marzo 2011
Bene Santos

Realmente crujiente. Una sensación increíble, no por muchas veces repetida menos motivante: ese tacto de la nieve helada en la que apenas queda marca al progresar, en la que los crampones me transmiten seguridad y la progresión es rápida. Es sin duda, una de mis sensaciones favoritas en montaña.
El tacto de la caliza en las manos, la sensación de colocar un fisurero de libro, el hacer sitio al compañero recién llegado a la reunión, el reordenar el material en el arnés para la siguiente tirada, el lanzar las cuerdas para rapelar... Escalar, en su conjunto, me encanta.

Por segunda vez en el invierno, la norte de Ubiña rechaza mi intento, a pesar del aparente ímpetu desplegado.


Hace un mes fue el ir solo, más lo escaso de la nieve, lo que hizo que después de reiteradas pruebas por distintas opciones de entrada a la Elixir de la Suerte, en las que apenas progresé unos metros en cada una, me tuviera que retirar.
Clavo recuperado con la mano en un resalte de roca

Después de levantarme varias veces agarrando la roca descompuesta con los pies sobre nieve inestable. "No es el día", pensé en su momento. Detrás de mí entraron varias de las cordadas a las que yo había adelantado en la aproximación a pesar de la ventaja que me sacaban: no termino de entender esa estrategia en la que malgastan tiempo precioso que quizá echen en falta más tarde en la vía o en el descenso. Entonces, para aprovechar el día subí al Prau y a los dos Fontanes, con un ambiente espectacular y sin nadie alrededor: de crampones, hasta las cumbres sencillas me encantan.


Sentado sobre la mochila junto al buzón del Fontan Norte, con la capucha puesta para protegerme del viento, y comiéndome el bocata, reflexionaba sobre lo adecuado de la decisión:  en una vía que ya he hecho varias veces, alguna de ellas también en solo, simul-solo como dicen, con Miguel, no tiene sentido apurar. En realidad, concluía, no tiene sentido apurar casi nunca. A la bajada observaba cómo las cordadas que yo crucé en el pie de vía apenas habían levantado dos largos en todo este tiempo...

Observando las marcas de avalanchas
Hoy la cosa parecía diferente, -2 grados en el pueblo a las ocho de la mañana, había más carga de nieve y además crugía prometedora en las rampas desde que adandonamos la pista de Yandanay. Hoy también adelantábamos a grupos de gente que habían dormido en Torrebarrio, o incluso en una tienda al pie del espolón oeste, pero que desplegaban un ritmo de caracol incomprensible para mí, y también para Bene, que hoy era mi compañero. Grupos de dos y de tres, que además hacían cosas extrañas como remontar la enorme loma helada sin crampones ni haber sacado el piolet.... Prácticas poco recomendables, pensaba para mí.
Vamos de nuevo hacia la Elixir como mejor opción. La nieve fue bien hasta la base de la aguja, aquí empezó a degenerar: cambió de la estupenda masa sólida, dura y compacta, a una variable de costra húmeda con nieve sin transformar debajo. Empezamos a ver marcas de corte en las palas, la cosa empeoraba.
El sonido hueco en la nieve no es nada bueno, conforme remonto hacia el segundo largo de la vía, superada la primera reunión de tres clavos a nuestra derecha, las dudas me saturan el cuerpo: miro atrás y cruzamos pocas palabras, esto no está para nada. Pensamos en los flanqueos de más arriba y en las grandes marcas de avalancha que se aprietan en bloques blancos en el fondo de la cuenca, en las líneas de corte de las palas... Hoy tampoco toca, hoy también hay que retirar.


Cada vez me cuesta menos tomar estas decisiones; quizá interpreto mejor las señales, quizá soy más consciente de mis circunstancias, a lo peor soy más cobarde... Destrepamos con cuidado, espetando los piolets hasta la cabeza en esta masa inestable, medio costrosa en la que las huellas de hace un minuto no ayudan, sino que terminan siendo una auténtica zanja a sesenta grados... 
Las cordadas que adelantamos hace tanto rato apenas están llegando ahora y después de cruzar impresiones siguen hacia arriba: todos queremos ver las cosas por nosotros mismos. Les deseamos suerte y Bonne course, como dicen los vecinos. Seguro que algunos de ellos habrán hecho la vía.
La bajada se hace me corta hablando de libros, de cine, de música. También, cómo no, de montañas.
Suerte que nos trajimos unos pies de gato y podemos aprovechar el día con algo de roca: apenas son las once y media. Por despiste no hemos traído la guía, así que nos decantamos por la peña Pincuejo en Caldas de Luna; yo conozco casi todas sus vías, y eso unido a su comodidad, aproximación nula, y que Bene no ha escalado nunca aquí, la convierten en la mejor opción.


Hacemos tres vías, con sus rápeles correspondientes, "El placer", "La línea blanca" y "Luna de octubre", todas entre IV y 6a+, con chapas pero con más autoprotección, con una temperatura excelente para marzo. En el último rápel se nos va el sol, perfecto, recogemos los trastos y nos vamos para el coche. Charla cordial con una pareja madrileña afincada en Gijón, gente maja. A las cinco y media arrancamos de vuelta a casa.
Ha sido un día bien aprovechado, completo, de reencuentro con la roca, de crujir de crampones y de decisiones tomadas con buen criterio, quiero pensar.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Mampodre - "La senda de los Elfos"

Viernes 25 Febrero 2011
Peña del Mediodía, 2180 m, "La Senda de los Elfos" III, 3+, 400 metros 
Ramón Turrado, Damián, Iñigo, Paco

A lo largo de la semana, mirando las webs habituales de previsión meteorológica, la conclusión era que el viernes era con diferencia el mejor día: el fin de semana se estropeaba seguro. El caso es que la temperatura estaba altísima, máximas de 17º en Fuente Dé no invitaban a escalar en hielo, si es que lo había. El plan hablado con Martín era intentar el espolón de los Franceses a Peña Vieja, que con nieve seguro que es una actividad interesante. Decidido, me pido el día en el curro. Así estaba el jueves a las ocho de la tarde cuando una llamada de Martín me descoloca; se ha hecho daño en una rodilla entrenando en el rocata, y lo ve complicado… Mierda.
Me pongo a repasar mentalmente la agenda en busca de alternativas, complicado para un día entre semana; Luque está por Noruega, Bene curra, Elías hace demasiado que no lo llamo… Aún así le mando un mensaje. Mon es mi esperanza: a las nueve de la noche lo llamo, y sin dudarlo me invita a unirme a él y sus amigos en un intento a la noreste de la Pico del Mediodía en el Mampodre, “La senda de los elfos” sería la vía. A mí en principio me da respeto, es una vía de Pita y su difunto colega, y para mí eso le da reputación de partida. Por otro lado, ellos han quedado temprano, a las seis y media en Sama, y yo no puedo madrugar tanto... Mon me dice que no me preocupe, intentaré alcanzarlos.


Salgo de casa a las siete y cuarto, al montar en coche le mando un sms a Mon para decirle que voy para allá. El trayecto es desconcertante: Gijón 5 grados, Sama 8, Caso 5, Tarna 8… Esto no pinta bien para el hielo/nieve dominante en la vía hablada. El caso es que al bajar hacia La Uña el termómetro se desploma hasta -2º. Aparco en la plaza de Maraña al lado de una solitaria Vito, en dos minutos me he puesto las botas y arranco con una mochila ligera en la que sólo llevo los piolets, los crampones, el arnés y una cuerda, no vaya a ser que el cálculo falle y me quede sin un cabo libre… Son las nueve menos cinco cuando cierro el coche.
Salgo pitando cuesta arriba, la nieve no está mala y la temperatura ideal para caminar. Con el fuelle silbando, remonto hasta alcanzar el collado desde el que veo la norte de la Peña del Convento o del Mediodía (nunca sé su nombre correcto): mientras me pongo los crampones, voy buscando con la vista por las palas de nieve las figuras que persigo. Todavía sin verlas, flanqueo hacia la derecha, más hacia la norte que hacia la noreste, con intención de ir cortando en la media ladera. Cuando los veo, son cuatro, están bastante altos ya. Acelero tanto como puedo: la nieve cambia a ratos, pero en general está helada y se progresa cómodo y rápido. Ganada por fin su vertical los veo, ellos me ven y me saludan de lejos. Al acercarme Mon me dice que me lo tome con calma, que no hay prisa, no obstante sigo a ritmo, no quiero que esperen más por mí.
Por fin llego, saludos y presentaciones: Damián, Iñigo y Paco, no los conozco pero me reciben con simpatía. Me arrimo en la repisa y vamos poniéndonos el arnés y el casco para empezar. Llevamos un juego de material para compartir, las cordadas se organizan, yo voy con Mon y en la otra los otros tres. Entre ellos, el cachondeo y las  bromas son continuos. El ambiente está caliente; no sé si ir en camiseta o qué guantes poner… El inicio es un pequeño zócalo rocoso para coger una pala de nieve que se mete por un corredor oculto a la vista entre espolones de roca. 


Desde abajo no se intuía bien la vía, predominantemente de nieve, entre tantos muros de roca. Son las once menos cuarto pasadas cuando arranca Damián y a los pocos minutos sale también Mon, que hace reunión antes y por debajo, así que yo empiezo por delante de los otros segundos. El largo es fácil pero guapo, sigo delante ahora hacia un resalte rocoso a unos veinte metros de la reunión, donde está Damián. Encima está el tramo clave de la vía: un muro de roca que marcan como V, con dos buenos clavos a unos tres metros del comienzo. Llego a su base y sopeso tirar para arriba, pero las dudas me hacen montar reunión y asegurar a Mon. Entre tanto, Paco e Iñigo están llegando también.


Mon sale para arriba sin mis reticencias y resuelve con rapidez y eficacia los pasos de crampones sobre roca algo roma; con los piolets empotrados por las fisuras, chapa los clavos y sale hacia arriba. La falta de nieve hace que bajen más piedras de las deseables. Al poco rato ya estoy yo rascando los pinchos por la roca: de segundo todo es más fácil y pronto llego junto a Mon, no sin antes apretar lo mío en un resalte de hielo que hacía una pequeña panza, justo para salir a la reunión. El paso de abajo me parece de IV+, como mucho, pero me imagino que con frío, o mojado, o con hielo la cosa se pondrá mucho más cruda…


Después de recoger algo de material me pongo delante para lo que parece un tramo largo y fácil de nieve a unos 50-60º; no está dura y se hace escalón con cada patada, pero se progresa muy rápido y pronto estamos ensamblados a sesenta metros con un par de seguros en la roca entre nosotros. Así seguimos unos 120 o 150 metros, difícil de precisar, hasta que monto una reunión con fisureros en unos bloques y recupero cuerdas. 

Llega Mon al minuto, pero no queremos separarnos de los colegas, así que con calma hace el siguiente largo y monta una reunión de clavos. Para cuando yo salgo, ya ha llegado Paco de primero, así que estamos bastante reagrupados.
La tónica se mantiene, nieve a unos 60º con algún resalte fácil, y temperatura alta.
El siguiente largo que me toca a mí se remonta sobre una zona con algo de roca, para volver a estirar las cuerdas a tope en una canal fácil: se intuye la arista a unos treinta metros. Mon llega y sigue, y sale al sol en un pequeño collado donde me reúno con él a esperar a los amigos: aquí hay huellas que parecen venir de la norte. 


Estamos a escasos treinta metros de la cumbre y por terreno fácil.


Nos reagrupamos y en pocos minutos hacemos cumbre: hemos invertido poco más de tres horas en la vía, que ha resultado muy entretenida. Seguro que con más hielo sería más interesante, pero la hemos disfrutado. De nuevo, cachondeo mientras recogemos los trastos y picamos algo.


El trayecto de vuelta al pueblo fue entretenido: primero con atención a los zuecos en las primeras palas inclinadas, y más tarde atentos a las rodillas para no hacerse daño cuando nos hundíamos en la nieve blanda. Todo esto amenizado con la charla alrededor de temas candentes como la crisis, la juventud de hoy en día, las experiencias personales… Miradas de vez en cuando a la pared intentando localizar el trazado de otras vías como la Perseverancia, la Dama blanca o la Norte Directa.


Me encontré de maravilla haciendo cordada con Mon, y compartiendo la vía con Damián, Paco e Iñigo: todos ellos gente simpática y agradable, que me esperaron y acogieron con confianza y cercanía. Un gran descubrimiento, igual que la noreste del Mediodía, que junto con la norte, habrá que repetir.
A las siete estaba en casa, muy contento.

Las fotos, una selección, son de todos.

7:15 h Gijón
8:55 h Maraña
10:30 h pie Vía
10:45 h Inicio escalada
14:00 h Cumbre
16:00 h Maraña
19:00 h Gijón

martes, 15 de febrero de 2011

Petites Jorasses - Vía Contamine

Junio 2003
Petites Jorasses 3.650 m– Vía Contamine (750 m V+)                 

Javier Sáenz
                                                                                                                                             
El tren de cremallera traquetea por entre los pinos. Nos estiramos buscando el ángulo en que el Dru se deja ver: la impresionante aguja nos enseña su cara oeste por la que discurre la Directa Americana. También el Pilar Bonatti se recorta contra el cielo azul. Son unos breves segundos.
 La muchedumbre se agolpa a la salida del tren, las mesas de la terraza de la cafetería se cotizan como en la mejor calle de cualquier ciudad. El caso es que no se ven mochilas, ni botas, ni mucho menos piolets. Se trata de turistas que nos miran como si fuésemos animales en el zoo… Tomamos el camino que lleva a las escaleras que nos bajarán al glaciar alejándonos de la masa. La Mer de Glace es una lengua de hielo sucio (sucio en esta época del año).


Vamos caminando sin crampones sobre la gravilla del suelo, el hielo agarra bien así y es más cómo de caminar. En las zonas sin grietas los ojos se elevan a las agujas que nos rodean: Grand Charmoz, Grepon, Fou… También diviso la zona de Envers des Aiguilles donde disfruté hace años con Juaco de excelentes escaladas en roca. Vamos sin prisa, disfrutando del sol. A la altura de Renquin debemos abandonar la Mer de Glace para cruzar a la izquierda hacia la morrena terminal del glaciar de Lexchaux. El caminar de morrena siempre da inquietud, es peligroso en sí mismo, avanzas tranquilo por encima de bloques que en realidad están en un precario equilibrio sobre una cama de hielo vivo, esperando esos pocos kilos de más de tu peso para salir disparados pendiente abajo contigo encima como un surfero con mochila.
El glaciar de Lexchaux describe una curva a derechas muy amplia, pero es por culpa de unos contrafuertes que no recuerdo cómo se llaman por lo que tiene esa curvatura. Los mismos contrafuertes nos ocultan la vista de una de las paredes norte más famosas del planeta: las Grandes Jorasses. Expectantes vamos caminando, a ratos hablando, a ratos ensimismados en nuestras cavilaciones, quizá con un estribillo de canción de moda enganchado en el ritmo del caminar, que no hay manera de soltar por mucho que te disguste.


 “¡Joder, menudo tapión!” La pared se eleva más de mil doscientos metros desde la base del glaciar, que también está unos cuantos más alta que nuestra posición. Desde este ángulo parece realmente vertical, aunque sabemos que no es así. Impresiona por su dimensión, por lo sombría a pesar de estar en verano, por el hielo que rodea a los pilares de roca de la Walker y el Croz… Es intimidante. Seguimos avanzando por el glaciar, buscando el mejor sitio sobre los detritos de roca que se amontonan en el centro del río de hielo. Hemos pasado la altura del refugio, nuestra pared, la cara oeste de las Petites Jorasses parece cercana. Nos quedamos aquí, con esta vista espectacular delante.



Nos preparamos una zona lo más lisa posible, colocamos las mochilas y los sacos dispuestos para el vivac, son las seis de la tarde. La cobertura total de móvil me permite charlar con Paula, es una sensación rara pero reconfortante: rodeados por cumbres sobrecogedoras, tirados a dormir sobre un río de hielo de dimensiones enormes, en mitad de la nada, sin nadie (o con muy poca gente) en kilómetros a la redonda, hablo con Paula como si estuviera a cinco minutos de casa. Acostados en nuestros sacos, con las gafas de sol puestas, los horarios de los Alpes son así: a dormir pronto, que mañana tenemos una vía de setecientos metros de escalada.

Al fondo la pared oeste de la Petites Jorases
La noche anterior en el albergue en Chamonix, desde el otro lado de la mesa del comedor, él comentaba con Javi las últimas actividades, las suyas y las nuestras. Sus ojos azules y la mirada tranquila, transmitían confianza y cercanía, pero sobre todo pasión por lo que hacía. Las arrugas de la cara delataban los muchos años que llevaba a cuestas: a cuestas por los Alpes, por los Andes, por los Pirineos y sobre todo por los Picos, nuestros Picos. Su apellido aparece unido a grandes primeras, pero quizá precisamente por eso, su ilusión estaba por encima de cualquier orgullo o arrogancia: disfrutaba la montaña por encima de todo. Nos iba preguntando por lo que habíamos hecho, y a la vez contando sus experiencias, siempre desde la mayor amabilidad. Así era Pedro Udaondo, historia viva del alpinismo, que seguía practicando de forma intensa a sus setenta años cumplidos. Bajaban de hacer la Bionasay. Un placer hablar con él. Unos pocos años después de esta conversación, Pedro, con las botas puestas, nos dejó después de un resbalón tonto en el hielo duro del Cornión: yo había pasado por el mismo sitio sólo dos días antes y aquella media ladera de la Cemba Vieya estaba como el cristal.

Primeros largos de la mañana
A la luz de la frontal el pie de vía parece que se aleja a pesar de nuestro paso vivo. Llevamos hora y media cuando alcanzamos la rimaya; las dimensiones de los Alpes engañan. Después de asegurar las mochilas y las botas a un anclaje, arranca Javi el primer largo por una canal de roca fácil, sin problemas. A mí el comienzo alpino me impresiona. A continuación, comenzamos a alternar los largos y vamos ganando altura a la vez que el día se despierta. La roca es de buena calidad, y a pesar de los escasos seguros, progresamos ligeros. El recorrido describe una curva que nos dirige a una barrera de techos: una de las zonas clave de la vía. Posteriormente deriva hacia la izquierda en una diagonal de varias tiradas, escalada exterior de placa en un ambiente excepcional. No hay muchas referencias así que básicamente navegamos por los muros, aunque al ser grados fáciles, no hay problema.

Paso clave en la barrera de techos, V+, más aparente que difícil
Las Grandes Jorasses siguen viéndose enormes a pesar de la altura ganada. Eso sí, se ve la inclinación de la pared, que parece menos vertical que la nuestra. 



Largas travesías en muros sin referencias
Disfrutamos cada largo y nos vamos acercando a la cumbre, que nos va a deparar una sorpresa: es una arista afiladísima que separa Francia de Italia. Tan afilada es que no podemos ni ponernos de pie sobre ella: la última reunión estamos sentados a caballo entre los dos países. 


En la arista, la línea del mapa entre Francia e Italia, penúltima reunión
Fotos de rigor y para abajo: aún nos esperan unos cuantos rápeles, y ya se sabe que mejor contar con tiempo por si hay atascos de cuerdas, y demás imponderables. El día es azul y no hace frío, al ser una cara oeste el sol nos dará todo el descenso, pero por si acaso iniciamos las maniobras. Bajamos por otra vía distinta, Anouk,  de Michel Piola que tiene una pinta buenísima; para otra vez. Vamos bajando sin mayor problema. Al cabo de una hora y media estamos de nuevo en la rimaya donde nos esperan las botas y las mochilas.

La afilada cumbre de las Petites Jorases
De nuevo sobre crampones descendemos el glaciar por el que esta mañana circulamos a oscuras: las grietas dan más miedo cuando las ves. Javi baja delante y yo le sigo a unos ocho metros de cuerda pisando sobre sus pasos. Recogemos los sacos y el material de vivac de la morrena donde dormimos anoche y tomamos el camino de Montevers con el decaer de la tarde. Una última mirada de despedida a la Walker. Esta escalada me ha servido para hacerme una idea real del tamaño y lo intimidante de esa famosa pared.
El camino de vuelta es entretenido, las vistas de las agujas y de la Verte me hacen seguir soñando: aquí tengo escaladas para el resto de mi vida. Las horas van pasando y el cansancio y la sed van apareciendo. Está claro que no llegamos para el último tren cremallera, y no teniendo prisa nos demoramos en la Mer de Glace, solos como estamos en mitad de este paisaje sobrecogedor. Por fin alcanzamos la zona de escaleras para remontar a Montenvers. Los escalones metálicos son un buen agarre, pero verticales, y la mochila insiste en recordarnos a Newton, tirando de nuestros hombros hacia el vacío. Finalmente llegamos al sendero de arriba, aquí hay hierba e incluso algún matorral, la vida reclama su zona.
La estación está totalmente vacía: el agua de los baños calma nuestra sed de horas de esfuerzo. Después de apartar alguna colilla, nos tiramos en los sacos justo debajo de la ventanilla de las taquillas. Sin transición aparente, de repente me despierto sobresaltado por el ruido de los turistas: el primer tren acaba de llegar. Como tantas veces, nos miran como si fuéramos extraterrestres. Recogemos las cosas sin prisa y después de un café caro, rápido y servido con desgana por una camarera con sueño, nos vamos al tren. Aquí en cambio, el revisor nos invita a subir sin pagar billete; quién sabe si le damos pena, o si él mismo es alpinista y le caemos en gracia. Esperemos que sea lo segundo.
La mirada no quiere separarse de las agujas, la Blaitiere y la Plan son lo último que veo de estas montañas por esta temporada.


Una vez más retomamos la carretera hacia España: este viaje ha sido bueno, hemos hecho dos vías grandes y con ambiente, el Frendo a la Aiguille de Midi y la Contamine a las Petites Jorasses, la primera en la fachada del macizo, pero la segunda en lo más profundo. Estoy muy contento y me llevo la cabeza llena de nuevos objetivos y sueños para el año siguiente.

Referencia:
"El Macizo del Mont Blanc, las 100 mejores ascensiones" Gaston Rébuffat
Petites Jorasses, Cara Oeste: Nº 85

viernes, 4 de febrero de 2011

Una imagen, mil palabras

La era digital ha traído mucho progreso, no hay duda, pero también se ha llevado algunas cosas: las diapositivas son una de las cosas que se ha llevado. 
Quién dispara hoy día diapositivas? para qué? Lo malo es que muchos tenemos en casa un buen montón de ellas, metidas en cajas, en carretes listos para proyectar o en álbumes, cogiendo moho y polvo. Yo no tengo demasiadas, calculo que unas seiscientas, nunca me sobró la pasta y las diapos eran muy caras. Tampoco tengo proyector. En esas seiscientas diapos está condensados mis primeros quince años de escaladas, una época muy intensa de actividad y más aún de ilusión.

Hace años era tradición quedar en casa de Estivi a ver proyecciones de los últimos carretes revelados: las escaladas del verano, las del invierno, del último viaje, las últimas aperturas... Nos juntábamos en la salita de su casa, atestada de libros hasta el techo, de revistas, de catálogos y de material de montaña. Bajábamos la persiana y colocábamos el proyector y la pantalla, nos arrellanábamos en el sofá o sobre puffs moros, y cerveza en ristre, nos deleitábamos con las fotos, mientras estirábamos la mano a la ensaladera llena de patatas fritas. Allí nos juntábamos Miguelón, Juaco, Elías, Chus... Los mordaces comentarios de Miguel, las voces de Elías, las solicitudes de copia de aquella diapo en que te veías especialmente bien, el cachondeo general y los planes para nuevas aventuras; aquí nos pasaba Miguel sus últimos croquis... Eran unas horas cojonudas, nos encantaba vernos a nosotros mismos, o ver a nuestros amigos haciendo lo que nos gustaba: montaña. 

La era digital ha terminado con nuestra tradición. Ahora, apenas nos vemos, apenas quedamos, apenas salimos al monte juntos (no por la era digital, es la vida que se enreda). Los tiempos cambian, las costumbres y los compañeros en el monte también.
Aunque el presente es estupendo, y el futuro está lleno de posibilidades, yo también echo de menos los viejos tiempos, los viejos amigos y las viejas proyecciones de diapos: me estoy haciendo viejo.

Este año los Reyes me han traído, entre otras cuantas cosas (yo creo que no he sido tan bueno...), un escáner de diapos. Gracias a Paula, que acepta esta afición mía con tanta comprensión.

Espero recuperar ahora algunas de esas escenas casi olvidadas de años de montaña, de inicios, aprendizajes, amigos, viajes, escaladas...  Algunas de las diapos que seguro escanearé corresponden a entradas antiguas de este blog, que fueron sólo de texto en su momento cuando las escribí: ahora tendrán algo más de luz cuando les cargue fotos.
De momento he escaneado parte del viaje de 2001 a Alpes, a escalar a Envers des Aiguilles, de la ascensión al Cervino, de escaladas por Picos, y he incorporado algunas de esas fotos a las entradas correspondientes. La calidad es inferior a la diapositiva, pero suficiente para rememorar las vivencias.


Ya se sabe que una imagen vale más que mil palabras.

viernes, 28 de enero de 2011

Cornión Gélido - Noreste a la Torre de Santa María

Sábado 22 Enero 2011
Torre de Santa María, 2478 m. Noreste Clásica
Martín Moriyón

Al salir del coche el frío nos dio la bienvenida. El cielo dejaba ver algunas estrellas por entre las nubes, nubes que no esperábamos, y de estas mismas nubes caían algunos copos apretados de nieve. Éramos apenas cinco coches, aunque era temprano y previsiblemente llegaría más gente.
La selección de ropa y material fue rápida, aunque quizá nos arrepintiésemos de alguna cosa más tarde.
Arrancamos a la luz de las frontales hacia las siete menos cuarto, esquivando los charcos duros de hielo hasta el fondo, fondo de barro también duro. La charla continua nos lleva hasta pasado Vegarredonda en el tiempo que nos habíamos marcado como referencia, y continuamos hacia arriba pisando la primera nieve muy dura, buena señal. En las zetas hacia la Fragua, a lo lejos, vemos grupos de frontales que parecen no progresar: paramos a ponernos los crampones y ya entonces nos cruzamos a la primera cordada que, extrañamente para estas horas tempranas apenas amaneciendo, pertrechados con material de escalada, bajan de retirada.  Nosotros seguimos a lo nuestro, comentando lo frío que estaba.
Al llegar a la Fragua paramos a poner algo de ropa, echar un trago y comer algo; desde el café en casa a las cinco menos cuarto ya había pasado rato: eran las nueve menos cuarto, seguíamos cumpliendo el plan marcado. Yo tenía las manos como tablas, y apenas me puse a comer un bocado cuando el dolor del calentamiento de los dedos me hizo dejar de lado la comida, no la fuera a vomitar: clásico proceso de unos cinco minutos de sufrimiento, en los que siempre me quedo totalmente anulado. ¡Menudo alpinista!... pensé para mí. Al menos no llegué a marearme como sí me pasa otras veces. En este desagradable proceso, hay gente que grita o incluso llora.  Martín me miraba mientras seguía a lo suyo.
Por fin recuperado, salimos hacia la media ladera para enfrentar un viento fortísimo que nos acompañará casi todo el resto del día. La sensación térmica era fría, y las ráfagas de las que te pueden llegar a desequilibrar. La luz tenue del amanecer nos mostraba una Torre de Santa María bastante roquera en la vertiente del Marqués: nuestro plan original de la Pili Cristina no parecía muy factible, pero aquí hay muchas opciones.
El frío volvía a ser comentado cada dos frases: la cordada de antes igual se dio la vuelta por las duras condiciones... Al llegar a la base de la Cemba Vieya, un vistazo fue suficiente para decidir continuar dirección al otro lado de la Aguja Enol: a la Pili Cristina, igual que a la Norte Directa aún les faltan unos cuantos metros de cascada para unir los tramos. En estas estábamos cuando vemos pasar a otro grupo de tres o cuatro tíos de vuelta para abajo… ¡Qué cosas más extrañas! Pensamos.


Hemos decidido ir a por la Noreste Clásica, que discurre por palas y pequeñas goulottes de dificultad moderada, algo más apropiado para un día tan áspero. Debajo de la entrada paramos para ponernos el arnés, el casco y preparar algo de material por si nos encordamos.

Se ve la entrada por las palas y goulottes de la izquierda

La nieve está muy buena y el sol se está levantando por detrás de la Peña Santa, a ver si este viento es el clásico del amanecer y la cosa se va calmando. Martín va tirando delante, buscando los pasos lógicos por entre los roñones de roca y las zonas de mejor nieve.




Debajo de un resalte montamos una reunión que yo necesito para parar a apretar la bota derecha, que parece desatada. De paso, le pido que saquemos la cuerda, que yo agradeceré: Martín seguro que continuaría sin ella sin problema. Desde aquí sale delante por un corto paso de hielo que me trae recuerdos de hace muchos años con Miguel: miro para abajo y le calculo metros al tobogán que conduce al Jou de los Asturianos mientras un respigo me recorre la espalda: no sé si es de miedo, de frío, o de los dos. Seguramente esto último.



Martín ha apurado los sesenta metros de cuerda de 8.1 mm y montado la reunión: un Pooouuuu!!! me avisa para que le suelte y vaya desmontando. Le sigo por fin, intentando recuperar calor con el movimiento. La nieve está muy buena, aunque no es del todo homogénea, a ratos parece azúcar, a ratos bien helada, no obstante transmite seguridad. La cuerda también contribuye.



Salgo ahora delante hacia un pequeño estrechamiento donde paso la cuerda por los cordinos de lo que parece una reunión.




Unos metros más arriba me paro a colocar un fisurero, que me da más guerra de la debida por culpa del piolet, colgando de la dragonera… Definitivamente me tengo que pasar al estilo moderno y comprarme unas cintas de esas para el arnés. Unos metros más y salgo a una arista que me asoma a la vertiente que viene del otro lado de la aguja de Enol, ya bastante por debajo de nosotros. La pala de nieve termina contra llambrias lisas, sin oferta de protección: clavo los dos piolets, recupero la poca cuerda que quedaba y aseguro a Martín que llega rápidamente.

La Aguja Enol al fondo 




Las piernas me tiemblan descontroladamente mientras voy dando cuerda al Jabato, que recorre muchos metros colocando algunos tornillos en los pocos sitios en que aflora hielo de fusión. El frío me invade, el sol apenas se nota, el viento me zarandea, las piernas tienen vida propia, tiemblan violenta y compulsivamente, y los pies empiezan a estar fríos: recuerdo ahora la decisión de no poner el pantalón de gore, tampoco llevamos polainas, todo eso es aislamiento que echamos de menos. Observo fascinado cómo se congela en pocos segundos una gota de moquillo que se me ha caído en la manga de la chaqueta.




Al cabo de unos pocos minutos que a mí me parecen horas, el grito clave de Martín me pone en movimiento. Recorro los cincuenta y pico metros de tirada intentando calentar, pero cuando llego al relevo sigo helado, no estoy en condiciones de ponerme delante: con la cara dormida como recién salido del dentista, se lo digo a Martín, que también tiene frío, y que recoge mi oferta de seguir de primero encantado.


El hombro se intuye, tiene que estar ya muy cerca: después de flanquear dos resaltes de roca vuelve a montar reunión y yo vuelvo a arrancar la escalada, ahora con atención sobre nieve menos consistente.






Ya estamos en el hombro de unión con el Marqués, helados y entre fuertes ráfagas de viento, decidimos tirar para abajo. Salgo delante y justo detrás del hombro, al flanquearlo, la sensación cambia: me encuentro a la altura de la última reunión del Marqués, con la cumbre apenas a cincuenta metros, y con la duda de tirar hacia abajo como acabamos de hablar o hacia arriba y completar la actividad: sin viento todo es diferente, recorro los veinte metros hasta la reunión de tres clavos en la base del diedro y recupero la cuerda del compañero, que sale sin demora. No hay duda, esto es otra cosa, hacemos cumbre en pocos minutos y allí, sorprendentemente, tampoco hace casi viento: será un premio después de la pelea…


Ultimo largo, saliendo a cumbre
Con las cuerdas ya instaladas y listas para rapelar, nos quitamos las mochilas y comemos algo, casi no podemos beber nada porque las botellas están medio congeladas. Fotos de rigor en este paisaje espectacular. Incluso puedo hablar con Paula por teléfono, esto es algo que siempre agradezco: todo bien por aquí, empezamos ahora a bajar, no llegaremos tarde, en Gijón también hace frío.





Espectacular ambiente, el Central como telón de fondo
Es temprano, la una y cuarto: hemos tardado unas tres horas en la vía: no es para tirar cohetes, pero las condiciones tampoco daban para mucho más.




Iniciamos los rápeles que discurren sin problemas: la vertiente del Marqués está menos castigada por el viento y las cuerdas se recuperan fácilmente. Al poco rato de llegar al suelo y recoger los trastos, aparecen dos tíos subiendo. Resultan ser Jorge Egocheaga con un amigo, que vienen de retirada de la Norte de Peña Santa por el frío: que alguien como Jorge se retire por el frío nos confirma que no era cosa nuestra, esto está duro… Ellos salen hacia el Marqués para aprovechar la jornada a pesar de la hora tardía. También vemos otra cordada rapelando, más tarde sabremos que son Villa y un compañero que han hecho la Arrieta.


Continuamos nuestro camino hacia la civilización, aún de crampones hasta cerca del refugio viejo y con toda la ropa puesta hasta la Rondiella.
Mientras bajamos, un recuerdo especial me viene a la mente; en el invierno del 94 hice esta misma vía con mi maestro de escalada Miguel Rodríguez, después de vivaquear en la boca del Jou de los Asturianos. Aquella vez la nieve estaba incluso mejor que hoy, y sin viento hicimos la cumbre sin cuerda, estilo que repetiríamos juntos otras muchas veces tanto en roca, como en hielo.



Hacia las cinco y cuarto llegamos al coche, diez horas y media desde que salimos, sin parar más que unos breves minutos.
Por referencias posteriores de gente que andaba por la zona, la temperatura rondaba los diez o doce bajo cero, y con el viento, la sensación térmica bastante más baja.
Ha sido una jornada espectacular, hemos disfrutado la montaña intensamente. Además he descubierto un nuevo compañero con el que me entiendo muy bien;  conozco a Martín desde que era un crío, pero nunca antes habíamos escalado juntos. Tenemos gustos parecidos por la montaña y me transmite seguridad, eficacia y confianza, incluso en condiciones duras como las de hoy. Seguro que repetiremos.

¿Será así escalar en Patagonia?  No… seguramente sea bastante más duro.