LA MONTAÑA COMO PASIÓN, COMO ESCENARIO INFINITO SOBRE EL QUE DISFRUTAR INTENSAMENTE DE LA VIDA,
DONDE ESCALAR, ESQUIAR, PEDALEAR, CORRER, CAMINAR...
DONDE LOS AMIGOS, EL ESTILO Y LAS FORMAS CUENTAN, Y MUCHO

martes, 28 de octubre de 2014

Reduce tu huella

Una vez más, como en cada número que recibo, Alpinist me propone artículos que me hacen pensar. Artículos que van más allá de la escalada, del alpinismo, de los grados de dificultad, de los de temperatura, de los metros de vía o del número de pegues.
En el último número, el de este pasado verano, le he sacado partido a un buen artículo sobre Alex Honnold.
Honnold es mundialmente conocido por sus escaladas a pelo, por sus vídeos que te suben las pulsaciones y hacen que te suden las manos, mucho en mi caso.
Como corresponde, el artículo giraba en torno a otra escalada sin cuerda simplemente brutal: “Sendero Luminoso” en el Potrero Chico, al Norte de Méjico (Barrabes ofrece un vídeo en su web: se te caen las pistolas). 
La vía en cuestión es un tapiazo de quinientos metros de caliza orientada al norte, 15 largos de escalada técnica con grado muy sostenido entre el 7a y el 7c. Vamos, una brutalidad para escalar a pelo.
Alex la había escalado ya hace años, y a primeros de este volvió por allí con la intención de darle en solo. La trabajó durante días para hacerse con los pasos, ganar confianza y además limpiarla de matojos (mucho tráfico no debe de tener…).  Escaló la vía en tres horas en las que dice no falló ni dudó en ningún paso. Alucinante.


A parte de lo flipante de la escalada en sí, a lo largo de la entrevista me gustaron mucho las reflexiones del gallo en torno al problema planetario relacionado con nuestro modelo de desarrollo, nuestro nivel de contaminación, de consumo de recursos y de impacto en todas nuestras acciones. Me gustó que se identificara a sí mismo como parte del problema, y en sus propias palabras, más aún siendo yankee. Me gustó que se planteara la imperiosa necesidad de tomar acciones a nivel personal, cada uno desde su posición, para intentar cambiar esto, o por lo menos, en la medida de lo posible, no contribuir al colapso.  

Sólo tenemos un planeta: reduce tu huella.

domingo, 19 de octubre de 2014

Ordiales, Cotalba-Requexón y más

Sábado 11 Octubre 14
Solo
Pandecarmen-Vegarredonda-Ordiales-Cotalba-Canal Vaquera-Tercer Poyón-Requexón-Torre Santa María-La Fragua-Vegarredonda-Pandecarmen

La idea inicial era la habitual: subir a escalar al monte, y si se podía a Picos, mejor. Problemas de agenda y la mediocre previsión meteorológica hizo que me quedara sin candidatos: unos no podían y otros se iban de escuela. Yo llevaba demasiado tiempo sin salir de monte como para cambiar el cromo por unas horas de deportiva, así que decidí ir solo. Como alguien dijo hace tiempo, “el mal tiempo hay que ir a verlo al monte”.
Toda la vida escalando por los Picos ha hecho que tenga visitas pendientes en zonas míticas, fundamentales, pero a las que la escalada no me ha llevado. Ordiales puede ser el ejemplo por excelencia. Inspirado por amigos como Castaño o Boza, decidí ir hasta allí, conocerlo, y luego intentar hacer cumbres cercanas que tampoco conocía, y estirar luego a otras conocidas, si me daba la caja.


La subida a Vegarredonda fue tranquila: a la luz del amanecer y hablando desde medio camino con Javi, un chaval muy majo al que alcancé. En el refugio estuve un buen rato de charla con otro Javi, el guarda, aprovechado para pedirle indicaciones para las trepadas del Tercer Poyón y para el Requexón: sin sus referencias, no habría sido tan fácil luego.
Sin peso se camina de otra forma, no tiene nada que ver con la sensación habitual cuando llevas el material de escalada. Y en invierno mucho más. De zapatillas, con un bocata y un chubasquero en la mochila, me sentía volar.
Hacia Ordiales no iba nadie aún, era temprano, así que disfruté tanto del camino como de la vega y del mirador para mí solo. Impresionante sitio. Pero yo tenía mono de cumbres, así que pronto tiré hacia el Cotalba.

Sin tener ni idea de por dónde era, fui siguiendo mi instinto, y pronto me pareció que acertaba al ir encontrando hitos. En la parte final me subí a la arista para amenizar el esfuerzo trepando un poco. 

Desde la cumbre me parecía que el recorrido hasta el Requexón era largo, aunque en la montaña las distancias engañan (si bien normalmente es al revés como engañan).

El día está fresco y a pesar del esfuerzo, no me sobra el forro. Las nubes entran y salen sin parar ocultando a ratos las torres principales del macizo: la cosa podría torcerse de repente, como por otra parte han anunciado, y el agua me echaría para abajo, así que decido acelerar para intentar conseguir el máximo número de cumbres.

Sin parar continúo descendiendo a la collada con la torre de la Canal Vaquera. Esta segunda cumbre es más sencilla que el Cotalba. En su cima paro a echar un trago y comer algo, y miro hacia los Poyones y el Requexón, muy alpinos desde aquí. Al poco tiempo estoy de nuevo destrepando canales para ir hacia el collado con el Tercer Poyón. Esta cumbre presenta un frente de caliza más compacto, pero se intuyen canales cruzándolo en diagonal. Aquí, las referencias de Javi Malo ya me ayudan, y rápidamente estoy en la arista dirección Norte. Hago cumbre y me vuelvo por la arista ahora dirección Sur para destrepar hacia el siguiente pico.

El Requexón es una cumbre de altura modesta, pero afilado y alpino en todas sus vertientes. La cara Norte es la más espectacular, pero también la Sur obliga a escaladas de cientos de metros. Su normal, orientada al Sureste, exige trepar con atención y en invierno puede ser delicada. Hoy me toca ascender por su cara Noroeste, y desde mi perspectiva y sin conocerla, estando solo, me parece inexpugnable.

Trepadas al Tercer Poyón y al Requexón

Como suele suceder, conforme me acerco a la pared empiezo a identificar sus puntos flacos. Entro por una vira diagonal a derechas, con varios largos de llambrias de canalizos por debajo. Cuando agoto la vira, recuerdo el aviso de Javi Malo: dos canales tiesas, coger la de la izquierda. Lo veo claro y sigo trepando por III grado, primero una canal chimenea y luego por un muro aéreo pero de cazos. Me obligo a mirar bien los cantos y los apoyos, a trepar con atención: es fácil, pero es en estos terrenos y circunstancias cuando se cometen errores.


Una mirada hacia Sajambre
Llego a la cuarta cima del día. Hasta ahora no me he encontrado a nadie. Miro el reloj, es temprano. El viento frío me hace continuar hacia la normal: ya pararé en la collada a comer algo.
Cuando estoy en la Mazada son las doce. Cuatro horas desde que salí del coche, y eso que estuve más de veinte minutos en el refugio hablando con Javi, y que vengo haciendo a vista todo el recorrido menos la bajada del último pico… Me sorprendo a mí mismo.


Mientras como y bebo, pienso que este recorrido en invierno tiene que ser totalmente espectacular: me lo apunto a mi ya larga lista de pendientes…

Viendo los tiempos, ya venía pensando qué hacer ahora, intentando aprovechar las dos horas que teóricamente quedaban hasta que llegase la lluvia. Me decido por ir a la torre de Santa María por la Grieta Rubia, la normal, por donde hace ya unos años que no paso. Salgo por los prados hacia Fuente Prieta mirando sin parar las paredes de las Cebolledas, donde hoy pretendía haber venido a escalar: la vía “Sorpresa” se levanta elegante a la izquierda del gran nicho. Hay que venir.  Sin duda este rincón de Picos es espectacular, además de muy tranquilo, de mis favoritos.

Las zetas hacia la Horcada de Santa María me sacan de ritmo y me aceleran la respiración de forma seria por primera vez en el día: el no llevar peso se sigue mostrando como una diferencia tremenda. Ya en la horcada veo varias personas iniciando la trepada: les doy una voz de saludo y arranco hacia ellos. Pronto los alcanzo: Javi, a quien conocí por la mañana y dos chavales más, Marcos y Jose. Vamos juntos por los tramos finales hasta la cumbre, que ninguno de ellos ha pisado.

Javi y Marcos, dos amigos de la ocasión
El paisaje como siempre espectacular. Las nubes entran y salen y el viento hace que las manos se me queden de cartón por un rato. Fotos y para abajo. Les invito a tirar hacia el norte, por donde voy a bajar yo, para que no repitan recorrido y les quede más guapa la jornada. Los destrepes se suceden hasta tocar la nieve durísima que conduce hasta la boca del Jou Santu. Aquí me despido de ellos y salgo de nuevo ligero y a mi aire.


Se oyen voces en las cumbres, se destacan perfiles en las aristas: Canal Parda y Cebolledas, hay más gente alrededor disfrutando del día en los Picos.

De la Fragua para abajo las piernas empiezan a acusar el cansancio. Descargo todo el peso que puedo en los bastones, pero aún así ya chirría alguna junta…
En Vegarredonda me tomo un acuarius rápido charlando con Marta y jugando con el perro, y para abajo.
El día ha aguantado, de hecho, la tarde está muy agradable: la luz otoñal detalla el paisaje.

En la Vega Enol paro a saludar a mis amigos Kike y Luis, que hoy han venido a subir los Lagos en bicicleta: un cafetín y para casa. A las siete estoy con los niños jugando en el parque, como siempre sorprendido por cuánto puede dar de sí un mismo día…

Pandecarmen 8:00 h
Vegarredonda 8:55 h
Salida Vegarredonda 9:25 h
Ordiales 10:05 h
Cotalba 10:50 h
Canal Vaquera 11:05 h
Tercer Poyón 11:20 h
Requexón 11:40 h
Collada La Mazada 12:00 h
Torre Santa María 13:00 h
Collada La Fragua 15:00 h
Vegarredonda 15:30 h
Pandecarmen 16:40 h

Distancia Aproximada 25 km
Desnivel Acumulado aprox 1.900 m

sábado, 11 de octubre de 2014

Dudas

Miércoles 9:45 h de la noche.
A la luz indirecta de las farolas estoy en la pasada de vuelta de la segunda serie de hoy a la travesía clásica del Piles. Hoy el tacto es horrible, hay bastante arena en las presas, hace calor y humedad y sudo como un pollo. Con toda esta combinación, resbalo a menudo, me está costando bastante encadenar y me noto bien cargado de antebrazos. Llevo casi dos meses sin ponerme un arnés y las opciones de entreno que me quedan son estas. Me pregunto a mí mismo si aún sigo siendo un escalador.
Esta semana es el Campeonato del Mundo de escalada deportiva aquí en Gijón; aún no he ido por allí, y no sé si iré. Mientras suelto brazos y cojo magnesio, pienso que ahora mismo seguramente habrá competidores paseando por la playa, disfrutando de la noche tan agradable que hace. Me imagino a Adam Ondra comiéndose un helado (bueno, no sé si esta gente se permite comer helados…).
A pesar de que hay poca luz, la gente a veces se fija en el colgao (nunca tan al pelo la expresión) que escala la pared que da a la playa. Se asoma una pareja de guiris, comentan entre ellos alguna cosa y el tío me dice:
“Hi, you competed today?”
“Uf, no mate, that´s the Champions League!”
“I see… So what´s that you´re doing? Is it a route or something?”
“Yeah, it´s a traverse, a training traverse”
“Looks nice!”
“Well, it is nice indeed, but it is very polished because it is old and we´ve been doing it for many years”
“Oh really?”
“Yes, myself have been doing it for more than twenty years…”
Yo mismo me sorprendo cuando lo digo, pero así es: llevo más de veinte años haciendo esta trave, ¡cómo no va a estar pulida!
El chaval me tira un par de fotos con el móvil:
“You have an Instagram account?”
“No I don´t”
“A shame, nice shots”
“Thanks anyway”
Cuando se piran me quedo pensando que quizá ellos sí que habrán competido hoy. Sigo con la trave, capeando el temporal de mi falta de forma y preguntándome de nuevo si seguiré siendo un escalador…

Sábado 5 de la tarde.
Hoy creo que han sido las finales de paraescalada del campeonato. Javi llevaba varios días diciéndome que quería venir a escalar. Para él escalar de momento sólo significa ir al Boulder del Grupo, a cualquiera de las dos salas, y jugar a colgarse de las presas y saltar a la colchoneta. Le encanta. Mientras él juega yo le doy dos pasadas a la sala, cogiéndome a todo, sin mirar ni pensar mucho.  Entre traves le saco fotos a Javi, le indico las presas a coger, le ayudo a colocar los pies.
Otra vez más me sorprendo preguntándome a mí mismo si realmente sigo siendo un escalador.




Domingo 4 de la tarde.
Hoy son las finales absolutas del Campeonato. Empiezan a las seis y media. Apenas hemos acabado de comer con unos amigos en la terraza de un merendero de Deva cuando se desencadena una tormenta eléctrica tremenda. Durante casi una hora llueve fuerte y caen rayos y truenos sin parar, algunos de ellos espectaculares. A las seis ya estamos en casa, dudo entre ir a ver las finales o salir con la bici: ya escampó y la atmósfera está limpia. Me decido por la bici.



Subo al Monte Deva por el cagondios, sufriendo como un perro, como siempre: los casi trescientos metros de desnivel en apenas dos kilómetros imponen su ley. Al llegar arriba me voy hacia las áreas recreativas y la cuesta de los troncos para bajar a la Olla. No me cruzo con nadie en todo el recorrido: la tormenta ha desanimado a la gente.
Sobre las siete, bajando por la pista del camping, derrapando entre regodones, y apreciando por el rabillo del ojo los matices de colores de las hojas caídas que anticipan la llegada del otoño, pienso que ahora mismo los mejores del mundo están aquí al lado apretando a tope, y que me estoy perdiendo un espectáculo irrepetible.

Una vez más me pregunto a mí mismo si aún seguiré siendo un escalador.

martes, 23 de septiembre de 2014

El abrazo forestal

Primavera 2004
Argentiere
Javi Sáenz

El estruendo fue atronador.
No hubo que pensar nada. No tuvimos que decirnos nada el uno al otro. Fue un acto reflejo. Puro instinto de supervivencia. De repente la mochila no pesaba nada. De un salto nos abrazamos a un pino cada uno, por el lado del valle, esperando la embestida primero de la onda expansiva y luego de la propia avalancha. Imaginando la inminente y arrolladora ola de nieve, nos apretábamos cada uno contra el tronco de nuestro pino salvador, confiando en poder soportarla sin ser arrancados.
Después de unos cuantos segundos inquietantes nos soltamos del árbol y miramos con desconfianza hacia arriba.
Finalmente no pasó nada. Tras la atronadora descarga de los explosivos no vino ningún alud. O bien se paró más arriba o bien no se movió nada. La mochila vuelve a tener su peso anterior. Eso sí, yo tengo la corteza marcada en bajorrelieve en la jeta, de lo fuerte que me abracé al pino...



Mientras holgazaneábamos aburridos por el refugio, me leía por enésima vez el cartel de advertencia pegado en la pared de la cocina. La cosa es así: cuando la carga de nieve se acerca a dimensiones peligrosas para las pistas de la estación, hacen voladuras controladas.
Llevábamos casi tres días metidos en el refugio de Argentiere confiando en que la horrible meteo anunciada cambiara y nos dejase intentar alguna de las goulottes del fondo del valle. La Petit Viking u otra similar. No pedíamos mucho, considerando que nos habíamos pegado una buena paliza abriendo huella bajo la nevada para subir hasta aquí. Por no hablar del coche bajo la lluvia. Pero nevaba inmisericorde.


Fundiendo nieve, rutina invernal (en la pared el cartel)
La previsión era de mala a muy mala. Cuando les dijimos a los vascos que íbamos a subir a intentar algo nos dijeron que tuviéramos cuidado. La cosa no estaba para nada. Pero el caso es que después de venir, pues hay que intentarlo. La subida al refugio fue bastante épica: conseguimos que los chavales del teleférico nos subieran hasta la estación intermedia: Lognan. Desde allí salimos andando bajo el peso de las mochilas, buscando el mejor camino con poca visibilidad y abriendo huella. Nos llevó una cuantas horas alcanzar el refugio. No había nadie, pero la parte libre abierta fuera de temporada es confortable y tiene suficientes comodidades. Tenemos mantas y gas. No podemos pedir más.
Al tercer día sin ver nada por la ventana, decidimos irnos. Preparamos las mochilas y nos vestimos para enfrentar el frío exterior. Salimos a media mañana sabiendo que tenemos unas cuantas horas por delante hasta llegar al pueblo. 
En el glaciar, poco rato desde que empezamos, voy pensando que hemos estado casi tres días aquí y no he conseguido ver ninguna de las fantásticas y famosas caras norte que se levantan delante de nosotros. Manda huevos. En estas, de repente, el suelo cede. Me he colado en una grieta y estoy trabado a la altura del pecho, sujeto por la mochila y por los brazos abiertos, pero las piernas se menean libres en un desagradable vacío que asusta, asusta mucho…
Javi me ayuda a salir tirando de mí con cuidado. No íbamos encordados: nos atamos y seguimos ahora con más atención.



Navegamos en mitad de la nube, blanco arriba blanco abajo, white out, guiados por el instinto (más el de Javi que el mío). Las horas se suceden y por fin hemos salido del glaciar. Ahora remontamos cuesta arriba hacia la zona de bosque. Buscando la orientación en la que nos parece ha de estar el teleférico, no por subirnos a él, que estará cerrado, sino por orientarnos. Vamos progresando acercándonos a la línea de árboles. Apenas acabamos de meternos entre ellos cuando nos sorprende el estallido.



El resto de la bajada fue la clásica paliza de agachar la cabeza, resignación y filosofía: curva tras curva vamos recorriendo la pista de esquí por entre los pinos: al menos aquí no hay que pensar.
Cuando llegamos a Argentiere, unas ocho horas después de arrancar, nos metimos en un bar a tomarnos una jarra de cerveza. No es el que el tiempo invitara a tomar cerveza fría, lo que pasa es que teníamos que rehidratarnos. Hay estudios de universidades de mucho prestigio que demuestran lo bien que va la cerveza para las piernas cansadas, los hombros machacados y el ánimo gacho...



De allí para casa. Un viaje a los Alpes en blanco. En blanco literalmente por volver de vacío y por las nevadas que nos cayeron. Suerte que siempre aprendes algo. 

sábado, 6 de septiembre de 2014

"Alpinismo bisexual"

La primera vez que coincidí con Simón fue en Urriellu, en uno de aquellos veranos en los que yo pasé muchos días escalando allí. Aunque él era bien joven (yo también, somos del 75 los dos), ya por entonces era conocido. Alto y flaco, con el pelo largo y barba de varios días, andaba por allí igual que nosotros, escalando todo lo que podía.

Años más tarde lo vi en la semana de Montaña de Gijón. Su proyección versaba sobre escaladas duras, de hielo y mixto, en angostas y lúgubres caras norte de las Montañas Rocosas, no recuerdo si canadienses o de Alaska, quizá de ambas. Fue durante la época en que vivió allí de chaval: es decir, era un chaval cuando hacía esas jabatadas. A la gente no le gustó mucho: las fotos, decían, eran malas. La música demasiado cañera y estridente. La gente no tiene ni idea de lo que estaba viendo. No entienden lo que es estar metido en uno de esos berenjenales, tú solo con tu colega, lejos de todo, pasando frío, miedo e incertidumbre, y encima sacar fotos. No saben que muchas de las horas de esas escaladas se hacen de noche, o en una luz muy atenuada incluso al mediodía. No se dan cuenta de que esa música dura intenta transmitir las fuertes sensaciones que allí se viven. A la gente le gustan las fotos con colores vivos, con buenos ángulos y encuadres, y con música de Mike Oldfield. 

Con los años, Simón siguió con su impresionante carrera de alpinista, destacando con sus actividades por todo el mundo. Me impresionaban sus actividades y el estilo de las mismas. Recuerdo especialmente su escalada al Cerro Torre por la Ferrari con Josu Merino: por entonces no se escalaba apenas aquella vertiente, fue la quinta repetición, y me pareció toda una pasada. Tenía 22 años.
Más tarde dirigió el equipo nacional de jóvenes alpinistas durante varias temporadas. En alguna de ellas estuvo integrado Martín y me confirmaba su fortaleza y capacidad alpinista, su talento y su buen humor.

Simón mantenía un blog en la web de Desnivel que me descubrió su faceta de escritor. En él derrochaba talento, sorna e imaginación en cada entrada. Más de una me hizo partirme de risa. También conseguía compartir cosas que se viven en la montaña y que son sutiles, difíciles de explicar y más aún de transmitir. Se notaba en su forma de escribir que lee mucho, y no el Marca o novelas de vaqueros, sino cosas más densas. Los comentarios de la gente a sus entradas eran numerosos, y en muchos (entre ellos míos) le instaban a escribir libros.
Simón no era sólo un tío muy fuerte en las montañas: también era tío agudo, parecía culto y sabía burlarse de sí mismo y buscar el lado interesante de las cosas, por raras que fueran las situaciones a las que se enfrentaba.

Hace ya una buena temporada que se fue a vivir de lo suyo, de Guía de Montaña, a Chamonix. Seguro que los comienzos fueron duros, pero también seguro que poco a poco se abrirá hueco en ese ambiente competitivo y cerrado de los guías. Desde entonces dejó de postear en la web de Desnivel, aunque sigue publicando en otros medios.
Por otro lado, ha editado su primer libro: “Alpinismo bisexual”. 
Estoy deseando ponerme con él.
Todo un tipo Simón.



martes, 12 de agosto de 2014

"Enbarquement inmediat": una rápida en el Cap de Long

22 Julio 2014
Rafa Belderrain
Macizo Neouville, Cap de Long, “Enbarquement inmediat”, 200 m V+/6a


Había buscado información de la zona en internet, pensando en ella como destino complementario a un viaje a Alpes, para parar a la ida o a la vuelta. O también como complemento en una visita a Pirineos, como era el caso en esta ocasión. El Cap de Long, en el macizo de Neouville, vías en granito de calidad de hasta doscientos metros, con una aproximación nula. Las referencias eran buenas así que teníamos expectativas de pasarlo bien: parecía perfecto.
Eran más de las once y media de la noche cuando alcanzamos la presa del Cap de Long: veníamos de Benasque después de hacer el Aneto ese mismo día, con frío y mal tiempo, y el hambre y el sueño se estaban agudizando. Siguiendo las indicaciones de Rafa metí el coche por la pista y lo llevé hasta el final sorteando otros coches y furgonetas. Una vez aparcados plantamos la tienda y nos dimos un buen festín a la luz de la frontal, cervezas incluidas.
Cansados del día nos fuimos al saco rápidamente.



La alarma suena a la vez que nos llega el sol a la tienda, nos levantamos del saco y yo salgo directamente a centrarme con la pared: tenemos la mañana para escalar, regresar al coche y salir para casa, mañana curro. Con los croquis en la mano recorro la base hasta localizar la línea que queremos hacer, una de las más fáciles de las existentes: “Enbarquement inmediat”. Después de un buen rato parece que lo tengo claro, aunque no veo las chapas que la reseña dice que equipan la vía, así que decidimos llevar los friends, no vaya a ser…



Desayuno, arnés, y en dos minutos estamos ya escalando: la aproximación simplemente no existe. Hoy, a diferencia de ayer, estamos al sol, hace calor y vamos de corto a pesar de estar a más de dos mil cien metros.
Desde el nevero del pie de vía, el primer largo está algo mojado, pero después de poner un fisurero pronto localizo el primer parabolt y a partir de ahí me relajo. Rafa tira el segundo, también fácil.
El granito tiene muy buen tacto, buena adherencia, y formas interesantes.




 

La tercera tirada es muy guapa, cruza en travesía por debajo de un pequeño desplome, fisurado por debajo. Está cosido a chapas, si no sería otro cantar.
El cuarto largo también es entretenido, unos pocos pasos atléticos entre bloques grandes que me dejan en la penúltima reunión.



Para acabar, la última tirada con unos pasos de placa que nos parecen algo ilógicos y forzados con el diedro que tienes al lado.  Termina en terreno herboso y aéreo (mojado puede ser delicada la salida) hasta un buen árbol que sirve de reunión. Dos horas y media de escalada.
La vía nos ha resultado muy disfrutona, al final estaba tan equipada como leíamos en la reseña: aunque no sea una vía deportiva, se le acerca.









La bajada es muy guapa, disfrutando de las vistas a las distintas cumbres y lagos que nos rodean, soñando con otras paredes, aristas, pateos.
El macizo de Neouville me ha resultado precioso, Rafa ya lo conocía de varias visitas previas a esquiar. Claramente volveré a visitarlo, tanto el macizo como esta pequeña zona del Cap de Long.

Antes de las nueve estoy en casa, a tiempo para bañar a los niños. Una escapada breve pero aprovechada.

domingo, 3 de agosto de 2014

Tiempos de ilusión

Viernes 1 de Agosto 2014.
Es la boda de Martín y Ana. Son las dos de la mañana. Sentados a oscuras en la terraza con vistas al mar, tres escaladores con sus correspondientes bebidas hablan de lo único.
Estoy con Manu y con Johnny disfrutando del momento y recordando vivencias.

El invierno de 1996 fue de los buenos para la escalada en hielo en la cordillera Cantábrica. Aquel año, Jose y Johnny y más gente abrieron en Tarna unas cuantas cascadas nuevas. Iñaki y yo tuvimos el privilegio de compartir cuerda con Jose en una primera a una cascada de dos largos en el Circo de Requexada. Jose era por entonces un gran escalador, nosotros nos iniciábamos en el hielo y nos invitó generosamente a unirnos a él. La escalada se dio bien (no sé cómo me subía por allí con mis piolets y crampones de entonces…).

Al acabar el día, Iñaki se fue con otros amigos al Friero, pero yo me volví a casa con Jose: había quedado con Paula, por entonces mi novia.
Sentado en el asiento del copiloto reflexionaba sobre el nombre con el que Jose había bautizado la cascada: “Tiempos de Ilusión”.
Efectivamente eran aquellos tiempos de ilusión para mí, igual que lo son ahora, casi veinte años más tarde.
Un gran tipo Jose.

Sajambre, Julio 2014.

Hay momentos en la vida en los que parece que todo está por venir.
Cuando todo es ilusionante.
Cuando un paseo por el bosque puede ser toda una aventura.


Cuando cualquier agujero en el suelo puede ser la madriguera de un animal.
Cuando un fortín de la guerra se convierte en la cueva de los murciélagos o en bloque de escalada.



Cuando las galletas están mucho más ricas que en casa.
Cuando la niebla esconde secretos fascinantes.


Cuando levantar piedras en el arroyo en busca de gusanos y renacuajos es el mejor entretenimiento.
Cuando una vaca y su ternero recién nacido son un espectáculo.


Cuando las lagartijas son seres misteriosos.
Cuando un paseo a caballo es lo máximo para nieto y abuelo.


Cuando cualquier cosa es motivo de risa y de alegría.


Cuando lo único que echas de menos es a los amigos con los que solías compartir estos momentos.
Momentos de felicidad concentrada, casi completa, pero con un hueco difícil de llenar.