LA MONTAÑA COMO PASIÓN, COMO ESCENARIO INFINITO SOBRE EL QUE DISFRUTAR INTENSAMENTE DE LA VIDA,
DONDE ESCALAR, ESQUIAR, PEDALEAR, CORRER, CAMINAR...
DONDE LOS AMIGOS, EL ESTILO Y LAS FORMAS CUENTAN, Y MUCHO

viernes, 13 de mayo de 2016

Apurando la nieve por Andara: Corredor NE al Jierru

Lunes 2 Mayo 2016
Juan y Juaco Piñera
Corredor NE del Jierru 2.424 m, (400 m, 2, II)


Después de una buena temporada sin suerte con la meteo, por fin llegó el día. La primavera ya muy avanzada hizo que nos apuntáramos a un plan refrendado por las referencias: como tantas veces, Fernando nos dio la idea. 
La vía en cuestión ya la tenía mirada muchas veces en la guía de Adrados: un corredor muy a mi nivel (fácil) y en el macizo Oriental de Picos, es decir, poco usual. 
El tema es que yo no controlaba muy bien dónde estaba, y desde luego me echaba para atrás la bajada, que Adrados describía poco más que dando la vuelta al Mundo… Pero Fer la describe muy directa y cómoda, así que, después de confirmar directamente con él que dispondremos de sus propias huellas para seguir, para allá que nos vamos.


A las seis salimos de Gijón con fresco dadas las fechas. A las ocho y cuarto estamos aparcados en las Vegas de Sotres, preparándonos.
La aproximación se hace larga por un lado, pero cómoda por otro. Larga porque casi desde que empiezas estás viendo todo lo que te falta, y es un buen desnivel. Cómoda porque hasta la mitad aproximadamente la hicimos en seco, y en cuanto pisamos nieve fue para poner los crampones, porque estaba como el mármol. Desde la pista de Aliva, una vez lo identificamos, se ve por dónde va el corredor: ¡qué buena pinta tiene! Como tantas veces, Salvi y Paco se apuntaron la primera: parece mentira que no se hubiera escalado antes de 2005.
Los algo más de mil metros de desnivel hasta la entrada nos llevan unas buenas dos horas, y desde hace rato vemos por detrás a otras tres figuras que vienen con las mismas intenciones. Más hacia atrás, se disfrutan imponentes vistas del Central, desde Peña Castil hasta Peña Olvidada. Apoyados contra el muro de caliza que da entrada al corredor preparamos los trastos; previsiblemente nos encordaremos pronto.



La canal va cerrándose y cogiendo ángulo. Monto una reunión a la derecha y sacamos las cuerdas, que pesan menos extendidas que en la mochila. Estiro los sesenta metros y monto otro anclaje de relevo ahora al lado izquierdo, a unos quince o veinte metros de un pequeño resalte en el que aflora el hielo.




El resalte es de apenas ocho metros y suave de ángulo, pero disfruto cada pioletazo que le doy. Aprovecho para meter los dos tornillos que he traído, uno largo al entrar y uno corto al salir. Podía haber asegurado en roca a la derecha, o incluso evitar el hielo vivo por la izquierda, pero he preferido aprovecharlo. Después vuelvo a la nieve más o menos helada y asegurando en roca por la derecha. Apuradas las cuerdas vienen los colegas rápidos por detrás.





Repetimos de nuevo la secuencia dos veces, apurando las cuerdas por terreno fácil y evidente, paralelos a una franja de roca que nos cierra y se curva a izquierdas. En el segundo de estos largos, cuando llevo unos cincuenta metros, estoy acercándome al segundo resalte de hielo, que se estrecha por la derecha bajo unos desplomes, y por la izquierda con llambrias de caliza. El espesor del hielo es justito para mí. Miro dónde colocar antes algún seguro decente o montar un nuevo relevo: no lo veo, así que decido tirar a por el resalte en directo, metiendo en su base un tornillo: el hielo está aquí algo podre y el roscar no me da buen rollo. Además, pinchando arriba, bastante estrecho, no tengo clara la salida a nieve. Miro a mi izquierda y decido destrepar e irme a por la otra opción de salida.
Monto un buen relevo al pie de una franja de roca que parece enlazar con nuevos corredorcillos nevados por encima.


Cuando llegan Juan y Juaco miran con inquietud hacia arriba: yo tampoco lo tengo claro del todo. Me pasan los pocos trastos que había colocado, y empiezo trepando en roca unos seis metros fáciles, con canalizos.


Salgo a un tramo de nieve, calentado ya por el sol, y que por momentos suena hueco. Con atención voy repartiendo el peso entre manos y pies, colocando algún fisurero o friend a la izquierda.
Apuro la nieve contra una nueva franja de roca, por encima de la cual vuelve a intuirse un nuevo tramo de nieve, ¿más fácil? Al salir veo que la cosa sigue similar. He de dosificar el material porque no hemos traído mucho, y la cosa exige atención. Me esfuerzo en concentrarme en cada movimiento: especialmente porque el sol ha estado cambiando la consistencia de la nieve, y según el apoyo, no transmite mucha seguridad.
En un momento dado me encuentro con la espalda apoyada en oposición contra un lomo de roca, con el pie izquierdo pisando nieve en proceso de desaparecer, el pie derecho abierto contra un diente de roca de un canalizo, las manos desnudas con un piolet en la derecha tirando con cariño, y la izquierda colocando un alien alto en una fisura.  El largo va exigiendo más de lo previsto, pero lo voy disfrutando.
Enlazo luego un nuevo tramo de nieve escasa y hueca, saliéndome cuando no da más de sí a la derecha, a buena roca, hasta alcanzar una pequeña arista de nieve, corta, y que da paso a otro corredor en sombra. Me quedan apenas cinco metros de cuerda y casi nada en el arnés. Meto un clavo universal en una fisura ciega y hago travesía descendente hacia la canal vecina, con cuidado de no desprender la poca nieve posada en las llambrias. Cuando ya la cuerda no da más de sí, inquieto ante el panorama, miro a mi izquierda y localizo un nuevo punto para clavar, esta vez una buena “v” (la única que tenía, por otro lado). La refuerzo con los dos últimos fisureros que me quedan y lo uno todo con una cinta larga donde coloco la placa de seguro en el mosquetón del camalot del 1, que, inútil donde estoy, es lo último que me queda en todo el arnés. Me anclo y aviso a los colegas para que suban.







Mientras aseguro, miro hacia abajo a la salida original por el resalte de hielo: viendo las huellas de Fernando y sus clientes en el fácil corredor superior, pensaba que había cambiado cuatro metros de resalte de hielo por cincuenta y pico metros de mixtos… Nos quedó un largo interesante, variado, que ha exigido escalar. Pipa lo pasé!



Salimos desde aquí ahora ya por pendientes nevadas fáciles, aún por remontar metros para la arista somital. Un nuevo largo de cuerda apurado y nos desencordamos para hacer cumbre. Antes, mientras recogemos las cuerdas, comemos algo al sol que pega de lo lindo, parando por primera vez desde que empezamos.



Desde la cumbre admiramos las vistas, identificamos cumbres tanto del Oriental como del Central, las vistas al mar...
Nos queda ahora la incertidumbre final del descenso. La guía de Adrados propone recorrer todo el macizo de Andara, para acabar bajando por el Casetón y de allí a la carretera de Sotres a Tresviso. Claramente una paliza en sí mismo, y más teniendo el coche en las Vegas. Fernando ya me dejó claro que por la Canal Lechugales primero y girando luego hacia la derecha se enlaza fácilmente con la Canal de Jierro por la que subíamos esta mañana. Y que, en principio sin dificultades técnicas, se llega al coche en mucho menos tiempo. Nos preguntábamos si incluso no sería más razonable la bajada por Jidiello antes de la “opción Adrados”. Sospecho que no ha hecho el corredor y bajado por donde propone…



Al pie del resalte que da paso a la cumbre de la Morra (apenas unos quince metros de desnivel) con chupetón de hielo colgando incluido, decidimos tirar para abajo dando por concluida la ascensión con nuestra cumbre original. La canal de Leguchales tiene la nieve muy recalentada por el sol y se hacen buenos zuecos a pesar del antiboot. Controlamos los 80 metros de desnivel que me dio de referencia Fernando y efectivamente vemos sus huellas girar a derechas hacia un collado colgado. Desde aquí, cada vez más encajados, vamos bajando rápidamente y sin problemas hasta enlazar la canal de la mañana. Ya con las cabañas de las Vegas a la vista, simplemente disfrutamos primero deslizando por la nieve, y luego observando las flores, las vacas y las ovejas. La primavera se abre paso a toda velocidad y la nieve está en fuga.




Llegando abajo, una mirada atrás, vemos a los tres que nos seguían esta mañana ya bajando la parte baja canal.
A las cinco y media estamos cambiándonos en el coche, felices y contentos con esta actividad tan guapa.

Material utilizado (lo usamos todo…):

  • medio juego de fisureros
  • allien del 1, camalot 0.5, 0.75 y 1
  • un clavo universal y una “v”
  • 1 tornillo corto y uno largo
  • seis express extensibles

En la vía encontramos únicamente 1 clavo casero a la entrada dela canal y una reunión de dos clavos con cordino y mosquetón encima del primer resalte de hielo.

La mitad de las fotos de Juan.
Un gran día, descubriendo nuevo terreno para nosotros. Vía muy recomendable. Con los hermanos, como siempre, un placer.

Gijón 6:00 h
Vegas de Sotres 8:30 h
Pie de canal 10:30 h
Arista 14:30 h
Cumbre 15:00 h
Vegas de Sotres 17:30 h
Gijón 20:00 h



martes, 26 de abril de 2016

Bajo la capota gris

Viernes 15 Abril 2016
Desfiladero de los Arrudos
Solo

Son las dos de la tarde y estoy en La Felguera. Llueve. Después de currar he venido a recoger dos pares de pies de gato que dejé reparando al zapatero (un artista). En el maletero la mochila con los trastos de escalar. Miro el parabrisas salpicado de gotas: los planes de trepar un rato se van al traste.


No me apetece nada ir al roco. Prefiero ir a dar un paseo, que me dé un poco el aire. Pienso en dónde ir por aquí cerca. Tiene que ser zona baja porque no tengo botas. A poco más de media hora de coche tengo el parque de Redes, un paraíso para caminar. Se me ocurre rápidamente el desfiladero de los Arrudos. Conduzco hasta Caleao mientras chispea lluvia.

Y llevamos casi tres meses así...
Son las tres de la tarde cuando salgo desde el mismo pueblo por el camino hormigonado. A los lados, en los prados las vacas me miran impasibles. Me pongo la chupa porque gotea casi de continuo, aunque no molesta. El río baja muy potente y se ve que el deshielo, sumado a la lluvia de estos días, está haciendo que su caudal se multiplique.


El camino va serpenteando con el río valle arriba, que se va cerrando cada vez más hacia el desfiladero. El río aumenta de potencia, encajonado entre las paredes de roca. Hoy no me estoy tomando la salida ni siquiera como entrenamiento. Simplemente vengo de paseo. Me paro cada poco a tirar fotos. Aunque la luz es bastante pobre, y los colores aún son muy invernales, lo cierto es que las estampas invitan a disparar: el agua bramando entre los bloques bajo el cielo plomizo.

Restos de una gran avalancha de nieve

El valle gira y el color de la roca va cambiando del gris de la caliza a los verdosos y rojizos de la cuarcita: incluso la misma vegetación parece variar. El andar es cómodo: a ratos se alternan repechos más duros, incluso escalonados, con otros tramos suaves de ladera, sobre buen camino. También hay pequeños tramos de bosque de hayas, aún desnudas, con sus troncos tapizados de musgo acolchado. En el suelo, en estas zonas, un profundo colchón de hojas marrones. Empiezo a pisar algún nevero, con cuidado de no mojarme.



Mientras camino, voy pensando en la última vez que había andado por aquí. Hace mucho tiempo ya. Fue también un día lluvioso, que no estaba para nada más. Recuerdo con quién estaba (eran Pablo y Juaco, con quienes sigo saliendo después de tantos años). Pienso también que seguramente habría pasado antes por aquí, con el grupo de montaña del colegio, de niño, en una de aquellas excursiones que tanto me gustaban y que me engancharon al monte.


No tengo un destino definido: simplemente camino por tiempo. Cuando den las cuatro y media me daré la vuelta. Así que sólo me ocupo de disfrutar del paisaje y de la soledad total.Digo soledad total porque no hay gente, ni tampoco animales. Bueno en realidad sí que los hay, pero no a mi vista. Los huesos relimpios que me voy encontrando de cuando en cuando por las cercanías del camino me hacen pensar en los lobos de cacería, tras algún corzo o rebeco, flaco del invierno.
Cuando llega la hora prefijada coindice que estoy en un cruce de caminos, relativamente cerca ya del lago Ubales, aunque sé que me quedaría bastante desnivel por remontar. Me como media chocolatina (lo único que he traído en la mochila), y echo un trago de agua directamente del torrente que baja del Valmartín.


Hasta aquí, hora y media de subida. A partir de aquí, otro tanto de bajada. No calculo bien la distancia, salen unos seiscientos metros de desnivel.
Ni un alma. Apenas me ha llovido con intensidad, así que he acertado con la decisión. Antes de las seis estoy en el coche.

Escocia? No! Asturias! Redes!
En el parking, sobre un montón de escombros, si nos diera igual para lo bueno...
Contento, conduzco para casa mientras pienso que barato me sale el tema: unas zapatillas, un chubasquero y unos bastones. No necesito gran cosa para pasarlo bien (aunque a la vez, estoy un poco cansado ya de tanta agua, necesito escalar de una vez!).


Otra vez más, una tarde de viernes aprovechada.

viernes, 8 de abril de 2016

A sort of homecoming

Domingo 13 Marzo 2016
Estivi
Peña Ubiña (2.417 m), Norte Clásica asturiana

Últimamente parece que sólo voy a Ubiña, pero la verdad es que con la meteorología de los últimos meses, está siendo la mejor opción de monte. En esta ocasión lo voy a disfrutar mucho por el hecho de ir acompañado, después de mucho tiempo,de mi colega Estivi. 


Estivi ha sido durante muchos años mi compañero habitual de escalada. Durante años y años entrenábamos juntos entre semana, o quedábamos a ver diapos o a tomar birras. Y los fines de semana nos íbamos sistemáticamente al monte a hacer lo que tocara: caminar, escalar en roca o en hielo, andar en bicicleta, o a ver llover. Juntos hemos viajado a Alpes, Pirineos, la Pedriza, Galayos, y Picos, sobre todo Picos... Hemos pasado sed, frío, calor, hemos tenido algún susto...pero sobre todo lo hemos pasado muy bien.
En los últimos años, por circunstancias tanto suyas como mías no estábamos quedando. De hecho apenas nos vemos. Echando cuentas nos salían unos seis años sin ir de monte juntos. Finalmente, este domingo nos reunimos.



Con el gran DeDeus
Uno nota que alguien es un verdadero amigo cuando después de mucho tiempo sin verse, apenas unos minutos después de quedar, es como si nada hubiera cambiado, como si siguiéramos viéndonos a diario. Es la confianza adquirida.
Entre el ir con Estivi, y el ir a Ubiña, era como una especie de vuelta a casa, como cantaba U2 "A sort of homecoming"



El día prometía, frío y despejado. Después de semanas de temporal esto suponía que iba a haber bastante gente. El objetivo era la norte clásica a Peña Ubiña. Cogimos una cuerda y algún cacharro, no fuera a ser…
Después de pasar por el Meicín, donde había un montón de gente, seguimos hacia Covarrubias disfrutando del paisaje y de la cuesta. En la entrada vimos que teníamos por delante al menos diez o doce personas.


 La nieve estaba dura en algún sitio, de crampones, pero la norte estaba en general sin transformar. Fuimos pasando a toda la gente para terminar nosotros delante abriendo huella en el último tramo para llegar a cumbre. 
Por el camino saludamos a Edu, a quien también hacía tiempo que no veíamos, y que estaba dando un curso de alpinismo a unos chavales.




Con la cumbre para nosotros, comimos algo, nos sacamos una foto de recuerdo y salimos por la arista para abajo.



El descenso lo hicimos charlando sin parar de mil cosas. Pasamos de nuevo por el Meicín atestado de gente.
Llegamos a casa poco más tarde de las tres y media.

Un día disfrutado.
Quedamos emplazados a salir de nuevo, pronto, al monte, como siempre.

sábado, 27 de febrero de 2016

El gusanillo y el congrio

Sábado 6 Febrero 2016
Juaco y Manuela
Peña Ubiña (2.417 m) Arista Este

Algunos días sucede que simplemente necesito estar en el monte. 
Suele llegarme esta necesidad cuando acumulo unos cuantos días sin salir del entorno urbano. Si el periodo se prolonga, la necesidad se agudiza hasta hacerme cambiar de carácter y llegar a estar insoportable. Soy consciente de ello.
El gusanillo del estómago va creciendo hasta convertirse en un congrio de dos metros...


Llegado el caso, no hace falta ir a hacer una escalada relevante, ni que sea una cumbre nueva o por terreno desconocido, ni que el día esté perfecto. Sólo necesito andar por allí arriba, a ser posible con amigos, y disfrutar la montaña. Aunque el disfrutar sea tan raro como este día, en el que básicamente sentimos el poder de la naturaleza a través de la fuerza del viento.


La predicción invitaba a quedarse en casa: por la mañana más o menos despejado, pero ya con 60 km/h de viento continuo. A partir de medio día se cerraba el cielo, empezaba a nevar, y el viento subía hasta los 100 o 110 km/h.
Cualquiera que haya estado en el monte con viento sabe que 60 por hora ya es una velocidad muy considerable. Que estando en terreno escarpado puede ser demasiado. En una arista más aún.
Lo cierto es que salimos de casa con una idea, pero como siempre, dispuestos a cambiar de planes si la prudencia así lo sugería.
Además, como alguien dijo y dice, el mal tiempo hay que ir a verlo al monte, muchas veces las predicciones se suavizan en el día...
Yo no había subido nunca a Ubiña por la arista Este, pero Juaco sí. Además me había informado con Martín y Fer, y la cosa era suficientemente sencilla como para afrontarla sin que estuviera en las mejores condiciones, y como para destrepar si era necesario.



Ubiña se recorta bonita en la luz del amanecer. Desde el Meicín remontamos hacia el valle de Covarrubias empezando a pisar nieve, cada vez más dura. Cuando ya esta era continua nos pusimos los crampones. Hasta aquí el viento nos ha dado desde distintas direcciones. Es como si rolara debajo de las cumbres formando un remolino. Las aristas se recortan contra nubes veloces y ratos de azul.



Cruzando por detrás del Cueto les Cabres lo consideramos como opción si la arista Este nos rechaza.
Cuando alcanzamos el collado que da paso a la arista Este sacamos la cuerda. Me até a su mitad y les dejé los cabos a Juaco y Manuela.


Empezamos la trepada por terreno fácil pero muy guapo, alternando campas de nieve con resaltillos de roca, siempre sencillo pero muy entretenido. El viento va in crescendo y a ratos nos zarandea sin miramientos.
Cada vez más inmersos en la nube seguimos para arriba. A ratos se me enfrían las manos, a ratos los pies (hoy también he venido con las botas de verano). La capucha puesta todo el tiempo.
En mitad de la escalada recuerdo a menudo la frase que dice "no tiene por qué ser divertido para que sea divertido". Estoy totalmente de acuerdo.







Alcanzamos la cumbre en mitad del huracán. Apenas una foto sacada entre voces porque no nos oímos. Salimos para abajo hacia la canal de la Fana recordándonos pisar con atención.


Apenas hay huella y el viento es cada vez más intenso. Encordados a unos seis metros unos de otros intentamos que el viento no nos lleve, especialmente a Manuela, que es la mas ligera. Increíble la fuerza.
A palpo porque no vemos más de veinte metros bajamos hasta el collado de Cerreos, luchando literalmente por no ser lanzados contra la alambrada. En cuando cruzamos el collado hacia abajo, la cosa mejora. Recogemos la cuerda y a partir de aquí seguimos andando a nuestro aire. 
En el Meicín nos reagrupamos y seguimos para Tuiza.



Gran día de montaña en buena compañía.
El congrio vuelve a retraerse a dimensiones más manejables. Mi carácter vuelve a suavizarse.

El tema es que ya han pasado dos semanas, y el bicho vuelve a crecer...


domingo, 14 de febrero de 2016

A la recherche du temps perdú

Tarde de viernes 22 Enero 2016
Tuiza-Peña Ubiña-Peña Cerreos-Tuiza
Solo, entrenamiento


Con la cabeza apoyada en los bastones, intento recuperar la respiración. En este último tramo la pendiente ha aumentado bastante, y la nieve profunda me hace hundirme hasta las rodillas. Solo, en mitad de la nube, con apenas quince metros de visibilidad alrededor, pienso para mí que algunos somos realmente necios.


Cuando tu coche es el único del aparcamiento, deberías reflexionar al respecto.
Mientras me voy quitando el uniforme “de bonito” de la oficina y me voy poniendo el “de faena”, miro el cielo gris y opresivo que tapa las cumbres principales del macizo. Sólo el Portillín se recorta alpino, desafiante, sugerente. Son las dos y cuarto de la tarde del viernes. Estoy aquí gracias al horario flexible de mi trabajo, y a que soy bastante cabezota. A partes iguales.
Sólo vengo a pegar un pateo de entrenamiento, pero la verdad es que no está la cosa ni siquiera para eso...
En la mochila los crampones (iluso), el piolet, tres barritas y una botella vacía. Unos guantes, un forro fino y la chupa ligera. Llevo hasta las botas de verano.
La temperatura es alta y es probable que me moje de lluvia más que de nieve, pero todo es entrenar.
Son casi las dos y media cuando arranco pueblo arriba, dirección al Meicín.

Cuando al cabo de un rato llego al refugio, la puerta está cerrada, como me esperaba. Retrocedo unos metros por el camino hasta el último punto donde cogí red con el móvil a mandar algún mensaje. Cuando vuelvo, me encuentro de frente a un schnauzer gigante, negro: es Ur, el perro de los guardas. Extrañado me acerco de nuevo a la puerta, ahora abierta. Saludo a Tania, que acaba de llegar ahora mismo de dar un paseo. Me comenta que la cosa está como aparenta, es decir, desagradable. Le indico que pretendo tirar para arriba, a Cerreos o Ubiña en el mejor de los casos, y que a la vuelta paso a saludar de nuevo.


Enfrentar la montaña solo, en invierno, y con visibilidad reducida, aunque sea un terreno conocido, me resulta intimidante. Es bueno que así sea, ya que de este modo recuerdo tener precaución y prestar atención a las cosas.
Salgo hacia arriba por las praderías saturadas de agua, cada vez más blancas de nieve. Voy regulando la respiración, procurando mantener un ritmo constante. A ratos llueve, a ratos no. Me pongo los guantes porque con la humedad se enfrían las manos, no por la temperatura.

Al coronar el collado de Terreros (1.886 m) voy ya derivando a la derecha, hacia peña Ubiña. Desde aquí, la pendiente se agudiza y la nieve que lo cubre todo se va haciendo más profunda. No hay huella, así que tengo ese privilegio todo para mí. Sigo igual, intentando parar poco, remontando la loma en medio de la nube, con una visibilidad de unos treinta metros. Afortunadamente ha dejado de llover y no hace nada de viento. Solo me tengo que concentrar en el esfuerzo y en disfrutar la grandiosidad de la montaña que aunque no la veo, sí la siento.


Reconozco algunos accidentes del terreno en medio de la niebla: los espolones de roca se van cerrando en el canal final. Además se intuye algo de huella desdibujada, de bajada por lo recto del trazado. Un giro a la derecha hasta coronar una comba y ahora vuelvo a la izquierda. Sé que la cumbre está cerca.


Los metros finales de arista tienen algo de hielo aguado. La vista hacia la vertiente de León es nula.
En el vértice geodésico me saco una foto. Es difícil explicar qué sensación se tiene en una cumbre, y más aún cuando no hay vistas, ni paisajes, ni amigos con quien compartir. El caso es que como siempre me pasa, yo estoy encantado. Son las cuatro y veinticinco. Dos horas para 1.200 metros de desnivel positivo. Después de un minuto salgo para abajo siguiendo escrupulosamente la huella; mi huella.

La bajada de presión hace crecer Ubiña hasta la altura del Picu...
Bajar siempre es más rápido. En un rato estoy de vuelta en el collado y miro a Cerreos que se asoma entre nubes algodonosas, aparentemente tan cercana. Sigo hacia allí.
Vuelve a llover. Es desagradable y podría simplemente dar la vuelta para abajo. Ya ha estado bien por hoy. Pero no sé por qué, sigo subiendo.
Sufriendo más de lo esperado llego al buzón de cumbre (2.110 m) a las cinco y veinte. Me siento en una piedra de la trinchera a comerme dos barritas y echar un trago. Tres horas, 1.500 metros positivos acumulados. Flojera.

Cuando te gusta el barro...
A los cinco minutos me pongo de nuevo en pie desandando lo andado. Para de llover y puedo dejarme deslizar por las palas de nieve hasta el collado primero, y luego de este para abajo.
Paro en el refugio tal y como me comprometí para saludar y avisar de que sigo para abajo. No puedo ni tomarles un café, me he dejado la cartera en el coche…


A las seis y media llego de nuevo a Tuiza. Encantado. Poco más de una hora más tarde en casa.
Me paro a pensar que podía haber venido directo del curro a casa, como tantas veces, y simplemente no habría ningún cambio en mi vida. 
La diferencia es que hoy he aprovechado la tarde, y que las endorfinas generadas corren por mis venas.