LA MONTAÑA COMO PASIÓN, COMO ESCENARIO INFINITO SOBRE EL QUE DISFRUTAR INTENSAMENTE DE LA VIDA,
DONDE ESCALAR, ESQUIAR, PEDALEAR, CORRER, CAMINAR...
DONDE LOS AMIGOS, EL ESTILO Y LAS FORMAS CUENTAN, Y MUCHO

viernes, 18 de mayo de 2018

Friday I'm in love

Hace unos años revisaba mi nueva forma de entrenar, obligada por las circunstancias personales, especialmente las familiares, y de cómo había ido recortando la duración de mis sesiones hasta límites que rozaban el absurdo. Más tarde empecé a escuchar eso de los llamados entrenamientos de intervalos, y no pude evitar reírme. Sigo con el mismo método y no hay queja: lo último que me han recomendado, los métodos de la Inquisición: en 15 minutos para el arrastre. Perfecto.
Hace ya bastante tiempo  me vengo fijando en que, igual que las sesiones de entreno, las sesiones de salida al monte están sufriendo desde hace bastante tiempo el mismo proceso de reducción temporal (en algunos casos, realmente rozando el absurdo).  Sin embargo, al igual que los beneficios del entreno de intervalos, me pasa lo mismo con las “micro salidas” al monte.

Estas salidas, gracias a mis ventajosas condiciones laborales, típicamente suceden los viernes, y funcionan más o menos de la siguiente manera: por la mañana trabajo en la oficina, normalmente hasta la una y media o dos, a esa hora salgo conduciendo al punto de quedada si es que voy con alguien, o al destino directamente si voy solo. Hago lo que tenía planeado o alguna variación dependiendo de las condiciones meteorológicas, de mis sensaciones, de la nieve, etc. Luego vuelvo al coche y conduzco de vuelta para recoger a los niños en casa de mis padres e ir a hacer la compra de la semana.

Unos pocos ejemplos de los últimos meses:

Viernes XXX Mando, Luque, Cuitu Negru, Pajares, Esquí de montaña


Viernes XXX Nando, Carlos, Cris, Cellón, Esquí de Montaña


Viernes XXX Mon, Lapuente, Morcín, escalada deportiva


Viernes XXX Solo: San Isidro Valmartín esquí de montaña.



Viernes XXX Brojos, Cristina: Figares Escalada Deportiva



Viernes XXX Nando: Gamoniteiro esquí de montaña


Viernes XXX Boza: Pelúgano Escalada Deportiva


Viernes XXX Solo: Ubiña por la arista Este



En total la media no suele superar las 3 horas y media coche-coche, por lo tanto, son ventanas de actividad realmente cortas.
Sin embargo, tengo más que comprobado que incluso así, el efecto es altamente positivo para mi estado de ánimo.
Hay quien me dice que para ir así, mejor no ir. Yo discrepo (y además pienso que los que opinan así, o bien tienen mucho más tiempo que yo, o bien no les gusta el monte tanto como a mí, seguramente el reparto sea al 50%).

Cuando no hay opción para más, esta es la mejor de las opciones, y a mí me sirve.

Por todo esto, la conclusión para mí es la misma que sacaba Robert Smith allá por 1992.

martes, 10 de abril de 2018

Del templo a la taberna

Sábado 17 de Marzo 2018
Kico Cerdá, Fernando Calvo, Iñaki
El Siete (2.356 m), “El Expreso de Media Noche” (700 m, 70º, IV, M4)


Una vez más sigo arreglándomelas para atarme a gente mucho más fuerte que yo. Y lo cierto es que ya me ha pasado unas cuantas veces. En esta ocasión con el gran Kico Cerdá, un máquina.
En este invierno de verdad que nos ha tocado, las ventanas de buen tiempo han sido escasas. Este sábado daban una, pero breve, y lo cierto es que cuando llegamos a Torrebarrio a las siete de la mañana ya caían copos de nieve de algunas nubes circulando entre el cielo despejado del amanecer.
En el pueblo coincidimos con Fer, que venía con un cliente y con nuestra misma vía objetivo.  Esto ya lo teníamos hablado previamente. Tras prepararnos salimos hacia el monte en plan ligero: una sola cuerda de triple homologación y un rack de material seleccionado.


La aproximación desde el mismo pueblo fue sobre buena nieve, tratando de alcanzar a Fer e Iñaki, que nos sacaban un trecho. Adelantamos primero a unos portugueses algo despistados, con casco en la mochila pero sin piolet (¿??), que no sabían hacia dónde podían tirar. Les orientamos y recomendamos. Pasan pocas cosas para lo que se ve…
Las palas finales hasta el pie de vía se hacen pesadas, pero por fin llegamos. Iñaki está ya asegurando a Fer. Nosotros arrancamos sin encordar los primeros largos. El ambiente es muy guapo: nieve dura, cielo cubierto y trapeando, coladas de polvo bajando de las paredes superiores… Alpinismo.


Después de lo que serían unos tres o cuatro largos de croquis, llegamos a un flaqueo con una cornisa que pide cuerda. Nos atamos y sale Kico a toda mecha. Ya hemos adelantado a los amigos. 



La vía prosigue por un corredor amplio sobre una nieve estupenda. A tope de cuerda Kico se ha atechado bajo unos desplomes donde monta una reunión muy estética. 


Cuando llego yo, Fer me viene siguiendo de cerca, así que salgo directamente a por la travesía a izquierdas que nos llevará bajo el largo clave. El ambiente sigue interesante, y nos preguntamos qué fue de la ventana anunciada.
A tope de cuerda monto una reunión con dos tornillos. Algo casi insólito en nuestras latitudes, y hasta poco recomendable como me hace ver Fer cuando llega y sanea un poco para meter un clavo de roca adicional, que somos cuatro y tenemos debajo mucho gas…




Sale el gallo a por el largo clave, y como pasa cuando alguien va muy sobrado, se lo da por fuera de lo razonable, superando un paso mucho más difícil (al menos en las condiciones en que lo cogimos nosotros) que el natural unos metros más abajo y a la izquierda. Yo tengo que ayudarme de un seguro para levantarme en la chapa mínima posada en la llambria lisa. Fer se parte de risa sacándome fotos desde el mixto más lógico de la vía.



Desde aquí salimos los dos a una reunión cómoda bajo otros desplomes, y la vía se abre a las canales superiores. Estas son más fáciles, pero no menos bonitas: el encostrado de la roca y la excelente nieve dura le dan un ambiente muy estético. 




 

Eso sí, los seguros empiezan a ser escasos y muy alejados entre sí. Después de apurar dos tiradas y algo de ensamble, esperamos a los colegas en una cómoda repisa típica para vivaquear. Mientras comemos algo, el frío nos va apretando, el agua se hiela en las botellas...


Cuando llega Fernando arrancamos a por la cima desencordados de nuevo: el ensamble en estas condiciones es menos seguro para la cordada que escalar a pelo. Con viento y algo de nieve cayendo hacemos cumbre. Es muy alpino el Siete en todas sus vertientes. Por debajo se asoman los Portillines y Cuevapalacios, al Norte las paredes del Fontán, y hacia atrás la línea alpina de los Castillines.
Al rato llega Fernando, y detrás no mucho después Iñaki. Estamos contentos por la ascensión: la vía es muy buena y la hemos cogido en un día de alpinismo de curtir. Nosotros la hemos encontrado fácil de condiciones por la carga y la calidad de la nieve, otra cosa sería más pelada… En todo caso, totalmente recomendable.


No nos recreamos demasiado y salimos destrepando con cuidado hacia el Tercer Castillín, que se ve entre girones de niebla. La bajada es por otra vía de escalada, que aunque mucho más sencilla exige el doble piolet y la cara a la pared casi todo el tiempo.  Vamos destrepando con cuidado, la exposición es alta, buscando el itinerario y parando a esperar a los otros de cuando en cuando.

En un momento dado Kico y yo nos sentamos en un pequeño llano de la nieve a esperar a Fer e Iñaki. Y en este momento sucedió uno de los momentos de montaña más extraordinario de mi vida… Simplemente alucinante. Pero este será objeto de narración específica más adelante.


El resto de la bajada mantuvo la misma tónica: nieve helada, travesías para librar cortados y finalmente unos buenos tramos de culoski para bajar a la cuenca más llana donde paramos a comer, beber, y recoger los hierros. Las vistas a la vertiente fuerte de Ubiña en un día tan bonito son muy buenas. Recorremos con los ojos sus muchas vías, hoy desiertas para nuestra sorpresa.


Bajamos al pueblo charlando de mil cosas. Despedimos a Fer e Iñaki. Cerveza en San Emiliano y en casa a las siete. 

Gran día de montaña. Nuevo compañero en la agenda: menos mal, que no abunda la gente a la que le guste el barro, y Kico es todo un jabalí…

viernes, 16 de marzo de 2018

El jersey de mi abuela

Mi abuela se llama Regina. Dentro de poco cumplirá 93 años. Hasta hace un par de años vivía sola, era autónoma y funcionaba muy bien. En los últimos tiempos se le ha empezado a ir la cabeza, y ahora está en una residencia a la que voy a visitarla menos de lo que debiera. Algo de lo que seguramente me arrepentiré cuando ya sea tarde, como siempre pasa.
Lleva ya muchos años viuda, pero eso no la paró en absoluto: con los setenta cumplidos cruzó el charco varias veces para visitar a mi tía en Seattle, en la costa oeste de Estados Unidos, y hasta el otro día iba a Barcelona o a Sevilla a pasar temporadas. Cogía trenes, aviones, autobuses. Hasta hace dos años venía a mi casa a cenar en Nochebuena.
Con esa edad está claro que ha visto muchas cosas en su vida. Seguramente más de las que me puedo imaginar. Cuando ahora la voy a visitar, muchas veces tarda en reconocerme, o durante el rato que estoy con ella la cosa viene y va. Por los misterios de cómo funciona la cabeza parece recordar más sus tiempos mozos que los recientes, así que procuro llevarla a esas épocas y le pregunto por múltiples temas de cómo era la vida cuando ella era niña, o moza, la escuela, qué cosas se hacían, cuáles eran las alegrías y las dificultades. Y simplemente alucino con las cosas que me cuenta.

Le tocó vivir una época dura, en la que había poco. Poco de todo. Especialmente de dinero. Época en la que había que saber hacer muchas cosas que hoy en día ni siquiera nos planteamos. Y estoy llegando al tema: entre las mil cosas que hacía le tocó coser, hacer ropa para sus hijos e imagino que también para su marido y para ella. Y tuvo que tejer lana para hacer prendas de abrigo, primero por necesidad y ya luego más tarde, por gusto.

Yo soy su nieto mayor de los diez que tiene. Por circunstancias, tanto mi hermano como yo tuvimos mucha relación con ella. Por gusto me tejió a mí los jerséys de lana con los colores del grupo de montaña en el que empecé a dar mis primeros pasos por el monte allá por el año 82. Por entonces íbamos al monte en grupos de montaña, algo que está a la baja hoy día, que todos nos movemos en nuestros coches particulares y somos más independientes.  Los grupos, por entonces, aún tenían cierta reminiscencia del pasado y el tener un “uniforme” identificador era habitual: en el caso del Codema Aire Libre eran jerséys azul marino, con unas franjas horizontales blancas y rojas. 

Mi abuela me tejió muchos de estos a lo largo de los años, ya se sabe que los niños crecen rápido. Eran de lana gruesa que picaba un montón, pero que me protegieron del frío durante años, cuando los forros polares aún no habían llegado, o si habían llegado no había pasta para comprarlos. Además de los jerséys, también me tejió medias y pasamontañas (esos sí que picaban de verdad). Fui refinando mis peticiones y del cuello redondo le pasé a pedir uno de cuello alto con cremallera hasta el pecho. Y también me lo hizo. Y muy bien.



El caso es que, con motivo de una proyección de fotos de escaladas en Alpes que di hace unas semanas (la primera proyección seria de mi vida), estuve repescando fotos viejas, muchas de ellas diapositivas. Y sucede que de entre las muchas que repesqué, gracias a mi amigo Jorge Alonso, descubrí unas cuantas de mi primera ascensión en los Alpes, en 1994, el Cervino. 

De entre todas las fotos que recuperé de ese viaje, la que más ilusión me hizo fue una en la que aparezco con mi gran amigo Juaco (que parece un guaje), en el refugio Solvai, por primera vez en nuestra vida a 4.000 metros, así que con cierta cara de colocón, con mis relucientes botas dobles Scarpa, con mi mochila Artiach, con mi primer arnés, un Petzl Guru, pero sobre todo lo demás, con el jersey con los colores del Codema tejido por mi Abuela.

El próximo día que la vaya a visitar, tengo que comentárselo.

viernes, 15 de diciembre de 2017

Los Lunes al Sol

Lunes 27 Noviembre 2017
Fernando Calvo, Martín Moriyón
Torre del Torco (2.452 m) “Los lunes al sol” (150 m,  III, 3) Nueva ruta invernal a la cara E


Esto del alpinismo invernal puede parecer algo rebuscado, complicado, poco natural. Los madrugones, el andar a oscuras por sitios solitarios, subirse a sitios resbaladizos, todo ese esfuerzo para nada…
Para nosotros es al contrario, en realidad es de lo más natural y simple. Tres amigos con sus mochilas, en las que llevan un par de cuerdas y unos pocos trastos de fierro, con los que pretenden sujetarse a la nieve, el hielo y la roca de la montaña, y si esta se deja, subirse hasta lo más alto en un afán infructuoso a ojos del 99% del personal, pero simplemente impagable para nosotros.

Hay veces que se alinean los astros y las cosas salen justo como quieres. Será casualidad, pero cada vez que quedo con estos dos chavales, ya sea juntos o por separado, suelen salir días memorables.
Que estando en noviembre ellos ya hubieran escalado la Norte Directa de Peña Santa dos semanas antes es ya un acontecimiento. La cita para probar suerte en una zona en teoría no tocada de la cara Este de la Torre del Torco se me hizo irresistible.


Un día entre semana de otoño no es probable encontrar gente por los Picos. Más aún si empiezas a caminar hacia las seis de la mañana. Pero es que, como bien dice uno de León, el Jou Santu se llama así porque está en casadios. A la luz de las frontales subimos hablando sin parar. Estos dos están como motos, pero a mí me han liberado de la mayor parte de la carga que me tocaría en deferencia a mi cadera, así que más o menos les sigo el ritmo… Menos mal.
El amanecer nos coge remontando a la Fragua: luces increíbles en la collada, me vienen recuerdos de vivacs gélidos hace muchos años...


Vamos caminando por estas laderas nevadas, sin huella apenas, con la incertidumbre de si estará o no en condiciones lo que deseamos escalar. Qué guapos son los Picos.


Cruzar el Jou Santu puede resultar peligroso en estas condiciones de nieve fresca aún sin transformar. Mirando hacia las distintas paredes que nos rodean puedes despistar el paso y meterte en uno de los muchos agujeros que la caliza tiene por esta zona…

Remontamos el zócalo inferior y salimos al sol de la mañana. La temperatura sube hasta hacernos sudar.
Vamos encarando la entrada del corredor que nos conducirá a las goulotes y las palas que pretendemos. La incertidumbre de si podremos pasar se mantiene. A simple vista, esta entrada parece llevadera, así que me adjudico el primero de la cuerda no vaya a ser que más arriba no me atreva…



Efectivamente la escalada transcurre en grados sencillos, y se deja proteger muy bien en roca. Dos resaltes entretenidos y unos 45 metros más tarde me encuentro en la base del corredor encajado por el que irá el segundo largo. Destapando roca consigo meter dos clavos de forma parcial, y un fisurero potente. Triangulo y aviso a los amigos que suben veloces y parlanchines.



Le toca ahora a Fer. La cosa pinta más delicada desde el comienzo. Una placa con nieve posada en la que hacer una travesía a la izquierda para acceder al canal. Crampones en roca, gancheos laterales de piolet, y delicadeza para acceder al buen hielo, ya en sombra de nuevo. Apura casi la totalidad de las cuerdas rápidamente.



Tras las voces de turno, Martín me precede resolviendo con la naturalidad y fuidez del que domina el arte del mixto (como también hizo Fer, aunque de primero ya se sabe que se llevan otras precauciones). Le sigo unos metros por detrás. Voy flipando con el largo: es precioso.



Nos reagrupamos bajo unos desplomes con una plataforma amplia de nieve. La salida claramente por la derecha, ya que la izquierda parece de roca continua compacta y vertical.
A nuestra espalda, la Peña Santa se alza espectacular. Nos demoramos en recorrer sus líneas, en buscar sus puntos flacos. Por la Forcadona asoma la cabeza de la aguja del Gato. Hacia el norte la Canal Parda, Traviesos…
Martín coge los trastos y arranca por una pendiente de nieve que termina contra caliza gris. Sin mucha contemplación ganchea, coloca seguros y desaparece de nuestra vista hacia lo que intuimos son placas tumbadas. Al cabo de un rato sus voces nos avisan de que ha montado reunión. Agradecemos volver a movernos: nos hemos quedado tiesos en esta parada. Los pasos del inicio del largo son mixtos aéreos, muy guapos. Después es más fácil aunque expuesto. Vamos recorriendo una pala de llambrias con nieve posada, pero Martín se las ha arreglado para meter seguros destapando la roca.




Este largo es realmente efímero y difícil de encontrar en estas condiciones: creemos que seguramente por eso no se haya escalado antes esta vertiente en condiciones invernales. Digamos que es la llave de la vía.


Nos reagrupamos en la arista, donde coincidimos con una de las salidas de la vía normal a cumbre.
Estamos haciendo lo que nos gusta, y se nota. Cachondeo permanente. Nuestra vía tiene solo tres largos para los que hemos hecho una aproximación de casi cinco horas. Pero no dudamos en que ha merecido, está mereciendo, la pena.
Me pongo yo de nuevo delante y estiro las cuerdas hasta la antecima por pendientes de nieve corcho helada. Perfecta. Cuando llegan Fer y Martín nos desencordamos para recorrer los cien metros de arista hasta la cumbre real.




Hace sol y frío pero apenas viento, y tenemos 360º de vistas para nosotros. Son las tres de la tarde y, aunque aún tenemos un largo camino de vuelta, no tenemos prisa.
Sentados en las mochilas compartimos comida mientras charlamos. Apreciamos lo muy afortunados que somos disfrutando todo esto en un día como hoy, lunes, y recordamos algún amigo ausente (yo me lo imagino tranquilamente sentado a mi lado, probablemente con la gorra algo torcida, y soltando de las suyas…).


Como todo llega y todo pasa, salimos destrepando con cuidado hasta el collado de la normal. Allí montamos un rápel y después de este un segundo. Luego tenemos que cruzar con cuidado las laderas, buscando nuestras huellas de la mañana.


Vamos recorriendo con la vista cada cumbre, cada pared, recordando momentos, siguiendo las escaladas abiertas, y soñando otras futuras.
El camino hasta la Fragua se hace llevadero con la luz del atardecer tiñendo las nubes hacia el mar. Son momentos mágicos de conexión con la montaña (¡y eso a pesar de la charla ininterrumpida, y el cachondeo constante!). Disparamos fotos sin parar.


Bajando hacia Vegarredonda la Luna amanece brillante entre los colmillos de los Argaos. Nos quedamos bobos viendo el espectáculo. Nuestras cámaras apenas son capaces de captar el momento.
Las frontales aparecen de nuevo para el tramo final del día.

Llegando abajo voy pensando en que no hemos dejado ninguna marca de lo que hemos hecho hoy, nada más allá de nuestros recuerdos y las fotos. Quizá como mucho algún cordino en un puente de roca, y si acaso más que nada por “mexar los felechos”…

Trece horas después de empezar esta mañana, nos quitamos las botas junto al coche.
De vuelta a Llovio, una parada en la gasolinera para pillar unos Aquarius y unas bolsas de patatas fritas nos convierten por un rato en los tíos más felices del hemisferio norte. Somos simples. Realmente.

Es todo un placer compartir montaña con estos dos elementos. Tengo mucha suerte.

Llovio 4:30 h
Pandecarmen 6:15 h
La Fragua 8:10 h
Pie de Vía 11:00 h
Cumbre 15:15 h
La Fragua 17:45 h
Pandecarmen 19:30 h