LA MONTAÑA COMO PASIÓN, COMO ESCENARIO INFINITO SOBRE EL QUE DISFRUTAR INTENSAMENTE DE LA VIDA,
DONDE ESCALAR, ESQUIAR, PEDALEAR, CORRER, CAMINAR...
DONDE LOS AMIGOS, EL ESTILO Y LAS FORMAS CUENTAN, Y MUCHO

domingo, 14 de octubre de 2012

Pedaleando en el paraíso


Sábado 16 Junio 2012
Intento “Travesera de Redes” versión BTT
Nando del Pozo


Me quedaba un cartucho. Uno solo. La fecha estimada se acercaba y ya no podía estirar más la goma. Mi intención habría sido escalar algo por Picos, pero la verdad es que el tiempo inestable de las últimas semanas no lo había permitido, y el previsto no invitaba a hacerlo con garantías. En estas circunstancias, la bicicleta de montaña era la mejor opción.
El compañero habitual de las últimas andanzas en bici era Nando, así que con él me planteé el cierre de mi temporada pre-bebé con una salida ambiciosa, como no podía ser de otra manera: inspirados en la jabatada de Alberto y sus colegas unas semanas antes, la Travesera de Redes versión BTT empezó a tomar forma (una versión sin duda más Light que la suya).
Se trataba de recorrer varias zonas de la reserva de Redes, enlazando valles y majadas, para abarcar lo máximo de su territorio en un día. Las limitaciones las marcaba nuestro físico (concretamente el mío, porque Nando va muy fuerte), pero también teníamos que unir zonas que no controlábamos del todo. El recorrido lo iniciaríamos en la Encrucijada, a menos de 650 metros, para empezar bien desde el principio con las tremendas rampas de subida hacia la Infiesta y la Felguerina (900 m aprox). De allí remontaríamos con dirección al lago Ubales, hasta la Collada de la Canalina (1563 metros), para pasar de allí a Mericueria (1350 m), Brañagallones (1200 m), Bezanes (658 m), volver a subir a la Majada el Xuaco (1204 m), Collada Capiella (1439 m), para enlazar con el camino que viene de Melordaña y de ahí a Orlé, Campocaso, y vuelta hasta la Encrucijada. El resumen estaba en torno a los 55 Km. y el desnivel aproximado sobre los 2000 metros. Nada, un paseo…


No somos gente tecnológica (y lo pagaremos), así que no llevamos GPS, ni track ni wilkiloc ni nada. Vamos a la antigua, con un mapa fotocopiado con el recorrido marcado a mano. Entre los dos conocemos más o menos todo, aunque por algunas zonas yo hace muchos años que no paso y por otras no lo sé. Nando parecido. Tampoco sabemos si habrá tramos grandes no ciclables. Un poco de aventura en la vida siempre viene bien.


Madrugamos. El día, tal y como lo anunciaban, arranca dudoso, con nubes gruesas que cubren las crestas. Alguna gota se ha escapado mientras veníamos en coche. En la Encrucijada, después de equiparnos, salimos poco a poco por la carretera, remontando lo que va a ser un buen desnivel. De la Felguerina para arriba, se termina el asfalto y tomamos una pista con buen firme, que sigue castigando con rampas muy duras alternadas con rampas duras (estas para relajar). 


A ratos voy tan despacio que cuesta mantener el equilibrio.
Me fuerzo a dosificar, y en un par de repechos concentrados echo el pie a tierra por unos metros: no compensa forzar el “encadene” del tramo, sabiendo lo mucho que hay por delante. Pienso en las escaleras de los glaciares en las expediciones frente al enorme reto de la montaña completa.


La pista serpentea por el cordal arriba, el paisaje es espectacular. Vengo todo el rato detrás de Nando, que tira de mí, aunque menos de lo que él podría. Por fin alcanzamos la collada Vallegu, que nos da vista hacia la vertiente de Aller, por encima de nosotros la sierra de Corteguero. Desmontamos, comemos y bebemos. Encima de nosotros se intuye la cuenca del lago Ubales, a donde no vamos a subir, sino que cortaremos a media altura hacia la braña de Mericueria. El corte “a media altura” consiste en otras enormes cuestas arriba, por una pista que combina enormes y afilados cantos en los que rebotar, con la trampa de la blanca arena de cuarcita, que te agarra al suelo como un freno de disco apretado a dolor. También hay cortos tramos de bajada, en los que las sensaciones son igual de intensas: rebote por los cantos, y hundimiento en la arena…


El cielo deja caer algunas gotas, las nubes siguen cubriendo incluso sierras bajas como la de Braña Piñueli, y dudamos de nuestras posibilidades de completar el recorrido si el día sigue así.
En la collada de la Canalina (1.563 m) rodeados de arbustos de erikas de vivos colores, por fin comenzamos el descenso hacia los mullidos prados de Mericueria. 




Vamos disfrutando el paisaje, el recorrido y el esfuerzo. Bajar siempre es más fácil: los frenos trabajan con intensidad por primera vez en el día. Después de la braña nos metemos en el bosque, la oscuridad nos envuelve en la densa selva de esbeltas hayas, que se elevan buscando luz. Aquí ciclar es un placer, sendero estrecho serpenteando en bajada por la ladera boscosa. Nos alternamos delante, nos sacamos fotos, disfrutamos del silencio.





El camino por medio del bosque se ensancha y el llano vuelve, paramos a comer de nuevo. Una lluvia fina cae sobre nosotros, aunque la temperatura es muy agradable. En mitad de este paisaje de cuento, a escasos cincuenta metros, un corzo pasa saltando. 


Arrancamos de nuevo ahora en falso llano, sube-baja, hacia Brañagallones. No sin esfuerzo la alcanzamos, y de nuevo, como tantas veces, nos extasiamos con lo que se ve y lo que se siente en este sitio espectacular.
Hay algo de ganado, vacas y caballos. Muy poca gente.


De aquí a Bezanes tenemos una bajada de varios kilómetros, por buena pista. Vamos rápido, no tanto como para no hablar, pero sí lo suficiente como para sorprender a una hembra de venado y su cría que también cruzan nuestra pista asustadas.
Llegamos a Bezanes con los discos calientes: por sus calles hay abundante gente vestida de domingo, suenan gaita y tambor, nos acercamos a curiosear: hay comuniones. Tirados en un banco comemos y rehidratamos. 


Estamos en lo que podría ser el final de una muy buena excursión de BTT, pero nuestra propuesta aún sigue por bastantes kilómetros y metros de desnivel. Me noto cansado, aunque todavía con reserva para seguir. Dice Mark Twight que la cabeza se adapta a las circunstancias: que al llegar a cumbre después de una vía de 600 metros estás cansado, pero que después de 600 metros similares de una vía de 1000,  no tienes la misma sensación, porque la cabeza sabe que tienes que seguir.


Consultado el mapa confirmamos por dónde debemos abandonar la carretera de Tarna: en una curva después de un puente arranca una pista de inmaculado hormigón blanco; mala señal, nadie hormigona porque sí (aunque con fondos mineros se han hecho cosas muy raras). Efectivamente, desde el primer metro impone un desnivel duro, a ratos muy duro para mí. Por varios kilómetros remontamos entre los árboles y cabañas.


En varias ocasiones me bajo de la bicicleta, ya sea para descansar o para empujarla. Nando me espera, pero claramente podría seguir tirando. Nos estamos acercando a la niebla, que envuelve la sierra que nos rodea.
Cuando alcanzamos la majada del Juaco, estamos totalmente inmersos en la nube. No se ve nada. El camino aquí se desdibuja por entre los helechos. Mirando el mapa, indecisos, decidimos tomar lo que parece nuestra dirección. Caminando ahora con la bici de la mano o al hombro (demasiado estrecho, demasiadas piedras) vamos cruzando dos regatos que nos tienen descolocados. Durante media hora estamos moviéndonos alante y atrás sin tener claro hacia dónde vamos: finalmente nos parece que esta es la dirección del Collao Campigüeños. Vamos mal. Tenemos que dar la vuelta. 


Al llegar de nuevo al Juaco, hemos perdido más de una hora. La energía ya limitada (a mí se me va a encender la luz de la reserva en cualquier momento) y a la incertidumbre de la niebla que persiste, nos decide a emprender la retirada. En estas estamos cuando por encima aparecen dos parejas caminando. Vienen del Collao Capiella nos dicen: bien, es nuestro camino, aunque nos confirman que durante un buen rato no es ciclable, lo vamos a intentar. Llevamos ya otros veinte minutos cuesta arriba bici al hombro, abriéndonos paso entre los arbustos, cotollas y helechos, yo parándome cada veinte pasos a  recuperar el aliento, estilo ochomil. Me empiezo a notar vacío: la sensación la conozco, la pájara me ronda. Suelo saber cuántas pedaladas me quedan dentro. No quisiera acabar tirado en el suelo, mareado, desfondado y sin apenas nada de comer en la mochila. Le doy una voz a Nando, que va un rato por delante. Abortamos la misión.


De vuelta en la majada, retomamos la pista, ahora hacia abajo. Es increíble la cuesta que hemos subido. Cuesta dominar la velocidad. Los discos cantan calientes. Pasamos a las dos parejas. En un rato estamos en la carretera de Tarna. Ahora todo es fácil: me queda agachar la cabeza en los kilómetros que nos faltan: Bezanes, Soto de Caso, Campocaso, y de allí a pasar los túneles hasta el desvío de Caleao y el tramo final, subiendo levemente, llegar a la Encrucijada.
El recorrido en retirada en realidad fue más largo en kilómetros que lo que nos quedaba por nuestro trazado objetivo, pero menos duro y mucho menos inquietante.


Una retirada más en el año. La aventura sólo empieza cuando algo se tuerce: es lo que pasa cuando uno busca sus límites. Queda pendiente para la próxima temporada. Puliremos el recorrido y volveremos (yo espero que más fuerte).

martes, 11 de septiembre de 2012

Intento frustrado y premio de consolación

Lunes 3 Septiembre
Martín Moriyón
Horcados Rojos, cara Sur, intento a "Chico Problemático"
Hombro Bustamante, combinación "Dopamina" y "Palacio de Invierno"

"Tira tú, que a mí me da la risa"



Madrugamos lo correcto para llegar a coger la primera cabina del teleférico. Ya estamos en septiembre, es lunes y se nota: vamos sólo nosotros dos con el personal de Cantur que curra arriba. Nada más salir del Cable, el paisaje nos recibe espectacular: entre jirones de niebla se adivinan los perfiles radicales de Tajahierro y la Peña Olvidada, luego cresteando hasta Peña Vieja, y más al fondo, erizadas aristas de Santa Ana y Horcados. Esta entrada a los Picos es tremenda.



La aproximación fue rápida, y en hora y cuarto estábamos en el vivac en la base de la pared. Entre que echamos un trago, comemos algo y nos preparamos, son las once menos cuarto cuando empezamos a escalar.






Llevamos un croquis de Miguel en tamaño A4, de los que te marca todo: los seguros, las formas de la roca, los grados, la exposición, calidad total. La escalada “a vista” está algo comprometida con tanta información, pero en el monte da gusto llevar este comparado con cualquier otro de una guía, incluso de la suya propia: no tiene nada que ver, pero es normal, el espacio del papel en las guías no da para tanto.






La tapia se levanta tiesa desde el primer metro: mientras aseguro a Martín en el primer largo, flexión completa de cuello, mirando hacia arriba con el casco haciendo tope en la mochila, observo varias franjas de techos, algunos de ellos son grandes para las dimensiones de la pared. Estamos a la sombra y aún hace fresco. A Martín le lleva su tiempo, pero resuelve sin problemas. 




En el segundo largo yo tuve que pensármelo ya en su inicio; una sección de V sobre roca dudosa con poca posibilidad de protección, y luego, unos veinte metros más arriba, pararme a enfriar la cabeza y oxigenar los brazos en el segundo clavo, después de una secuencia plaquera de 6a+ y antes del atlético dúlfer que da salida a la reunión, y que marca V+ en el croquis (bien me fastidió tener que reposar, aunque tampoco sé si aquello será V+). Aquí la roca ya es excelente.








Llevamos dos largos y ahora viene el clave de la vía. Los superados hasta ahora nos han colocado en situación: el grado apretado, los seguros justos y la pared tiesa. La roca ahora es perfecta. Martín ya lleva un buen rato pensando: a unos diez metros de mí, soltando brazos y alternando apoyos de pies para relajar los gemelos. 








Lleva como diez minutos en el sitio: está como algo más de un metro por encima y tres metros a la izquierda del segundo de los dos clavos del inicio del largo, donde ya ha superado el primer paso de 6b. Ahora tiene delante una buena tirada hasta el primer spit: son unos cuatro metros de placa con muy buena adherencia pero con cantos poco evidentes. Su mirada alterna entre lo que tiene por delante y el clavo que dejó atrás, sopesando los movimientos a realizar con el potencial vuelo pendular. Por debajo de él la pared ya va tiesa, y quizá tuviera suerte y no se hiciera daño, pero es seguro una caída larga. Prueba y retrocede probando varias opciones, distintas combinaciones de presas, a la derecha, a la izquierda, se levanta un metro, destrepa, mira arriba, mira abajo…






Yo sé lo que hay: en 1998, con Estivi, hice de primero este largo (junto con los dos anteriores y con el siguiente) hasta que nos tuvimos que retirar desde el penúltimo largo por prescripción facultativa, después de que una rotura de un canto me lanzara al aire a un vuelo considerable: como dice Miguel, de los de afiliarse al Sepla. No pasó nada grave para lo que pudo ser, pero esto es otra historia. 

Le doy el único consejo que entiendo procede: cabeza fría, tanto para arriba como para abajo. La decisión es suya, sin presión.
Finalmente se impone la retirada por hoy: Martín no lo ve claro, y a mí hoy me da la risa si tengo que tirar yo...
Es un paso (o unos pasos) de fe. Si se hubiera levantado ese metro, estoy casi seguro de que habríamos hecho la vía. No pasa nada, si llevo desde el 98 con ella pendiente, puedo seguir un poco más…
Una retirada a tiempo siempre es una victoria.
Martín destrepa en libre, con delicadeza y elegancia, la sección de 6b previamente escalada.
Rapelamos los dos aéreos largos que hemos hecho y cuando tocamos suelo vemos que ya son las tres de la tarde: increíble cómo se nos ha ido el día… Pensamos rápido las opciones para el resto de tarde: con todas las vías que tenemos alrededor es difícil elegir: Maraya, la clásica Sur de Horcados, o algo en Santa Ana. No tenemos croquis porque dejamos la guía abajo para aligerar (error): finalmente nos vamos al pilar del hombro de la Bustamante, donde hay varias vías buenísimas: “Dopamina” o “Palacio de Invierno” entre ellas, que yo he hecho varias veces y creo que recordaré cómo van.



Cruzamos rápidos la gravera y nos plantamos en el pie del pilar. Empiezo yo por el zócalo inicial, sin tener muy claro en qué vía estoy, sin ningún seguro fijo de referencia, y sobre roca de calidad regular estiro unos cincuenta metros en V hasta la primera reunión: estamos en la “Dopamina”: unos diez metros a la izquierda veo la reunión dos de “Palacio”. Por encima de mí se levanta el súper estético largo de fisura perfecta hasta donde corta con el cielo. Martín llega veloz y arranca a por esta joya.








Los gritos de entusiasmo me llegan cada poco: está disfrutando como un enano, la calidad de la escalada es muy alta. Colocando muy buenos seguros recorre el atlético largo de 6a+ hasta la reunión. Salgo yo de segundo y aunque sufro bastante, a la vez me doy cuenta de lo buenísima que es la escalada.






Al llegar a la reunión reconozco que estamos en el cruce con la “Palacio de Invierno” y que el largo que tenemos encima es el mejor de esta, un muro espectacular que ya he hecho de primero unas tres veces, así que le digo a Martín que tire de nuevo delante y que lo disfrute (yo voy para el arrastre). De nuevo, sus gritos de admiración me van llegando cada poco: es simplemente una pasada.








Le sigo de nuevo, y con una buena inflada por mi parte nos reunimos en la reunión final del hombro y miramos el reloj: las cinco y cuarto: hemos escalado rápido ahora, pero es tarde y debemos dejarlo por hoy. Iniciamos rápeles.


Triste que bajaba el chaval

Al llegar al suelo, mientras recogemos y comemos, le voy comentando sobre otras tantas vías excelentes que nos rodean, en las paredes y agujas alrededor, muchas de ellas abiertas por Javi y Cholo, Churra, Eduardo, Miguel, Rafa, Agustín… Un mundo de escaladas de calidad en el paisaje mágico de los Picos.
Disfrutamos la bajada hasta el Cable a ratos hablando, a ratos callados. Vamos solos, no hay nadie más.


Línea de sol sobre el trazado de "Chico problemático"





Un intento frustrado a una vía de nivel, pero quizá en esta ocasión yo no mereciera "tachar" tan fácilmente mi séptima vía en esta pared. Para Martín es sin duda una buena toma de contacto con las vías con firma Sáenz.
Un premio de consolación de categoría: gran experiencia disfrutar de los excelentes largos de "Dopamina" y "Palacio", que para mí, no por repetidas pierden encanto, y para el gallo, a vista, placer total.

En conclusión, un excelente día en el monte a pesar de la retirada: que no todo va a ser triunfar…


Referencia
“Chico Problemático”, Sur Horcados Rojos, 230 metros, 6b (expo)
Combinación “Dopamina” – “Palacio de Invierno”, Hombro Bustamante, 150 metros, 6a+.

Los croquis e información completa en "Escalada en Roca en los Picos de Europa" de Angel Bengoechea y Miguel Rodríguez.

Gijón 6:00 h
Fuente De 8:30 h Fuente De superior 9:10 h
Pie de Horcados 10:25h
Inicio escalada “Chico” 11:00 h
Retirada y rapel 15:00 h
Inicio “Dopamina” 15:45 h
Fin “Palacio Invierno” 17:15 h
Fuente De 19: 40 h
Gijón 22:00 h

sábado, 18 de agosto de 2012

Limusinas por Sajambre


La niebla reducía mi mundo a unos doce metros a la redonda. El gris me envolvía. Apoyado en la caliza en silencio, recuperando el resuello, esperaba a que llegara el colega. Hacía muchos años que no salíamos de monte juntos. Me refiero a salir al monte por deporte, porque él, igual que otros de mis amigos, eligieron hace tiempo dónde y cómo querían vivir, y era en estos valles y montañas, y por aquí hemos compartido muchas jornadas. Pero lo de subir a una cumbre por el mero placer de hacerlo, hacía mucho que no lo practicaba. Se animó esta mañana cuando le comenté que iba a dar una vuelta más tarde. Ahora remontamos juntos los tramos finales de trepada, por entre estas llambrias y zócalos de roca, a escasos metros de la cima.


El que no sabe es como el que no ve. El toro tenía para mí una planta tremenda; una cabeza poderosa, la musculatura marcada en pecho, lomo y cuartos delanteros y traseros, mirada tranquila y un par de huevos de a kilo. Pero él me decía que no, que era muy mejorable. Era de raza Limousin (limusina para los de aquí), a diferencia de las vacas con las que comparte las breves praderas alrededor del bebedero y a las que se monta en cada celo. Según me cuenta, es habitual elegir esta raza para los toros: es una garantía para la calidad de los jatos. No es que salgan espectaculares, pero la media es buena y las estadísticas hablan de buenos ratios, de pocos partos complicados. Y claro, a la larga interesa más. Cuando estás metido en esto, buscas sacarle algo de rentabilidad e intentas huir de los problemas. “Seguro que con Asturiana de los Valles puras iban a salir culones más guapos, pero no compensa”, me explica.


El calor de ayer era asfixiante. Afortunadamente hoy está mejor. La densa capa de nubes bajas nos ha protegido del sol desde los primeros tramos de subida de pista, donde el desnivel es mayor. Esto no quita que llevemos la camiseta totalmente empapada en sudor. Antes, mientras pasábamos en el collado por entre las vacas de Adolfo, me decía “esa tuvo una cesárea hace poco, ¿ves las marcas?” El bicho estaba a unos treinta metros. Es increíble cómo se agudiza el sentido para reconocer de lejos a los animales, incluso los que no son tuyos.
Me he vuelto a adelantar un poco y he llegado a la cruz de la cima. Por costumbre miro el buzón: destapo el bote de carrete fotográfico (qué pronto nos hemos olvidado de aquello) y saco la tarjeta de cumbre. Sin prestar mucha atención miro la fecha, 18 de Julio 2012, un grupo de Laviana. Me la meto en el bolsillo. De pie en camiseta, sudando y con bastante calor, miro hacia la arista que une con la otra cumbre y me la imagino bien nevada: puede ser una actividad muy guapa, me la apunto. Cuando llega, nos estrechamos la mano. Me ha gustado venir con él. Es la quinta o la sexta vez que hago esta cumbre, aunque por circunstancias varias, antes siempre había venido solo. Me ha gustado por el hecho de volver a hacer montaña con él, de compartir una cumbre después de tantos años.


La niebla se abre un poco, lo justo para dejarnos ver el espectáculo que nos rodea: aristas, camperas, bosques. Hacia Picos no se ve nada, pero su cercana presencia, su dominancia casi se nos hace palpable. Las voces del pueblo se reciben cercanas: no obstante, en línea recta no hay gran distancia. Mirando dirección a Carombo, vemos una manada de unos quince rebecos que corren saltando entre las rocas. Corren por afición, porque en el Parque campan a sus anchas sin miedo a nada. Hay muchos, igual que jabalíes, corzos y venados, y su presencia es cada vez mayor y más cerca de los pueblos. El claro sólo dura unos minutos y la nube se vuelve a cerrar.
“Si quisieras vivir de esto en exclusiva, harían falta unas ochenta como mínimo. Ochenta vacas se dice rápido. Eso para carne. Si es para leche el tema se complica, necesitas mucha más inversión inicial para poder sacarle rendimiento, y terminan pagándotela muy barata”. La perspectiva es complicada, no invita a meterse en estos líos.
Volvemos a estar envueltos en la nube: mientras destrepamos me dice que él no le ve sentido a arriesgar escalando, que subir montes así como este muy bien, pero que más difícil no. Empezamos a trepar juntos de chavales y compartimos cuerda en Picos, aunque él lo fue dejando pronto. Yo le digo que sin arriesgar de más se pueden hacer muchas montañas. A media arista me señala por dónde sale el Travesedo, esa senda de pastores colgada a media peña, otra cosa guapa para hacer. Algunos tramos de la bajada son bastante aéreos y hay que prestar atención.
Más abajo, me indica el pequeño valle donde tiene sus vacas, en la dirección de la Pica la Plana, es decir, el Frailón. Allí se ven algunas desperdigadas. No son muchas, unas catorce.
Ya en la pista de nuevo, charlando despreocupadamente, vuelvo a sacar la tarjeta de cumbre que llevo en el bolsillo y me fijo que marca dos mil trescientos y pico metros en la altura de la cumbre, eso es mucho más que la altura de la que hemos hecho: cuando la leo con atención veo que es de la Torre de los Traviesos. Me río para dentro, parece que no soy el único aficionado a cambiar de cumbre las tarjetas que encuentro…
Hoy día queda poca gente viviendo en el pueblo: en verano van a la hierba cuatro, literalmente cuatro. La edad media es muy avanzada y la falta de gente que trabaje y mantenga las cosas hace que el bosque vaya cerrando el cerco, recuperando su espacio, comiéndose los prados… Es el retorno de la selva. A diferencia de su hermano, que cree que la gente volverá a los pueblos a buscarse la vida en la tierra como antaño, él no lo ve claro: vivir así es muy duro y la gente ya no está acostumbrada a rigores y estrecheces. No sé, le digo, también en las ciudades se pueden sufrir muchas estrecheces.




Llegando al pueblo vemos por entre los árboles el gentío en la bolera: hoy era el campeonato de los niños y se han juntado unos cuantos. Estamos en agosto, las fiestas cercanas y el ambiente está animado. Una vez entre la gente nos separamos cada uno a sus cosas, pero creo que repetiremos pronto.
Ha sido una escapada breve (apenas tres horas en total), a una cumbre muy repetida, y además con un cielo que no dejó ver apenas nada, pero ha servido para cargar las pilas, aprender algunas cosas y para hacer nuevos planes. Me ha venido bien.
Estos días he terminado un libro inspirador: "Los viajes de Júpiter", de Ted Simon. Todo un descubrimiento gracias a la recomendación de Nando.


Soto (950 m)- Peña Beza (1958 m) - Soto (950 m) 3 horas