LA MONTAÑA COMO PASIÓN, COMO ESCENARIO INFINITO SOBRE EL QUE DISFRUTAR INTENSAMENTE DE LA VIDA,
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DONDE LOS AMIGOS, EL ESTILO Y LAS FORMAS CUENTAN, Y MUCHO

domingo, 12 de septiembre de 2021

El primer vivac.

No consigo recordar cuál sería el primero para mí. Aquellos años hice tantas cosas que los recuerdos se me entremezclan. Muchas experiencias nuevas y especiales concentradas. Seguramente fuera en Áliva, o quizá fue en Cabrones. Lo que sé es que los vivacs desde siempre han sido para mí muy especiales. Multitud de veces en Villarratón en los Picos, en el Agero, en glaciares de los Alpes, en la cumbre de la Torre de la Palanca. Soportales varios de iglesias, a pie de coche en áreas de descanso de autopistas, aleros de cabañas y de cuadras, o simplemente tirados en las camperas de Vega Huerta o al pie de pared en Pirineos. La autonomía de poder decidir en todo momento dónde pasar la noche. La exposición de no tener nada encima que te proteja de las inclemencias, o de la luz de la Luna llena. Todo un lujo y además gratis oiga.





El año pasado los niños y yo ya habíamos acampado en el monte un par de veces, les había encantado y claro, este verano había que repetir. Encontrar la ocasión no es fácil, así que cuando apareció, no lo dudamos. La predicción además nos daba muy buen tiempo, cielos despejados, temperaturas altas y estrellas fugaces: la combinación perfecta.

Salimos el viernes a mediodía de casa rumbo al puerto de San Isidro. Una vez allí, desde los apartamentos arrancamos sin una idea fija por el valle que usamos en invierno para subir con los esquíes foqueando hacia el Valmartín y sus vecinos.  A la luz de la tarde, con calor, vamos remontando poco a poco, superando rebaños de vacas tranquilas, azuzados a ratos por matines sin demasiada motivación. Entre las escobas y los arbustos vamos cantando y silbando para espantar a los jabalíes que seguro se esconden agazapados esperando el anochecer. Cuando alcanzamos el collado de hierba que nos separa del valle del camino de Wamba, buscamos la mejor zona para dormir, el trozo de prado más liso y horizontal. Una vez decidido empezamos a deshacer las mochilas.

Aunque el plan es vivaquear, he traído nuestra pequeña tienda de dos plazas del Decathlon. Es pequeña y muy básica, pero mientras los niños sean pequeños cabemos bien los tres. Cuando les pregunto dónde montarla, los dos al unísono me dicen que no, que quieren dormir sin tienda, bajo las estrellas.

Hace calor, pero sus sacos de dormir son muy ligeros y creo que pueden tener frío. Así que monto la tienda igualmente y nos acostaremos en las esterillas al lado a ver qué pasa.



Cenamos sentados en corro, en la luz del atardecer, macarrones con tomate, empanada, chocolate… Llamamos a mamá para contarle lo bien que estamos. Cuando terminamos nos metemos en los sacos y charlamos miramos al cielo, donde empiezan a salir las estrellas. Poco a poco van apareciendo constelaciones conocidas, y otras no tanto. Mientras comemos gominolas vemos multitud de estrellas fugaces. El chorro de la vía Láctea cruza diagonalmente la bóveda celeste. Está espectacular. No hace frío, y poco a poco, sin darnos cuenta vamos quedándonos dormidos.

Durante la noche me despierto varias veces. Primero con ruidos de corzos. Luego algún cencerro y cascos de caballos cercanos. A mi derecha Javi también se despierta en estas ocasiones, entre nervioso e intrigado. Jimena a mi izquierda duerme como un auténtico lirón. Qué tía!



Amanecemos acariciados por el sol. Cuando abro los ojos Javi ya está fuera del saco sentado a unos metros observándolo todo. Jimena aún duerme en su crisálida verde. Nos levantamos con calma y desayunamos tranquilamente: colacao con cereales, galletas, algo de chocolate. Qué rico está todo en el monte. Recibimos la visita de tres mastinazos, ladradores inicialmente, pero que pronto mueven las colas alegres y aceptan las caricias. 








Desmontamos, recogemos, hacemos las mochilas y salimos ladera arriba dirección al Valmartín. La idea es dejar las mochilas en algún recodo y subir a hacer la cumbre ligeros. La cosa es que los mastines no nos abandonan, y terminamos continuando con todo (con traspaso de peso hacia su padre). Remontamos por la arista este, hacemos cumbre y bajamos por la oeste. En el camino Javi se separa a hacer una cumbre secundaria y localiza con los prismáticos un buen grupo de rebecos en la ladera norte hacia el Cascayón. Se los enseña luego a su hermana.




Observamos a los buitres remontando las térmicas de la mañana.

Bajada laboriosa hasta el coche bajo un sol y calor intensos. Parada en Felechosa a comprar un refresco y un aperitivo. Llegamos a comer a mediodía a casa con Mamá.

Experiencia muy bonita con los niños. Para recordar sin duda, y también para repetir.

2 comentarios:

  1. No hay momentos mejores para compartir con los güajes que un vivac y un día de monte a continuación...aprovéchalos tú ahora que puedes,...algunos ya los vamos echando de menos...

    Nando

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    1. Tempus fugit. Tú lo has hecho y lo sigues haciendo muy bien. Salud

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