LA MONTAÑA COMO PASIÓN, COMO ESCENARIO INFINITO SOBRE EL QUE DISFRUTAR INTENSAMENTE DE LA VIDA,
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DONDE LOS AMIGOS, EL ESTILO Y LAS FORMAS CUENTAN, Y MUCHO

sábado, 1 de agosto de 2020

Bautismo de acampada

Bautismo de acampada
Viernes 10 Sábado 11 Julio 2020
Taranes-Tiatordos-Taranes


Se me había escapado el verano anterior sin hacerlo, y tenía unas ganas de la leche. Sabía que iba a ser una experiencia estupenda para ellos, y así fue. 

Lo hablamos Rafa y yo: sus niños y los míos son buenos amigos, e iguales de edad. Buscamos un buen fin de semana a efectos de coordinación de agendas. Cuando lo teníamos ya organizado se apuntaron varios sobrinos más de Rafa, eran dos y de catorce años, así que más autónomos que los nuestros. A última hora se nos unió otra sobrina más, de once años. Finalmente éramos toda una expedición: Rafa y yo de adultos, una niña de siete (Jimena), un niño de ocho recién cumplidos (Félix), tres de once (Carmen, Javi y Rafa), y dos de catorce (Jaime y Javi).



Buscar un sitio donde plantar unas tiendas de campaña para pasar la noche en una región como Asturias, donde la naturaleza es exuberante y la variedad y cantidad de paisajes idílicos  es enorme, empieza a ser absurdamente complicado. Las restricciones de los distintos parques y territorios son muy grandes. En algunos casos rozando el absurdo. Es mi opinión.


Rebelde por naturaleza, tiendo a pasar de estos temas y hacer lo que me parece. Por supuesto siendo respetuoso con el medio y con la gente que lo habita. Simplemente me parece absurdo prohibir que alguien llegue a un sitio por la tarde, plante su tienda para pasar la noche, y la retire a la mañana siguiente. 
Con los años acumulo experiencias sorprendentes, como que vivaqueando al pie de la canal de Pedabejo un guarda nos despierte a las siete de la mañana y nos obligue a levantarnos porque está prohibido vivaquear, mientras él subía en ese momento con cuatro cazadores a pegar tiros, que sí está permitido. Que yo no pueda vivaquear en Áliva, pero que sí puedan estar pasando  los todoterrenos taxi durante todo el santo día por la pista... O que hablen de cerrar al tránsito remotas canales del Cares, pero a la vez organicemos carreras de montaña con cientos de participantes…
En algún punto de mi interior, me resisto a que me digan que no puedo tirarme a descansar en el suelo, ya sea en una tienda o incluso al raso. Me parece simplemente el colmo.
Lo cierto es que, al ir con unos cuantos niños, lo razonable era buscar un sitio “legal”.
Así las cosas, las opciones estudiadas por Rafa nos dirigían hacia Ponga. Esto nos hacía tener algo más de coche, pero podíamos estar más tranquilos con el plan. Ponga es un paraíso. El plan era:
Salir el viernes tarde desde Taranes (573 m), subir la Foz de la Escalada y seguir hasta la majada de Entregüé (1.350 m) para acampar. Esto nos daba unos 800 metros positivos para la primera jornada: más que suficiente para niños pequeños y para padres cargados más de la cuenta.
Al día siguiente el plan era subir al Tiatordos (1.951 m), es decir, otros 600 metros positivos. Luego volver a la majada, recoger las cosas que habríamos dejado allí, y bajar de vuelta al coche: unos 1.400 metros de bajada, que con los típicos acumulados adicionales andarían más por los 1.600… 
Es decir, el plan era ambicioso, como nosotros.
Menos ambiciosa se me quedó la cara cuando antes de salir de casa pesé la mochila: rondaba los 18 kilos... Hace años que evito portear más de la cuenta: la cadera sufre mucho y con ella el resto del cuerpo. Lo cierto es que escalando en el monte, es más que habitual portear 12 o 13 kilos, especialmente en invierno cuando le sumas los piolets, los crampones y ropa adicional. Pero si hasta ese rango parece que lo llevo más o menos bien, estos 5 kg extra los voy a notar. Y cuánto!
El tiempo está algo revuelto: en el trayecto en coche ha llovido a ratos, y al llegar a Taranes el cielo está gris marengo y la nube baja no deja ver las cumbres. Tras un rato organizando mochilas, comprobando que todo el mundo lleva lo que tiene que llevar, y que no nos dejamos en el coche nada importante, arrancamos desde el pueblo en una cuesta intensa que no nos va a dar cuartel en mucho rato. 
Los niños van frescos, y con ciertas maniobras de despiste con los más pequeños vamos cogiendo altura sin mayores protestas a pesar de ganar desnivel de manera continua. La primera parte, la Foz de la Escalada, tiene el camino empedrado y está resbaladizo. Hay que prestarle atención para no tropezar. Al salir de la Foz, cambiamos de desfiladero a bosque: un hayedo precioso en el que nuestro camino está absolutamente embarrado: esto, de nuevo, que a priori es un hándicap, resulta ser beneficioso porque despista a los niños respecto a la cuesta. La misma nube que nos envuelve y empapa, no deja ver cuánto queda, y eso siempre es mejor para la cabeza. No hace calor, pero el esfuerzo hace que vayamos cómodos en camiseta. Lo único malo los pies, que se van mojando.
Fuera del bosque nos queda remontar hasta un collado y luego llanear algo hasta las cabañas.
Aún por debajo del collado nos cruzamos con un pastor, que con un perro y un mulo, viene de la majada de nuestro destino. Nos informa de que la nube lleva instalada allí varios días. También nos confirma que tenemos agua en la fuente. Esto nos relaja porque era una preocupación adicional para Rafa y para mí. Nos orienta de que nos queda aproximadamente hora y media.
Desde aquí las quejas y reclamaciones ya se generalizan. Excepto Rafa niño, Jaime y Javi, que van en cabeza tirando del grupo y esperando cada poco, los demás nos increpan, nos protestan, nos amenazan. El motín parece cercano…

Cuando ya afloja la cuesta, empezamos a verle color al tema. En pocos minutos llegamos a la majada de Entregüé en mitad de la niebla. Hemos tardado dos horas y media: ¡lo hemos hecho realmente bien! 
Buscamos el punto óptimo para acampar y nos ponemos inmediatamente a ello. Nos abrigamos porque con la sudada, al parar se nota el fresco. Mandamos a los niños más proactivos en busca de la fuente (que no encuentran). Mientras, Rafa y yo montamos las tres tiendas. Tan pronto están listas nos metemos directamente cada uno en la nuestra. 



El termómetro de Rafa indica 13 grados. Cambio de ropa integral para los niños: tienen los pies totalmente encharcados (los míos están bastante bien). Una vez cambiados y abrigados, el hambre es la siguiente necesidad a atender. Cenamos empanada, macarrones con chorizo, fuet, galletas, chocolate… Como limas. Llamada a casa para saludar a Mamá; a pesar de la mala cobertura lo conseguimos. Al terminar, un pis y para el saco. Entre una cosa y otra han dado las once de la noche y tras unas pocas risas intercambiadas entre tiendas, nos dormimos como lirones.  





Amanecemos a eso de las siete, de nuevo entre risas. Es lo que tienen los niños, que se ríen mucho. Deberíamos copiarles algunos.
Seguimos medio metidos en la nube, pero ya se intuye el sol cerca. Después de desayunar y vertirnos, desmontamos las tiendas y metemos todas las cosas en el soportal de la cabaña del paisano de ayer.
Así, de ligeros, arrancamos hoy hacia nuestra montaña destino. El Tiatordos (1.951 m) es una montaña emblemática de la Cordillera Cantábrica. Su prominencia a pesar de la cota moderada, su espectacular caída en la vertiente Este, sus vistas, el entorno que lo rodea… lo convierten en una cima destino.
Salimos de la majada bordeando en subida suave, cruzando laderas de helecho, algún bosquecillo aislado, y camperas más abiertas. Pronto el sol nos acompaña, y por debajo de nosotros se extiende un espectacular mar de nubes que deja a los niños con la boca abierta.
Tras un rato de cuesta suave, nos enfrentamos ahora a la ascensión propiamente dicha, donde la pendiente vuelve a ser intensa. Tenemos que debatirnos entre frenar a los impetuosos, Rafa y Javi, y animar a los pequeños. 
Un rebeco sobre un saliente rocoso se recorta contra el mar de nubes: los niños encantados.


Subimos muy bien y alcanzamos la cumbre sin sobresaltos. Las vistas son tremendas.
Llegan otros montañeros que nos saludan, especialmente a los más pequeños, que se sienten ufanos.
Comemos y bebemos, nos sacamos fotos, identificamos cumbres en la distancia… Lo clásico de hacer monte.


Al cabo de un rato emprendemos la bajada, con cuidado en las zonas más rocosas, y vamos recorriendo de vuelta el camino de hace un rato.


De regreso a la majada hacemos alguna parada breve a descansar. Cruzamos bastante gente que viene de la vertiente de Caso, Pendones, pero también algunos de nuestro lado, Ponga, Taranes.
En la majada, a mediodía ya, hacemos una comida copiosa y rearmamos las mochilas. 




Un buen rebaño de vacas con toro incorporado nos acompaña, han venido a la majada a beber. La nube vuelve a bajar y para cuando salimos caminando ya estamos metidos en niebla otra vez.




La bajada se hace larga, especialmente para Jimena y Félix. Los demás van entretenidos con los resbalones en el barro, alguna culada, y su charleta.
Llegamos al coche cansados, yo tengo una buena fundida.
Nos cambiamos de ropa y calzado, totalmente embarrado, y nos vamos a tomar una cocacola-acuarius-helado-claraconlimón según el gusto de cada cual.


Ha sido una experiencia estupenda. Los niños lo han pasado fenomenal, y a pesar del cansancio ya nos van preguntando por cuándo va a ser la siguiente…

jueves, 9 de julio de 2020

Por los Portillines con cuidado

Sábado 20 Junio 2020
Rubén Díaz 
Integral Portillines (2.258 m) desde Arista Sureste

No es fácil encontrar compañero para según qué cosas. En general, para ir al monte a escalar no sobra la gente. Si además le sumas que la actividad en sí tiene una fama regular, la cosa se complica. Además, ya no es solo que no sobre gente, sino que para estas cosas tampoco me ato con cualquiera. 


El Macizo de Ubiña, por cercanía a casa y poca complicación logística, sumado a su enorme atractivo, concentra muchas de mis salidas al monte. Así las cosas, con los años he ido subiendo a la mayoría de sus cumbres (no me las doy de coleccionista ni mucho menos), y repitiendo los itinerarios más atractivos y fáciles de coger en condiciones. 


De entre las cumbres principales que tenía pendientes, me quedaban varias de las de los Portillines (solo había ascendido hacía muchos años al Oriental).

Los Portillines se ven muy bien desde el parking del pueblo, destacando afilados a la derecha de Peña Ubiña. Ese perfil llamativo es el Oriental. Detrás de este se solapan una serie de cumbres casi idénticas de cota, en diente de sierra, hasta la última cumbre, el Occidental, que cae luego hacia la Pasada del Siete. Se trata por tanto de unas cumbres menores en altura que sus vecinas cercanas, Siete, Crestón, o Fontánes, pero que resultan bastante esquivas por no presentar accesos sencillos, y porque su roca “estilo Lego”, es decir, desmontable, les precede.


Hace ya muchos años que Miguel me había recomendado hacer la arista Sureste que mira directa al Meicín: en ella habían hecho él y sus compiches sus primeros escarceos de escalada. Por una cosa o por otra, no había ido nunca. También me imaginaba por estos terrenos a generaciones muy anteriores a ellos, como el Boti y el Noi, amantes de Ubiña, cuando venir aquí era poco menos que una expedición…


Hace año y medio, en una fase muy seca del invierno, Nando, Juaco y yo nos metimos en ella, pero nos tocó retirar a media arista: ese día íbamos lentos, era diciembre, no la conocíamos… Desde entonces, como siempre pasa cuando te rechaza una actividad, la tenía en la lista de pendientes. Bueno, por eso y porque las referencias de varios amigos respecto a esta primera parte eran buenas.

Rubén ya la había hecho con un colega y no le pareció tan rota, quizá algo cutre en algún sitio: su criterio para mí es válido, escalamos parecido y tenemos gustos similares. Así que, como no le importaba repetir, para allá que nos fuimos.


Salimos a las siete de casa. A las ocho y poco estamos aparcados en Tuiza, donde hay un montón de coches ya. Cogemos una cuerda de 8.1 mm, y un pequeño rack de material: cinco cintas, seis fisureros, cuatro Friends y unas cintas largas. Así, de ligeros, arrancamos cuesta arriba. Hasta el Meicín ya pasamos algún grupo numeroso que sube a disfrutar alguna de las cumbres del macizo. 

El día está despejado, nube en los valles por debajo de nosotros. En la fuente que hay camino a la Forqueta cargamos agua y salimos hacia el pie de la arista Este del Portillín Oriental. Ya hay un buen desnivel hasta aquí, pero hemos venido rápidos.
Bajo la canal herbosa de entrada nos ponemos el arnés, el casco, echamos un trago, y salimos para arriba. Son las nueve y media. Rubén se ha puesto los gatos, yo sigo de botas. Vamos desencordados pero listos para atarnos cuando proceda. 

La cosa es que tiramos sin atar un buen trecho: la escalada es fácil, y la roca en general buena. Ante un tramo más aéreo nos atamos, primero en corto, luego estiramos un largo, luego en corto de nuevo. 

En un momento dado me encuentro un camalot del 0.75 nuevecito, pero no me hago muchas ilusiones porque creo que sea de Gelo, pues vi fotos suyas de días atrás haciendo la misma escalada. 


Superamos el punto en el que me retiré en su día: desde aquí coge un poco más de ángulo pero sigue fácil y bonita. Tras dos largos salimos al tumbao: quitamos gatos, recogemos la cuerda y nos vamos a la cumbre caminando.



Pocas veces he hecho algo recomendado por Miguel que no me gustara. Teníamos un gusto parecido por la escalada, por supuesto él con más nivel. Gran tipo Miguel, sigue siempre a mi lado cuando estoy de monte.



Hacemos cumbre a las once y diez. Poco más de hora y media para la escalada: con Rubén las cosas son rápidas. Mientras comemos un bocado confirmo con casa que no me esperan pronto, así que decidimos continuar hacia la arista del resto de los Portillines (esta sí tiene más fama de rota).


Gente por Ubiña, Castillines, Siete, Fontanes... 



Arrancamos a por la cresta, primero caminando, destrepando alguna zona fácil, trepando otras. Por momentos se va poniendo aéreo. Vamos de botas y sin atar: encontramos varias instalaciones rápel que destrepamos. Flanqueamos alguno de los torreones secundarios de la zona intermedia. 


A ratos vamos por el norte, colgados sobre Cuevapalacios, a ratos por el sur, colgados sobre Covarrubias. Hay dos destrepes que realmente me parecieron delicados, en los que no puedes fallar, y donde a qué te coges es importante. Quizá no tenga sentido apurar tanto alguno de estos… El caso es que seguimos a pelo.



Encontrar el mejor camino es lo más importante. En algún punto reculamos para buscar mejor paso.


Al cabo de un rato ya estamos en las instalaciones de rápel que nos van a dejar en la Pasada del Siete, terminando la actividad. Son tres rápeles cortos, el primero apenas ocho metros, por el mismo filo. El segundo unos quince metros, oblicuo desde la vertiente norte hacia un collado. El tercero y último, el más largo, en torno a veinticinco metros, nos posa ya en terreno de caminar. 


Las instalaciones son clavos o cintajos abrazando bloques, alguno de ellos aparentemente “posado”. Solo el tercero es realmente aéreo y obliga a cargar el peso en la reunión. Los otros son casi destrepes asegurados.


Miramos la hora: la una menos diez.  Aproximadamente hora y media desde la cumbre Este. 

La actividad es estética, alpina e interesante. Pero tiene que gustarte el barro. Mejor que seas ligero moviéndote sin cuerda, o puedes echar allí una larga jornada.

Bajamos hacia el Meicín primero, y hacia Tuiza después charlando de mil cosas, hablando de nuestros hijos, de amigos, de lesiones y salud, de planes para el futuro… 

En Tuiza no había visto tantos coches en treinta años que llevo viniendo.

Paramos a tomar una cerveza en Casa Angel, en Espinedo. El sitio me recuerda a María y a Almu, y con ellas a Majo, a Santi, a Carmen, a Manuela… que ya hace años que se fueron, antes de tiempo, pero que para algunos siguen muy presentes. Como el caso de Miguel, su recuerdo también me dibuja una sonrisa en la cara. Señal de que fue gente con la que fui feliz. 
La vida.

martes, 23 de junio de 2020

Facciamo finta che tutto va ben

27 Mayo 2020
Picos de Europa, Macizo del Cornión, Contrafuertes del Jou Lluengu, 
2 vías de unos 150 metros, máximo 6a
Alberto Boza

No hay nada como que te quiten algo, para apreciar realmente cuánto lo necesitas.


Facciamo finta che…
Tutto va ben, tutto va ben
Facciamo finta che tutto va ben
Che il cielo sia costantemente azzurro
Che il sole splenda sempre allegramente
Che tutto quanto sia sempre sereno
Ruscelli, prati verdi e arcobaleno
Facciamo finta che…
Tutto va ben, tutto va ben
Facciamo finta che tutto va ben


Che il povero sia in fondo un gran signore
Che il servo stia assai meglio del padrone
Che le persone anziane stian benone
Che i giovani abbian sempre… un’occasione


Facciamo finta che…
Tutto va ben, tutto va ben
Facciamo finta che tutto va ben

(Tutto va ben, tutto va ben)


C’è la salute (tutto va ben)
Sian tutti amici (tutto va ben)
Siamo felici
Facciamo finta che…
Tutto va ben, tutto va ben
Facciamo finta che tutto va ben


Facciamo finta che…
Tutto va ben, tutto va ben
Facciamo finta che tutto va ben


Facciamo finta che…
Tutto va ben, tutto va ben
Facciamo finta che... tutto va ben


Primera salida al monte tras el encierro.
Tres días desde que nos levantaron parcialmente las restricciones y ya no podemos esperar más. 



Madrugón. Quedamos en Nava. Mascarillas en el coche, comentando el episodio tan excepcional en el que seguimos inmersos. Dos horas de pateo hasta la Mazada, aquí ya hablando menos, el ritmo de Alberto no me da tregua. 
Dejamos las mochilas en la collada. Bajamos caminando con el material hasta el fondo del Jou, y empezamos a trepar eligiendo el camino por entre las múltiples opciones. Después de un primer zócalo muy disfrutón de unos cien metros, llegamos a la terraza donde arrancan las vías que Alberto abrió con Marco Rodríguez, conmigo y no sé si con más gente, en ocasiones diferentes. Elegimos una combinación de las que yo no conozco. Entramos por la “Tumbarrial Extremo” y a la mitad derivamos a su izquierda a por otra con una estética fisura. La tónica es la que recordaba: grado moderado, muy pocos seguros emplazados, y un tacto de roza increíble que recuerda a la Este del Picu (o mejor) y sin nada de vegetación a pesar de la cota moderada en la que estamos. 
Llegamos arriba, saludamos a unos chavales y bajamos a las mochilas a echar un trago. El sol aprieta. Diez minutos después estamos bajando de nuevo al pie de vía, esta vez nos vamos más a la izquierda, a la llamada “Objetivo Braila”. Esta busca un característico techito y lo cruza aprovechando una fisura ancha (paso de 6ª a controlar). Luego continúa más suave pero igual de buena. 
Yo estoy cansado, noto en las manos y los pies la falta de escalada. Decidimos dejarlo por hoy.
Después de comer y beber, y recoger las cosas, arrancamos tranquilamente de vuelta para abajo disfrutando las vistas.



Dos vías de escalada sobre roca de una calidad excepcional, con vistas próximas a Fuente Prieta, las Cebolledas, la Torrezuela, y más lejanas a la cordillera. Reencuentro sensorial.
Qué guapos son los Picos, qué caliza tienen y qué poco se necesita para disfrutar de la vida. 

La mascarilla en el coche nos vuelve a recordar la extraña situación que vivimos, pero Facciamo finta che tutto va ben.

Gran día con Alberto.


viernes, 15 de mayo de 2020

Como un Marqués

Después de dos meses de reclusión montañera obligada, justo se cumple hoy un año de esta salida que me dejó muy buen sabor de boca.

Miércoles 15 Mayo 2019
Peña Santa de Enol (2.478 m) Corredor del Marqués,


Festivo en el curro y buena previsión meteorológica. Las opciones de ir a escalar en roca fueron superadas de largo por las enormes Ganas de Monte.
La temporada invernal en Picos estaba muy avanzada ya y la nieve en retroceso. Con todo, aún quedaba de la Fragua para arriba una buena capa. Con el sol circulando ya bien alto, se podía poner bien pesada a partir de mediodía.

A las ocho en Pandecarmen.
Por el camino a Vegarredonda nadie. Normal para un día de semana. Además, el refugio está cerrado. Cuando arranca la nieve hay huella, pero de raquetas y no reciente. Desde el desvío a los pies del Porru Bolu apenas nada. Se ve que la gente casi no pasa de aquí para arriba.

Collado de La Fragua. Son las diez. Cómo cuesta llegar aquí… Descansar un poco y comer algo. Mientras mastico, recuerdo cuando hace ya años estaba aquí como hoy, sentado solo, aquella vez camino del Torco.  Desde aquí empiezo a mandar mensajes a Fer, comentando por dónde voy y qué tal está la cosa.

De nuevo hacia arriba. En mitad de las Barrastrosas y sin huella reciente, baja un paisano que subió solo ayer a vivaquear. Me dice que ha estado encantado, una noche estrellada espectacular. Vaya guapo, pienso para mí. Inevitablemente me recuerda a Miguel, que hacía estas cosas a menudo, especialmente en los periodos en que no escalaba. También recuerdo bien vivaquear con él aquí en las Barrastrosas, siendo yo un guaje. Le comento al paisano que daré un paseo, quizá hasta el Jou Santu. No me apetece explicarle lo que pretendo hacer, aunque no sea nada del otro mundo. Nos despedimos.

Me quedo de repente con la sensación (con la realidad) de estar ahora solo de verdad: no hay nadie más por encima de mí en el macizo, al menos en esta vertiente norte. Sigo hacia arriba meditando la situación, y buscando el mejor camino sobre leves marcas de huella vieja hacia el pie de vía.


El Marqués solo.
Yo ya había hecho antes el corredor del Marqués sin cuerda. Hace de eso ya muchos años, iba con Miguel. Ese día también lo destrepamos. Y lo cierto es que estando la nieve en condiciones no presenta mayor complicación.

Lo que pasa es que no tiene nada que ver el hecho de estar por allí con un colega y, en un momento dado decidir subir sin atar, que salir ya de casa solo. Con premeditación y alevosía.

Antes de venir había confirmado las buenas condiciones con Martín, que había pasado con un cliente recientemente: me decía que yo lo destrepaba sin problema. Fer, más precavido, me recomendó llevar una cuerda: incluso el primer largo, bajando lo podía fraccionar en relevos montados, de forma que con 30 metros podría bajarme sin problema. Algo más de peso, pero la seguridad extra también cuenta. En la mochila los dos piolets, los crampones, el arnés, la cuerda de 8.1 mm 60 m, tres express, cuatro fisureros y dos clavos de roca por si acaso.

En uno de los últimos bloques despejados antes de la rampa final me paro a poner el arnés, los crampones, preparar los piolets. Comer algo. Mensaje a Fer.


Me queda la última rampa de la Cemba Vieya, pero todavía me supone casi media hora. Vengo sin ninguna prisa.


Hacia las once y media estoy finalmente en el pie de vía, justo donde comienza la travesía oblicua con algunos pasos en mixto para coger el arranque del corredor. Aquí a veces está delicado. Hoy no tiene misterio. Afianzando los piolets y los crampones, agarrando algo de roca en algún momento, me remonto ya hacia el tramo más tieso, a unos 60 grados, y que suena algo hueco por debajo.


Desde aquí subo sin más, solo dosificándome, porque al no parar ni tener que esperar por nadie ni por nada, no hay reposo. Voy superando las reuniones intermedias, con esos clavos y cordinos que cada año reponen los guías.


En veinte minutos estoy anclado a la última reunión, mirando el diedro final. Recupero una cinta cosida y un mosquetón de seguridad de Martín; lo olvidó el cliente…


Mensaje a Fer. Se ve con suficiente carga, y aunque aflora hielo no parece delicado. Me remonto sin problema, mirando bien en los tramos más finos. En unos minutos estoy haciendo la travesía final para salir a cumbre.


Las doce y cuarto. Cumbre. Cuarenta minutos desde la entrada,  escalar solo es muy rápido. Llegar aquí solo y sin nadie más alrededor es toda una sensación. Hace sol, no hay viento, no hay frío, parece hasta raro que no haya nadie más. Mensaje a Fer.


Mi única compañía es un pequeño ratón que vive a dos metros escasos del buzón de cumbre, y al que el hambre le resta vergüenza: se asoma a intentar coger alguna miga de las que me van cayendo.

360 grados de vistas espectaculares.
Al cabo de un rato salgo para abajo. Teniendo la cuerda decido montar el rápel del diedro. Sé que con treinta metros llega justo, pero llega a la reunión de su base. Lo monto y me tiro abajo. Al llegar me pongo a recuperar la cuerda y cuando ya solo le queda librar la reunión, se atasca. Mmmm. Tengo que volver a trepar el largo hasta arriba para soltarla. Se ha atascado justo la cinta del cabo al girar en el maillon. Monto ahora sobre otra reunión vecina de clavos más viejos pero con menos roce. Rapelo y recupero ahora sin problemas.


Recojo la cuerda y continúo por el corredor destrepando con cuidado sobre mis leves huellas de hace un rato.
A ratos me paro a observar, disfrutar las vistas y la sensación de estar aquí a mi aire.
El tramo final para llegar a la primera reunión es un poco más aéreo. Afianzo los piolets y los pinchos.



La una y cuarto cuando me anclo a la reunión del primer largo para montar otro rápel. Bajo en oblicuo hacia la derecha, evitando la parte más aérea. Cuando consumo los treinta metros me anclo a otro relevo más precario. Recupero y vuelvo a montar rápel. De este ya llego al pie de vía, en el empinado nevero de la Cemba Vieya.


Ya estoy en “el suelo”. Mensaje a Fer.
Recojo la cuerda y bajo a buscar el sol sobre uno de los bloques. Aquí me quito el arnés, recojo el poco material que he traído, y me como lo poco que me queda.


Desde aquí ya es más rutina. Caminar. Pero con todo, sigo teniendo el macizo entero para mí y ese es un privilegio que no se tiene muchas veces.

Manadas de rebecos y vistas a la mar

A medias Barrastrosas, manadas de rebecos corren por los neveros huyendo del intruso.
El resto del día hasta el coche no encuentro a nadie. A las cinco ya me estoy cambiando junto al coche, para ir para casa.

Llegando a Covadonga, en una curva de la carretera me paro a ver un quebrantahuesos espectacular posado en un prado cercano.



Uno no se cansa de hacer cosas como el Corredor del Marqués. Al menos yo.