LA MONTAÑA COMO PASIÓN, COMO ESCENARIO INFINITO SOBRE EL QUE DISFRUTAR INTENSAMENTE DE LA VIDA,
DONDE ESCALAR, ESQUIAR, PEDALEAR, CORRER, CAMINAR...
DONDE LOS AMIGOS, EL ESTILO Y LAS FORMAS CUENTAN, Y MUCHO

jueves, 8 de diciembre de 2011

Steve House en la distancia corta

Martes 29 Noviembre 2011
Steve House, Eva House y Martín Moriyón
Picu Urriellu (2519 m), Cara Este, "Amistad con el Diablo" 350 m, V+


Verano 2011. Cumbre del Mera Peak (6476 m), Nepal. Este fue el sitio escogido por Steve para pedirle a Eva que se casara con él. Sacó de la chaqueta el anillo, que había comprado de estrangis en el aeropuerto de Nueva Delhi, y se arrodilló como mandan las tradiciones americanas. "No tuve opción" nos dice Eva, "Toda la ascensión fue muy fácil, nada técnico, a excepción de una travesía final para llegar a la cumbre, muy aérea. Sólo llevaba un bastón de esquí y Steve me aseguraba. Si no le digo que sí quiero, ¡a ver cómo bajaba de allí!"  "Todo había sido planeado en detalle para que no tuviera escapatoria" confirma Steve. Se partían de risa contándonoslo. Bajábamos camino de Pandébano, con las últimas luces del día, después de disfrutar de una estupenda jornada de montaña.

Cuando hace un par de meses recibí la llamada de Alejandro, fue una sorpresa. Por un lado me encantaba poder conocer y escalar con un tío como Steve House, en mi "topfive" desde hace años. Por otro lado, lo de traducir su proyección me daba respeto, no tanto por entenderle y traducir simultáneamente (que también, claro), como por el hecho de hacerlo delante de un teatro Jovellanos lleno, osea, delante de quinientas y pico personas. Una tarde en el curro, me suena el móvil, era Steve, me llamaba desde Austria por cuenta de Alejandro para convencerme. No hizo falta más, su inglés es muy claro, su pronunciación muy fácil de seguir.

El domingo los fuimos a recoger al aeropuerto, y desde el minuto uno nos parecieron muy majos, tanto él como ella, cercanos, sencillos. Esa tarde paseamos por Gijón, puerto deportivo, Cimadevilla, plaza Mayor... Tomando un café repasamos la proyección en el portátil y después yo me fui a casa. Alejandro los llevó a cenar al Playu, un sitio popular de comida excelente que les encantó.

El lunes yo trabajo, pero Martín los acompaña a escalar: acertadamente escoge Quirós, un sitio histórico a parte de muy guapo. Los sectores del Ventolín y la Candela les hicieron afinar los movimientos sobre las gotas de agua, siempre con vistas al valle, al Aramo, al embalse, a Peña Rueda.

La clásica danza de Quirós
Por la tarde, después de currar, yo llego al teatro hacia las seis y media: últimos retoques y pruebas. Cambio de proyector. Las ocho llegaron rápido y el teatro estaba prácticamente lleno, como era de esperar. Muchos conocidos. Los nervios de última hora se me pasaron nada más empezar. Steve transmite tranquilidad: no es porque lleve muchas proyecciones (de hecho, esta temporada en Europa sólo tiene unas doce en tres meses), creo que más bien es por su forma de ser.
La hora y tres cuartos de proyección se me pasó volando. Salvo algún momento en el que tuve que improvisar un poco, la traducción creo que fue bien, y por las risas del público, conseguí transmitir las bromas, y las ironías de Steve. Seguro que también había mucha gente que lo entendía a él directamente.
En el tiempo de preguntas al final, no previsto inicialmente, Steve respondió al público dejando clara su opinión respecto a las expediciones comerciales o al oxígeno artificial en los ochomiles.
Cuando se desalojó el teatro, después de sacarse unas fotos, estrechar manos y firmar algún autógrafo, nos fuimos a cenar al barrio del Carmen. Los excelentes pescados de El Candil nos dejaron a todos el buen gusto de la comida tradicional: Alejandro ha escogido bien y se lo agradecemos: no dejamos ni las migas. No obstante, retiramos pronto, al día siguiente íbamos a madrugar bastante y ya eran casi las doce.

Seis de la mañana, café rápido, recojo a Martín y nos vamos hasta el hotel a por Steve y Eva, que se acomodan en el coche con pocas palabras, hay sueño. Arrancamos autopista alante. 
El destino ya está escogido, pero tuvo su reflexión. Era importante que fuese un sitio bonito, que les dejase buena impresión de nuestras montañas. A la vez debería ser significativo, histórico. También quería que la vía escogida fuera de calidad. Por último, estaba el factor de las condiciones, las meteorológicas y las de nieve: a finales de noviembre en Picos todo suele estar blanco, mojado, y frío. 
Este año apenas ha nevado aún, y para el martes daban buena previsión, así que podíamos plantearnos subir a escalar sin botas ni piolets, que es como Steve y Eva habían venido, y como Martín y yo nos habíamos equipado en solidaridad. Con todo esto en la cabeza, optamos por Urriellu, y dentro de Urriellu la Este, y dentro de la Este la "Amistad con el Diablo". La vía de 1980 de Iñiguez y Marín es una cinco estrellas por su trazado, su elegancia, su escueto equipamiento, la calidad de su roca y por su historia. Ni a Martín ni a mí se nos ocurrió mejor opción (y no nos defraudó).
Llegamos a Arenas con el termómetro por debajo de los diez grados. Eva prefiere dormir mientras nosotros vamos a desayunar. Pronto volvemos al coche y subimos hasta Pandébano, donde nuestro coche es el único junto con otro.
Estudiamos el material a subir y cogemos, para cada cordada, unas ocho o diez expres, largas en su mayoría, un juego de friends, uno de fisureros y unas cintas largas. Vamos con una cuerda de 9.2 mm simple: rapelaremos juntos. Les prestamos cascos, guantes y bastones de esquí. También una mochila pequeña.
A las nueve menos diez estamos empezando a remontar los prados helados hacia el collado. Steve y Eva llevan las mismas zapatillas con las que estaban ayer en la proyección, no han traído nada más. No quieren sudar demasiado ya que llevan camisetas de algodón, pero aún así subimos rápido. Vamos hablando sin parar: Martín y yo preguntando de todo, de distintos sitios, vías, estrategias, de todos. Steve responde en detalle. Los dos van comentando lo guapo del paisaje.
De Vallejo para arriba el viento es fuerte y frío. La vista de la nieve nos hace dudar de si podremos conseguir nuestro objetivo.


Llevamos menos de dos horas cuando, a punto de coronar la canal de la Celada, paramos a abrigarnos y comer algo. Desde aquí para arriba, la nieve dura domina el paisaje: estamos claramente al límite de lo recomendable con nuestro calzado, sin piolets ni pinchos.


En el pie de vía le paso la guía a Steve, que irá delante disfrutando el descubrimiento a vista. En el momento de empezar a escalar está frío, pero al sol y cuando amaina el viento, se está muy bien. Aún así, ellos van con el plumífero puesto, y nosotros con la chupa, y a ratos hasta con la capucha.

Largo 1, Steve sube en zapatillas. Le sigue Eva, luego Martín y por último salgo yo.



Largos 2 y 3: Steve los empalma. Detrás sale Eva, luego tiro yo y me sigue Martin. Sesenta y pico metros de calidad total.



Largos 4 y 5, Steve los vuelve a empalmar. Casi setenta metros buenísimos. Damos algo de margen a Eva y sale Martín. En las reuniones te quedas frío: se ven guantes puestos.


Una caliza difícil de mejorar

Largo 6, Steve lo estira más allá de la reunión oficial, que no ve por estar medio tapada entre la nieve, y la monta sobre friends unos ocho metros por encima. Yo me paro en la reunión, al saber dónde está, voy a tiro fijo. Empieza a haber bastante nieve y el sol ya nos abandona. El frío aumenta.



Ambientazo alpino

Largo 7, hasta debajo del Rompetobillos. Nieve por todas partes, para evitarla hay que moverse bastante. Tapa las fisuras y el fondo de los diedros. El ambiente es muy alpino. Martín va lento esperando a que Eva lo complete. Cuando llego yo a la reunión estoy helado y le pido a Martín que tire delante.


Largo 8, el Rompetobillos. Tiene un montón de nieve justo encima del paso clave. Cuesta encontrar las presas y los emplazamientos de los seguros. Martín resuelve sin problemas.


Al poco rato estamos todos juntos al sol del Anfiteatro: protegidos del viento la cosa cambia. Dejamos las cuerdas y el material y salimos para la cumbre. El ambiente está espectacular, la arista y la cumbre nevadas. Sacamos las clásicas fotos de recuerdo.


Todos estamos contentos: la actividad ha sido preciosa. Sin los yankees yo ya estaría encantado, pero estando además con ellos, simplemente ha sido perfecto. Un poco más de nieve y no pasamos (o las habríamos pasado de a kilo).



Destrepe y rápeles sin problemas, y nos plantamos en la base rápidamente. Recogemos las pocas cosas que habían quedado en el pie de vía y salimos para abajo de vuelta a la civilización.

El Gallo currando como el que más
El ritmo vivo de Steve nos marca el paso. Vamos otra vez hablando sin parar de montañas, de vías, de países, pero también de estilos de vida, de las diferencias entre América y Europa, de mil cosas. Antes de la Terenosa sacamos una frontal para Eva, que nos ayuda a todos en esta parte final del camino. Al llegar al coche miro la hora: diez horas desde que empezamos esta mañana. Diez minutos más tarde empieza a llover: hemos tenido mucha suerte.

Tomando una cerveza en Arenas, aprovecho para sacar el libro y que Steve me lo firme:
"The simpler you make things, the richer the experience becomes" 
Esta frase es parte de la dedicatoria que me escribe. También está en las camisetas que traía para vender. Claramente es su filosofía de vida: cuanto más simples haces las cosas, mejor es la experiencia.


Los dejamos en el hotel y nos vamos a casa. Al día siguiente y el resto de la semana hasta el domingo (habían cambiado el billete de vuelta del miércoles al domingo), irán con Martín a escalar, a pesar del mal tiempo, el jueves a Poo junto con Fer, y el sábado a Muro Techo. El gallo se hace algún 7b a vista. Lo pasan fenomenal.

Apretando en Poo
El viernes por la tarde quedamos para tomar una cerveza y conocen a Paula y a Javi.  Nos preguntan por cosas como los horarios de nuestros trabajos, los de las guarderías, por cómo nos arreglamos... Desde que llegamos Steve juega con el niño sin parar. Nos despedimos con un abrazo.
Ha sido un verdadero placer conocerlos. Una vez más confirmo que la gente que llega a la excelencia, no importa en qué disciplina de la vida, tienen virtudes en muchas otras cosas a parte de aquellas que les dan la fama. 
Espero que vuelvan por Picos y nos volvamos a ver.

Con Martín, como siempre, un placer. Muchas de las fotos son suyas.

Me viene ahora un recuerdo para Bus, que impulsó la Semana de Montaña de Gijón durante tantos años, y que ahora otros mantienen con tan alto nivel.

6:30 h salimos de Gijón
8:00 h desayuno Arenas
8:50 h empezamos a andar en Pandébano
11:15 h pie de vía
11:30 h empezamos a escalar
15:50 h cumbre Picu
16:45 h pie de vía
18:50 h en el coche en Pandébano
21:00 h Gijón



domingo, 20 de noviembre de 2011

Una opinión a tener en cuenta

Una forma directa de enfocar las cosas, de exponerlas. Una personalidad fuerte, como no puede ser de otra forma en un alpinista puntero a nivel mundial.
Marco Prezelj lo dice en pocas palabras: Las reglas del juego están claras y hay que respetarlas
A pesar de ser una entrevista breve, sus planteamientos no me dejan indiferente. En esta época de inmediatez, de hiperinformación, de facebook, tweeter, y de Blogs! de mirarnos mucho el ombligo, la opinión de este tío me hace reflexionar. Especialmente lo relacionado con los teóricos fracasos, las retiradas, y lo que se extrae de ellos.

viernes, 4 de noviembre de 2011

Otoño en Picos, Espolón Sur al Requexón

Sábado 29 Octubre 2011
Pablo Luque
Requexón 2174 m, Espolón sur 240 m, V+


El gemelo derecho se me está cargando. Llevo varios minutos en esta posición, con muchos kilos en ese pie, y el gemelo está empezando a doler. Mientras peleo sin éxito intentando colocar el fisurero del diez en la parte más estrecha de la grieta, resoplo y alterno el brazo que me sujeta en las presas. La mirada va pasando nerviosa del fisurero no válido delante de la cara, al último seguro, el Camalot del tres, ya por debajo del pie, y de este hacia arriba, a la continuación de la fisura: se ven unos diez o doce metros más, hasta donde corta con el cielo, siempre con ancho para cacharros grandes. Lo que haya después es desconocido. Las dudas me invaden. Mirada al arnés: solo me queda el Camalot del 3.5, el resto es todo muy pequeño, aliens y empotradores… Una vez más, toca retirar.
Tomada la decisión, me centro en el nuevo objetivo: destrepar sin hacerme daño los diez metros de fisura vertical (y hasta con pequeñas panzas) que acabo de superar, y los otros ocho o diez fáciles hasta la reunión. El primer tramo hasta el Camalot azul no es fácil, pero el seguro me da buen rollo. Una vez a su altura me cuelgo para reposar, con la mirada fija en las levas. Intento colocar ahora algo más entre este y el siguiente seguro por debajo, para acortar la potencial caída: no hay opción, así que desmonto el Camalot y continúo destrepando hasta el siguiente, esta vez el Camalot rojo del uno, con mucha peor de pinta. Empotrando el pie izquierdo en la fisura intento quitarle kilos al anclaje, a la vez miro para colocar algo entre este y el siguiente. También recorto las expres, antes alargadas para evitar el roce, ahora acortadas para reducir el potencial vuelo… Repito la maniobra otras tres veces hasta alcanzar el terreno sencillo, aunque de roca dudosa, y hacer travesía hasta la reunión.


Me sangran las dos manos, el frío tensa la piel y las maniobras de empotre en fisura, más las de colocar y retirar los seguros me las han dejado hechas una pena.
La vista ahora solo se nos va hacia el diedro fácil de la derecha, por donde está claro que podemos seguir sin problemas. Antes, desde más abajo, me pareció ver el brillo al sol de un seguro en mitad del muro que tenemos encima, entre la fisura que yo he intentado y el diedro de la derecha. La roca es más fea y ahora ni siquiera miro hacia allí: no parece lógico. Sin pensarlo sigo hacia ese diedro, buscando el hombro que creemos que nos unirá con la vía de Adrados. La nuestra, de Tino Núñez, “Ese azul no se puede pintar” queda para otra ocasión: si va por donde yo lo intenté, se necesitará un buen arsenal de friends grandes.


Los Picos, espectaculares, avanzan hacia el invierno
El plan inicial era ir a las Cebolledas, o al Jou Santu a la Canal Parda, pero la vista de la nieve y el frío intenso desde que salimos del coche ya nos hizo repensarlo desde que empezamos a caminar al amanecer. En Pandecarmen mi coche era el único. No lo entendemos: buena previsión para sábado y domingo, fin de semana de puente, y no hay nadie. NADIE. Increíble.
Llevamos bastante material, por lo que pueda pasar, incluidos friends grandes, y maza y clavos, algo poco habitual en mi mochila. La subida la hacemos en charla animada. A la altura del Porru Bolu nos planteamos tirar al segundo Poyón, pero siendo Oeste la orientación de las vías que nos apetecen, las descartamos por frías.


Al coronar la Mazada pisamos más nieve, dura, prensada: parece que ha llovido sobre ella y luego heló. Nuestras zapatillas empiezan a estar fuera de lugar. Nuevo vistazo a las Cebolledas, están muy guapas, muy alpinas, la nieve les da un carácter de la leche, pero hoy nos vamos a buscar el sol en la sur del Requexón: tiene un par de vías de algo más de doscientos metros, buscaremos la más fácil. El flanqueo hasta la base va por un pequeño Jou muy guapo.

Las primeras trepadas las hacemos con dudas, el croquis de la guía de Cholo y Miguel no vale para nada en este caso, es un dibujo muy pobre (el de Adrados, sobre una foto, es mucho mejor, como pude ver luego en casa). Vamos remontando sin encordarnos por tramos de II y III hasta que en una terraza decidimos sacar el material: tira Pablo por donde le dicta la lógica, apura 50 metros y monta reunión sin haber visto ningún rastro: así llegaremos a la cumbre, sin encontrar nada de nada. Cuando llego a su posición, Luque me pasa el material y tras una mirada rápida tiro hacia lo que parece más lógico, una fisura ancha, que empieza a unos diez metros por encima de nosotros, y se levanta tiesa rayando el muro que tenemos encima, lo más evidente que se ve. El croquis marca 6a+, no hay ningún seguro.



Después del intento frustrado, salgo de nuevo ahora hacia la derecha. Apuro unos cincuenta y cinco metros, con pasos de  IV+, hasta un hombro que me asoma a la otra vertiente de la Sur, por donde sube la otra vía. Sin ver ningún rastro de seguros, monto una reunión en una terraza con algo de nieve.



Luque llega veloz y sale a por el siguiente largo, al principio del cual se pelea con un paso de V+/6a, para apurar luego los sesenta metros de cuerda, por terreno sencillo pero muy guapo, sobre un espolón sin ningún seguro a la vista.


El cielo está ahora gris, con nubes de altura. Sin sol la temperatura baja y en las reuniones te quedas algo frío.
Continúo después yo con otros sesenta metros por terreno sencillo. La cumbre se intuye cercana. Mientras aseguro al hombro, disfruto de las vistas. Nuevo relevo y otros sesenta metros de trepada para alcanzar la cumbre, nieve entre los canalizos y las repisas.




Doscientos y pico metros sin ver un solo seguro, haciendo una combinación entre las dos vías existentes, evitando, eso sí, los largos difíciles de ambas.


Nos abrigamos mientras recogemos los trastos y disfrutamos de los 360º de vistas: el cielo está ahora totalmente nítido, la atmósfera limpia, podemos ver la costa desde más allá de Gijón hasta Llanes, el Sueve, el Cuera, girando hacia el Este, los lagos, Argaos, Cebolledas, Torres de la Horcada, de En medio, la Cabra Blanca, los Estribos… todas estas últimas tapizadas de nieve, anunciando el invierno. Siguiendo hacia el Sur la vertiente de Sajambre, por detrás el Mampodre, Peña Ten, Pileñes, Tiatordos, Pierzu, Mota Cetín…


La bajada, después de los entretenidos destrepes hasta el collado, fue rápida, vamos charlando de la crisis y las perspectivas. En Vegarredonda, más charla de crisis.
Llegamos al coche para ver que apenas hay otros tres más: la restricción de subida a los Lagos se nota.
Ha sido un buen día de montaña, de ambiente alpino, moverse por roca con la mochila incordiando, con el fresco en el aire, algo de nieve por las repisas, de soledad. Cada día me gusta más este estilo de actividad, habrá que repetir.

Gasolinera Villaviciosa 6:30 h
Pandecarmen 8:15 h
Pie de vía 10:45 h
Cumbre 13:15 h
Vegarredonda 16:00 h
Pandecarmen 17:30 h
Gijón 19:30 h

sábado, 15 de octubre de 2011

Vuelta a Fuentescarrionas BTT

Sábado 8 Octubre 2011
Vuelta a Fuentescarrionas (73 km, +1.800 m, -2.300 m)
Dani, Chus, Juan Diego, Alfredo, Santi

Hacia el valle, con la mole del Curavacas dominando el paisaje
La niebla reduce el mundo a unos treinta metros de los focos del coche. Fuera de ese haz todo es gris oscuro. Dentro de ese haz, casi todo es gris claro, con un poco de verde a los lados.
Por suerte, al ser tan temprano no hay nadie. Desde que salí de casa a las cinco y media apenas me he encontrado tráfico, ni en la autopista, ni en la carretera del puerto. Los pueblos aún están empezando a despertarse ahora: solo algunos todoterreno de cazadores delante de los bares.
Corono Tarna y sigo hacia Riaño, la carretera es ahora más ancha, mejor asfalto, la niebla ha levantado un poco, ganando unos metros más de visibilidad, invita a correr más. En la enésima curva del viaje, poco antes de La Uña, un volantazo me libra por los pelos de comerme un caballo, que sorprendido me mira con ojos de terror. Desde aquí levanto un poco el pie, está claro que voy bien de hora. Mejor aflojar, porque me encuentro con más caballos y vacas en la carretera.
De Riaño a Boca de Huérgano se despeja el cielo, la carretera se va secando. Nada más entrar en el pueblo veo la furgo de Dani: aparco a su lado, son poco más de las siete y media de la mañana. Levantarse a las cinco de la mañana el sábado, después de toda la semana currando, para conducir dos horas solo en el coche, ya es señal de afición.
Al entrar al hall del hotel me encuentro con dos tíos con ropas ciclistas, nos miramos y nos autopresentamos: son Alfredo y Juan Diego, este último amigo de varios amigos, a quien ya tenía ganas de conocer. Están bajando a desayunar.
Coordinando la logística de las bicis aparece Santi, el que faltaba del grupo. Somos seis, Dani, Chus, Juan Diego, Alfredo, Santi y yo. Rápidamente nos repartimos en los coches y salimos hacia el alto del Puerto de San Glorio, donde empieza la excursión. En ese trayecto, la luz del amanecer se cuela entre las nubes, colorea las laderas con tonos marrones que no dejan de recordarme a Escocia: el día parece que va a estar bueno.


En el puerto hace frío: son las nueve de la mañana, nos abrigamos y ya sobre las bicis, iniciamos un largo descenso que nos hará perder un buen desnivel, unos 800 metros, primero por carretera y luego por pista, hasta Ledantes, un pueblo muy guapo. Para cuando abandonamos la carretera hacia la primera pista del día, todos estamos bastante fríos: yo sobre todo en las manos. Me veo bastante torpe con la bicicleta, noto los meses de inactividad. Lo del frío no es problema, las cuestas arriba pronto nos hacen entrar en calor y los chubasqueros sobran.




Remontamos por valles de bosques densos, las hayas y los robles esconden algunas cabañas, muy guapas, que vamos dejando atrás a la vez que ganamos altura. La subida es continua, no hay apenas descansos, repechos muy duros se alternan con tramos menos pendientes, pero siempre subiendo. Las hojas que colorean el suelo de la pista van cogiendo tonos más y más amarillos cuanto más altos estamos.




Voy consiguiendo “encadenar” casi toda la cuesta, he apoyado el pie en tres o cuatro sitios (siempre entre protestas y tacos), y me he tenido que desmontar en apenas dos tramos de unos cincuenta metros… (Aquí ya no me daba ni para cagamentos). Seguramente el esfuerzo no merece la pena: sería mejor apearse más veces y desgastar menos, pero es mi forma de pedalear. Por fin salimos del bosque. En la parte alta del cordal nos da el sol, alcanzamos a Santi que llevaba por delante en solitario desde que empezó la subida, nos reagrupamos. Seguimos con bastante niebla y nubes, no hemos podido ver los Picos apenas.




Ya hemos completado la subida grande del día, aproximadamente dos tercios del desnivel positivo del día están ganados.
Hacia el Sur, el Curavacas es una mole enorme cuya presencia domina todo el paisaje. Las formas hacen pensar en eras glaciales, en lenguas de hielo y en mamuts: un amplio valle en forma de U con praderas planas en el fondo, me transportan a latitudes remotas. 






Se van deshaciendo los últimos mantos de niebla y predomina el cielo azul. Ciclamos rápidos por una pista ancha que sube y baja, rebotando con los muchos cantos rodados, ganamos collados, cruzamos mullidas praderías. Algunas vacas, algunas ovejas, algunos mastines, pocas cabañas. A lo lejos cruzamos algún Land Rover.
Estamos bajando poco a poco el desnivel ganado: atentos a las piedras sueltas vamos disfrutando las sensaciones. La bicicleta de montaña es un cacharro duro, absorbe golpes de forma continua y apenas da problemas.




Debajo de un collado verde, protegidos del viento, paramos a comer: hay que meter gasolina al cuerpo, llevamos menos de la mitad de los kilómetros y hay que anticiparse a la flojera. Aquí tirados, las coñas y los chascarrillos son continuos: Dani y Chus son mis amigos porque somos afines, y sus amigos son sus amigos por lo mismo, así que es normal que me parezcan unos tíos estupendos y congeniemos rápido.


De nuevo sobre las bicis, seguimos ahora por un tramo largo en el que hay que cruzar el río en repetidas ocasiones: a veces más estrecho, a veces más ancho, siempre sobre piedras redondeadas. Es inevitable empapar los pies al pedalear dentro del agua.



Nos paramos a reagruparnos otra vez, y al llegar Juan Diego viene pinchado. De repente yo me doy cuenta de lo mismo: hemos tenido suerte, al pinchar juntos no nos retrasamos dos veces.


Los kilómetros pasan, llegamos a Vidrieros sin agua en los bidones ni los camelbaks, y sin ver dónde repostar, seguimos hasta Triollo, donde sí cargamos en la fuente. Ahora tenemos un tramo de carretera, el primero desde San Glorio, a orillas del embalse de Camporredondo: los chopos tienen un amarillo de postal, el embalse refleja nítido el paisaje. Aunque el tramo es bastante llano, las leves subidas me están costando mucho, no encuentro el desarrollo adecuado, o me quedo corto o no lo muevo. Me descuelgo del grupo, se me escapan, no llego a su ritmo de pedaleo. La brisa me molesta, el casco me molesta, las gafas me molestan… Las rectas de carretera las llevo mal de siempre, pero en estos momentos peor aún.


Coronamos un alto y bajamos hasta Cardaño de Abajo, donde salimos a tierra otra vez: la pista va en subida por un pequeño valle abierto, con algunos árboles. El Espigüete vigila desde la altura. 






La pendiente es mucho mayor que en la carretera, sin embargo me encuentro mejor. Ahora sí consigo mantenerme en el medio del grupo y encadenar el tramo con 0 puntos, como en el trial. Sin piñones de margen llego al collado donde esperan Santi, Dani y Chus, en orden de llegada. Han sido otros 300 metros de desnivel positivo. Nos reagrupamos, bebemos y comemos lo que nos va quedando. Tirado en la hierba casi me quedo dormido…Estoy muy cansado.


Cuando reanudamos la marcha hay dudas sobre el camino a seguir, los gps mandan tirarse por una ladera sin camino evidente, con bastantes arbustos tipo escoba. Después de unos minutos de dudas obedecemos a la tecnología y ciertamente vamos bajando bastante bien (yo casi no llevo freno trasero) hacia el fondo del valle, donde una pista ancha nos marca el destino. Entre árboles, cruzamos puentes sobre ríos cristalinos, seguimos avanzando.
En Valverde de la Sierra quedan unos seis kilómetros según los tracks, pero aún falta la subida final. La pista cómoda por el fondo de valle nos vuelve a sacar a la derecha ladera arriba. Mentalizado intento mantener el tipo: juego con el desarrollo entre los chirridos de la cadena. Los repechos se repiten, pero ahora parece que me encuentro mejor, quizá porque sé que es la última subida: quizá también está haciendo efecto lo que he comido y bebido, que empieza a llegar a las piernas. Aún así, se me hace larga esta subida final. Por fin la pista cambia de ángulo y la bicicleta vuelve a avanzar sola, la última bajada discurre por entre zonas arboladas, con colores de otoño, en la temperatura del final del sol de la tarde.
Me esfuerzo conscientemente en ser prudente y no rebajar la atención: me encuentro muy cansado y sé que en estas circunstancias los reflejos se ralentizan, mi capacidad de reacción está bajo mínimos, y la posibilidad de darme un cañonazo aumenta exponencialmente. Eso unido a que definitivamente me he quedado sin freno trasero…
Alcanzamos Villafrea de la Reina, y tras unos minutos más al lado del río, las primeras casas de Boca de Huérgano. Sobre asfalto otra vez recorremos los metros finales hasta el hotel. Me bajo de la bici muy cansado, la luz de la reserva lleva encendida mucho tiempo.

Sin pérdida de tiempo entramos al bar, donde Santi nos espera rehidratando con su cerveza mediada, pronto ya estamos igualados (en lo de la cerveza). En todo el día he bebido dos bidones de bicicleta, esto es un litro más o menos, muy por debajo de lo recomendable en este tipo de esfuerzos.
Con algunas discrepancias entre los gps, la cosa se queda en torno a los 73 kilómetros de recorrido, unos 1.800 metros de desnivel positivo, unos 2.300 metros de desnivel negativo, y nueve horas totales.
Me ha encantado la excursión: ha sido muy completa, variada, con paisajes espectaculares, y me ha exprimido a tope, todas estas cosas son las que me gustan de la bicicleta de montaña. Esta entra directamente en la lista de clásicas a repetir.




Me despido de los amigos, especialmente de los nuevos, ellos se quedan para ciclar mañana por Sajambre (son gente dura); seguro que repetiremos juntos otras excursiones. Conduzco de vuelta a casa disfrutando de la carretera, de la luz del atardecer y de las vistas del Mampodre, Tarna, Redes… parece un anuncio de BMW.  El paraíso al lado de casa.

5:15 h despertador
5:30 h arranco coche
7:35 h Boca de Huérgano
9:00 h Inicio pedaleo Puerto San Glorio
18:00 h Boca de Huérgano
20:30 h Gijón