No recuerdo la primera vez que yo me puse los crampones. Seguro que eran alquilados y de correas, eso fijo. Y el piolet también sería alquilado.
En su caso todo era material mío, las botas algo grandes para él.
Habíamos probado en casa para que viera cómo se debían poner y ajustar. Pero en mitad de la ventolera, con en frío acartonándote las manos a gran velocidad, pues claramente era otra cosa.
Una vez puestos, y aunque iba con las botas de esquiar, se movió ágil y sin problemas. El terreno era propicio: ángulo amable y nieve dura pero no hielo. Ideal.
Javi, motivado, llega a cumbre por delante de los demás.
Una vez juntos, salimos hacia la vertiente oeste, aún de crampones y con las tablas en la mochila, a buscar el mejor punto para ponerlas de nuevo y esquiar, ahora ya sí, hacia abajo.
Una vez sobre las tablas, nos encontramos la clásica nieve cantábrica, cambiante a cada metro. Javi que esquía muy bien en pista, aquí no entendía por qué los esquíes no obedecían y sus gestos no daban resultado. Ya le advertíamos que esto era diferente.
Frustrado y protestando bajó el último tramo hasta enlazar con la pista del Vallón. De aquí abajo ya esquiaba rápido y sin problemas. Al llegar a las taquillas en el aparcamiento decidimos probar el telecabina (no lo habíamos cogido ninguno aún) y pegar otra bajada desde el Cuitu. En esta bajada Javi vuelve a su estilo, a su esquiar rápido que yo no sigo, incluso iba buscando saltos por los laterales…
De camino al coche, bajo la nevada densa anunciada, nos preguntaba cuándo volvíamos a foquear: ya se había olvidado de la parte mala, del cansancio y del esquí defensivo… estupendo! volveremos.






