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lunes, 16 de mayo de 2011

Norte de Les Courtes - Los Suizos, Abril 09

Javi Sáenz,
Tita

5-Abril-2009 - Grindelwald
El viaje ha sido pesado, pero el sol reinante hace que estemos de buen humor. Acabo de conocer a Tita, el amigo alemán de Javi con el que hizo el Cerro Torre hace un par de años. Es un tipo alto, delgado, agradable y que, casado con una gaditana habla muy buen español. Su hijo mayor se llama Diego, así que no tendrá problemas para recordar mi nombre.

Tita y Javi: una cervecita y selección de Material
6-Abril-2009 - Kleine Scheidegg

La Nordwand desde Kleine Scheideigg
Estamos en la primera semana de abril, el invierno aún está muy presente este año: ha nevado de forma muy intensa en toda Europa, incluso en España. Esta mañana estábamos enterrados hasta la cintura a unos trescientos metros de la entrada, en el zócalo de la Norte del Eiger. 

Javi hasta la cintura: por fin retrocede


Seguramente, para intentar una escalada de este estilo sería mejor esperar unas semanas, o incluso unos meses, a que la cosa asentara más, que ganáramos luz de día, que subiera algo la temperatura… En realidad, la época no es mala, simplemente no está en condiciones. Yo no puedo escoger: es ahora o nada. Paula ya tiene mucha barriga, los siete meses se notan mucho, y en adelante la cosa se puede poner en marcha en cualquier momento. 


La Rote Fluh con su imponente desplome


Después de intentarlo, de remontar abriendo zanja hasta el inicio de las dificultades bajo la Rote Fluh, la enorme cantidad de nieve no asentada nos hizo darnos la vuelta y viajar a Chamonix en busca de otras opciones.

Secando las cosas y rehaciendo la mochila para tirar hacia Chamonix
Las tres horas de viaje me las hice solo, Javi fue con Tita para ponerse al día. "Otra noche sin dormir" con Rosendo, Barricada y Aurora Beltrán sonaba repetida en la radio del coche, claramente la banda sonora de este viaje.

7-Abril-2009 - Glaciar de Argentiere
La luz de la Luna inunda la cuenca glaciar con una intensidad mágica. Casi parece que se pueda masticar. El reflejo lechoso de las inmensas paredes de La Verte, Les Droites, Les Courtes, El Triolet, la Aiguille de Argentiere, la Chardonnet nos rodean envolviéndonos, atrayéndonos, invitándonos a acercarnos a ellas. Acabamos de salir de la estación superior del teleférico de Grand Montets descendiendo dirección a ese inmenso río de hielo que es el glaciar de Argentiere.

Al calor de la calefacción de los baños
Hace unas horas que llegamos con el último teleférico, y desde las cinco de la tarde hemos intentado dormir algo, tirados en el duro cemento de los pasillos, con el plumífero hasta las orejas. Bueno, eso hasta que nos dimos cuenta de que en los baños, dos franceses están en camiseta; hay calefacción. Viviendo y aprendiendo, allí nos apretujamos a esperar a que llegara la hora.

Ahora son las doce y media de la noche, caminamos desencordados y en silencio por mitad de este valle blanco, rodeados de caras norte de fama mundial, siguiendo las huellas para evitar zonas de grietas, y con una sensación extraña: estamos empezando nuestra actividad a esa hora en la que el cuerpo cree que debe tirarse a dormir y descansar, empezando lo que previsiblemente va a ser un día largo, muy largo.

En un momento determinado decido apagar la frontal para ver las cosas con su verdadera luz: es suficiente para caminar. Trato de grabar en la memoria las imágenes de mis retinas, esas que la cámara rápida del alpinista no puede captar; haría falta un trípode, conocimientos fotográficos y tiempo, tres cosas que no tenemos. Las raquetas ayudan en el avance sobre toda esta nieve fresca. Hace frío, bastante frío en realidad, porque en una sola hora desde que salimos ya se nos ha helado una botella de 2 litros de agua dentro de la mochila. Yo decido envolver la mía con algo de ropa para retrasar ese efecto.

Después de unas dos horas de aproximación nos encontramos delante de nuestro objetivo, la cara norte de Les Courtes. Es una montaña grande, una clásica de referencia, pero no me siento tan impresionado o asustado como con la que nos rechazó en Suiza anteayer; allí la sensación de miedo era totalmente clara para mí. El Eiger tiene una leyenda que me grita en silencio nada más verlo. Este nuevo objetivo me ofrece mucho respecto, pero me siento más cómodo, además estoy muy arropado por mis compañeros, Javi y Tita son alpinistas de mucha experiencia.
Empezamos a aproximarnos a la vía, los pasos en terreno llano van cambiando a laderas de creciente inclinación, empiezan las zetas. Aprovechando un pequeño rellano nos ponemos los arneses, los crampones y los cascos. Dentro de poco comenzará la escalada.

La nieve sigue profunda y el frío intenso. Nos turnamos en cabeza para abrir huella buscando el punto flaco de la rimaya: hace dos años, Javi y yo hicimos esta misma aproximación, con la misma ilusión, sólo para darnos de narices con un vacío de más de cinco metros de grieta insalvable. Retirarte a las tres de la mañana es muy frustrante. Pero seguro que esta vez tenemos suerte.

Encordándonos en la rimaya hacia las 2 y media
Por fin Javi se detiene, hemos llegado al punto de encordarnos y comenzar la escalada: delante de nosotros se abre la grieta que un precario puente de nieve nos permitirá flanquear. Después de unas pocas palabras, nos pasamos el material, desenrollamos las cuerdas y empezamos a asegurar al Pequeño, que cruza la grieta y se remonta por la pared de enfrente con suma facilidad. En pocos minutos ha agotado las cuerdas de sesenta metros, y ha montando la reunión. Tita comienza su escalada, y después de unos metros de margen empiezo yo: la nieve de la pared opuesta de la rimaya está totalmente echada a perder después de que hayan cruzado mis colegas, y me está costando mucho remontarme. De repente pierdo el equilibrio y sin apenas darme cuenta aparezco tirado de espaldas sobre el puente de nieve, con la negrura de la grieta saludándome a mi izquierda. Vaya, ¡Les Courtes me ponen en mi sitio en la misma rimaya! 

“There is no adventure until something goes wrong” Ivon Chouinard.

Después de recuperarme unos segundos (y de pedirle a gritos a Javi que tense la cuerda), consigo remontar el paso y avanzar ya a ritmo por la pala de 60º en que nos vamos metiendo.
Alcanzo la reunión número 1 y comienza el ritual que repetiremos hasta la saciedad, intentando hacerlo con eficacia, sabiendo que en la agilidad de esas maniobras de reunión está el secreto de resolver una escalada de estas dimensiones en un horario aceptable. La Luna se ha ocultado en la vertiente sur y trabajamos únicamente con la luz de las frontales. Javi arranca de nuevo remontando un corredor sencillo, y en cuanto se acaban las cuerdas Tita y yo salimos en ensamble para estirar el largo a unos ochenta metros. Esta secuencia se va a repetir hasta que perdamos la cuenta: Javi apurando a tope las cuerdas o incluso obligándonos a abandonar la reunión hasta que encuentra un lugar idóneo para el próximo relevo. Escalar en ensamble es muy rápido, pero requiere confianza en tus compañeros. Así vamos ganando altura sobre el glaciar. Las dificultades aumentan, los resaltes mixtos se alternan con los heleros amplios. La pared gana un poco de verticalidad haciendo interesante cada largo de cuerda, aunque cada vez tenemos más la sensación de estar en una variante a la derecha de nuestra vía: no es posible que los Suizos subieran por aquí hace tantos años con el material de la época: en ocasiones me veo gancheando en la roca, recuperando friends, tornillos, empotradores. Cada vez más tieso.
“Seguro que estamos en esa zona intermedia de la pared donde se concentran las mayores dificultades” pienso. El caso es que se nos está haciendo más duro de lo que esperábamos. Claro que Javi y Tita suben silbando…

Sin la luz de la Luna, nuestra perspectiva se reduce al haz de la frontal
Largo tras largo alternamos los corredores con las palas, los resaltes mixtos con las pequeñas cascadas. Ahora parece que nos enfrentamos a un largo más delicado. Javi lo resuelve eficazmente. Cuando nos toca escalar, Tita comienza sus maniobras y yo le sigo a unos diez metros. De repente oigo al alemán maldecir en su idioma, y casi simultáneamente siento un golpe en la mochila. A los pocos segundos le entiendo entre protestas que se le ha caído un piolet. ¡Coño, eso sí puede ser un problema! Inmediatamente reacciono, ¿no será el golpe sobre mi mochila, su piolet? Clavo los piolets, me coloco contra la pendiente, con sumo cuidado me quito la mochila, la voy girando y, ¡bingo!; sí, enganchado de milagro en una de las correas está el piolet de Tita. Lo anclo al arnés, les informo de la buena suerte que hemos tenido y continúo hasta la reunión donde celebramos la casualidad.


El día va ganando paso a la noche y la luz del amanecer se hace cada vez más presente. El sueño me hace bostezar en las reuniones mientras aseguramos al Javi. De cuando en cuando vislumbramos algo que parecen huellas de cordadas anteriores, la pared se ha repetido en los días precedentes, pero nunca son concluyentes. Lo que apenas vemos es material, con la excepción de uno o dos pitones no hemos visto nada en toda la escalada.

La tónica de la vía, aquí en los largos finales
“Moved los pies, mantened la sensibilidad, que en estas condiciones las congelaciones son más rápidas de lo que se piensa uno” nos dice Javi. Tita y yo hacemos caso y pateamos cuanto podemos en las reuniones semi-colgadas en las que pasamos los breves espacios de tiempo que al de Santander le lleva estirar las cuerdas en la cinta blanca de la pared. Lo cierto es que excepto en la nieve fresca de la rimaya donde se me quedaron las manos como tablas, el resto del tiempo me encuentro realmente cómodo, y los pies igual. Sorprende por estar en la primera semana de Abril, lo que en Alpes son condiciones invernales, y llevando guantes finos y las botas de cuero. Con el mismo equipo paso más frío en Picos.


Ya es de día y esto parece no tener fin. Hacemos apuestas sobre el número de largos que restan hasta la arista somital: “Cinco” propongo yo. “Ni de coña, mínimo ocho” dice Javi. “Sí, por ahí serán” opina Tita: todos nos quedamos cortos. El terreno se va haciendo más tumbado, pero a la vez mantiene su encanto, nos hace circular entre roñones de roca, que ofrecen emplazamientos para los seguros a parte de los tornillos de hielo, y rompen la monotonía de una pala de hielo uniforme.
Por fin llegamos a lo que parece la arista cimera. Sí que lo es, pero tenemos que remontar por la misma otros cien metros hasta una antecima para poder coger la bajada hacia la ruta Normal de la cara Sur. Los últimos metros de ascensión los hacemos entre jirones de niebla: el mal tiempo puede aparecer en cualquier momento en estas altitudes...

El Gallo
Al cabo de unos minutos alcanzo a Javi, que está sentado por primera vez desde que empezamos anoche. Después de mí llega Tita. Son las once de la mañana. Llevamos doce horas sin parar, casi diez de ellas en la vía, y aún tenemos que bajarnos de este filo… Nos felicitamos por la ascensión, ha sido estupenda. Creo que todos nosotros esperábamos una escalada más fácil, pero la montaña nos ha sorprendido con una actividad más técnica, en la que hemos disfrutado mucho. Les Courtes se ha hecho respetar.


Recogemos el grueso del material, comemos y bebemos para recuperar fuerzas y a la vez le vamos echando un ojo a nuestro siguiente objetivo: destrepar la vertiginosa asista que conduce dirección a Les Droites, para una vez en el collado, echarnos abajo hacia el glaciar de Talefre. La guía hablaba de pasos delicados.


Con un rápel de sesenta metros desde la misma antecumbre ahorramos parte del destrepe, a partir de aquí, con suma atención, vamos flanqueando placas de hielo que conducen a toboganes sin retorno: no hay opción al error, así que me tomo mi tiempo, aunque veo a mis colegas distanciarse.

El collado con Les Droites entre la niebla
Cuando alcanzamos terreno menos problemático me relajo, la cosa ya está hecha. Sólo queda aguantar el tipo en las muchas horas que tenemos por delante. Muchas horas y muchos metros de descenso hasta Chamonix, ya que es más que obvio que no llegamos a coger el último tren de Montenvers, y yo quiero llegar abajo hoy.
Me he quedado sin batería en el móvil, creo que el frío ha hecho que se agotara prematuramente. Igual que con la cámara de fotos, pero eso no me importa. Mi única preocupación en este momento es que no he podido llamar a Paula, para preguntarle cómo se encuentra (está embarazada de siete meses, el médico le acaba de decir que guarde reposo, y yo estoy lejos y en el monte) y para decirle que aquí todo ha ido bien y ya que estamos en terreno de caminar.

La nieve se hace más y más profunda; menos mal que ayer alquilamos las raquetas; si no esto sería una tortura real, entonces sí que nos tocaría dormir a medio camino en uno de los tres glaciares que estamos recorriendo: Talefre, Lexchaux, Mer de Glace. Incluso con las raquetas, la nieve recalentada por el sol de la tarde hace que nos hundamos hasta la rodilla. Cuando la inclinación lo permite, practicamos el “Culoski”, así ahorramos unos cuantos pasos y nos reímos. 

Miro hacia Couvercle y recuerdo aquella semana de diciembre hace unos años, cuando Estivi y yo disfrutamos de toda esta parte del macizo para nosotros en exclusiva.

Apuramos los tragos de la poca agua que nos queda, ahora por fin deshelada. No obstante podremos recargar en alguna de las surgencias glaciares que de cuando en cuando suenan a nuestro alrededor.

Las horas se suceden, a ratos hablamos de cosas varias, de sitios en los que hemos estado, de aquellos a los que nos gustaría ir, de vías de escalada… Yo interrogo a mis viajados amigos, que han estado en tantos sitios del Mundo. Otras veces nos pasamos largo rato sin hablar nada, cada cual ensimismado en sus meditaciones, intentando engañar al cansancio y al sueño.

Por fin llegamos a la altura de Montenvers; no vamos a subir a la estación del tren, ¿para qué? Intentaremos seguir bajando por el glaciar por donde los esquiadores se tiran en su descenso del Valle Banco hasta Chamonix cuando la carga de nieve es suficiente (esa esquiada la tengo que hacer algún día). Nos salimos finalmente de la morrena para adentrarnos en el bosque, donde a ratos llaneando, y a ratos subiendo para nuestra desesperación, cada uno por su lado mientras la noche nos alcanza de nuevo, vamos cerrando el ciclo de luz del día en este maratón blanco. Las señales nos confirman finalmente que estamos en el buen camino. Sólo queda agachar la cabeza y seguir caminando hacia la luz, abajo en el valle. Tras lo que parecen ser interminables giros y rectas entre los pinos, por fin nos acercamos al pueblo: al alcanzar unos descampados cerca de la estación, decidimos abandonar la vía del tren cremallera que veníamos siguiendo los últimos kilómetros. Nada más saltar la valla lateral y adentrarnos en un parking ilegal, Tita identifica una autocaravana aparcada a unos cuantos metros como la de unos amigos suyos. Nos acercamos en mitad de la noche, llamamos a la puerta y nos abren con gran efusión de saludos los dos alemanes que conocimos ayer; dos tipos grandotes, en la cincuentena, curtidos en mil batallas, contentos de vernos. Son las diez y media de la noche, llevamos casi veintitrés horas sin parar, con unos mil metros de desnivel positivo y unos tres mil de desnivel negativo. En ese momento, al pie de una autocaravana en mitad de un solar a las afueras de Chamonix, y ahora hablo por mí, con los pies mojados, los hombros machacados, mucho sueño y cansancio de la tensión del día, nos ofrecen y nos tomamos la que hasta la fecha es la Mejor Cerveza de Mi Vida.

Más tarde, trasladados a Les Gaillands, cenamos macarrones en la autocaravana invitados por estos puretas, comentando nuestra escalada y hablando de sus actividades, su forma de vivir, viajando tanto como pueden para esquiar, volar en parapente, escalar o hasta hacer surf. Confirmo para mi satisfacción algo que ya había observado antes; cuidando los detalles, la vida da para mucho y que se puede seguir disfrutando durante largos años de lo que nos gusta.

Yo duermo en mi coche, Javi en el de Tita, y este último en la autocaravana con sus colegas. A la mañana siguiente madrugamos y a las siete y media estamos en la carretera, afrontando una vez más los mil quinientos kilómetros de volante hasta casa. Javi es un gran amigo y alpinista, estoy pensando en pagarle yo la autoescuela, a ver si se saca el carnet, aunque no tengo muchas esperanzas ya… El viaje de vuelta siempre es más tedioso que el de ida, donde la ilusión te hace sobrellevar mejor las largas horas de conducción. Sin embargo, en esta ocasión, con la brillante actividad realizada y lo que me espera en casa, estoy muy contento. Llego a las nueve de la noche después de sufrir atascos en Burdeos, en la frontera de Irún, en la ronda de Bilbao y en la de Santander. Agotado, con los ojos rojos de los focos, la espalda tiesa, pero feliz.

La Norte de Les Courtes desde Argentiere, foto de 2007
Referencia "El Macizo del Mont Blanc, las 100 mejores ascensiones" Gaston Rebuffat
Actividad 94 Les Courtes 3.856 m

6 comentarios:

  1. Relato impecable y los dientes muuuyyyyyyyyy largos Diego, muy largos.
    Qué tal la carrera? No olvides lo del finde eh... a ver si nos dan bueno!!
    Un abrazo!

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  2. Refrescantes imágenes Diego,
    como dice Martín perfecto relato y buena compañía por esos parajes tan mágicos.
    p.d: ando tan liado que te acabo de leer esta mañana.
    SaluDOS

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  3. Gran crónica Dieguín,como se nota que fuiste a colegio de pago, jajajaja.
    Lo que me parece espectacular es el nivel de dureza,si tengo que hacer 3000 de desnivel para abajo después de dormir en el suelo y escalar todo el día no me sacan de allí ni los Navy Seals,quedo de pasto para los gusanos.
    Tais muy muy fuertes.
    Saludos desde el norte de Germania

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  4. Hola, Diego... al hilo de ésta gran clásica que ya veo os liquidásteis... me gustaría comentarte algo. Te puse un mensaje al correo que indicas pero me da error.
    Un cordial saludo.

    carlosgallego08@gmail.com

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