LA MONTAÑA COMO PASIÓN, COMO ESCENARIO INFINITO SOBRE EL QUE DISFRUTAR INTENSAMENTE DE LA VIDA,
DONDE ESCALAR, ESQUIAR, PEDALEAR, CORRER, CAMINAR...
DONDE LOS AMIGOS, EL ESTILO Y LAS FORMAS CUENTAN, Y MUCHO

martes, 15 de octubre de 2019

Al otro lado del Charco

Con el paso de los años uno se va dando cuenta de que hay muchos sitios a los que le gustaría ir, y que probablemente se vayan a quedar en eso, en un deseo...

Frey, el patio de mi casa.

Estupendo reportaje de un sitio realmente espectacular. Por su paisaje, por su historia, y por sus gentes

https://drive.google.com/file/d/1Zem-lgAXrj6hWC595zd_xD1HZ2oZiEs8/view?usp=drivesdk

Gracias Kico!

jueves, 10 de octubre de 2019

Integral Cornión - Primera Parte

Sábado 10 Agosto 2019
Parte 1 Integral del Cornión: Argaos-Peña Santa Enol
Rubén Díaz Gutiérrez


Hay actividades que uno tiene en la cabeza durante años. Décadas a veces. O no llega la oportunidad, o el compañero adecuado, o las ves demasiado difíciles, o demasiado grandes y las tienes que ir preparando por fases. Esta es una de ellas, y este fue un pegue de preparación, quién sabe si para el próximo verano…

La previsión de la meteo era regulera. Tanto así que de hecho descartamos opciones más escaladoras por miedo a que nos echara la lluvia. En esta cresta, conociéndola puedes escapar si hace falta desde bastantes puntos. Como además tengo la integral en la cabeza desde hace mucho tiempo, pues este era buen momento para probar la primera parte.

Salimos de Pandecarmen a las ocho y media de la mañana con bastantes coches aparcados. La mochila no pesa demasiado: llevamos en total una cuerda de 8.1 mm, cuatro Friends, medio juego de fisureros y unas diez express. Uno la maroma y el otro el fierro.
Está fresco y vamos abrigados a pesar de la fecha y del ritmo ligero con que me lleva Rubén. El cielo a ratos despeja y nos deja ver las cumbres, incluso dejándonos ver el sol. Otros ratos se cierra totalmente de nube oscura. Pasamos Vegarredonda sin parar, cogemos agua en el refugio viejo, y seguimos hacia la Fragua.


A las diez y cuarto (buen tiempo para mí) ya estamos sentados en el collado, comiendo algo y preparando los trastos para empezar a trepar. A y media ya arrancamos roca arriba: echo al chaval delante porque no lo conoce y las trepadas herbosas le gustan cantidad. Poco a poco vamos ganando el filo, cruzando las varias cumbres de los Argaos y sus respectivos colladinos, por los que asoman los corredores invernales. A ratos en ensamble, a ratos desencordados. Buscando el mejor recorrido siempre lo más cerca posible del filo, que es de lo que se trata al final.


La nube nos envuelve a ratos, el ambiente está muy guapo. Nos movemos rápidos hacia el Mosquil de Cebolledas, punto al que llegué en invierno hace años con Bene, un día que la nieve no estaba para nada. Pequeña parada para echar un trago y salimos dirección a la primera torre Cebolleda: este tramo es el que no conozco bien, pero es fácil orientarse: primero algo de campera para ir poco a poco metiéndonos en caliza de nuevo, a veces vertiente Este, a veces Oeste. Ganada la primera Torre la cosa coge ambiente de nuevo: filo de roca con corte a ambos lados y nubes algodonosas a ratos.





Arista aguda entre la primera y la segunda. Después hay destrepe aéreo al collado entre la segunda y la tercera: el paso da respeto, especialmente si no lo conoces. Hay un buril que permitiría asegurarlo, pero lo hacemos bien a pelo.  Venimos hasta aquí desencordados pero esto va a cambiar.



Este terreno ya es conocido para mí: pasé con Bene primero y luego con Fer, en ambas ocasiones días realmente gloriosos de escalada en los Picos (entre los mejores que recuerdo). Aquí hay un largo sombrío y atlético que me obliga a poner los gatos: con poco material no me veo en botas por estos pasos. 



Desde la cumbre de la Tercera Torre Cebolleda cresteamos hasta el rápel para bajar hacia la aguja GUA. Con una cuerda no nos da, así que tenemos que destrepar unos metros finales, fáciles.



La aguja GUA, penúltima cumbre de hoy, tiene una trepada fácil pero muy guapa, en roca compacta de excelente tacto. De esta rapelamos de nuevo hacia el collado con la Peña Santa de Enol.

Nos queda ahora el espolón Oeste: una escalada fantástica de tres largos con una roca fenomenal, y unas vistas espectaculares. Mando a Rubén delante y resuelve rápidamente: en el segundo largo le cuento cómo lo cogimos Bene y yo con hielo en las fisuras, y cómo Kico lo cogió el pasado enero verglaseado para mayor emoción…. Bicho!
Último tramo de cresta y llegamos a la cumbre de Peña Santa de Enol.
Son las cuatro de la tarde, hemos tardado cinco horas y media desde el collado de la Fragua, sin correr  pero sin parar.


Con atención a lo que hacemos, destrepamos la Grieta Rubia hasta la Horcada de Santa María.
Desde aquí (donde empezaría la segunda etapa de la Integral hasta la Peña Santa de Castilla), hoy nos echamos hacia Fuente Prieta y la Mazada para dar al día un cierre circular. 



Rebecos primero y niebla meona después, que terminó convirtiéndose en lluvia cerrada. Llegamos a Vegarredonda empapados pero contentos. Nos tomamos un Acuarius charlando con Javi y Marta, contento de verlo a él recuperado y motivado.
A las siete y media llegamos al coche, Rubén silbando, yo arrastrando algo la pierna como por otra parte ya viene siendo habitual.



En resumen: 10 cumbres: Los Argaos (5 cumbres), Torres Cebolledas (3 cumbres), Aguja GUA, Peña Santa Enol
El día con media nube ha ayudado a no pasar calor.
El material traído ha sido el adecuado.

Tenemos que venir a controlar la segunda parte de la Integral, especialmente la bajada de la Torre de Enmedio hacia las Marías, que es lo que me falta hacer. El resto más o menos es terreno conocido (muy largo, pero conocido).

Con Rubén un placer, como siempre.

Gijón 6:30 h
Pandecarmen 8:30 h
La Fragua 10:15 h
Mosquil de Cebolledas 12:30 h
Tercera Cebolleda 14:00 h
Aguja GUA 15:00 h
Peña Santa Enol 16:00 h
Vegarredonda 18:00 h
Pandecarmen 19:30 h
Gijón 21:00 h

lunes, 23 de septiembre de 2019

Un libro para reír y pensar

“Los Asquerosos”, Santiago Lorenzo, Blackie Books

Con un lenguaje elaborado (llega a ser intrincado en ocasiones), cargado de aguda ironía, el libro nos va llevando primero por las desventuras del protagonista, sus aventuras después, sus luchas, sus continuos y variados aprendizajes. Hasta que finalmente, no sin algunos tropezones, llega a una conclusión que le cambia el plan de vida para siempre.
Salvando las distancias, como en un “Walden” de nuestros días (Henry David Thoreau), Manuel, el protagonista, huyendo de todo, se adapta a un medio desconocido, haciendo de la necesidad virtud, aprovechando sus escasos conocimientos para sacar el máximo partido a lo poco disponible en un medio inicialmente hostil.
Salvando las distancias de nuevo, como en “The call of the wild” (Jack London), sus prioridades cambian, sus necesidades se rebajan a la supervivencia, los procesos se simplifican, las herramientas se adoran… 
Salvando las distancias otra vez, como en “Into the Wild” (John Krakauer), Manuel  aprende a valorar lo verdaderamente importante, despojándose de sus lastres y complejos, descubriendo que menos es más, y descubre la alegría de vivir en mínimos.
Salvando las distancias una vez más, como un Tom Sawyer maduro (Mark Twain), los aprendizajes de las cosas más simples, nunca antes practicadas en su vida urbana (la que llevamos la mayoría), una vez enfrentados a la necesidad, surgen de forma natural y traen enormes satisfacciones.
Enfrentando a los Asquerosos (con quienes antes o después todos nos identificamos, mal que nos pese) y a sus múltiples chorradas, poses y falsedades (que más o menos todos tenemos, mal que nos pese de nuevo), podando sus propias ramas innecesarias, crece personalmente en lo que realmente importa, puliéndose y brillando, especialmente para sí mismo.
Santiago Lorenzo consigue hacernos reflexionar sobre la enorme estupidez reinante, el narcisismo y la impostura, el sinsentido de la espiral absurda de las redes sociales, el exceso de todo lo innecesario y la falta de lo esencial. Y todo esto narrado con vocabulario, con ritmo y con sorna. 
Las comparaciones son odiosas, y salvando las distancias… ¡Me ha encantado!

lunes, 2 de septiembre de 2019

Gijón - Vegarada, gran bregada

Domingo 7 Julio 2019
Nando, Noelia, Fernando. Miembros del famoso BT-Tú Team
Travesía Gijón al Puerto de Vegarada. Aprox. 120 km, 4.000 m positivos



No hace falta mucho para vivir aventuras verdaderas.
Salir de casa en bici de montaña y llegar a un puerto de la Cordillera. Ese era en resumen el plan pergeñado por el ideólogo Nando. Bueno, antes de este había pensado en otro más radical que consistía en lo mismo pero terminando en León capital. Mis protestas unidas a su recapacitación (mis protestas solas no habrían sido suficientes) hicieron replanteárselo a esta nueva versión “light”. Claro que la versión aligerada implicaba el agravante de maximizar las pistas frente a la carretera, y no escatimar las subidas que nos pudiéramos encontrar por el camino.
Con este objetivo Nando se puso a pensar por dónde ir. Yo intentaba no hacerle caso ni hablarle del tema,  a ver si se le olvidaba, pero de cuando en cuando me iba contando sus progresos en el diseño del trazado. No me iba a escapar fácilmente.



Desde que no puedo correr (y ya hace siete años) la bicicleta de montaña se ha convertido en mi forma de entreno de fondo. El problema es que la bicicleta exige mucho más tiempo que correr para el mismo volumen de entreno, y como tiempo no tengo, todo redunda en que entreno menos y en que mi forma física y sobre todo mi fondo van mermando.


Viéndolo venir como inevitable, en el mes de junio intenté salir en bici a tiradas un poco más largas de lo habitual para mí. Cuando digo tiradas largas los ciclistas se pueden descojonar. Mi salida habitual es de media de unos veinte kilómetros y entre trescientos y cuatrocientos cincuenta metros de desnivel positivo. Es decir, muy corta. Así las cosas, mis tiradas “largas” suben hasta unos treinta y cinco a cuarenta kilómetros, acumulando unos  ochocientos a novecientos metros positivos. 
Haciendo una cuenta optimista me salían aproximadamente unos 520 kilómetros acumulados en el año. Y creo que era una cuenta muy optimista. 
El caso es que la propuesta de Nando, que no habíamos medido con precisión (en realidad no habíamos acertado ni de lejos como comprobamos más tarde, y esto es muy de nuestro estilo…) nos daba unos noventa kilómetros y unos cuatro mil metros positivos. Vamos que yo no tenía nada claro poder completarla.
El trazado grosso modo venía a ser el siguiente: Gijón (10 m), Pico Fario (700 m), Sariego, Nava (250 m), Les Praeres (750 m), Fayacaba, Campa Gües  (1032 m), Campa Fresneu (887 m), El Condao (350 m), Pola Laviana (300 m), Villoria, La Cuesta, Les Campes, Collada Pelúgano (1.018 m), Pelúgano, Levinco (450 m),  Collanzo, Casomera (650 m), Río Aller (800 m), Puerto de Vegarada (1.555 m). 
Una vez arriba habría que bajar hasta un coche dejado previamente el día antes, en Collanzo o en Casomera.
Uno, que ya ha pasado por esto unas cuantas veces, sabe que se enfrenta a un verdadero reto o aventura cuando:  
primero, no lo ves claro que lo vayas a conseguir, 
segundo, la noche previa duermes mal, 
tercero, al comenzar el día sigues sin verlo claro, 
cuarto, cuando llevas media actividad sigues manteniendo serias dudas… 
En mi caso se dio todo ello.

Habíamos quedado inicialmente a las ocho de la mañana, pero el día antes propuse salir antes, siete y media, cosa que terminó quedando en las ocho menos cuarto. Nos agrupamos en la rotonda de La Guía, sobre el puente del río Piles, a unos 10 metros sobre el nivel del mar. Somos cuatro: Nando, Fernando, Noelia y yo. Los miro y vuelvo a pensar para mí que soy el eslabón débil de la cadena.
Primera etapa hacia el Fario: terreno conocido, duro pero conocido. Echamos pie a tierra en alguno de los repechos máximos con objeto de guardar fuerzas. En dos horas hacemos cumbre por el bosque de pinos. Tan guapo como siempre. En la cima estamos envueltos en niebla fresca, que no impide que hayamos venido sudando bien. Son las diez de la mañana, dentro del horario previsto. Parada breve a comer y beber un poco. 




Bajando hacia la collada Fumarea , en una curva a Nando le salen delante de la rueda dos ginetas: preciosas, ágiles cruzan al otro lado, aunque a la segunda poco le faltó para acabar atropellada.
Desde la Collada Fumarea cogemos la pista del Cordal de Peón, la seguimos durante un tramo para tirarnos a la derecha en una bajada vertiginosa hacia Sariego, perdiendo cientos de metros de altura en muy poca distancia. Una vez en la vega, serpenteamos caleyas y carreteras muy estrechas en sube baja continuo: luego hay tres repechos seguidos, durillos, rompepiernas, que Nando había localizado previamente en visita en moto para centrar el tiro en este tramo. Después nos quedan unos kilómetros de carretera general hasta Nava.



En Nava tenemos parada programada: quince minutos en una cafetería a tomar un café y un pincho: hay que meter combustible para el segundo puerto del día: Les Praeres. Yo ya lo hice hace bastantes años pero apenas lo recuerdo: ahora además está casi entero asfaltado (subió la vuelta el año pasado). El día parece que quiere empezar a despejar, cosa que no nos conviene demasiado. Desde Nava sales bajando, pasas por Piloñeta y enfrentas la subida: se ve bien, curvas muy por encima. Adoptamos de nuevo el mantra del día: guardar, guardar y guardar. Bueno, eso yo, y quizá Nando, porque Fernando y Noelia van sobrados y se les ve otra frescura.







Alcanzamos la cabaña-bar con una luz preciosa. Es la una de la tarde.  La niebla entra y sale, los caballos corren alegres y las vacas pastan tranquilas. El sitio es una pasada. Nueva parada programada: tomamos un acuarius (algunos dos) y comemos fruta y barritas. Seguimos reponiendo. 











Salimos ahora dirección Fayacaba, para faldear la Peña Mañor por el Oeste, en un subebaja bastante duro, con repechos serios, todo en tierra, por unos cuantos kilómetros hasta alcanzar un collado muy guapo llamado la Campa Fresneu (unos 900 m). Desde aquí bajaremos (con alguna cuesta intercalada) hasta El Condao (350 m).
Del Condao cogemos la carretera de Tarna dirección a Pola Laviana. Sin parar continuamos por carretera dirección a Villoria, donde paramos a comer.



El local escogido de entre los tres o cuatro abierto, coincide estar regentado por un simpático paisano que, tras responder a sus preguntas de dónde venimos y a dónde vamos, no para de decirnos lo muy mucho que nos falta, lo muy cansados que nos ve (especialmente a mí) y lo poquísimo probable que es que lleguemos a destino. Todo esto entre cachondeo general mientras nos bebemos un buen cañón de cerveza con limón y damos cuenta de medio bocata cada uno (el bocata completo seguramente sí nos habría impedido llegar…). Muy majo el tipo, salimos de allí hacia los pueblos de evocadores nombres de “la Cuesta de abajo” y la Cuesta de arriba”. Obviamente la carretera pica para arriba mucho, y las curvas serpentean sin piedad. Con el mantra de guardar, guardar y guardar seguimos remontando. 



Pasamos por encima de Peña Forá, zona clásica de escalada que jamás he visitado… Coincide que hoy hay romería  en el pueblo de Les Campes: hay bastantes coches primero, luego gente, gaitas, comedia. Cuando los superamos dirección a la Collada Pelúgano, alguna voz nos dice “dónde vais? Que por ahí no hay salida! Pero sí que la hay: la pista de tierra continúa subiendo, serpenteando, sin repechos fuertes pero sin apenas descanso. 
Comienza mi rosca personal. 


La suerte es que se mantiene la nube y el sol apenas nos castiga. Llegamos a la Collada: yo ya vendo descolgándome por detrás hace rato, aunque no me dejen más de unos cuantos metros, es obvio que podrían ir más rápido. Por fin la collada: tercer puerto del día, en teoría queda el último empujón. Por los kilómetros que llevamos aquí es evidente que nuestra previsión de 90 kilómetros se va a quedar claramente corta, 100 empezamos a calcular ya. 






Comer y beber de nuevo, con el chubasquero puesto porque refresca. A los cinco minutos nos tiramos collada abajo hacia Pelúgano. La pista es muy rápida y divertida. Pronto tocamos asfalto para bajar hasta Levinco, y de ahí la general de San Isidro hacia Collanzo. Este tramo es prácticamente llano y llego a meter plato grande.
Nos queda el esfuerzo final. Llegamos a Casomera después de haber remontado 200 m desde Levinco. Aquí está el coche aparcado. Son las seis y veinte de la tarde. Aquí llevamos ya 3000 positivos.




La rosca empieza a ser tremenda. Pedaleo levantado, cosa que no hago nunca, tramos cada vez más largos. El culo ardiente. No hay manera de sentarse.
Bien podría tirar la bici a tomar por saco y esperar aquí a que bajen los jabalíes estos… pero es jodido llegar hasta tan cerca para rendirse. El caso es que aún nos quedan casi mil metros positivos. De distancia no lo tenemos claro, unos diez kilómetros. Parada en el bar a tomar una cocacola y apurar provisiones.



Salimos por la carretera, ya en subida continua, entretenidos con el desfiladero antes de llegar a RioAller. Este pueblo, el último, tiene unas rampas de hormigón imponentes, que Nando nos había anunciado ya desde casa que él pensaba subirlas caminando. El caso es que cuando llegamos a ellas, Nando el primero, los remontamos ciclando. Hay que joderse.
Para arriba de nuevo en tierra, buena pista pero de tierra, a mí me toca ya agachar las orejas y sufrir. La cosa no afloja, especialmente cerca del pueblo, revueltas pindias que me hacen echar pie a tierra de cuando en cuando. Ya me sobra hasta el casco…
Luz de la reserva encendida. El contador de autonomía de mi cabeza marca escasos kilómetros.
Me pongo de pie a pedalear cuando el agarre del terreno lo permite, más por el culo que por las piernas.
Pasamos por cabañas que mis colegas nombran como conocidas, pero la duda de lo que falta se mantiene. Ocho y media de la tarde y seguimos subiendo dentro de la nube, como si esto fuera un sueño…





Rosca total. Como si viniera en llanta. Visión túnel…
Resignación por lo poco que falta, alegría por saber que lo vamos a completar. En mitad de la niebla cerrada, cuando la pista parece que empieza a picar para abajo, el altímetro da pérdida de cota, y sin ver nada, damos el puerto por alcanzado. Fernando  o Nando o Noelia (no sé cuál de los tres, yo estaba con la cabeza apoyada en el manillar…) se adelanta en busca de alguna referencia más fiable. Cuando regresa confirma que no hay más que subir. Por fin. 
Son las nueve y media de la tarde. Choques de mano, alegría. Fotos de rigor.
Han sido 111 km. Cuatro mil metros positivos. Trece horas y media desde que empezamos.
Me bajo de la bici, me siento en la cuneta a beber y comer la última barrita. Vaya colocón. 



Ahora solo falta bajar a Casomera hasta el coche. Chubasqueros cerrados. El descenso se hace largo a pesar de estar la pista en muy buenas condiciones, pero para abajo todo es más fácil y parece que el cuerpo revive. Con todo, me esfuerzo en mantener la atención y el control, una caída en bicicleta sucede de forma muy fácil (más estando agotado como estoy) y sus consecuencias pueden ser serias.
El viaje a casa sin cambiarnos de ropa (pequeño fallo logístico sin importancia en mitad de semejante gesta).







Gijón – Puerto de Vegarada - Casomera
122 km, 4000 metros positivos, 10 horas y media de pedaleo, casi catorce horas total. 

Ninguna avería siendo cuatro. Estas máquinas son duras de verdad.
Mis compañeros, fortísimos, me esperaron por turnos en muchos tramos, sin decir nunca nada, cosa que agradezco porque sicológicamente cambia mucho la cosa.
Hemos tenido gran suerte con el día, sin apenas sol y sin excesivo calor. Con todo, calculamos haber bebido unos seis litros cada uno.

Esta ha sido sin duda la paliza del verano. Al menos en cuanto a BTT. De hecho es la mayor paliza de mi vida, y llevo en bicicleta de montaña casi treinta años. Nando que hizo hace unos años el Soplao dice que esto ha sido más duro. Seguro que ya está pensando en la siguiente…


sábado, 13 de julio de 2019

Alpinist 61

Me di de baja hace unos meses.
Me llegaba trimestralmente pero los últimos números no me daba tiempo a leerlos. Se me iban acumulando y no tenía sentido.
El otro día, habiendo acabado el libro que tenía entre manos y pendiente decidir el siguiente, cogí el número 61, de primavera del año pasado. Apenas lo había mirado por encima en su día cuando llegó.
Como siempre me pasa con esta revista, me enganchó con varios artículos.

El primer artículo revisando la vida del malogrado Hayden Kennedy. Alpinista puntero, escalador en roca tremendamente fuerte, destacó por muchas de sus realizaciones por todo el mundo, algunas de ellas no exentas de polémica (como cuando arrancaron buena parte de los buriles de Maestri en la Sureste del CerroTorre despúes de escalar la línea sin utilizarlos). No obstante, me llamaron mucho más la atención sus reflexiones sobre cosas con menos luz, pero quizá más importantes:

"Una obsesión por garantizar el éxito puede fácilmente limitar y encerrar nuestras mentes. El Alpinismo es el arte de la libertad... Incluyendo la libertar para fracasar"

"¿Qué soy yo sin la escalada?... He olvidado las cumbres que alcancé, pero recuerdo bien las amistades que hice"

Después fue un artículo repasando la larga y prolífica vida del indomable Fred Beckey. Leyenda americana de la escalada, durante más de seis décadas abriendo vías por el mundo, especialmente Norteamérica. Realizaciones sencillamente espectaculares.
Dejando de lado las vías que abrió, lo realmente llamativo y enfatizado en el artículo es su actitud ante la vida, priorizando la escalada y la montaña sobre todo lo demás, sin desmayo, nunca, jamás. En esto me recordaba a algunos de mis amigos, ellos vivieron así durante unos años. Pero Beckey lo ejerció toda su vida y terminó convirtiéndose en todo un icono aún en vida, influyendo en generaciones y generaciones de escaladores yankees.
Es el llamado en el artículo "Efecto Beckey".

El tercer artículo, titulado "Ueli, el Eiger y yo" escrito por Stephan Siegrist cuenta una aventura con su malogrado amigo Ueli Steck. Relata primero cómo se conocieron, siendo ambos carpinteros, cómo empezaron a escalar juntos. Su pasión compartida por la montaña, sin apenas necesidad de hablar. Cuenta cómo, repitiendo una vía en su terreno de juego favorito, la Norte del Eiger, en un momento dado, no oyéndose entre entre ellos, Ueli empezó a jumarear remontando la cuerda cuando su colega solo estaba sujeto de los piolets y los crampones en mitad terreno de delicado por encima de un desplome... Cómo Siegriest aguantó a duras penas el peso de su amigo y la tensión del miedo. Cómo ese día podían haber muerto los dos de forma absurda, pero a la vez en una situación tan habitual en montaña como es no oír al compañero. Cómo su amistad era profunda y sincera.

Curioso que los tres artículos tratan sobre gente muerta... pero de forma motivante en los tres casos, valorando aspectos de la personalidad, de cómo se relacionaban con los demás y con el medio, de su saber estar.
Sin duda, Kennedy, Beckey y Steck son tres figuras inspiradoras.

Cuando me ponga al día con los otros números que tengo pendientes quizá me suscriba de nuevo a Alpinist: es una gran revista.

Leyendo esta revista, viendo sus fotos, me hace tener de nuevo ganas de estar por allí arriba... GRRRR