LA MONTAÑA COMO PASIÓN, COMO ESCENARIO INFINITO SOBRE EL QUE DISFRUTAR INTENSAMENTE DE LA VIDA,
DONDE ESCALAR, ESQUIAR, PEDALEAR, CORRER, CAMINAR...
DONDE LOS AMIGOS, EL ESTILO Y LAS FORMAS CUENTAN, Y MUCHO

viernes, 9 de septiembre de 2016

Como Reyes

Domingo 4 Septiembre 2016
Nando del Pozo
Circular al Morronegro (2.151 m), Babia, León  (25 km aprox)


A una hora de coche desde casa hay un territorio ideal para la práctica de la montaña en todas sus versiones: caminar, escalar, esquiar y muy especialmente para la bicicleta de montaña. Este territorio es la Babia.
La Babia es una comarca del norte de León que, como dice la Wikipedia, limita al Norte con Asturias. Al Este con la comarca de Luna. Al Sur con la comarca de Omaña y al Oeste con la comarca de Laciana.
Esta comarca es abundante en aguas y verdes praderas que desde siempre determinaron su principal riqueza: la ganadería. Tierra de tradición pastoril y marcada por la trashumancia, actualmente siguen subiendo rebaños de ovejas merinas a los puertos de Babia, que se arriendan para toda la temporada y que comparten los pastizales con el ganado vacuno y, también con el equino, en especial de la raza Hispano-bretona, siendo Babia el referente estatal de este caballo.


El dicho español «estar en Babia» hace alusión a esta comarca. Los reyes de León poseían un palacio en esta zona donde pasaban largas temporadas, sobre todo en la época estival. Sus súbditos justificaban la ausencia de sus monarcas diciendo que estaban en su residencia veraniega. El entorno babiano supuestamente producía un efecto relajante en los reyes que se aislaban allí de sus problemas y preocupaciones, del mismo modo cuando no querían recibir a alguien en audiencia decían que «estaban en Babia».[cita requerida]


También cuentan que al acabar el verano los pastores se dirigían en trashumancia con su ganado a Extremadura y cuando estaban por la noche todos frente al fuego, siempre había alguno que sentía nostalgia de la tierra hasta que otro se le acercaba y le decía «¡eh, despierta que estás en Babia!», su mente «estaba en Babia».[cita requerida]




Con el paso del tiempo el uso de esta expresión provocó su derivación en un dicho popular muy común que se aplica a la gente que esta ensimismada o despistada.
Hay estudios que señalan que fue Quevedo uno de los primeros en la utilización de la expresión, que equivale a estar descuidado, divertido o con el pensamiento muy distante de lo que se trata, según el Diccionario de la Lengua Castellana de 1822.


Pues eso, que nos fuimos un rato a disfrutar de esos parajes que ya se reservaban los Reyes para el verano.
Un café en San Emiliano en hora punta de excursionistas y ciclistas (una docena) y salimos hacia las nueve y media dirección el pueblo de La Majúa. Apenas tres kilómetros de asfalto y salimos a pista de tierra que recorre un valle dirección Noroeste. La cuesta es llevadera. Las vistas muy guapas. La soledad total (apenas alguna vaca a lo lejos).
Ganando altura suavemente vamos acercándonos a la cabecera del valle, que cierra contra cumbres calizas con buenas paredes. Aquí debemos remontar un par de repechos en los que bajamos desarrollos al máximo, y donde el abundante sudor no viene ya solo del calor del día, aún llevadero a estas cotas (estamos a unos 1.500 m).
El valle se estrecha, encajonado ahora entre lajas y vetas de cuarcita que, ortogonales a la caída del agua, generan preciosas pozas verdes en el arroyo del fondo. Apetece tirar la bicicleta y bajar a chapotear…


Superada la tentación acuática seguimos apretando los pedales girando hacia la derecha a por el punto más alto del día, el collado el Queixeiro (1.751 m). En este punto paramos a recuperar el resuello y a disfrutar del paisaje. A nuestra derecha el Morronegro (2.151 m) se levanta imponente. A nuestra izquierda las cumbres calizas de la peña del Solarco y por detrás la Calabazosa: justo tras ellas Somiedo y sus lagos.

En el collado el Queixeiro
Mientras nos deleitamos con las vistas, Nando aprecia el resonar de cencerros de oveja que rebota en la pared que tenemos encima. Muy numerosos. Estimamos que se trata de un buen rebaño, y por tanto calculamos un buen número de mastines asociados. Nando, que ha hecho este recorrido y otros cercanos muchas veces me cuenta sus batallas con los animalitos… Anticipamos una similar.


Tal cual. Nada más salir del collado hacia abajo divisamos las ovejas, unas doscientas. Tan pronto las vemos, los mastines nos ven y empiezan a ladrar y a correr hacia nosotros. Un rápido análisis de riesgos nos hace tirarnos hacia la ladera izquierda, perdiendo tramos ciclables muy chulos pero reduciendo la probabilidad de mordiscos y tal.


Después de lanzar algunas piedras gordas a los más chulos de los canes, que no asustados por nuestras voces llegaron a acercarse a nosotros unos diez metros y nos obligaron a apearnos y poner bicicletas de por medio, caminamos unos cientos de metros hasta poder volver a remontar a la senda.

Desde aquí el descenso es una gozada: una media ladera herbosa con apenas traza, pequeños saltos y cruces de regatos, donde yo poso pie sin vergüenza, especialmente después de que Nando primero y más tarde yo saliéramos volando sin consecuencias gracias a la reducida velocidad y el mullido suelo. Finalmente enlazamos pista ancha y podemos soltar los frenos hasta Torrestío.



Desde el pueblo y por asfalto vamos girando primero hacia el Este y luego hacia el Sur, cogiendo perspectiva al macizo de Ubiña. Abandonamos la carretera para volver a coger una nueva pista de tierra hasta Torrebarrio. Desde aquí ya sólo nos quedan unos kilómetros finales, llanos o en bajada hasta llegar al punto de partida.


En San Emiliano lavar la cara en el pilón y a por las cervezas. Para comer en casa. Buena forma de pasar la mañana, disfrutando de la Babia. Como reyes.

miércoles, 31 de agosto de 2016

Al filo de la afilada Bionnassay

27 Julio 2016     
Juan y Juaco Piñera, Rafa Belderráin
Aiguille de Bionnassay (4.052 m)


La primera vez que fui a escalar en roca a Chamonix, año 97 o 98, con Estivi, para aclimatar subimos al Montblanc por la normal a la carrera y luego nos fuimos porque entró mal tiempo. Recuerdo a media subida quedarme mirando para la arista de la Bionnassay impresionado por su línea.

Años después, creo que en 2003, en una buena visita con Javi en la que escalamos el Frendo y la Oeste de las Petites Jorases, recuerdo estar entre actividades en un albergue del pueblo donde coincidimos con Pedro Udaondo y sus compañeros. Venían de hacer la Bionnassay y al paisano, entrado ya en años y con mucha montaña encima, le brillaban los ojos contándonos lo bonita que era. Grande Pedro. Desde entonces la tenía en mi lista.


Las tres de la mañana. Leves ruidos a mi alrededor me despiertan. La gente se empieza a mover con gran sigilo en este encaje de bolillos que es el interior del refugio Durier. Las plazas oficiales que admite son 12, hoy estamos aquí 19 o 20 y la verdad que para dormir no hay ningún problema. El lío es más bien para sentarse a comer o para prepararte para salir al exterior.
Desayunar a estas horas tan intempestivas es algo típico de los arranques de jornada alpinos. A veces no te apetece comer, pero hay que meter algo al depósito, porque en breve estaremos en movimiento y es mejor empezar bien.


Para no variar, somos los últimos en salir del refugio. Esto me lleva pasando toda la vida, con distintos compañeros y hacia distintos destinos. A ver si voy a ser yo… Pero no, en este caso hace un rato que estamos todos listos fuera esperando por Rafa.
Para cuando arrancamos por la pala de nieve arriba, las luces de las otras cuatro cordadas ya están muy altas. La verdad es que se gana altura rápidamente y el terreno es cómodo de caminar. Juaco y yo vamos encordados a unos seis metros desde que nos topamos con un resalte de roca que a oscuras no apetecía hacer a pelo.
Nuestra ascensión es básicamente de nieve fácil, con unos tres o cuatro largos de roca en la zona más tiesa de la montaña. Me intriga esa parte.
Nos distanciamos cada vez más de Juan y Rafa, así que en un pequeño lomo nos paramos a esperarlos, no vaya a ser que haya algún problema. Mientras esperamos, observamos el recorrido de las luces de las frontales en el bastión de roca que da paso a las palas finales a la cima, para entender por dónde hay que tirar. Estas cordadas están haciendo estos largos de roca prácticamente a oscuras.

Los colegas tardan aún un buen rato en llegar. Cuando volvemos a arrancar, ya hay luz suficiente para apagar la frontal. Remontamos ahora tramos mixtos y nuevas palas de nieve. Por fin alcanzamos la arista que nos depositará bajo el pilar rocoso en el que se concentran las dificultades de la ascensión.
Una vez apoyados contra la roca, el camino a seguir me parece claro. Cuando llegan Rafa y Juan comentamos la jugada y decidimos hacer una única cordada choricera: yo iré delante. Detrás, por una cuerda vendrá Juaco, y por la otra Juan y Rafa, uno al cabo y el otro unos metros por encima. No me gustan estas cosas, pero seguramente sea la opción más rápida para el grupo: hemos aligerado bastante el material y así además nos mantendremos juntos.

Arranco rápidamente por terreno sencillo, tendente a la derecha. Apuradas las cuerdas monto reunión en una terraza. Cuando llegan los colegas me indican una reunión de cadena unos diez metros por encima: bien, estamos en la vía.




Vamos de crampones y sin guantes casi todo el rato: la trepada es fácil y la roca agradecida.
El segundo largo es más aéreo y espectacular en algún punto, pero sigue siendo fácil y no dudo de por dónde tirar. Termina con un diedro muy vertical pero con un canto tremendo: creo que por aquí puede estar el paso de IV que indican en alguna reseña. Para estar a unos 3.900 metros me encuentro muy bien.


Mientras aseguro a los amigos me recreo con las vistas: la luz rosada del amanecer colorea todas las cumbres y glaciares que nos rodean. Los valles aún sumidos en la penumbra. Estamos en un sitio simplemente fantástico.

Juacón llegando a la reunión, con vistas a glaciares y cumbres
Reunidos de nuevo en una terraza de bloques, salgo delante a por otra tirada en roca, más tumbada y sin dificultades. Estiro los sesenta metros y vuelvo a recuperar cuerdas. Parece que desde aquí ya saldremos pronto al tramo de nieve de cumbre.


Separados de nuevo en dos cordadas evolucionamos siguiendo la huella que se dirige bastante directa a la cima.



Vamos encantados, disfrutando el momento. Las condiciones son simplemente perfectas: no hay nubes, no hay viento, no hay gente, y la nieve está muy bien a pesar de no hacer frío.
Sigo delante yo. Para cuando por fin alcanzo la arista y por ende la cumbre, me sorprendo ante lo increíblemente afilado de la misma: siendo plana, no da margen para nada. Es una vertiginosa arista que en escasos centímetros se precipita bien al norte, bien al sur, por cientos o miles de metros.

Foto de cumbre con poco margen de maniobra
Los cuatro en la cumbre nos felicitamos sin abrazos, sin apenas fotos, y arrancamos directamente hacia abajo sin siquiera comer nada.


Juaco baja delante de mí, afianzando cada paso, con atención, despacio pero sin pausa. Nos recordamos mutuamente prestar atención a cada momento. Así, poco a poco, recorremos la arista a ratos por la derecha, a ratos por la izquierda, y a ratos por el filo.

En estas circunstancias eres especialmente consciente de lo que significa la cordada, de cómo te pones en manos del compañero y él en las tuyas. Juaco y yo llevamos atándonos juntos veintitantos años. Sin duda, yo no haría esto con cualquiera. Con él voy tranquilo, conscientes de lo que hacemos.



Una vez más nos vamos distanciando de Juan y Rafa, que a diferencia de nosotros que vamos atados en corto, han decidido extender más cuerda, colocar algún seguro intermedio (solo una estaca puede valer), y venir haciendo largos. Después de un buen rato en el collado, comiendo y bebiendo, extrañados por la tardanza, remonto un buen tramo de arista para ver si tienen problemas: cuando los veo, les doy ánimos y vuelvo a bajar.
En el collado les sacamos una media hora en la que comemos y descansamos. Simplemente vienen despacio. Nos estamos quedando fríos. Cuando ya los vemos más cerca, decidimos arrancar hacia la siguiente cumbre de hoy, el Pitón de los Italianos. Más arista afilada (aunque menos), algún tramo mixto y cumbre.


Seguimos después en dirección al Dome de Gouter, buscando un sitio cómodo para parar. En un amplio collado a unos 4.200 metros Juaco y yo nos sentamos de nuevo a comer y esperar por los amigos.
Desde aquí, la cosa ya venía casi definida desde el principio: tirar hacia Gouter y para abajo. La variante grande, que es seguir a la cumbre del Montblanc (e incluso bajar por Cuatromiles) se nos antoja excesiva: la hora y el cansancio dictan.
Cuando llega Rafa (que físicamente está como una moto) aún plantea tirar al Montblanc, pero los tres le decimos que no. Hemos venido  perdiendo tiempo desde antes de salir del mismo refugio, y también en las palas iniciales. Después, el descenso de la Bionnassay les ha llevado más de lo previsto. Calculo que en total podríamos haber ahorrado entre hora y hora y media al menos. Sin esto, quizá podríamos haberlo planteado (no sé si las fuerzas me darían), pero no ahora. Hay horas de luz por delante, pero las cosas no se hacen así.

Bajada hacia Gouter con vistas a la arista de hace un rato

No importa. Lo estamos pasando de cine. La bajada hasta Gouter sigue siendo muy atractiva, las dimensiones de lo que nos rodea son tremendas. En Gouter Rafa aún plantea quedarse para hacer cumbre del Montblanc al día siguiente por les Bosses; tras confirmar lo evidente, que no hay plazas, salimos hacia el valle.
Los destrepes de la zona de cables (excesivo hierro a mi entender) se hacen engorrosos por la cantidad de gente que transita, tanto para arriba como para abajo, y no todos ellos en las mejores condiciones a juzgar por su velocidad. Me distancio de los amigos. Llego al paso de la Bolera: lo paso corriendo y con todo, me pegan un buen susto unos bloques de tamaño variado entre microondas y lavadora que vienen rebotando desde las alturas. Una vez en terreno seguro me siento a esperar a los chavales. Mientras llegan, observo sorprendido la pachorra con la que pasan algunos por este punto: aquí muere gente año sí año también y parece que no se enteran.


Después, el tramo final hasta el tren se nos hace muy largo: todos hemos pasado antes por aquí, alguno varias veces, y no lo recordamos tan pesado. Como los dos días anteriores, la tormenta se arma y se descarga, aunque sin exceso.
Por fin en el tren. Luego autobús desde Saint Gervais hasta Les Contamines, recoger el coche, para Chamonix donde nos pegaremos una ducha en la Gité y después una buena cena en terraza en la calle principal. Por supuesto, cayeron unas cervezas de premio.


Al día siguiente remoloneamos callejeando por Chamonix, entrando en las tiendas, tomando café en sus terrazas. Como siempre, me da pena marchar.
El viaje de vuelta lo fraccionamos: la primera parte hasta las Landas, la segunda al día siguiente hasta casa.
Encantado una vez más de disfrutar la montaña con grandes amigos. Repetiremos. Seguro.



lunes, 8 de agosto de 2016

Les Domes de Miage

24 a 29 Julio 2016
Juan y Juaco Piñera, Rafa Belderrain
Travesía de Les Dômes de Miage (3.673 m)


Después de varias temporadas por fin consigo volver a los Alpes. Es una visita express, como todo últimamente, pero estoy feliz.
Como siempre, los compañeros y el destino final no se definieron hasta el último momento. Es difícil cuadrar las ventanas de tiempo disponibles de los amigos, y que además estas se ajusten a los distintos gustos de actividad. Nos vamos cuatro: Rafa, Juan, Juaco y yo.
Yo quería volver a las montañas, sin importar demasiado la dificultad de las vías o ascensiones a acometer. Bueno, sin importar, pero que fueran fáciles, que no está uno en forma precisamente.
Hasta dos o tres días antes de salir, la intención era tirar a Ecrins, con multitud de opciones a intentar por allí. Pero Rafa sugirió probar con la travesía Dômes de Miage-Bionnassay, y claro, esto es irresistible.
Las referencias de la web de la Casa de la Montaña hablaban de buenas condiciones, así que para allí nos fuimos.

Cuatro paisanos con sus correspondientes aperos montañeros ocupan lo suyo, así que mi coche iba hasta arriba. Salimos a primera hora del domingo con intención de llegar esa misma tarde a la Meca. El viaje por Clermont-Ferrand se hace pesado, pero el paisaje nos parece más interesante que por la ruta del sur. Hacia las nueve y media de la tarde/noche estábamos en Chamonix, entrando en la gité que Rafa había reservado por teléfono. Para 18 € la noche está más que bien. Dormimos como lirones.
Por la mañana, la vista de las agujas de Chamonix, el Dru, la Aiguille de Midi, el Montblanc... Me sorprende lo muy grande que lo veo todo. La falta de costumbre.

A media mañana, en Les Contamines, paramos en la Oficina de Turismo a informarnos de los horarios de los autobuses para la vuelta y de paso entramos en el Bureau de Guides: nos informan de que la ruta normal para subir al refugio de Conscrits está cerrada y que debemos subir por el glaciar. Bueno, menos mal que nos hemos enterado, pensamos.


Aparcamos en Cougnon y después de preparar las mochilas con mimo, arrancamos bosque arriba a por los mil quinientos metros de desnivel que tenemos que remontar. Hace calor y hay mucha humedad. Sudamos como pollos hasta alcanzar el refugio de Trè de la Tette, donde hacemos una parada a descansar. Desde aquí, el paisaje empieza a ser más alpino y hay menos gente. Vamos acercándonos a la cabecera del glaciar, hay que destrepar bastante.




Desde lejos vemos gente cruzando el torrente glaciar con dificultad. Cuando llegamos al punto en cuestión, dudamos por dónde ir. Parece que con lo avanzado del día, el caudal ha subido mucho y las zonas de paso están complicadas. Después de quitarnos las botas y cruzar las gélidas aguas a un lado y al otro, finalmente volvemos atrás y remontamos por la ladera izquierda. Somos ocho personas buscando el paso a la parte alta del glaciar, lidiando con peligrosas morrenas. Yo me pego un buen susto en una grieta tapada por la nieve.
Sufriendo con las últimas cuestas y bajo las gotas de lluvia de una inminente tormenta, llegamos al refugio. Nos damos cuenta de que la gente no ha subido ni de coña por donde nosotros: estaba delicado y no había ni una huella. Creo que la chica del Bureau de Guides no nos ha informado bien.

La tarde, la cena y la noche fueron bien. A las cuatro de la mañana ya estamos desayunando (somos de los últimos). Salimos a las cinco pasadas aún de noche, ladera arriba. La nieve está perfecta. Vamos ganando altura a la vez que va a amaneciendo.




Cuando llegamos debajo de la aguja Bérangeré y su franja rocosa, adelantamos a dos grupos numerosos que son cursillos. Primera cumbre, de casi 3.600 metros: tocan ahora trepadas sencillas de roca para bajar al collado con el siguiente Dome.
Desde aquí el paisaje es el esperado de esta travesía: cumbres blancas, redondeadas, con arista nevada, a ratos más afilada a ratos menos.



A partir de la segunda cumbre nos empezamos a cruzar con gente que viene haciendo la travesía desde el otro lado. Todos ellos, igual que nosotros mismos, llevan una enorme sonrisa en la cara. Es terreno sencillo pero no permite errores: las laderas heladas se escapan cientos de metros a cada lado.



Vamos disfrutando como enanos, enlazando las cumbres de 3.600 metros, hasta un collado en el que la gente se tira a la derecha al glaciar para volver a Conscrits, y donde nosotros tenemos que ascender a una última cima para poder bajar hacia el pequeño refugio Durier, una cajita metálica en un collado a los pies de la Bionnassay, con vertiginosas laderas glaciares a los dos lados.
Esta última cima se presenta más difícil, y por primera vez en el día nos encordamos. Trepadas fáciles sobre roca, sube-baja e incluso un pequeño rápel final para posarnos en el último tramo de arista que finalmente nos lleva al refugio.
Mientras recorremos los últimos metros, vemos a dos cordadas destrepando en la parte alta de la Bionnassay hacia nosotros. Qué alpina se ve. Será para mañana.



Una vez en el refugio de Durier, a más de 3.300 m, nos pasamos el resto de la tarde primero holgazaneando al sol. Mientras comemos y bebemos, bromeando, nos deleitamos con las vistas: la sobrecogedora vertiente italiana del Montblanc se eleva inmensa, la arista del Brouillard, los enormes glaciares. Las enorme caída de dos mil metros hacia los valles de Saint Gervais. A lo lejos identificamos macizos vecinos como los Ecrins. Estamos colgados en una atalaya privilegiada…
Nuestro objetivo de mañana me transmite incertidumbre, con su bastión rocoso y su afiladísima arista de bajada.


Más tarde, cuando la nube nos envuelve, nos metemos dentro a dormir la siesta en las literas y a charlar con el resto de la gente en el pequeñísimo refugio donde nos hacinamos casi veinte personas.
Cena temprana y a dormir, que el día siguiente empieza a las tres!

Hoy ha sido sin duda para nosotros una gran jornada de montaña en un ambiente espectacular. Totalmente recomendable.
Seguro que el día siguiente también lo va a ser.

viernes, 1 de julio de 2016

El fuir de las cosas

Miércoles 8 Junio 2016
Fernando Calvo
Segunda Torre Cebolleda (2.445 m) Vía “Sorpresa” (320 m, V+)

Cuadrar agendas con los colegas no es fácil. Si a esto le sumas el impacto de lo variable de la meteorología cantábrica, a veces se pasan las semanas en blanco sin remedio. El mensaje de Fernando me animó a coger el día en el curro y a hacer la mochila con la ilusión de siempre.

Pie de vía: esta estampa bien merece las tres horas de pateo

Para estar a las seis de la mañana en Llovio, el despertador pita hacia las cinco, pero este es el juego al que jugamos los que nos gusta el barro…
Vamos amaneciendo en la carretera de los Lagos, con un imponente mar de nubes por debajo. Los perfiles de los Picos se recortan y los blancos de la nieve, aún abundantes, resaltan la belleza de nuestras montañas.

Aparcados en Pandecarmen, sólo la furgo de Javi Malo nos acompaña. Aunque la temperatura es alta, no dejamos de coger piolet y crampones junto con el resto de aperos habituales para una escalada en roca en los Picos. Con esto y la falta de costumbre, la mochila “estilo ligero” pesa que no veas. Fernandín arranca cuesta arriba hablando sin parar. Me cuesta bastante seguirle el paso y más aún la conversación.

Llegando a Vegarredonda cruzamos a Javier y compañía que bajan con los caballos a hacer un porteo. Nos pregunta el destino y nos da mala referencia sobre la roca… Bueno, habrá que ir a verlo en directo, que es como mejor se juzgan las cosas. Además, por la zona hay múltiples alternativas caso de ser necesarias.

Con esfuerzo vamos tachando etapas de la aproximación: parada en el refugio viejo a coger agua (otro kilo pa la chepa), zetas hasta la base del Porru Bolu, collado de la Mazada, y flanqueo hacia Fuente Prieta a media ladera para llegar al pie de vía. Llevamos casi tres horas, y desde hace bastante rato todo sobre nieve. Y aunque la temperatura es alta, no nos hundimos demasiado.
Llegando al pie de vía vemos que el primer largo de canalizos está prácticamente tapado por la nieve, y en el nicho de la primera reunión ¡hay un rebeco! La estampa de la tapia desde esta perspectiva es motivante. A ver qué pasa cuando la empecemos a catar.


Nos colocamos en la rimaya a la derecha del nicho de la primera reunión: parece que podremos pasar fácilmente, por aquí se escapó el rebeco. Como suele pasar en estas circunstancias, tenemos que hacer delicados equilibrios entre la roca y la nieve, con cuidado de no dejar caer nada por la pala abajo, ni por el hueco de la rimaya, bastante profunda, y que puede frustrar el día irremediablemente. 

Primeros pasos en la vía
Con delicadeza nos vamos poniendo el arnés, quitando las botas, poniendo los gatos, sacando las cuerdas y los trastos de trepar… Finalmente empezamos a escalar.

Fer bavareseando en el segundo largo
Desde el nicho de la reunión, donde hay un puente de roca equipado, sale Fernando a por una fisura discontinua en bavaresa que se levanta serpenteante. La roca es mosqueante en algunos puntos, escachada, pero Fer resuelve con destreza. De acuerdo al croquis monta reunión en una pequeña terraza donde no hay nada, pero un clavo y un seguro flotante se dejan colocar.


Navegasao
Llego yo al rato a su lado y tras recuperar todos los cacharros salgo a navegar por un muro sin referencias claras, donde la única dificultad consiste en buscar la mejor calidad de roca y los mejores emplazamientos de seguro. Estiro los sesenta metros de cuerda y algo más; Fer tuvo que salir ensamblado unos metros hasta que mi voz le confirmó la reunión montada.
Toca ahora una transición fácil que Fernando empalma con el siguiente largo encajado en una especie de chimenea.


Sentado en la terraza mientras aseguro y me como una barrita, me recreo en el paisaje. Los recuerdos de amigos y vivencias me llegan por oleadas. Miguelón aparece una y otra vez en ellos…
Estirados unos cincuenta metros, Fernando monta reunión bajo una panza amarilla, una vez más sin nada emplazado pero que se deja equipar sin problema. La roca mejora por momentos y vamos ganando altura sobre la nieve.
Estamos en cara Oeste y apenas nos da el sol, así que aunque haga calor, trepamos con el forro puesto.


Me toca ahora un largo que gira inicialmente a la derecha, y en el que la roca empieza a ser la caliza de Picos que tanto nos gusta. De nuevo, apurando unos cincuenta y pico metros, sin encontrar ninguna referencia o seguro, monto reunión bajo una panza con un par de fisureros y un friend.



Fernando llega cantando feliz como una perdiz; se ve que nos gusta lo que hacemos y lo disfrutamos intensamente. Se coloca los trastos y arranca a por el último largo de la vía, que conforme ganamos altura nos va convenciendo más. 


Esta tirada marca un paso de V+ que coincide con el único clavo existente y que da nombre a la vía, tal fue la sorpresa de Adrados y compañía cuando se lo encontraron creyéndose hasta el momento aperturistas. No le veo por una panza, pero decide colgar la mochila para dar el paso más cómodo. A continuación sale veloz hasta la arista, desde donde me asegura al sol.
La secuencia de segundo no se me hace difícil, pero es verdad que la mochila echa para atrás: botas, crampones, piolet, agua, comida, algo de ropa… ¡Alpinismo!


Por esto venimos...

Desde aquí salimos desencordados trepando los filos de arista que nos llevan hasta la cumbre de la segunda Cebolleda. Seguimos cabalgando hacia la tercera: después de destrepar con cuidado al collado entre las dos torres, nos encordamos de nuevo para un largo de IV muy guapo, que antes de estar en su base parece imposible...


Cumbre de la Tercera Cebolleda: paramos a comer y echar un trago. De nuevo, me pongo las botas (Fernando ya se hizo el largo de cuarto en botas el muy clasicorro).



Destrepes aéreos hacia los rápeles que nos llevarán hacia la Aguja del GUA: en uno a sesenta metros alcanzamos la reunión de su base. El día ya nos ha rendido bastante, así que desde aquí salimos hacia abajo. La opción de hacer el Gua y el espolón Oeste de Santa María hoy la dejamos. En las reuniones Fernando me va señalando cómo algunos de sus clavos y argollas son cosecha de Miguel: fabricación casera que están aquí aportando a la gente…

El Guide currando


En tres rápeles a tope de cuerda nos posamos de nuevo en la nieve que remonta a la Horcada de Santa María, que a esta hora de la tarde aún nos deja caminar bastante bien a pesar del calor. Las grietas de retracción nos hacen pensar en otros macizos.

El pateo de regreso hacia Vegarredonda se hace más llevadero al poder deslizar muchos cientos de metros por los neveros. Llegamos con sed para tomarnos una cerveza con limón en casa del Malo.
De vuelta en el coche compruebo la hora: las siete y media: doce horas y media casi sin parar. Con una buena fundida por mi parte, vamos comentando en el coche lo bien que lo hemos pasado. Gran jornada de montaña, que es lo que veníamos buscando.



Respecto a la vía, la roca quizá no está a la altura de sus vecinas, pero por otro lado, es una vía larga, moderada de grado y que no tiene prácticamente nada de material, con lo que da juego para practicar el cacharreo. Concluimos ambos que es una vía para coleccionistas. Nos alegramos de haberla hecho.

En estas semanas, mi amigo Alberto ha publicado un nuevo libro que ayuda a disfrutar de estos lugares tan espectaculares: Ediciones Cordillera Cantábrica
Ya apetece ponerse a caminar con ver la foto de la portada...

Picture

Gijón 5:20 h
Llovio 6:00 h
Pandecarmen 7:00 h
Pie de vía 10:00 h
Arista 14:00 h
Cumbre 3ª Cebolleda 15:00 h
Fin Rápeles 16:00 h
Vegarredonda 18:00 h
Pandecarmen 19:30 h

Con Fernando un placer, como siempre.
Al día siguiente, jueves, a currar como si tal cosa.