LA MONTAÑA COMO PASIÓN, COMO ESCENARIO INFINITO SOBRE EL QUE DISFRUTAR INTENSAMENTE DE LA VIDA,
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DONDE LOS AMIGOS, EL ESTILO Y LAS FORMAS CUENTAN, Y MUCHO

domingo, 14 de febrero de 2016

A la recherche du temps perdú

Tarde de viernes 22 Enero 2016
Tuiza-Peña Ubiña-Peña Cerreos-Tuiza
Solo, entrenamiento


Con la cabeza apoyada en los bastones, intento recuperar la respiración. En este último tramo la pendiente ha aumentado bastante, y la nieve profunda me hace hundirme hasta las rodillas. Solo, en mitad de la nube, con apenas quince metros de visibilidad alrededor, pienso para mí que algunos somos realmente necios.


Cuando tu coche es el único del aparcamiento, deberías reflexionar al respecto.
Mientras me voy quitando el uniforme “de bonito” de la oficina y me voy poniendo el “de faena”, miro el cielo gris y opresivo que tapa las cumbres principales del macizo. Sólo el Portillín se recorta alpino, desafiante, sugerente. Son las dos y cuarto de la tarde del viernes. Estoy aquí gracias al horario flexible de mi trabajo, y a que soy bastante cabezota. A partes iguales.
Sólo vengo a pegar un pateo de entrenamiento, pero la verdad es que no está la cosa ni siquiera para eso...
En la mochila los crampones (iluso), el piolet, tres barritas y una botella vacía. Unos guantes, un forro fino y la chupa ligera. Llevo hasta las botas de verano.
La temperatura es alta y es probable que me moje de lluvia más que de nieve, pero todo es entrenar.
Son casi las dos y media cuando arranco pueblo arriba, dirección al Meicín.

Cuando al cabo de un rato llego al refugio, la puerta está cerrada, como me esperaba. Retrocedo unos metros por el camino hasta el último punto donde cogí red con el móvil a mandar algún mensaje. Cuando vuelvo, me encuentro de frente a un schnauzer gigante, negro: es Ur, el perro de los guardas. Extrañado me acerco de nuevo a la puerta, ahora abierta. Saludo a Tania, que acaba de llegar ahora mismo de dar un paseo. Me comenta que la cosa está como aparenta, es decir, desagradable. Le indico que pretendo tirar para arriba, a Cerreos o Ubiña en el mejor de los casos, y que a la vuelta paso a saludar de nuevo.


Enfrentar la montaña solo, en invierno, y con visibilidad reducida, aunque sea un terreno conocido, me resulta intimidante. Es bueno que así sea, ya que de este modo recuerdo tener precaución y prestar atención a las cosas.
Salgo hacia arriba por las praderías saturadas de agua, cada vez más blancas de nieve. Voy regulando la respiración, procurando mantener un ritmo constante. A ratos llueve, a ratos no. Me pongo los guantes porque con la humedad se enfrían las manos, no por la temperatura.

Al coronar el collado de Terreros (1.886 m) voy ya derivando a la derecha, hacia peña Ubiña. Desde aquí, la pendiente se agudiza y la nieve que lo cubre todo se va haciendo más profunda. No hay huella, así que tengo ese privilegio todo para mí. Sigo igual, intentando parar poco, remontando la loma en medio de la nube, con una visibilidad de unos treinta metros. Afortunadamente ha dejado de llover y no hace nada de viento. Solo me tengo que concentrar en el esfuerzo y en disfrutar la grandiosidad de la montaña que aunque no la veo, sí la siento.


Reconozco algunos accidentes del terreno en medio de la niebla: los espolones de roca se van cerrando en el canal final. Además se intuye algo de huella desdibujada, de bajada por lo recto del trazado. Un giro a la derecha hasta coronar una comba y ahora vuelvo a la izquierda. Sé que la cumbre está cerca.


Los metros finales de arista tienen algo de hielo aguado. La vista hacia la vertiente de León es nula.
En el vértice geodésico me saco una foto. Es difícil explicar qué sensación se tiene en una cumbre, y más aún cuando no hay vistas, ni paisajes, ni amigos con quien compartir. El caso es que como siempre me pasa, yo estoy encantado. Son las cuatro y veinticinco. Dos horas para 1.200 metros de desnivel positivo. Después de un minuto salgo para abajo siguiendo escrupulosamente la huella; mi huella.

La bajada de presión hace crecer Ubiña hasta la altura del Picu...
Bajar siempre es más rápido. En un rato estoy de vuelta en el collado y miro a Cerreos que se asoma entre nubes algodonosas, aparentemente tan cercana. Sigo hacia allí.
Vuelve a llover. Es desagradable y podría simplemente dar la vuelta para abajo. Ya ha estado bien por hoy. Pero no sé por qué, sigo subiendo.
Sufriendo más de lo esperado llego al buzón de cumbre (2.110 m) a las cinco y veinte. Me siento en una piedra de la trinchera a comerme dos barritas y echar un trago. Tres horas, 1.500 metros positivos acumulados. Flojera.

Cuando te gusta el barro...
A los cinco minutos me pongo de nuevo en pie desandando lo andado. Para de llover y puedo dejarme deslizar por las palas de nieve hasta el collado primero, y luego de este para abajo.
Paro en el refugio tal y como me comprometí para saludar y avisar de que sigo para abajo. No puedo ni tomarles un café, me he dejado la cartera en el coche…


A las seis y media llego de nuevo a Tuiza. Encantado. Poco más de una hora más tarde en casa.
Me paro a pensar que podía haber venido directo del curro a casa, como tantas veces, y simplemente no habría ningún cambio en mi vida. 
La diferencia es que hoy he aprovechado la tarde, y que las endorfinas generadas corren por mis venas.

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